HISTORIAS REALES - CAPÍTULO VIII.
(Algunos nombres han sido cambiados)

Volví de la cocina con la botella de champán. Ella continuaba en la misma posición aunque con una cara de felicidad indescriptible.
- Muy bien, ¿y por qué brindamos?
- Por nosotros, por esta noche y por las que te prometo que vendrán. –propuso-
Chocamos las copas y tomé la mía de un solo trago para apagar la sed. Siempre me sucede que el sabor cuasi amargo de los jugos vaginales me secan la boca. Tras ello, me vinieron unas terribles ganas de orinar.
- Voy a pasar al baño, me estoy meando –le digo groseramente-
- Vamos, ¿puedo acompañarte?
- Ehh, si… -estaba perplejo, ¿qué se vendría?-
Encaré hacia el toilette de la planta baja pero me desvió tomándome del brazo.
- No, ese no. Vení al de arriba que es más cómodo –me invitó encaminándose hacia la escalera-.
Ambos completamente desnudos la subimos. Los techos eran muy altos por lo que la escalera de roble tenía muchos escalones, comenzando en una muy amplia y derivando luego de un importante descanso en una “Y” en otras dos, muy bien ornamentada, destacándose en la sala principal. Desembocaba en una especie de balcón que daba a la sala y al que concurrían tres puertas. Entramos por una de ellas al dormitorio principal, en suite. Enorme, ubicándose en el centro una cama de no menos de dos metros y medio de lado y, como el resto de la casa, muy bien decorado. Me hace pasar al baño, que además de los sanitarios, doble vanitory y plantas, tenía un gran jacuzzi.
- Me gustaría una chanchada… -me dice bajito ocultando la boca con sus dedos índice y mayor-
- ¿Qué querés? –pregunté con una risa-
Se acostó en el jacuzzi y me pidió:
- Meame.
- ¿Qué te mee?
- Si, oriná sobre mi…
Era la propuesta más bizarra que me habían hecho jamás, pero ya no aguantaba las ganas de orinar y para no entrar en controversias ridículas, cedí parándome a su lado y descargando un grueso chorro de orina sobre su vientre. Veía cómo disfrutaba esparciendo con sus manos esa lluvia caliente sobre todo su cuerpo, enjugando con él sus tetas y su concha. En ese momento pude apreciar mucho mejor que antes el bronceado de su piel. Salvo unos triángulos blancos como una hoja de papel, perfectamente definidos sobre sus pechos y pubis, el resto de su piel tenía un hermoso color cobre. Quedaba evidenciado que tomaba sol –y mucho- con una minúscula tanga que apenas cubría sus pequeños pezones y el vello púbico. Seguí jugando con el chorro de pis recorriendo sus tetas intentando hacer blanco en sus pezones.
- Qué loca… -fue lo primero que se me ocurrió acotar al finalizar la meada-
- Decime que no te gusta y no te creo…
- Jajaja!
- No salgas, vamos a darnos una ducha.
Fue una buena idea, además de necesaria. La fuerza del golpe del agua que brotaba de la flor en mi piel me devolvió las energías perdidas esa madrugada de sexo ardiente y las caricias jabonosas de mis manos por todo su cuerpo recorriéndole cada centímetro me excitaron dándome ganas de más sexo. Al girar dándome la espalda apoyé en la entrada de su culo la punta enjabonada de mi erecto miembro; con una leve inclinación de su cintura entendí la oferta y no tuve más que empujar sin mucho esfuerzo para penetrarla por completo. La suavidad de su ano se multiplicaba con el jabón.
- Detenete un momento, por favor, no sigas… Vamos a la cama… -me pidió-
Me sequé rápidamente y hacia allí me dirigí, recostándome cómodamente con la pija entre mis manos para no bajar la erección mientras Liliana terminaba de arreglarse el cabello. Al encender la lámpara sentí como el rostro de un señor mayor, de gruesos bigotes, controlaba severamente mis movimientos desde un portarretratos sobre la mesa de luz. “Viejo de mierda –pensé-, quedate ahí para ver cómo me garcho a tu mujer…”.
- Me impresiona ese tipo ahí. –le dije cuando volvió acomodándose a mi lado-.
- No te preocupes, no te va a hacer nada la foto del forro de mi marido. Me gustaría que estuviera acá, atado a una silla, viendo cómo gozo cuando me hacés la cola…
Me acomodé para observar su desnudez.
- Besame las tetas.
