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Me niego a ser Lesbiana (Parte 19)

La mujer que no merecía ser amada (Parte 1).



Para poder llevar a cabo mi plan necesitaba la ayuda de Rodrigo por lo que me pasé toda la mañana buscándolo. Le pregunté por él al arquitecto y sólo conseguí saber que él también estaba buscando al irresponsable muchacho, los albañiles tampoco tenían noticia alguna de su paradero. Regresé a mi oficina y continué con mi trabajo, cada quince o veinte minutos intentaba ponerme con contacto con él llamándolo a su celular, pero éste estaba apagado y me enviada directamente al buzón de voz. No me molesté en dejarle un mensaje ya que supuse que él no lo escucharía, alrededor de las once de la mañana ya estaba realmente preocupada, llegué a temer por su vida y por primera vez en mi vida me sentí como una madre velando por su hijo, a pesar de que Rodrigo es mayor que yo, su enorme irresponsabilidad me hacía verlo como a alguien mucho más pequeño.

Fue una gran suerte que a Miguel se le ocurriera hacerme una breve visita, apenas lo vi entrar le pregunté por Rodrigo, él supo darme una buena respuesta. El muy desgraciado estaba durmiendo en su cama tranquilamente, al parecer había pasado una larga noche de sexo con alguna de sus tantas parejas, pero Miguel no supo explicarme quién era su acompañante en esta ocasión ya que él sólo había hablado por teléfono con el rubio la noche anterior. Hecha una furia subí hasta su departamento y aporreé la puerta violentamente, luego hundí mi dedo índice en el botón del timbre hasta que la puerta se abrió. Una chica completamente desnuda, con el cabello hecho un nido de pájaros y los ojos pegados por las lagañas, apareció frente a mí.

-Calmate Lucrecia, me duele mucho la cabeza –me dijo la muchachita dando media vuelta y enseñándome su blanco trasero.
-¿Perdón? –le pregunté incrédula; me llevó unos segundos darme cuenta de que conocía muy bien a esa chica- ¿Edith, sos vos?
-No, soy Marilyn Monroe, esperá que despierto al señor Presidente –me respondió al mismo tiempo en el que se asomaba al dormitorio –Rodrigo, levantate que te busca una loca.
-Si es mi mamá decile que no estoy –contestó él con voz somnolienta.
-¡Rodrigo! –le grité sin moverme del lugar, no quería verlo desnudo por nada del mundo- ¡Levantate, tengo que hablar con vos de algo importante!
-Te dije que no hay más plata, Lucrecia… -me respondió- hubiera preferido que sea mi mamá –parecía estar hablando con él mismo.

Edith volvió a mirarme, su desnudez me provocó cierta picazón en la zona baja de mi vientre, mis ojos siguieron sus suaves y casi imperceptibles curvas y se perdieron en la unión de sus labios vaginales.

-Estás muy linda –le dije con una amplia sonrisa, ella también sonrió mientras limpiaba las lagañas de sus ojos. Su cabello había vuelto a ser ondulado pero era menos voluminoso que la primera vez en que la había visto.
-Me voy a lavar la cara, si querés despertarlo vas a tener que entrar a darle una sacudida… y tal vez un par de cachetazos.
-¿Está desnudo?
-Sí… ¿eso te molesta?
-No es algo que me agrade; es mi amigo.
-Yo soy tu amiga y no te molesta verme desnuda.
-Es muy diferente, vos sos mujer… y con vos me acosté más de una vez. Él es hombre… no me agrada ver hombres desnudos.
-No está tan mal –la acompañé hasta el baño, comenzó a enjuagar su cara con abundante agua- aunque es el único que vi sin ropa.
-¿Y qué pasa entre ustedes?
-Es sólo sexo, Lucrecia –me miró y me dedicó una linda sonrisa; por un momento tuve la sensación de que esa chiquilla inocente y tímida había crecido para convertirse en una mujer madura y sexualmente activa- ¿estás celosa?
-Para nada, vos sos libre de acostarte con quien quieras, especialmente si disfrutás mucho al hacerlo.
-Más disfruto con vos, es una lástima que no se repita más seguido.
-¿Lo decís en serio?
-Sí Lucre. Últimamente probé muchas cosas locas con el sexo… y todas me han gustado, pero no hubo nada que me provocara lo mismo que una tarde de sexo con vos… y digo tarde porque las dos veces que lo hicimos solas fue durante la tarde. Nunca tuvimos nuestra gran noche de sexo.
-Eso es cierto… lo de mi cumple no cuenta… supongo.
-No, eso fue diferente, digamos que esa fue una de las cosas locas que probé –ella hizo pis mientras hablábamos-. Sé que no estoy en posición de reclamar nada ya que gracias a vos conocí el mundo del sexo, de lo contrario seguiría siendo virgen; pero siento que todavía tengo algo pendiente con vos… algo íntimo, algo especial.
-No tenía idea de que quisieras eso.
-Me imaginé. No te preocupes, la gente suele olvidarse de lo que me pasa…
-No me olvido de vos, creeme que no… sé que estuve un poco distanciada y…
-Nunca me llamás –no lo dijo con enojo, sino como un hecho concreto-. Preferiría que seas honesta conmigo; no hace falta que te justifiques.
-Perdón… sé que te descuidé mucho. Estuve con muchos problemas, no es una justificación, podría haberte llamado y pedirte que me acompañes en esos momentos malos…
-Y lo hubiera hecho encantada, me hubiera gustado ayudarte con todo; yo haría cualquier cosa por vos –se puso de pie y se me acercó tanto que pude sentir el calor de su cuerpo; inexplicablemente mi corazón se aceleró-, algún día lo vas a entender.

