Desde mi casa frente a la estación de servicio observaba a Paloma, ella tomó la pistola para cargar nafta con una impronta sexual aprendida con los viejos. Paraba el culito, arriba de esas piernas largas y bien formadas, y se arqueaba sabiendo que todos en la estación de servicio la miraban como para comérsela a mordiscones. La habían vestido con un mono de spandex, tipo calza y con los colores de la marca, una visera que nadie se fijaba que la tenía con el logo. Parecía una modelo de las revistas, o una promotora de las carreras del TC 2000, pero más bonita.

Paloma


Ella me dijo que le habian dado uniforme nuevo, pero no me dijo que era una Calza.
Ahora que paraba el culo yo la miraba atentamente, claramente era una prenda ajustadísima, era como una segunda piel, metiéndose entre las nalgas con tal osadía y profundidad que me hacía parar la pija. Y cuando giraba, siempre sonriendo a los hombres a los que se la mostraba, se veía que también se le enterraba en la concha de una manera escandalosa, marcando con claridad el nacimiento de las piernas, como líneas que estuvieran ahí para guiar los ojos hacia su conchita exquisita.

—¿Qué estamos haciendo acá? —me preguntó Luni Tun, tirado en el sofa mirando junto a mí, detras de la ventana.
Estábamos parapetados en el sofa mirando a Paloma, al otro lado de la calle.
—Viendo si mi novia me miente —respondí—. Por lo pronto, ya me mintió con lo de la calza. La tiene metida en el orto como una puta.
—Es mujer. Las mujeres son raras. Y es una chiquilla… —Ahí con lo de chiquilla se le patinó lo pajero—. Lo único que quiere es que la deseen un poco.
—Ya se la cogió medio pueblo. ¿Qué más puede querer?
—Ay, Pablito, me parece que de mujeres vos no entendés nada…
Paloma seguía sonriendo y parando el culo. Los autos entraban y salían, y no hubo un cliente que no le dijese algo como para levantársela. Había también dos playeros con ella, y un negro feo y zaparrastroso, de mameluco, que no hacía otra cosa que fumar y mirarla con lujuria.
—Tomá —le dije a Luni Tun, y le alcancé los binoculares—. Decime qué ves.

calzas


Luni Tun miró detenidamente.
—¿Hace dos días que trabaja acá?
—Sí, le queda unas semana más, porque está reemplazando a una amiga que salió de vacaciones.
—¿Y dice que no se la cogió nadie?
—¿Cómo que “dice”? ¡No se la cogió a nadie!
En eso entró un auto a la estación de servicio y uno de los playeros fue a atender. Un tipo de unos 50 estaba en las escaleras que conducían a sus oficinas, en una construcción de dos pisos, y le avisó algo a Paloma

spandex


—Ya se cogió al playero ese. No sé a los otros, cuando los vea hablar con ella te digo.
—¿Qué decís? ¿Estás loco?
—Se lo cogió, ¿qué querés que te diga? Al gerente también se lo cogió.
—No, no, no, no... No puede ser. Paloma me dijo que el gerente era un viejo como de cien años…
—El gerente es ese que la llamó… Debe tener 50.
—P-pero… Paloma no me mencionó…
—Ahí viene otro, ¿lo ves? ¿A ver cómo se manejan con tu novia…? —El negro flaco, feo y sucio con mameluco de mecánico se acercó haciendo bromas y en un instante él y uno de los playeros comenzaron a tontear y jugar de manos con mi novia— El del mameluco ya se la cogió, seguro… El otro no. Pero se le va a entregar en cualquier momento, Pablito.

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—No puede ser… No puede ser…
—Mirá —me interrumpió Luni Tun, y me dio los binoculares—. Uno se lleva a tu novia… allá, ¿ves?
Miré. Efectivamente el del mameluco la tenía tomada de la mano y se metía en el tallercito. El culazo encalzado y perfecto de mi amorcito cadereaba sensual y sumiso tras los pasos de ese negro desagradable.
—Quizá le va a decir que no quiere, que no es una puta…
Cerraron a medias una hoja del portón y se metieron detrás, y ya no se vio nada.
Me desinflé. Tenía que haber una explicación. Paloma no era ese tipo de chica.
Nuestra relación era distinta a otras. Era especial.
—¡No soy un cornudo, Luni Tun! —le grité enfadado—. Por más que vos seas muy bueno semblanteando a la gente, yo conozco a mi novia mejor que vos. Yo sé lo que te digo. Vos ves putas y cogidas en todos lados… Sos un enfermo… Un enfermo de las cosas raras… ¡eso es lo que sos!
La sonrisa condescendiente de Luni Tun casi me suelta las lágrimas.

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A la noche me crucé y la fui a buscar, como había hecho las dos noches anteriores, y como se suponía haría el resto de las semanas. Es que de la estación de servicio la acompañaba a la casa que quedaba lejos de mi casa, y yo no quería que volviera sola.
—No hace falta que vengas mañana si no querés, mi amor —me dijo Paloma—.
Muchos clientes que cargan nafta se ofrecen a traerme.
—No lo dudo… —dije con amargura.
No me aguantaba más. Quería tomar a Paloma del cuello y obligarla a confesar, si había algo que confesar. Un rato antes, en la estación de servicio, había venido a mi encuentro con el uniforme de trabajo y su sonrisa enorme y fresca de nena buena. La sonrisa era la de siempre; la calza, no. Otra vez la que usaba conmigo, la que presentaba ante mí, parecía una calza común. Apenas sensual, no metida en el orto bien de puta, casi como si estuviera desnuda y pintada en tela.
Ahora volvíamos por el camino que unía la estación con la casa, sin nadie alrededor, ni un alma, y mucho terreno baldío a ambos lados.