Mordisqueba sus pezones mientras acariciaba su entrepierna, que me ofrecía placenteramente. Introduje dos dedos en la concha buscando su punto “G” para masturbarlo. Un grito de placer me advirtió que allí estaba y comencé entonces a tocarlo con frenesí. Su concha se empapaba, su cuerpo se convulsionaba y un efluvio de jugos vaginales que bajaban desde la concha hacia las sábanas lubricando el ano a su paso, anunciaban un orgasmo. Quise sentirlo en mi pene y se lo intruje hasta lo más profundo de la concha rozando con mi pubis su clítoris en cada arremetida. Un grito largo, ahogado y la presión de sus paredes vaginales contra mi miembro delataron un nuevo orgasmo.
- Ahhh, qué placer… Dame más…
La tomé del brazo invitándola a ponerse en cuatro patas, cosa que hizo con un rápido movimiento dejando su culo bien abierto en lo más alto. Me paré detrás para poder penetrarla mejor y no necesité más que una leve flexión de rodillas para tenerla toda adentro.
- Mirá hijo de puta, esto es una cogida! –le incriminaba al bigotudo de la foto y me pedía:- Rompeme el culo, llenámelo de leche…
Sus tetas se sacudían y me calentaba ubicar mis manos debajo de ellas dejando que sus timbres rozaran mis palmas. Sus aullidos de placer eran de los más exitantes. Recuerdo haber estado un largo rato dándole bomba a ese culo extremadamente dilatado; podía sacarla y volverla a poner sin inconvenientes, alternando entre el culo y la concha…
- Me arde… -se quejó aunque con un dejo de placer-
- Voy a acabar… Adentro… -le advertí-.
- Por favor, si, llename de leche…
Sentí como el calor de un manantial de semen subía desde mis huevos y recorría los cuerpos cavernosos como un tsunami, para estrolarse libremente en el fondo del recto. Un par de cortos chorros más y se la saqué, exprimiendo las últimas gotas de semen en sus glúteos. Ella no cambió de posición y vi cómo dilatando y contrayendo el ano jugaba con la leche en su interior. Cuando ya no podía detenerlo y brotó por sus muslos, se recostó limpiándose con el orillo de la sábana. Ambos quedamos extenuados, acostados uno al lado del otro apenas tapados por las cobijas, mirando al techo.
- Mi amor, sos un semental…
- Jaja!
Estaba acariciando su vientre cuando sentí que giraba levemente sobre si para alcanzar un botón ubicado detrás de la mesa de luz.
Al rato, ante mi asombro, asoma por la puerta una hermosa mujer, muy joven, morocha, de tez trigueña, vestida con una especie de guardapolvo o delantal negro con lunares blancos.
- Buen día, señora. –le saluda respetuosamente y me sonríe mirándome como para hacerme una radiografía-.
- Hola María. Por favor, traenos el desayuno.
- Si, señora. Permiso.
Con un giro, María emprendió la retirada y la seguí con la vista. Su delantal tan corto me permitió observar cómo dos hermosas piernas morenas sacudían sus amplias caderas al caminar… Tras un breve descanso de ambos en silencio, conmigo tratando de acomodar esa locura en mi cabeza, Liliana irrumpe:
- Te gusta, guacho…
- Está buena la pendeja…
- Y te miró con ganas. –advirtió acariciándome la pija-.
- Pero ¿por qué no me dijiste que había alguien más?
- Pedazo de boludo, ¿cómo podés imaginar que yo sola podría con este caserón? María es mi ayudante (no me gusta llamarla mucama) y vive aquí desde hace un par de años.
- Si claro, qué boludo… ¿Y no tenés miedo que cuente algo?
- En absoluto. Es de mi máxima confianza. Hasta le permito que cuando su novio viene de Colombia se aloje aquí, con ella; así que quedate tranquilo que no va a contar nada a nadie. Hace todo y cuanto le pida.
- Okey. –me tranquilicé y cerrando con mi mano la suya que apretaba mi poronga.
- Mmmm… ¡Qué linda se está poniendo de nuevo…!
Quise besarla pero interrumpió María con una gran bandeja en sus manos.
- Gracias. Dejala sobre la cómoda, nosotros nos servimos.
Cuando se dio vuelta inclinándose levemente para depositar la bandeja sobre el mueble mostrándome su muy joven trasero pensé en jugármela entero. No tenía mucho que perder más que despedirme de Liliana con una buena puteada de su parte y no volver a verla.
- Muy bien, me retiro, si necesitan algo me llaman…
En ese mismo momento me destapé haciendo a un lado las cobijas dejando completamente expuesta mi desnudez portadora de un pene semi erecto. María miraba con una juvenil cara que combinaba asombro con deleite.
- Te gusta, no? –inquiere Liliana a la morocha, que asiente tímidamente con la cabeza-.