Sus labios rozaron suavemente mi mejilla derecha, provocándome un agradable cosquilleo, tuve el fuerte impulso de besarla… y no pude contenerlo. La tomé de la cintura trayéndola hacia mí y uní mi boca a la suya. Por alguna razón los labios de Edith me supieron diferentes en esta ocasión, ya no tenía la sensación de estar besando a una niña ingenua, sino a una mujer muy sensual y provocativa. Su lengua acompañó a la mía a cada rincón al cual se dirigió y recibí suaves mordiscos en mi labio inferior. Mis dedos siguieron el declive de su espalda y luego recorrieron la curva de su cola hasta que llegaron a un punto húmedo y viscoso que se abrió apenas introduje uno de mis dedos.

-Está Rodrigo... –me dijo ella al oído interrumpiendo nuestro beso.
-Sí, tenés razón... no es momento ni lugar para estas cosas.
-No me refería a eso...
-¿A qué te referías entonces? –nunca dejé de jugar con los viscosos labios de su vagina.
-A que las dos podemos...
-¿Con él? –abrí grande los ojos.
-Sí ¿por qué no?
-No... No quiero... él es mi amigo y...
-¿No soy yo tu amiga también?
-Es muy diferente... vos sos mujer. A él no puedo verlo de otra forma que no sea como un amigo.
-¿Y de qué forma podrías verme a mí?
-Como....
-¿Cómo una amante?
-Posiblemente –me dio un cálido bezo en el cuello que me hizo erizar todos los vellos de mi cuerpo.
-¿Me verías como tu pareja? –detuve el movimiento de mis dedos; sin embargo no los retiré del húmedo y apretado agujerito.
-No lo sé... yo... vos...
-¿Quién lo hubiera dicho? Dejé a la gran Lucrecia sin palabras.
-Te estás comportando de una forma muy diferente a lo habitual.
-Alguien me dijo que si no me veías como una mujer, nunca te ibas a fijar en mí... que debía dejar de actuar como una niña ingenua.
-¿Quién te dijo eso?
-Rodrigo.
-Lo voy a matar. Vos no tenés que dejar de ser como sos.
-Esto es parte de mí también... una parte que no suelo mostrar –su lengua subió por mi cuello-. Puedo amarte hasta dejarte satisfecha. Estoy segura de eso -¿Qué estaba haciendo esta chica en mí? ¿Por qué me... excitaba tanto que me hablara de esa forma?-. Puedo ser tu amante... y mucho más –sus dedos presionaron mi entrepierna por delante-, podemos compartir juntas aventuras sexuales extraordinarias... eso es lo que amo tanto de vos –el suave meneo de su cadera me incitó a seguir masturbándola-, con vos nunca se sabe qué puede pasar. Siempre superás mis fantasías más locas... todavía no entiendo cómo lograste convencerme de participar en una orgía... y sentirme cómoda al hacerlo.
-Eso no fue por mí...
-Sí lo fue, todas queríamos acostarnos con vos esa noche... bueno, quizás Jorgelina no... Ella se calentó con la pelirroja. Pero ese no es el punto –el tono cálido de su voz me estaba calentando como lentas llamas a una tetera, a este ritmo entraría en ebullición, tarde o temprano-, con vos me siento viva, dejo de ser la pobre chica sin amigas que se pasa horas sola por los rincones... con vos descubro un mundo que sólo podía ver en mi imaginación. Vos me hiciste lo que soy ahora, vos ya sos parte de mí.
-Me... me estás haciendo emocionar, Edith –ella desprendió el botón de mi pantalón-. No, esperá... acá no podemos.
-No voy a interrumpir esto –metió la mano dentro de mi bombacha, acariciando mi vello púbico y llegando hasta mis sensibles labios vaginales.