Paloma


—Paloma… ¿Seguro que el gerente tiene cien años…?
—Ay, ¿otra vez con eso? Ya te dije que es un viejo, ¡yo qué sé cuántos años tiene!
—Vos me dijiste cien.
—Nadie tiene cien años, amor. No sé cuántos tiene, no le voy a andar preguntando… No sé… 70… 60… 50… Yo qué sé…
—¿Cómo 50? Vos me habías dicho que tenía…
—Ay, no seas pesado, Pablito. También te dije que la tenía chiquita y la tiene grande.
—¿Cómo que la tiene grande? Paloma, ¿cómo sabés que…?
—Ay, Pablo, ¡sos un tonto! Yo qué sé si la tiene grande, gruesa y venosa. Es una forma de decir. Te dije que tenía cien años, y que seguro no se le paraba porque es un viejo, no porque sepa que se le Re para.

calzas


Me estaba dando material para iniciar al menos cinco nuevas discusiones. Pero no quería eso ahora, solo quería la verdad.
—¿Y tus compañeros? ¿No te quieren coger tus compañeros?
—Sí, todos.
No me quiso herir. Pero la sinceridad simple y brutal, y sobretodo predecible, sí me hirió. Aunque me provocó un inexplicable respingo en la pija.
—¿Y el alto? El flaco alto ese, el morocho…. ¿Ya te cogió…?
Vi un destello de duda en sus ojos, un parpadeo. O el parpadeo fue mío, por mi morbo que comenzaba a aflorar.
—Ay, mi amor… —se relajó y me tomó del cuello y me besó—. El único que me va a coger acá sos vos… ¡y muy prontito…!
Supe que no me había respondido, y que me estaba manipulando. No me pregunten por qué, una oleada de calentura que no tenía un origen definido se apoderó de mí y la tomé de la mano y la llevé al descampado que había al costado del camino.

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—¿Qué hacés, Pablito? —rió Paloma.
Nos detuvimos tras el yuyerío, en un claro, lejos de la mirada de algún curioso que pudiera hociquear desde la calle.
—Metete las calzas bien adentro. Quiero verte bien puta con esas calzas.
Paloma no me entendía, pero su expresión era divertida. Como se quedó sin hacer nada fui y le levanté la calza, y ahí sí me entendió y me dijo: “Dejame”, y se la acomodó solita.
Comenzó a ajustársela aquí y allá lentamente, sin mirarse, sin quitarme los ojos de encima a mí. Sorprendida. Curiosa. En un instante Paloma había hecho mutar su calza ordinaria en la que yo había visto con mis binoculares: la de una putita traga pijas.

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—¿Así te gusta más, mi amor? —me preguntó con complicidad.
Tragué saliva. La concha le sobresalía, marcada y voluminosa, y cuando Paloma giró para que la viera a ella por completo, la cola perfecta pareció estar desnuda a la claridad de la luna. Mi erección fue instantánea.
—Quiero cogerte —rogué.
Paloma sonrió y dio un paso hacia mí.
—Arrodillate, hermoso...
Obedecí por puro amor.
—Por favor, Paloma… Vos me prometiste…
—¡Chst! —me puso un índice en los labios—. Ya te va a llegar el momento, Pablito… —Su tono y su mirada eran como la que se usa con un chico— ¿Te gusta?

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Tenía su conchita forrada en tela sobre mi rostro y, cuando giraba, esa cola perfecta y ya probada por medio pueblo pero virgen para mí. Era mucho. Era demasiado. Me abalancé sobre su culazo, hundiendo mi rostro como un sediento hunde su cabeza en un ojo de agua en el desierto. Me aferraba a esos muslos y hurgaba en ella, comiéndola sin lograrlo porque estaba vestida, y porque su risa maldita, sádica en un punto, me decía que no, que no la estaba comiendo.
Paloma giró y me ofreció su concha, que fui a devorar, siempre sobre la calza, y me miró excitada y sorprendida. Sonreía fascinada, y en un momento me tomó de la cabeza, me sacó de su entrepierna y me obligó a mirarla arriba, a los ojos.

Paloma


—¿Te gusta cómo me queda, mi amor?
—¡Me enloquece!
—¿Me vas a dejar usarla así en el trabajo todos los días?
El hecho de que me estuviera pidiendo permiso para hacer algo que ya estaba haciendo me enojó y me excitó a la vez.
—Sí, sí, te dejo… —y fui a hundir otra vez mi cabeza en su entrepierna, pero me retuvo de los pelos… y otra vez a mirarla a los ojos, siempre arrodillado.
—¿Me vas a dejar recibir leche del gerente, mi amor? Es para el tratamiento... Es para estar más linda para vos.

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En un rincón de mi conciencia supe que ya el gerente le estaba volcando la leche, quizá en ese mismo momento tenía la leche del gerente adentro. Sin embargo otra parte de mí lo negaba ciegamente. Autorizarla a seguir con el tratamiento me aseguraba seguir creyendo en ella y en la farsa de que yo controlaba su descontrol.
—Es-está bien… —dije sin darme cuenta de cómo la dejaba manipularme… —pero sólo con el gerente…. —Paloma sonrió triunfal—. Y que nadie se entere… No quiero que los de la estación de servicio piensen que sos una puta.
Tuve que haberme revelado ante su risotada. Y darme cuenta que estaba disfrutando de mi debilidad, de mi voluntad demolida. Estaba demasiado caliente y desesperado de ella como para advertir nada.