- Es usted muy afortunada, señora. Permiso. –y muy educadamente amagó retirarse-.
- Esperá –la detuvo Liliana-. ¿Te gustaría tenerlo en tu boca?
- Señora… -exclamó María ruborizada-
- Decime, ¿si o no? ¿La querés? No tengas vergüenza.
- Es que…
Yo no entendía nada, una de las mejores noches de mi vida iba a terminarla con esta pendeja colombiana que me explotaba la cabeza. La llamé con la mano para que superara su timidez y se acerque mientras con la otra agarraba la poronga ofreciéndosela. Miró a Liliana quien asintió con un la cabeza autorizándola. Se acercó a mi lado y arrodillada al costado de la cama comenzó a besármela tímidamente con sus carnosos labios carmín sin quitar la vista de la “señora”.
- Cométela toda, disfrutala como lo hice yo.
Ante tal consentimiento María me la agarró firmemente con ambas manos y abrazó con sus labios la cabeza del choto. Poco a poco fue tomando confianza animándose a comerla más y más. Liliana lamía mis tetillas y me acariciaba los huevos mientras María chupaba. Deslicé una mano por dentro de su delantal quitando un pecho del corpiño. Sentí un seno duro adivinando un pezón grande, erecto y terso producto de la excitación. Sin dejar de succionar y mientras la vete me chupaba los huevos, María se quitó el delantal y el sostén liberando dos hermosos globos morochos con unos provocativos pezones negros del tamaño de la boca de un vaso.
Liberada ya de todo escrúpulo se trepó a la cama para sin dejar de masturbarme acariciar los pechos de Liliana, que agradeció la atención devolviendo el gesto.
- ¿Querés cogértelo, no? –preguntó su “señora”-
María sólo asintió con la cabeza. Liliana me guiñó un ojo cómplice y autorizó.
La mulata corrió hacia un costado la parte inferior de la bombacha desnudando una concha lampiña de labios muy carnosos y acercándola a mi pene se montó sobre él y comenzó a cabalgar con un ritmo alocado, en cuatro patas con sus manos a los costados de mi pecho. Sus muy duras tetas levemente se sacudían mientras sus caderas iban y venían sobre mi polla. Mis manos acariciando sus nalgas acompañaban el movimiento acariciando con los dedos el contorno su ano. Mientras, Liliana se limitaba a disfrutar del espectáculo masturbando su concha con dos dedos, con las piernas muy abiertas frente a mi vista. Intenté improvisarle una doble penetración introduciendo un dedo en su ano, que complacida aceptó.
Yo sabía que no iba a acabar, hacía apenas minutos había dejado hasta la última gota de mi tercer polvo en el culo de Liliana, y parecía que la pendeja tenía cuerda para rato, pero no era tan así. Un hilo de sudor que nacía en el cuello bajaba por entre sus tetas recorriendo un camino hacia el ombligo. Un rocío de transpiración cubría su piel morena dándole un brillo muy sensual. Un rato después, empapada, sus gemidos y sus “Ay, señor mío”, cambiaron a un grito ahogado dejando caer sobre mi pecho su torso transpirado.
Inmediatamente, como creyendo que lo que había hecho era una falta grave que merecía una dura reprimenda de parte de su “ama”, recogió sus prendas y semidesnuda como estaba salió corriendo de la habitación dejándome con las ganas de incursionar en ese maravilloso culo moreno.
- Vení, infiel, acabá conmigo. –me recriminó pícaramente Liliana con una sonrisa-.
Consumí las pocas energías que me quedaban separando sus piernas para poder penetrarle la concha con mi extenuado pene, sólo para conseguir su orgasmo y poder disfrutar de tanta felicidad descansando sobre el mullido colchón. Un esquivo polvo de aguada leche consiguió Liliana que eyaculara en su boca cuando me la mamaba…
- No puedo más… -exhalé en un suspiro estirando la “s” final-.
- Me imagino, aunque es una pena.
- ¿Estás enojada?
- ¡Para nada! ¿Por qué habría de estarlo? Si todos la pasamos bien…
- Es que traspasé el límite.
- Ojalá me hubiera cruzado mucho antes con alguien que traspasara los límites como vos.
- No lo digo por lo último que pasó recién con María, pero me gustaría que esta no sea la primera y la última vez…
- ¡Ni lo pienses! Si estás de acuerdo esta es sólo la primera de todas las que nos esperan.
- ¡Claro que si! –exclamé entusiasmado-.
- Pero te voy a pedir un gran favor…
- Lo que quieras.
- Por nada del mundo debe enterarse Mirta de esto.
- Soy una tumba.

CONTINÚA…