Mi sentido común me pedía que me detuviera; pero la lujuria, que tan acostumbrada estaba a habitar mi cuerpo; me forzaba a explorar la cavidad vaginal de esa dulce chica; me incitaba a besar esos tiernos y delgados labios; me sugería que me quitara la ropa, lentamente, manteniendo un contacto constante con las partes íntimas de Edith, y ella con las mías. Entre un paso y otro que dimos hacia el paraíso del sexo lésbico, me encontré repentinamente desnuda y no había sido consciente de cómo llegué a estar boca arriba en un sillón de una plaza, con la muchacha rubia entrelazada con todo mi cuerpo. El poco espacio que brindaba el sillón me resultaba incómodo, tenía la cabeza contra uno de los apoyabrazos, mi cuello se doblaba de una forma dolorosa, apenas una parte de mi espalda descansaba sobre el cojín, mi cola quedó en el otro apoyabrazos, obligándome a tener las piernas abiertas y suspendidas en el aire. Tal vez Rodrigo siguiera durmiendo y no se enteraría de lo que ocurría a escasos metros de su cuarto. A veces recapacitaba durante apenas unos segundos en los que me odiaba a mí misma por ser tan fácil de convencer. Temía no tener autoridad sobre mi cuerpo cuando se trataba de sexo, especialmente si éste se me presentaba de una forma tan apasionada.

Los dedos de mi mano se trenzaban con los de las manos de Edith, yo sostenía gran parte del peso de su cuerpo con mis brazos. Su lengua me recorría la boca, el cuello y no obviaba mis pechos, yo la observaba muda y excitada.

-¿Te estoy calentando? –me preguntó mirándome con sus ojitos de niña feliz.
-Hace rato me calentaste... te odio por eso.
-Todavía me cuesta creer que sea capaz de excitar a otra mujer... especialmente a una tan hermosa como vos.
-A mí no me cuesta creerlo, no te costó nada calentarme... y yo ni siquiera estaba pensando en sexo.
-¿Querés que te la chupe?
-Se va a despertar Rodrigo... ¿podemos seguir en otro lado?
-No, no podemos. Es acá y ahora... o nunca –podía sentir la humedad de su sexo rozando contra uno de mis muslos... ¿por qué tuvo que preguntármelo? Lo hubiera hecho y ya... el que me preguntara me hacía responsable de mis actos... y me calentaba aún más.
-¿Quién sos vos y qué hiciste con Edith? –le pregunté.
-Esta es la Lucrecia que Edith lleva dentro –me contestó con una pícara sonrisa-, vos te llevaste mi virginidad... y te debo mucho, quiero devolverte parte de todo lo que me diste.
-No hace falta que me devuelvas nada... no siento que me debas algo.
-Pero yo sí lo siento... te pregunto una vez más, sino me veré obligada a forzarte... ¿querés que te chupe la concha? –sus palabras eran tan lujuriosas que me hicieron delirar.
-Sí, chupámela...

No terminé de decir esto que ella ya estaba deslizando hacia abajo por mi cuerpo, en cuanto llegó a mi entrepierna no dudó ni un segundo, comenzó a comer mi vagina con la seguridad propia de una mujer que llevaba muchos años practicando sexo lésbico. Me estremecí al sentir un fuerte chupón en mi clítoris, estaba confundida, nunca la había visto comportarse de esa forma... solamente un poco, en aquella orgía; pero esta vez era diferente... había algo en su actitud que me hacía entender que ella había dejado detrás a la niña tímida, para transformarse en una mujer fogosa y segura de sí misma. Me la abrí con los dedos y mientras ella hundía su lengua en mi agujerito, yo me estimulaba el clítoris. Cerré los ojos para sumergirme en el placer y comencé a gemir.

-Meteme los deditos –le pedí.

Obedientemente ella comenzó masturbarme con dos dedos a la vez mientras su boca se encargaba de darme potentes chupones en mi botoncito femenino.

-¡Ah, me vas a matar! –exclamé.