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—Ahora dejame cogerte, Paloma, por el amor de Dios, por lo que más quieras —rogué, patético.
Paloma me acarició los cabellos, así abajo como me tenía.
—Todavía no, Pablín… No estamos preparados para el sexo, no seas pajero…
—Pero mi amor, te estoy dejando con el gerente…
—Eso es otra cosa, Pablo. Eso es por vos. Es para estar más buena.
Se bajó la calza hasta la mitad de los muslos, giró en redondo y se ofreció.
—Ahora chupá, mi amor. Sé un buen novio y chúpame en los dos agujeritos que va a usar el gerente mañana.
La tomé de atrás, de los muslos, y me humillé en ella con una desesperación nueva en mí. Y carajo, a esta altura ya sabía por el olor y el gusto cuándo Paloma había recibido leche para engordarla. La tenía en los dos agujeritos, que adivinaba enrojecidos y comprobaba agrandados. El sabor era el de siempre: el de ella y el de la leche. Más que nada en la concha, que devoré desesperado. Paloma, arqueada y sacando cola, con las piernas abiertas en compás, comenzó a jadear más y más fuerte, y su excitación le hizo la conchita más acuosa y más lechosa. No me importaba nada. No le iba a decir nada. Lo único que yo quería era comerla por completo, hacerle el amor como me dejaba, poseerla de la única manera posible para mí. Tragué sus pliegues, sus jugos, su clítoris, y la leche del gerente, del playero flaco y vaya a saber de cuántos clientes. Y Paloma comenzó a acelerarse y morbosear.

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—Chupame, mi amor. ¡Chúpame la cogida del gerente! —Hundí más mi rostro en ella, mi pija ya me dolía de la erección—. ¡Qué bien me estás cogiendo, Pablito! ¡Siempre te quiero así! ¡Siempre de rodillas y demostrándome cuánto me amás!
Mi calentura era tal que saqué mi pija y comencé a manosearme.
—Sí, cornudo, síhhh... Pajeate, cornudo, pajeate… ¡Ahhhh…!
Saqué mi boca embadurnada de ella y de machos, y me quejé.
—¡No me digas cornudo!
Paloma giró enfurecida ante mi interrupción.
—¡No me cortés ahora con esas boludeces, Pablo, o me cojo a toda la estación de servicio y no te cuento nunca más nada!

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La sola posibilidad de quedarme afuera de su tratamiento me ubicó en mi lugar. Obediente, regresé a la conchita de mi novia y chupé como si de ello dependiera mi vida. Chupé, chupé y chupé hasta que las piernas de Paloma comenzaron a temblequear y se me vino en la cara con un grito sordo y profundo, surgido desde su alma.
—¡¡¡Ahhhhhhhhh… cornudo te amoooohhhhh…!!!
Mi pija había largado unas gotitas, pero aun no había acabado. Había dejado mi paja para tomarla a mi novia de sus muslos y hundirme en ella. Le pedí que me pajeara un poco, no necesitaba mucho para acabar.
Me miró, amagó moverse y se quedó. Fue como si mi pedido la sorprendiera, y finalmente, luego de un titubeo interminable y con un gesto como de estar aceptando algo malo, se inclinó para agarrarme la pija.

Paloma


Entonces sonó una bocina y se oyó: “¿Paloma?”
Mi novia apenas se sobresaltó. Miró hacia la calle y es posible que haya suspirado de alivio. Se subió la calza y se la colocó bien enterrada en el culo, como en la estación de servicio.
—¡Es Diego! ¡Vestite que nos lleva!
—Paloma, no me dejes así. Haceme una pajita, por favor...
Pero ella ya me daba la espalda, gritando:
—¡Acá, Diego! ¡Esperame!
—Hola, hermosa —se escuchó.
—Paloma, por favor, volvé…
—Dale, Pablito, así no caminamos hasta casa.
El llamado Diego tenía un auto nuevo y unos 30 años. La hizo sentar a ella adelante y a mí me tiraron atrás. Se los veía muy confianzudos a los dos, como si se conocieran desde siempre. La verdad es que hasta hacía dos días no lo teníamos ni de vista.
No hicimos dos cuadras que mi novia largó aquello, exaltada.

—Pablito me dejó recibir leche de nuevo. ¡A partir de mañana me la vas a poder echar como vos querías!
—¡Paloma! —grité abalanzándome desde el asiento de atrás.
—¿Qué, mi amor? Si me dijiste que desde mañana.
No podía creer lo que escuchaba. Sobre todo la naturalidad con que Paloma se refería a nuestra intimidad.
—¡Sólo te dejé con el gerente! Y además… —me temblaba el mentón por la humillación pública—. ¡Además no son cosas para comentar a un extraño!
—Ay, Pablín, no seas perseguido. Diego es un cliente de siempre, viene todos los días a cargar nafta y siempre me dice cosas lindas y queriendo algo conmigo… vos ya sabés.
—Te felicito, Pablo —me dijo el otro a través del espejo—. Tenés la novia más linda de todo el pago… Y la más gauchita.

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En ese momento tuve la certeza de que ese hijo de puta ya se la había cogido.
—Desde mañana vas a poder hacerme eso que me prometiste. Diego.
—¡Paloma, no! ¡Yo solo te dejé con el gerente!
—¿Y qué cambia? El gerente… Diego… Es lo mismo. La leche de macho es la leche de macho.
—¡Paloma, pará de hablar como una puta! ¡Hablás como si estuvieras deseando que este tipo te coja!
—¡Ay, Pablo, cortala con tus celos!


Paloma entraba a trabajar a las 13. El gerente se retiraba a almorzar de 12 a 15, es decir que se iba sin haberla visto y regresaba con Paloma ya en plena labor. Yo me aposté con los binoculares oculto enfrente, desde las 13.
Por supuesto, otra vez sucedió lo del día anterior. Los playeros, el mecánico y los clientes baboseaban a mi novia todo el tiempo. El mecánico directamente la manoseaba con impudicia. Y la muy puta de mi novia se dejaba tocar sin más.
Lo que no entendía era por qué. Podía entender lo del doctor Ramiro, un tipo lindo, con buena posición económica. Pero los playeros eran dos negros feos y sosos, y el mecánico era lisa y llanamente un marginal. Le faltaban varios dientes y vivía sucio y desaliñado.
Por un buen rato me convencí de que era un simple histeriqueo, esa costumbre horrible que tienen muchas mujeres de sostener juegos de seducción para mantener eternamente el interés de los hombres. Hasta que a las 13:30 el mecánico tomó a mi novia de la mano, delante de los otros, y se la llevó con determinación al tallercito. Mi novia lo siguió feliz, muy sonriente y trotando a los saltitos, con su culazo repimporoteando.

