Mis amigos, o esos cinco viejos hijos de puta que decían serlo, se estuvieron haciendo chupar las pijas por mi novia más o menos cada 48 horas durante una quincena más, que fue cuando se cumplió el mes en que ella comenzó con las pastillas anticonceptivas.
Eran sesiones de no más de dos horas, casi siempre en la casucha de Tito.
Se dieron en esos días resultados inmediatos. No porque mi novia engordara, que era el objetivo del tratamiento, sino porque los viejos le festejaban a ella sus inesperadas habilidades para felarlos. Esto elevó inmediatamente la hasta entonces inexistente autoestima de Pamela a niveles inéditos. Aunque no se sentía más atractiva y seguía acomplejada por su extrema delgadez, los elogios de los cinco viejos, que a la postre eran hombres experimentados, la inflaban de orgullo y le engrosaban su auto consideración.
Por eso Pamela iba contenta a ser sometida al tratamiento. Contenta y confiada, ya que se sentía mucho mejor. Años después caeríamos en que se sentía mejor por los elogios y no por el tratamiento, pero en aquellos días, tanto ella como yo, creíamos firmemente que todo era resultado de las enormes ingestas de leche de leche a la que los viejos la arreaban.
Se daban entonces situaciones que rayaban con lo inverosímil. Mientras mi novia tragaba semen en buches copiosos, uno tras otro, yo, a su lado, agradecía a esos turros la vejación a la que la doblegaban.
—¡Tragá, putita! –le gritaban a mi novia. —¡Tragá todo!
Y yo:
—Gracias, Whisky. Gracias por esta tercera descarga que nos hace tan bien a Pamela y a mí.
Y Whisky se deslechaba y mi novia volvía a tragar todo su torrente.
Estas situaciones me provocaba terribles erecciones y los hijos de puta seguían sin dejarle a Pamela beber mi semen. Si bien era semen, insistían en que por ser yo virgen, mi leche podía generar resultados contraproducentes. Discutimos con Pamela una vez por eso, porque aunque los viejos decían que lo mío no servía, yo quería que me hiciera a mí lo que le hacía a los demás. Pero Pamela, comprometida con el tratamiento como estaba, no me lo permitió. Se puso a la defensiva, me insultó y me acusó de egoísta.
Para no hacer más lio, renuncié a ese privilegio. Y en cambio le propuse una solución alternativa: si mi leche virgen era peor que agua, solo debía dejar de ser virgen. Ella no quería entregárseme porque le avergonzaba su cuerpo, de modo que yo solo debería ir una vez con la puta del pueblo.
Le había comentado mi idea llegando a lo de Tito y se largó a llorar. Me sorprendió, no sabía qué cosa había dicho que fuera tan grave. Tito salió a recibirnos y se encontró con la escena.
—¿Qué pasó? –preguntó preocupado mientras nos hacía entrar, apoyándole una mano casual sobre la cola de Pamela.
Entramos al cuartito sin revoque donde habitualmente mi novia era sacrificada por los cinco viejos turros.
—Es él –me acusó Pamela, entre llantos.
Los cinco viejos la rodearon para calmarla y darle palabras de consuelo. Pero también aprovechaban para manosearla suciamente mientras ella, distraída con su problema, no lo advertía.
—¿Qué hiciste, Pablito? –me recriminó uno. Yo me quedé.
—Contanos, Pamela. ¿Qué pasó? –los viejos se hacían los interesados pero en realidad la magreaban a discreción, aprovechándose de la ceguera de sus lágrimas.
—¡Quiere irse con una puta! –y se largó a llorar más fuerte.
—Mi amor, no llores. –le pidió Papi, y empezó a desabotonarle el jean.
—¿Cómo podés hacerle eso a tu novia con los sacrificios que está haciendo por la pareja? –me retó don Omar, mientras le acariciaba el cabello y llevaba la mano izquierda de ella a su bragueta.
—¡No es eso! –me defendí. Tito ya le desprendía los botones de la camisa blanca. —Pero es que quiero dejar de ser virgen para sumarme a ustedes y…
Pamela seguía llorisqueando. Papi tironeaba disimuladamente del jean hacia abajo pero, sin la ayuda de mi novia, se le dificultaba.
—¡Sos una bestia! –me retó, ya más enérgico, Tito. —Y un egoísta. No te merecés a una chica como Pamela.
Mi novia ya no lloraba tanto y se sentía halagada y consolada por los cinco viejos que trataban de desvestirla. Pamela había retirado ya dos veces su mano del bulto de don Omar, pero éste la había vuelto a poner allí.
—Vamos a enseñarle a tu novio lo comprometida que estás con el tratamiento, ¿sí?
Pero mi novia se sentía realmente mal, angustiada de verdad. No estaba como otras veces.
—No sé… -dudó. —No puedo… quiero irme a mi casa…
Los viejos cruzaron miradas filosas.