En ese momento abrí los ojos y solté un grito. Edith se detuvo al instante. Parado junto a nosotras se encontraba Rodrigo, completamente desnudo. Su esbelta figura me recordaba al David de Miguel Ángel. Entre sus piernas colgaba un pene flácido, no sabría decir si era grande, ya que no lo parecía en ese momento, pero lo tenía allí, balanceándose lentamente frente a mí, tan cerca que hubiera podido tocarlo con sólo estirar el brazo. Instintivamente cerré las piernas y me cubrí las tetas con los brazos.

-No se detengan por mí –dijo él-. Pueden seguir tranquilamente.

No respondí, Edith me miró y notó mi inseguridad.

-A Lucrecia no parece gustarle la idea –le dijo.
-Si quieren las dejo solas. Es una pena, porque me hubiera gustado mirar, al menos. Siempre es un lindo espectáculo ver jugar a dos personas del mismo sexo de esta manera –sonrió.

De pronto lo vi como un hombre más grande, ya no parecía un adolescente o un joven adulto. Tal vez se debía a que él llevaba barba de unos días, o a mi perspectiva, ya que lo miraba desde abajo. A pesar de verlo de esa forma, seguía sintiéndolo mi amigo... un amigo confiable... desnudo pero confiable. No corría peligro estando él cerca.

-Mientras te mantengas lejos de mí... podés quedarte –le propuse.
-No voy a hacer más que mirar. ¿Eso no te molesta?
-No, para nada.

Era cierto, hasta me calentaba saber que había un par de ojos extra en la escena. Me recordaba a aquella vez que me calenté tanto dentro del vestuario, luego de que Cintia me hubiera chupado la vagina. Me encendió saber que mis amigas heterosexuales me habían visto desnuda y con la entrepierna húmeda. Me había masturbado muchas veces imaginando mil cosas locas con esa escena. En cierta forma Rodrigo era como ellas, un chico gay, que ni siquiera estaba interesado sexualmente en mí; pero que podía mirar lo que hacíamos Edith y yo.

-Te felicito, Lucrecia, tenés un cuerpo muy lindo –me dijo como quien felicita a alguien por su teléfono celular nuevo.
-Gracias, vos también. Si yo no fuera lesbiana, estaría asombrada.

Ese era otro punto que me llamaba la atención, me excitaba que él estuviera allí, como persona; pero no me calentaba verlo desnudo. Podría estar vestido que mi reacción hubiera sido la misma.

-Si quieren les presto mi mama –sugirió.
-Ahí vamos a estar más cómodas –Edith sonría alegremente, nunca la había visto tan feliz.
-Está bien, vamos –no quería arruinar la ilusión de esa pequeña chica.

La cama de Rodrigo era muy suave y cómoda, apenas me tendí sobre ella, Edith se me tiró arriba y comenzó a besarme intensamente, sus traviesas manos buscaron mi entrepierna y comenzaron a masturbarme, al parecer ella no quería darme tiempo para pensar, ni para enfriarme. Hacía bien, de lo contrario hubiera comenzado a dudar. Busqué su vagina y me agradó mucho encontrarla tan húmeda, le masajeé el clítoris mientras su lengua jugaba con la mía.

Nuestro pasional acto sexual se volvió tan intenso que luego de un rato no me importó para nada que Rodrigo estuviera allí. Edith me envolvió con su calidez, el dulce aroma del perfume que ella usaba me transportó a un mundo en el que las preocupaciones y los problemas no existían. Su lengua se aventuró a recorrer mis pechos, lamió mis pezones con mucha calma, como si pretendiera que el momento de pasión durara para siempre. Dos de sus dedos se hundieron en mi vagina y comenzaron a entrar y salir, al igual que el aire de mis pulmones. Abrí más las piernas, para dar lugar a su mano, que trabajaba incesantemente en mi sexo. Acaricié sus nalgas y busqué una vez más su hendidura femenina, separé levemente sus labios y luego la penetré con mis dedos índice y mayor. Ella emitió un agudo gemido que incrementó mi morbo, a continuación apretó más su boca contra mi pezón izquierdo y lo estiró dándole un fuerte chupón. En poco tiempo Edith se había convertido en una amante segura y confiada, con gran soltura en la cama. Bajó repentinamente hasta mi vagina, sostuvo mis muslos con sus manos y comenzó a devorar mi clítoris con intensidad, ese brusco cambio de ritmo me tomó por sorpresa, pero lo gocé tanto que me permití gemir elevando mi voz, consciente de que Rodrigo estaría allí, en alguna parte de la habitación, mirándonos.