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—¡Hija de puta! —me salió del alma.
Comencé a transpirar. Estaba furioso, celoso, impotente. Y con una erección inexplicable que me crecía segundo a segundo. No supe qué hacer: por un lado quería ir y armar un escándalo de proporciones, por otro quería ver si ella sería capaz de mentirme. Pensé, en mi negación: quizá haya visto la oportunidad de incrementar su ración para el tratamiento. Podría disculparla de no avisarme antes porque le pudo surgir en el momento, de modo que quizá me lo blanquearía después, apenas me viera. O quizá no iba a hacer nada. Quizá el mecánico le iba a mostrar algo.
Sí que le mostró algo. Vi claramente —porque esta vez ni se molestaron en cerrar siquiera una hoja del portón— cómo el mecánico se bajó sus pantalones con elástico y exhibió una tranca notable, ancha, casi plana y muy larga. Pero eso no era lo peor. Lo peor era que Paloma, mi Paloma, que solo tenía permiso para enlecharse del gerente, no se sorprendió un ápice y se le acercó enseguida, festejándole la desfachatez.
Me desabroché el cuello de la remera piqué, el maldito sol me hacía transpirar. Volví a los binoculares justo para ver cómo Paloma se abalanzó sobre la tranca del mecánico, cayendo de rodillas ante él y comenzando a mamarlo.
—¡Hija de puta!
Los playeros tonteaban entre ellos y echaban miradas furtivas hacia el tallercito. Y reían. Era evidente que sabían lo que estaba pasando.
Regresé sobre mi novia. Aun conservaba las calzas puestas y bien enterradas entre las nalgas, pero el turro hijo de puta del mecánico le cogía las tetas y se las masajeaba con mayor lujuria que los viejos. A veces la tomaba de los pelos y le metía la pija en la boca y se hacía chupar, y Paloma siempre regalada.
Decidí que no me iba a deprimir como un cornudo. Al menos, no ese día. Tenía que averiguar algo, necesitaba saber si Paloma sería capaz de mentirme. Esperé a que ese flaco sin dientes se deslechara en la boquita de Paloma, tomándola de los cabellos para ejercer presión y que no derramara una sola gota, y recién entonces llamé por teléfono.
El teléfono sonó sin que nadie atendiera mientras yo veía cómo el mecánico se escurría la verga en los labios de mi novia y se subía los pantalones. Volví a llamar cuando Paloma quedó sola y recién ahí me atendió.

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—Mi amor… —dije. Me temblaba la voz—. ¿Por qué no me atendías…?
—Hola, Pablito. Estaba dándole unos folletos a un cliente que cargó nafta.
¡Hija de puta!
—¿Ya… ya te surtieron de leche, mi amor…?
Paloma hizo un silencio. Con los binoculares en la mano la vi sentarse en un asiento viejo y mugriento de esos largos, como el de un Ford Falcon de los 70.
—No, el gerente recién viene a las tres. ¿Te estás arrepintiendo?
Vi que el mecánico, ya en la dársena, intercambió unas palabras con el playero flaco y alto. Y el playero inició su caminata hacia el tallercito.
—No, no… Pensé que quizá te gustaría que esté ahí… no sé, para empujarte la lechita para adentro, como a vos te gusta…
—¡Me encantaría! —celebró entusiasmada— Pero no sé… Por ahí al gerente le parece un poco raro… Él cree que vos sos un cornudo normal…
—¿Cómo que cree que soy un cornudo?
—No, que seguro va a creer eso. No lo veo tan zarpado como tus amigos los viejos, que no les importás un carajo...
—Paloma…
El playero ya estaba llegando al tallercito. Sonrió al ver a mi novia. Y mi novia le sonrió a él.
—Lo que podés hacer es venirte, esperarme abajo en el playón y apenas me termine de coger, yo bajo para que me limpies…
—Para que te empuje la leche.
—Sí, sí, eso. Para que me empujes la leche.
El playero ya había llegado a mi novia y se le había puesto de pie frente a su rostro. Le acarició los cabellos y ella lo miró a los ojos con una sonrisa, mientras sostenía el teléfono con el que me hablaba.
—Mi amor —me dijo—. Te tengo que dejar. Ahí viene otro auto a cargar nafta.
Mi indignación era casi tan grande como mi erección. El playero se abrió la bragueta y peló la verga sobre el rostro de mi amorcito, que se relamió.
—¡Esperá!
Quería retenerla, quería sostener esa charla hasta el infinito para que no se tragara esa pija infame.
—¿Qué, mi amor? —me preguntó con una vocecita de nena inocente, a la vez que ya masajeaba arriba y abajo el vergón oscuro.
—Solamente el gerente, ¿eh?
Paloma besó brevemente la cabeza hinchada y brillosa.

—Solamente el gerente, ¿qué?
—Que te llene solamente el gerente, mi amor —le aclaré, y vi que mientras le hablaba agachó la cabeza y tragó pija. Y comenzó a cabecear—. No quiero que esos hijos de puta de los playeros o el mecánico se aprovechen de vos y te quieran llenar de leche —La mamada era de las buenas porque el flaco ya tiraba la cabeza hacia el cielo.