Levanté mis piernas y las sacudí en el aire, dejándome llevar por la furia pasional de Edith, quien sacudía su cabeza de lado a lado chupando siempre mi viscosa almeja. Ella parecía incansable, no se detuvo en ningún momento. Mantuve los ojos cerrados por un rato, mientras sentía mi cuerpo hirviendo y cuando volví a abrirlos vi la silueta de Rodrigo elevándose detrás de mi pequeña amante. La luz de la habitación era muy pobre, apenas podía ver a Edith y el muchacho rubio era solo una sombra más en la penumbra. Por el movimiento de la cama me di cuenta de que él se había puesto de rodillas sobre ella, yo no podía dejar de gemir debido a las pasionales lamidas que recibía en mi sexo, por eso no pude oponerme a lo que ocurrió después... de hecho, estaba tan excitada que tal vez no me hubiera opuesto de poder hacerlo.

Edith levantó la cabeza y soltó un fuerte gemido de placer, supe que Rodrigo la había penetrado, no podía verlo desde mi posición, pero la silueta comenzó a menearse desde atrás hacia adelante, los gemidos de la chica se hicieron entrecortados, como si acompañaran las embestidas. Ella volvió a mi vagina y la chupó aún con más ganas, mi cuerpo se arqueó y mis ojos se cerraron como acto reflejo ante el inmenso placer que recibí. No entendía bien por qué, pero saber que Rodrigo se lo estaba haciendo, me causaba un inmenso morbo, lo que si sabía es que el hecho de que él fuera homosexual tenía mucho que ver con mi tranquilidad ante la situación, de lo contrario hubiera empezado a los gritos, pidiéndole que se retire. Sin embargo sabía que no corría peligro estando él en la misma cama, teniendo sexo con la misma mujer que yo, él no era como el chico que me quitó la virginidad, Rodrigo no me inspiraba ese frío temor. Podía escuchar el ruido que provocaba su pene al entrar y salir de la vagina de Edith y la forma en la que ella sincronizaba sus gemidos con este movimiento.

Edith se colocó a horcajadas sobre mí, su vagina quedó justo encima de la mía, inclinó su cabeza hacia adelante hasta que quedó a pocos centímetros de mi rostro, me hipnotizó con sus tiernos ojos, que parpadeaban de forma seductora; era la primera vez que reparaba en ello, sus pestañas eran muy hermosas y estaban prolijamente curvadas.

-¿Alguna vez imaginaste que tenías sexo con una mujer con pene?

Su pregunta me dejó atónita, no supe qué responderle. Ninguna frase llegó a mi mente.

-Imaginá que, por alguna razón, a una mujer le creciera un pene, uno de verdad. ¿Tendrías sexo con ella? –nuevamente me quedé en silencio, sin saber qué decir-. Te pido que te hagas una clara idea de lo que sería eso. Una mujer de verdad –se levantó un poco y acarició su torso con gran sensualidad, sus pezones estaban erectos e hinchados-, que tuviera todo lo de una mujer normal, pero a que al mismo tiempo contara con un miembro masculino.

Sentí que algo tibio y rígido se deslizaba entre mis húmedos labios vaginales e iba subiendo, vi aparecer un pene que parecía estar creciendo directamente del sexo de Edith. Su tierna almeja se dividió a la mitad, envolviendo en parte ese duro pene, que tenía buen tamaño. Un súbito calor me invadió, esto era muy extraño, pero estaba anonadada, no podía reaccionar. Como ella estaba tan cerca de mí no podía ver al hombre que estaba a su espalda, lo cual aumentaba la ilusión que ella me describía, parecía una mujer con pene.

-¿Te gusta? –Me preguntó ella agarrando el miembro erecto con una de sus manos, comenzó a masturbarlo lentamente, podía ver cómo el glande era cubierto por el prepucio y luego volvía a quedar al descubierto-. Ser penetrada es una sensación hermosa –continuó-, pero eso vos ya lo sabés, lo experimentaste... con un juguete, pero lo hiciste... sin embargo no sé si recordarás lo que se siente tener un pene de verdad dentro de tu vagina, sentir la tibieza del mismo, la forma en la que entra y sale sin que vos puedas controlarlo... es simplemente hermoso... y no tiene que ver con el hecho de que te gusten las mujeres o no, es simple y llanamente, sexo.

Mi vagina estaba expulsando más flujo de lo normal, podía sentir la presión que ejercía ese pene contra mi clítoris y el peso de Edith sobre mis piernas abiertas. Mi corazón comenzó a bombear frenéticamente.

-Tocame, Lucrecia –me pidió ella con su dulce vocecita-. Tocame la verga...

Moví la mano derecha con gran timidez, observaba todo lo que ocurría con los ojos muy abiertos, estaba confundida... excitada y confundida.

-Sin miedo. Sigo siendo la misma de siempre, pero ahora tengo esto...

Sacudió la verga dando leves golpecitos con ella a la parte baja de mi vientre. Estiré el brazo hasta que toqué su pubis, lo acaricié suavemente y con miedo fui bajando la mano hasta que sentí el primer contacto con el miembro, no se sintió diferente, era como si fuera parte de la misma persona. Recorrí el pene a lo largo con la punta de mis dedos, estaba húmedo, seguramente tenía una mezcla de los jugos vaginales de Edith y los míos. Mi pecho golpeaba con fuerza, era una sensación muy extraña, pero placentera. Mi cabeza ya se estaba haciendo claramente la idea de que a esa mujer le había crecido un pene. Me recordaba a las veces que utilicé un strap-on, pero éste era de carne; la diferencia, en vez de ser contraproducente, lo hacía más interesante. Cerré mi mano alrededor del glande, estaba tibio y una gotita que salía de la punta se pegó contra mi palma.

-Tocame así, que me gusta mucho –me dijo sin dejar de mirarme a los ojos-, tenés las manos muy suaves, Lucrecia.

Tragué saliva, ella hablaba como si pudiera sentir todo lo que yo hacía, de a poco esta loca idea me fue gustando cada vez más. Ni siquiera podía compararla con mi primera y única experiencia con un hombre. Esto era completamente diferente.

Acaricié todo el miembro con suavidad, mi mano se fue acostumbrarlo a sentirlo. Luego empleé un poco más de fuerza y comencé a masturbarlo lentamente, con mi corazón amenazando con subir por mi garganta y saltar fuera de mi boca.

-Lo hacés muy bien, Lucre –me felicitó Edith-. Me estás haciendo calentar mucho –se acercó a mí y me besó cariñosamente en la boca-. Quiero penetrarte, quiero sentir tu conchita por dentro –otra vez la miré atónita, me tenía hipnotizada. No podía emplear palabras, por lo que me limité a asentir torpemente con la cabeza-. Espero que estés lista, porque a esto lo vamos a disfrutar juntas.

Luego de decir esto, se levantó levemente y agarró la verga con una de sus manos, sentí el glande presionando la entrada de mi empapada cuevita. Edith me acarició el pelo con su mano libre y volvió a besarme, mientras su lengua se fundía con la mía, el pene fue entrando muy lentamente. La diferencia con un consolador fue enorme, éste se sentía mucho más suave, cálido, verdadero... pero al menos sabía cómo recibirlo dentro. Separé un poco más mis piernas, noté que Edith se movía lentamente, era maravilloso, realmente parecía que fuera ella quien controlaba ese duro miembro. Cuando tuve una buena parte de él adentro dudé... estuve a punto de ponerle fin a todo esto, no quería tener sexo con un hombre... pero mi subconsciente no lo sentía de esa forma, para él todo esto estaba ocurriendo con una mujer que tenía un pene.

-Ahora te la voy a meter toda.

Se movió bruscamente una sola vez, lo hizo desde atrás hacia adelante y la verga se me clavó completa. Solté un fuerte grito de placer, se sentía muy rico. Edith me tomó de las manos y entrelazó sus dedos con los míos, me miró fijamente y comenzó a menearse rítmicamente, si ella avanzaba, el pene también lo hacía... y éste retrocedía cuando ella inclinaba su cadera hacia atrás.

-¿Te gusta?
-¡Ay, sí Edith! Lo hacés muy bien.

No estaba segura de a quién tenía que agradecer el inmenso placer que sentía, pero podía ver un par de lindas tetas saltando delante de mí y al mismo tiempo un pene entraba y salía con fuerza de mi sexo. Solté sus manos y la acerqué a mí, comencé a chuparle las tetas con esmero, me di cuenta de que además del pene clavándose en mí, también sentía la vagina de Edith frotándose contra la mía... clítoris contra clítoris. No cabía lugar para las dudas, sólo el placer ocupaba mi psiquis y no quería que este increíble acto sexual se detuviera.