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Paloma se desprendió de la verga, le sonrió a su macho y me habló.
—No, mi amor, no te preocupes… solo con el gerente… Los chicos me tiran onda pero yo ya les dije que no soy de esas, que quiero respetarte. Y ellos también, mi amor, ellos también te respetan.
El playero la tomó de los cabellos con saña y comenzó a forzar un bombeo furibundo sobre su verga. Yo quise sostener la charla pero ya a Paloma no le importaba, y colgó y arrojó el celular a un costado. El playero se hizo mamar un buen rato más y mientras mi novia tragaba verga, yo tragaba bronca. En un momento se la sacó de la pija. Mi novia lo miró a los ojos con lujuria. El playero le dijo algo y la hizo girar hacia el otro lado, en cuatro patas. La calza enterradísima en el culo era un espectáculo. La noche anterior casi me hace acabar a mí, pero el playero no tenía por mi novia el mismo respeto que yo. Le bajó las calzas hasta la mitad de los muslos y ese culazo redondo, lleno, perfecto, le quedó regalado. La tomó de las nalgas y se las separó, escupió en el medio y en un segundo le arrimó la panza y la penetró sin miramientos.
Mis binoculares iban de la penetración al rostro de mi novia, emputecida de deseo y placer. La visión me calentaba y a la vez me contrariaba. Y mientras el playero se la seguía garchando a la cada vez más puta de mi novia, a veces llegaba un auto o un camión a cargar nafta y me daba cuenta que nadie se sorprendía demasiado con la escenita, incluso muchos hacían comentarios jocosos o consultaban su reloj.
Y sí, antes de las 15 horas vi cómo a Paloma se la fueron garchado el mecánico, los dos playeros y dos clientes. Y todos se le volcaron adentro.

Paloma


A las 15 el gerente encontró a Paloma en la estación de servicio repartiendo folletos, embutida en sus calzas de putita, como si nada hubiera pasado. A las 15:05 yo me apersoné en la estación de servicio, como un macho que llega para marcar territorio sobre su hembra.
Los playeros me saludaron y se les escapaban algunas risitas mientras cargaban nafta. Yo los saludé y Paloma vino corriendo a verme, muy pero muy contenta.
—¡Hola, mi amor!
Me tomó de las manos y me besó en la boca delante de todos. Me sentí feliz porque amo ser el centro de su atención y de su amor, pero a la vez era consciente que estaba haciendo el papel del cornudo del barrio.
El mecánico apareció viniendo desde los baños. Venía sobándose la verga por sobre el jogging suelto. Por Dios ¿qué hacía que mi Paloma se le hubiera entregado a este tipo? Era sucio, grasiento, le faltaban dos dientes… Entonces me acordé de su pija.
—Hola, Cornelio —me saludó y agarró a Paloma de la cintura, quizá un poco más abajo. Paloma se puso incómoda pero no le sacó la mano.
—¡Es Pablo! Mi novio se llama Pablo.
—Ah, perdón, pensé que te llamabas Cornelio…
—No hay problemas —dije, y me mordí la lengua porque ese hijo de puta estaba bajando imperceptiblemente su mano hacia la cola de Paloma. Paloma se lo quitó de encima y fue a entregarle un folleto a un cliente que cargaba nafta y había quedado dentro del auto.
—¡Qué hermosa novia tenés…! —y me la señaló con un cabeceo.
Para hablar con el cliente, Paloma se había inclinado hacia adelante y sacaba cola como hacen las promotoras, arqueándose. Le sonreía al cliente de una manera muy seductora y el cliente le hacía bromas y la zalameaba, y ella le respondía con el cuerpo como si el cliente le gustara. Parecía que se la estaban levantando.

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—¿Siempre actúa así? —le pregunté al mecánico.
—Sí, pero hoy está más trola que de costumbre —me dijo sin anestesia. Y como si se hubiera dado cuenta de su involuntaria crueldad, propuso:— Ya te la saco de ahí, no te hagás problemas…
Me quedé quieto, de pie, pasivo por completo, viendo al mecánico ir hacia mi novia, ponerse a su lado e inclinarse sobre ella para murmurarle algo al oído. Apoyó una mano sobre el capot del auto y la otra fue sin escalas ni disimulo al trasero de mi novia. La mano comenzó arriba y fue bajando por la raya del culo forrado por la calza, y se hundió entre los cachetones. La mano siguió bajando y se enterró descaradamente en la conchita exquisita, y enseguida subió igual de rápido, otra vez manoseando el ojete y las nalgas, todo el culazo hermoso. Todo eso en un segundo. Paloma se removió poco y nada (más nada que poco) y abandonó la ventanilla del auto. El auto se fue y Paloma me vio viéndola, y advirtió que no había forma de que yo no hubiese visto la mano impune del mecánico enterrarse en su culo. Y su inacción.
Vino hacia mí, ni seria ni sonriendo, y yo me pregunté con qué cuento me querría manipular ahora. Su andar era muy sensual, había aprendido a caminar y lo hacía cada vez con mayor naturalidad. Se detuvo delante mío y me abrazó por el cuello.
—Mi amor… —me dijo, como si no debiera explicarme por qué el mecánico le metía mano de esa manera—. Voy a subir a la oficina para que el gerente me llene de leche para vos.
Para mí, claro.
—Paloma…
—Vení —dijo, y me tomó de la mano y me llevó al tallercito, el mismo donde la había visto mentirme y recibir leche.
Me hizo arrodillar en el suelo, se me puso adelante y su calza explosiva me quedó en la cara. Verle la conchita voluminosa embutida en esa tela, toda apretadita y marcada, me la hizo parar.
—Limpiame, mi amor…