Edith me ayudó a levantar mis piernas, sus manos sostenían mis tobillos firmemente mientras ella cerraba sus ojos, jadeaba y se sacudía de adelante hacia a atrás con mucho ímpetu, su piel se estaba poniendo roja y algunas gotitas de sudor rodaban por su cuello, era una imagen verdaderamente erótica y digna de ver en un gran momento de calentura. Su pene... ya que realmente parecía que fuera de ella, no dejaba de hincarse en mí. Me sumergí en un mundo surrealista de lujuria, pasión y placer físico. Pasaban los minutos y mi goce iba en aumento, la mecánica sexual se volvió constante, pero no menos interesante. Cada movimiento de Edith se coordinaba con los del pene que jugaba dentro de mi vagina. No quería pensar en él, pero en un breve flash me vino a la cabeza la idea de que Rodrigo podría estar empujando el cuerpo de la pequeña Edith para que ella se moviera al mismo tiempo.

La tierna muchachita liberó mis piernas y se apartó, el pene salió de mi vagina cuando ella retrocedió, lo cual me produjo mucho placer, ya que pude sentir toda la extensión de ese miembro, con la protuberancia que formaba el glande, deslizándose por el interior de mi caverna sexual.

Edith permaneció de rodillas en la cama, la penumbra ocultaba parcialmente su cuerpo y me brindaba una sorprendente ilusión óptica con el pene sobresaliendo entre sus hinchados labios vaginales. Me indicó que me acercara, con un gesto de su mano. Me puse boca abajo y apunté mi cabeza hacia ella, me acerqué reptando por el colchón, lentamente, como si fuera una mascota insegura buscando alimento en la mano de su dueño. Cuando me coloqué entre sus piernas, Edith me recompensó acariciando mi cabeza, no dijo una sola palabra, el silencio se había apoderado de todo y nadie me presionaba a seguir, fui yo quien, presa de un deseo carnal incontrolable, acerqué mi boca a su vientre. Lamí su suave monte de venus tan solo por unos segundos, luego busqué su clítoris y mi lengua rozó el tronco del pene. Admiré el miembro en toda su extensión y luego levanté la vista para encontrarme con los ojos de esa dulce mujer, quien, con una cálida sonrisa, me incentivaba.

Sujeté el pene con mi mano, se sintió muy extraño, nunca había agarrado uno... ni siquiera aquella primera vez con un hombre, él se había limitado a penetrarme. Sin embargo esta vez era yo quien tenía la última palabra, podía irme y sabía que ninguno de mis amigos opondría resistencia; pero yo soy una mujer que disfruta de las nuevas experiencias en la cama y tenía todo allí, a mi disposición. No quería quedarme con las ganas.

Bajé la mirada y la fijé en el glande, titubeando abrí mi boca y dejé que la punta del pene se posara en mis labios, tenía el sabor de mis propios jugos vaginales, lo cual no me desagradó para nada. Me animé a introducir un poco más el glande en mi boca, sorprendentemente no me producía ningún tipo de repugnancia, no había nada de malo... no era tan diferente a chupar una vagina... solo la forma y el tamaño cambiaban. Además, me bastaba con mirar hacia arriba para encontrarme con un hermoso cuerpo femenino. Ella continuaba acariciando mi cabeza, pero no me forzaba. Lo único que veía de Rodrigo eran sus rodillas, pero éstas estaban detrás de las de Edith y no quitaba la ilusión de que el pene perteneciera a la muchachita.

Estaba en un punto sin retorno y donde ya no había más lugar para las dudas, o me iba dejando todo así... o hacía lo que hice. Tragué la verga hasta la mitad, siempre mirando a Edith, y comencé a chuparla lentamente, presionándola con mis labios y usando mi lengua instintivamente. Avancé y retrocedí, una y otra vez, acostumbrándome a la sensación (agradable, por cierto) que me proporcionaba el pene dentro de la boca.

-Chupámela, Lucre... lo estás haciendo muy bien –me dijo Edith.

Sus palabras me transmitieron aún más seguridad, que ella me lo pidiera me permitía imaginar con mayor firmeza que estaba chupándosela a una mujer con pene. No le dediqué mucho tiempo a esta tarea, por la simple razón de que mi vagina me estaba pidiendo volver a probar la verga que Edith le había ofrecido.

Con la respiración agitada me puse en cuatro patas, dándole la espalda a Edith y a Rodrigo, bajé mi cabeza y aguardé. Un par de pequeñas manos me tomaron por la cintura. A continuación sentí tibios muslos rozando contra mis nalgas y por último, el pene firmemente erecto enterrándose entre mis labios vaginales. Solté un gemido, no sólo por placer, sino también por ansiedad. Quería que me penetraran con fuerza. Apreté las sábanas con mis dedos y recibí esas firmes estocadas, una detrás de la otra. Edith se recostó sobre mi espalda y comenzó a besarme el cuello al mismo tiempo que sus manos se entretenían con mis pechos. Parecía que nuestros cuerpos se habían fusionado, incluido el de Rodrigo. Nos movíamos al unísono en una coreografía erótica improvisada. Me resulta muy difícil describir lo que sentía cuando el pene se hundía en mi vagina, ya que lo único similar que había experimentado era un strap-on (mi primera experiencia sexual no contaba, ya que prácticamente no la recordaba). El glande se deslizaba presionando contra las paredes internas de mi sexo y podía sentir su calor, su viscosidad. De pronto me espantó que eso estuviera gustándome más de lo debido y quise volver a mis raíces lésbicas.

-Te la quiero chupar –le anuncié a Edith con voz entrecortada debido a las constantes sacudidas que le daban a mi cuerpo.

Ella no se hizo rogar, en un santiamén ya la tenía abierta de piernas, delante de mí, ofreciéndome su húmeda y sonrosada almejita. En cuanto empecé a chupársela con pasión, un par de fuertes manos me sujetaron por la cintura y la fuerza de las embestidas aumentó considerablemente. Introduje mi lengua en la vagina de Edith y me entregué al placer. El movimiento mecánico me hipnotizó, mis gemidos se perdían entre las carnosidades del sexo de mi amante femenina y ella gemía libremente, alentándome a que se la chupara más fuerte.

El hombre detrás de mí me tomó por sorpresa al sacar su verga de mi vagina, pensé que ya no quería seguir... pero un instante más tarde ya estaba apuntándola hacia mi culito. Levanté la cabeza un segundo y miré a Edith con los ojos bien abiertos. ¿Me la iba a meter por atrás? Ni siquiera tuve que formular la pregunta en voz alta, la respuesta me llegó cuando Rodrigo presionó hacia adentro, sentí mi ano dilatándose, dándole paso a la punta del pene; sin embargo no llegó muy lejos, aunque me brindó un placer enorme. Agaché la cabeza una vez más y la apoyé en el pubis de Edith, allí aguardé, empujando hacia atrás levemente con mi cadera, a que ese pene se hundiera en mi agujerito posterior. Estaba loca de deseo. Lo quería... quería que entrara, aunque me doliera, no me importaba... la quería toda. Por suerte Rodrigo fue insistente y, luego de varios intentos, logró introducir su verga por completo. Para ahogar mis gemidos volví a pegar la boca a la almeja que tenía delante de mí.

El goce era tal que tenía la impresión de que mi cuerpo no podría tolerarlo, no sólo me excitaba el tener a una chica a quien practicarle sexo oral, sino que además tenía a alguien penetrándome analmente. El ritmo era lento, pero constante, aparentemente me estaba dando tiempo para que mi culito asimilara el tamaño de la verga y se dilatara lo suficiente como para que ésta pudiera moverse con mayor libertad.

Cuando las penetraciones se hicieron más duras, descargué mi tención sexual contra la rajita de Edith, se la chupé con excesiva fuerza y hasta llegué a rozarla con mis dientes, fui lo suficientemente atenta como para no lastimarla; pero como me estaban matando por detrás, me costaba mucho reprimir mis instintos sexuales más burdos. Siguiendo uno más de estos impulsos, metí un dedo en el ano de Edith mientras le succionaba el clítoris, ella se estremeció de placer, al igual que yo cuando Rodrigo comenzó a bombear cortito, pero muy rápido.

Me sería imposible estimar el tiempo que estuvo dándome por detrás, sólo recuerdo lo mucho que lo disfruté y lo extrañamente agradable que se sintió la descarga de semen en mi interior. Supe de qué se trataba apenas noté el líquido tibio saltando de la punta de la verga, sin embargo no imaginé que se sentiría tan bien. El semen lubricó mejor el pene y éste se deslizó con mayor facilidad durante las últimas embestidas, hasta que Rodrigo se detuvo. Continué chupando a Edith durante unos instantes y cuando me volteé para ver qué hacía el rubio, me di cuenta de que ya no estaba en la habitación. Me puse de rodillas en la cama y miré a Edith, ella tenía la piel enrojecida y miles de perlas de sudor le adornaban el cuerpo. Estuve a punto de decirle lo hermosa que estaba, pero sentí el semen escurriéndose hacia afuera.

-Tengo que lavarme –le dije.


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-Me niego a ser Lesbiana (Parte 19) - 2