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En un solo movimiento se bajó la calza y la tanguita para exhibir su conchita lo mínimo indispensable. La parte superior de los muslos la mostraron dorada, tensa, suave como una virgen. Me zambullí desesperado.
—Quiero que el gerente me encuentre limpita… —El olor fuerte y espantoso de la guasca seca eran evidentes. De todos modos chupé como un cornudo enloquecido—. Bien adentro, mi amor… No quiero que sospeche nada.
Yo estaba tan desesperado de ella y confundido de mí, que chupé y chupé, por dentro y por fuera hasta dejarla sin restos de nada.
—Muy bien, mi amor —me dijo en un momento y me sacó de su entrepierna de un empujón en la cabeza, pretendidamente amable—. ¿Me vas a esperar acá mientras el gerente me surte de leche?
—Voy con vos, Paloma… Quiero decirle a tu jefe que esto es un tratamiento, no quiero que piense que soy un cornudo.
Paloma se echó a reír como uno se ríe ante un niño que acaba de decir una inocentada.
—Mi amor, ya te dije que mi jefe no es como tus amigos. Vos esperame acá que te traigo la leche del gerente para que me la empujes bien bien adentro.
Y me dejó solo y de rodillas, esperándola.
No sé cuánto estuve en el tallercito. No quería salir para no enfrentar las miradas de los playeros y el mecánico. Pero finalmente salí y los enfrenté. Los chicos en las dársenas no me dijeron nada, pero se cruzaban miradas y cada tanto comentaban algo por lo bajo. Para no mirarlos a los ojos alcé la vista y justo alcancé a notar cómo el gerente cerraba las cortinas de la ventana de su oficina de arriba.
—Ta linda la Paloma —se me acercó uno con tono entre amigable y expectante—. Ahora entiendo por qué salió elegida Reina del Choclo.
Lo miré con precaución. El otro playero cargaba nafta y el mecánico fumaba distraído, apoyado en un surtidor.
—S-sí… —dije, y volví a mirar hacia la ventana de la oficina donde se estaban cogiendo a mi novia. Quizá porque notó esto, el playero sacó el tema.
—Nos estuvo contando que se puso así de linda por un tratamiento especial o algo así —Por supuesto: otro hijo de puta más ofreciéndose desinteresadamente—. Que hoy la dejaste para que la llenen los gerentes… La verdad, admiro tu comprensión…
—Sí, bueno, yo solo…
—¿Cuál gerente?
—¿Cómo cuál gerente…?
—Son tres gerentes… ¿Dejaste que te la llenen los tres?
Un pánico instantáneo y total me sacudió el esqueleto. Paloma jamás me había hablado de tres. Solo de uno.
Salí disparado hacia la administración, entré a la boca de las escaleras y las subí en tramos de tres escalones. Arriba había una sala de recepción, dos baños y tres oficinas. Y solo una con la puerta cerrada. Y con jadeos claros que salían de adentro.
—¡Ah…! ¡Ah…! ¡Ah…!
—Putita, qué gauchita que sos…
—Qué buena pija, señor Ignacio…
—Y todavía no te entró toda, mi amor…
Si ahí había tres tipos garchándose a mi novia ya no me importaba cuidar mi imagen o la de ella. Entré de golpe.
—¡Pablito!
—¡Paloma!
—¡Cornudo!


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Con la puerta abierta de par en par, mi expresión habrá sido tan de sorpresa como la de ellos. El viejo hijo de puta estaba casi en bolas, con los calzones por los tobillos y dándole bomba a mi amorcito, que estaba con el torso medio recostado sobre el escritorio para dejarle ofrecida la cola.
Paloma llevaba la calza estirada a la altura de las rodillas, y la tanguita blanca más estirada aun, apenas por encima, al punto que parecía que se le iba a romper. Pero no había nadie más. Ni más gerentes ni nada.
Me sentí confundido. Estúpido. Paloma, en cambio, se enojó.
—¡Pablo! ¿Qué hacés acá? ¡Te dije que esperaras abajo!
Me quedé callado, cohibido. Sentía como que estaba en falta. El señor Ignacio no entendía cómo la puta infiel que había sido pescada in fraganti reprendía al cornudo. De todos modos, no retiró su verga de adentro de la promotora.
—Pensé que te estaban cogiendo los tres… gerentes…
—¿Qué tres? —Paloma se compuso un poco la remera, pero no abandonó su posición en L, con su culito en punta. El señor Ignacio la tomó de las ancas, con la pija siempre adentro pero sin atreverse a bombearla en mi presencia.
—Los tres gerentes… —Me sentí tan estúpido…— ¡Ay, perdóname, mi amor…! No quise ser un desubicado…
El señor Ignacio se indignó.
—Yo no voy a cogerte con el cornudo de mirón —dijo— ¡No es decente!
Me ruboricé.
—Perdóneme, señor gerente… —No sabía cómo disculparme—. Espero que entienda que mi novia no tuvo nada que ver con mi irrupción acá…
—¡Pablito, andate de una vez! ¡El señor Ignacio ya te dijo que no le gustan los cornudos!
Pero el señor Ignacio la corrigió con algo de culpa en su voz:
—No, no, no… ¡Yo no tengo nada contra los cornudos! Si hasta me caen simpáticos… Pero no me gusta tenerlo mirando al lado… Que vaya a la salita de recepción hasta que termines acá.
—Yo solo quiero que esto no afecte su opinión sobre mi novia en lo laboral…
Paloma estalló en un grito.
—¡Cornudo, andate de una buena vez!


En el silencio de la tarde y la soledad de los ambientes, la sala de recepción donde yo aguardaba era una caja de resonancia de la garchada que le imprimían a Paloma. El viejo no se cuidaba de nada. Jadeaba y gemía como un toro malo, y trataba a mi novia como a una puta cualquiera. Y Paloma… Los jadeos la deschavaban. Y los gemidos, y sus palabras de puta calentona y morbosa. Se escuchaba tan claro cuando hablaba ella, cuando pedía más pija, cuando clamaba por Dios.
—¡Ahhhhh… por Diosssss…!
¿No les dije?
—¡Ahí te va toda, putita…!
—Sí, señor Ignacio… ¡¡Sííí…!!
—¡Tomá, putita!
—¡Ahhhhhhhhh…!
—¡Tomá…! ¡Tomá…! ¡Tomá…!
—Sí… sí… sí… ¡OhhhDiooosss..!
Me acerqué a la puerta pero no había cerradura para espiar. Me conformé con pegar la oreja a las bisagras e imaginarme cómo se la estaban cogiendo. Me acomodé la pija en el pantalón, porque se me había endurecido toda doblada.
—¡Qué apretadita la tenés, Paloma…! ¡Uhhh…! ¡Te la voy a llenar de verga todos los días!
—¡Ay, sí, señor Ignacio! ¡De verga y de leche!
—Eso si el Pablito te deja.
Se escucharon risas.
Las risas de Paloma me hirieron más que los jadeos y el orgasmo al que ya estaba llegando. Así que era verdad que me manipulaba. Pero no alcancé siquiera a deprimirme cuando la puerta de recepción se abrió.
Un tipo alto y medio calvo, de unos 55 o 60 años, apareció desde la escalera que venía de afuera.
—¿Quién es usted? ¿Qué está haciendo?
Mi actitud era sospechosa por demás. Arrodillado y apoyado contra la puerta de la gerencia, parecía más un ladrón que un novio vigilando a una novia.
—¡Ahhhhhhhhh…! ¡Señor Ignacioooo…! —se escuchó de fondo, y los jadeos del viejo y los topetazos de penetración y bombeo.
—Estoy… Yo soy… —Era difícil explicar con ese concierto detrás— Mi novia está ahí adentro recibiendo verga, señor.
—¿Que qué? ¿¡Su novia!??
—Mi novia es Paloma, señor. La promotora que contrataron esta semana…
El calvo se tomó un segundo y por suerte se calmó.
—¡Te lleno, Paloma, te lleno de leche!!!
—¡¡Sí, sí, sí, sí, sííííí…!! ¡Ohhhh…!
El calvo sonrió ubicando los jadeos con un rostro.
—Ah, la Reina del Choclo…
Me sentí tonto ahí de pie, con los gemidos de mi novia detrás, así que dije lo primero que me salió.
—Es que le di permiso para que el gerente la llene de leche y...
—Ah, bueno… —el viejo reflexionó rápido—. Si usted autorizó a la gerencia a abusar de su novia, me temo que eso me incluye a mí y al ingeniero Dilken.
—No creo que…
Se abrió la puerta y apareció Paloma, ya sin calzas, desnuda a excepción de una casta tanguita blanca que le ocultaba su intimidad. No había abierto del todo y ella se ocultaba a medias.
—¿Usted es el otro gerente? —preguntó más animada de lo que correspondía.
Este segundo gerente casi se muere de un infarto al ver la piel morena y desnuda de mi hermosa Paloma. Y esa sonrisa de puta festiva que encandilaba.
—Paloma, quedamos en que solo te podía coger el gerente.
—¡Y yo soy gerente! —dijo el nuevo viejo, y se mandó para adentro.
Yo me quedé sin reacción. Paloma me sonrió con un destello de malicia en los ojos. Aun permanecía con medio cuerpo oculto por la puerta.
—Mejor, mi amor. Más lechita para el tratamiento.
No supe qué decir. La tanguita blanca embutiendo su conchita contrastaba con su piel morena en un espectáculo maravilloso. Y sus curvas… ¡Dios! La cintura breve y las caderas anchas le daban una silueta de guitarra criolla. Guitarra a la que en un minuto dos viejos hijos de puta le sacarían los sonidos más dulces.
—Si viene el otro gerente, hacelo pasar.
Sin esperar mi respuesta, giró para cerrar la puerta y en ese instante le vi la cola redonda, llena, perfecta, con la tanguita sexy enterrada entre los cachetes haciéndole explotar el culo de lujuria y carne. Y mientras la puerta se cerraba y mi novia meneaba sus caderas para volver al matadero, vi detrás de ella a los viejos, uno en bolas y masajeándose una pija respetable, y el otro desnudándose apresuradamente para echarse sobre ella cuanto antes.
Finalmente la puerta se cerró y enseguida el conocido concierto de jadeos.
¿Qué hacer?, me pregunté pegado a la puerta, escuchando a mi novia gemir, lo mismo que a los otros dos. Al principio eran desparejos, como fuera de sincronía, pero enseguida se ensamblaron en una armonía sexual y de buen ritmo.
—Paloma, qué pedazo de culo tenés, mi amor… Dejame que te lo emperne a pijazos…
—Mgmmggggfff… —se escuchaba a mi novia, con la boca llena.
—Seguí chupando, putita… seguí que la mamás muy bien…
Me sentía preso de mis propias palabras. ¿Por qué se me habría ocurrido darle permiso con el gerente? Debí haber dicho con el señor Ignacio.
Cuando llegó el tercer gerente, Paloma salió en cueros y lo saludó y lo hizo pasar amablemente.
—Vaya desnudándose que enseguida estoy con usted —le dijo, como una puta de burdel.
Cerró la puerta y quedó de este lado, conmigo, en el pasillito. Así desnuda como estaba se abrió las piernas en compás y me ordenó.
—¡Limpiá, mi amor!
Me arrodillé entre sus piernas y levanté el morro hacia Dios y chupé y chupé como un ternero en la teta de la vaca. Paloma me tomó de los cabellos y me acomodaba a su gusto, y jadeó y gimió, y en menos de un minuto comenzó a bufar y agarrarme de los pelos con fuerza.
—¡Ay, sí, Dios…! ¡Así, cornudo, asíiiihhh…!
—¡Mmmfffggghhh! —me indigné.
—Seguí, mi amor, así… Seguí, no pares…
Y seguí chupándola como un patético cornudo. Pero qué carajos, era la primera, la única y de seguro la conchita que más me gustaba en el planeta. La chupé con bronca y amor a la vez.
—¡Ah, por Diosss…! ¡Sí…! Así, Pablito, así…! ¡Qué rico me chupás, mi amor, cómo te amo…!
Y chupe más y chupé más y más y más.
—¡¡Así, mi amor, asíiiihhh…!! ¡Ahhhhhhhhh…!
—¡Mmmfggghhfffss..!!!
—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh…!
Me tragué todo. Su acabada, la leche, mis lágrimas. Todo. El morro me quedó embadurnado de vaya a saber cuántas cosas. Pero seguí chupando hasta que Paloma se relajó, se le debilitaron las piernas y aflojó el tironeo sobre mis cabellos.
Se hizo un breve silencio, que rompí.
—¿Y la cola, mi amor? —rogué por un poco más.
—Todavía no me la llenaron, Pablín. Pero esperame acá que en un rato te la traigo rebalsando para vos.
Me acarició los cabellos con ternura y se metió en la oficina y cerró la puerta, dejándome solo y arrodillado. Con una erección formidable. Otra vez.
Me la estuvieron garchando durante dos horas, jadenado, gimiendo, tratándola de puta y acabándole entre orgasmos ruidosos. Cada tanto Paloma salía de la oficina, desnuda y enlechada, y me obligaba a limpiarla. La llenaron por adelante y por atrás un par de veces, y mi novia me hizo limpiarla cada vez, diciendo que a los viejos les daba asco meter la pija donde había semen de otros. Limpié. Tragué leche de sus machos como nunca ese día.
A las dos horas, cuando dos de los gerentes se estaban yendo, apareció otro viejo que vino a las apuradas, diciendo que también era gerente. Se notaba a las claras que no lo era, en el mejor de los casos sería el amigo de uno de los gerentes, pero igual pasó a la oficina donde mi novia lo acogió de piernas abiertas.
Protesté pero Paloma lo recibió igual, lo mismo que a otro viejo que apareció después y un tercero, más joven, que yo sabía era el dueño de una parrilla de la ruta, y que hasta hacía poco había regenteado a una gordita que hacía coger con los camioneros por cien pesos.
—¡Antonio! —le dije sorprendido frente a la puerta cerrada de la oficina. Desde adentro se oía el jadeo de Paloma y todo el concierto de la cogida—. ¡Pero vos no sos gerente! ¡Vos sos el dueño de la parrilla!
—Callate, cuerno. Yo también soy gerente. ¿O dónde te creés que come don Ignacio todos los días?
—P-pero…
Por toda respuesta me dio un empujón que me tiró al piso y abrió la puerta sin tocar.
En ese abrir y cerrar vi a Paloma doblada sobre el escritorio, inclinada sobre él, recibiendo verga desde atrás por uno de los nuevos, que la bombeaba como si esa fuera la última cogida de su vida. El hijo de puta que se la estaba beneficiando la sostenía desde la tanguita blanca que la estiraba por encima de su culo, carnoso y en punta. Paloma, con ojos abiertos, giró para mirarme. Llevaba en la boca la verga de otro viejo hijo de puta, que se había subido al escritorio y la tomaba de los cabellos para balancearle la cabeza.
—¡Cornudo, cerrá la puerta! —me gritó uno de los viejos.
No sabía qué hacer. Todo eso me parecía un abuso. Todavía me estaba incorporando del piso cuando Paloma se quitó la verga que le inflaba la boca y me pidió muy seria:
—Mi amor, dale, cerrá la puerta… ¡no seas pajero!
Cerré para no parecer un pajero, pero la verdad fue que, como estaba solo y nadie me veía, un poco me toqué.


A la noche, ya volviendo, Paloma estaba feliz, exultante. Me hizo chuparla nuevamente en el descampado, y volvió a manipularme para que al otro día nuevamente la deje llenarse “solo” por el gerente. No ofrecí resistencia, le dije que sí. Cuando en la misma manipulación me quiso incluir a los playeros y al mecánico, le dije no. Me insistió pero me planté. En realidad quería saber si me seguiría mintiendo, y cómo lo haría.
Al otro día me aparecí en la estación de servicio desde el inicio de su turno. Yo deambulaba por allí supuestamente esperando que a las 15 llegara el gerente para garcharse a Paloma. No me di cuenta hasta las 14:30 que me la estaban cogiendo a mis espaldas. Paloma se ausentó para ir al baño y yo no noté que el mecánico ya no estaba. Cada tanto miraba al taller, pensando que si me la iban a garchar, iba a ser de nuevo allí. Recién cuando desapareció el segundo playero y Paloma tampoco estaba a la vista me di cuenta. Se la estaban cogiendo en el baño a medio construir que había tras el edificio principal. Estaba hecho de paredes de ladrillo sin techo, así que el sonido de las cogidas salía por arriba y por la puerta improvisada con una lona. No dije nada, con mi pija dura fui a ocultarme tras un árbol y esperé.
Hasta las 15:30, que llegó el señor Ignacio, se hizo coger por el mecánico y por un cliente. La veía a Paloma entrar con su calza metida en el culo, llevando de la mano a su machito de turno, meneándole caderas para calentarlo, y mirando para uno y otro lado procurando no ser vista por mí. Luego veía caer la calza al piso, entre sus pies. La lona era corta y no llegaba al suelo y se veía claramente. Y luego los pies y el vaivén. Y el coro de jadeos y gemidos.
No dije nada y ella no dijo nada. Me hizo limpiarla sin darme explicaciones y a las 16 horas subimos a la gerencia donde se la enfiestaron los tres viejos. Cada media hora más o menos Paloma salía semidesnuda, se abría de piernas y me hacía limpiarla. Como el día anterior, cerca de las 18 y hasta la noche aparecieron por la oficina una serie de nuevos gerentes que tuve que aceptar como un irremediable cornudo.
Toda la semana fue un infierno. Con Paloma esquivándome para cogerse a los playeros a mis espaldas, aunque siempre pudiendo espiarla, y con los tres gerentes cogiéndosela bien cogida cada día de la semana. Los que siempre eran distintos eran los otros, los gerentes truchos o, como me explicaría Paloma cuando yo me quejé de ese abuso, los “adscriptos a gerencia”.
—¿Y qué querés que les diga, si son adscriptos a gerencia? —me había simplificado, y yo callaba.
Pero ya nada de eso importaba. No era la primera vez que abusaban de Paloma, ni iba a ser la última. En todo caso, sí fue la primera vez que ella me había mentido descaradamente para coger y yo había otorgado con mi silencio. Al final de la semana, sentí por primera vez que cuando me decían cornudo, tenían razón.

Que pedazo de pelotudo fui, yo le di permiso...
—Paloma… —murmuró—. ¡Hija de puta!
como me recontracagaste...

En fin me voy a tener que conformar haciendome una paja con las Poringueras..