—Pamela, viniste acá por el tratamiento. El mismo tratamiento que te está haciendo tan bien.
—Ya sé, pero… -Pamela se abotonaba la camisa, solo que con cada botón que cerraba, Tito le abría dos. Abajo, Papi forcejeaba suavemente con el jean, aun sin éxito, y ella podía sentir las manos de Whisky y Jean Del violando cada centímetro de su escote o su pantalón.
—Vas a ver que te vas a sentir bien… -Tito ya le había abierto casi toda la camisa.
—No sé… Hoy, no… - se cerraba un poco instintivamente.
—Hacenos caso, nosotros sabemos de todo esto… Levantá la piernita…
Con delicadeza y una insistencia solapada, la recostaron medio ladeada sobre la cama, casi sin que ella se diera cuenta. Papi pudo bajarle un poco una de las piernas del jean.
—Hoy no, chicos… Hoy no me siento con ánimos… -Pero ya Whisky había sacado su pedazo y lo tenía casi sobre el rostro de Pamela. —Hoy no… -La camisa se le abrió por completo ahora y el corpiñito de algodón con push-ups se lució contra su piel haciendo a mi novia más hermosa todavía.
Pamela se vio las costillas y se avergonzó. Se cerró la camisa para que no la vieran tan flaca y eso la distrajo de Papi que ya lograba bajarle un poco más el jean y descubrirle así una de las fibrosas nalgas. Aunque la cola era muy flaca, las ancas anchas y la cintura chica le dibujaban una silueta bastante sensual, y su bombachita de algodón blanca, enterradísima en su colita, logró excitar a la jauría.
La manosearon. Le manosearon toda la cola como si fuera un pedazo de carne, mientras le decían mentiras dulces para aflojarla.
—Hoy no, chicos… -rogaba Pamela, todavía gimoteando por lo que yo le había dicho. Pero igual la magreaban y ya la verga de Whisky estaba sobre su rostro, chocándose contra sus mejillas cada vez que se movían.
—No quiero estar acá ahora… Quiero irme a mi casa… Quiero ir a mi casa a llorar…
—Y llorá acá, bebé… -Whisky le puerteaba la boca con su vergón gordo y la obligaba a abrir los labios contra su voluntad. —Llorás y tragás como una buena nena, y así engordás… -Whisky ya había logrado colarle la cabeza de la pija y se la entraba y sacaba suave y alternadamente. Mi Pamela se rehusaba pero su angustia era tal que no ofrecía mucha resistencia. A veces cerraba la boca o le daba vuelta la cara, pero el viejo, con paciencia interminable, le regresaba el rostro hasta su pija y se la volvía a enterrar en la boca.
Algo parecido sucedía abajo con el jean que Papi le estaba sacando ya casi por completo. Ella se negaba pero su fortaleza estaba disminuida y finalmente sus pantalones acabaron enrollados a sus tobillos, su cola expuesta y manoseada impúdicamente mientras rogaba que la dejaran ir.
—Hoy no, chicos… -insitía. Tenía ya dos vergas en la cara, una a cada lado, y una tercera cerca para dar el zarpazo. Las dos pijas se le metían en la boca con cada hipo que su llanto le permitía, porque Pamela no había parado de lloriquear ni un segundo. —Por favor, respétenme como mujer… -y le callaban la boca a pura verga. A veces la engullía porque el llantito o el hipo la podían hacer toser.
En un momento me pareció que todo aquello era demasiado y dije:
—Bueno, yo lo único que quería era cogerme a una puta para ayudarla con el tratamiento…
Fue decir la palabra “puta” y Pamela se deshizo en un llanto abundante, como nunca le había visto, cargado de angustia.
—¡Buaaahhh…!
Los viejos me amonestaron con gestos durísimos.
—No llores, mon amour –le pedía Jean Del, mientras con su verga le hendía la boca a Pamela.
Whisky también la consolaba. La tomó de los cabellos y le giró su cabeza hacia su propia verga, la que le enterró en la boca como un animal.
—No llores, chiquita… No llores y chupá… Así… Así… Uh… Síiii…
Papi jugaba abajo metiéndole un dedo en su conchita y presionando apenas con el pulgar sobre el ano y acarciando su clitors. El llanto desconsolado de mi pobre Pamela no hacía dudar a mis amigos ni por un segundo, que seguían violando su voluntad a discreción. Tito le sobaba los diminutos pechitos mientras se pajeaba y don Omar le besaba cada centímetro de su piel.
A pesar de seguir llorando, Pamela ya agarraba la verga de Whisky con toda su mano. La movía hacia adelante y atrás mientras chupaba, pero no dejaba de llorar. Solo sacaba su boca de la pija cuando otro la agarraba de los pelos para llevarla hacia él. En esos breves segundos que podía decir algo, imploraba para que la dejen.
—Por favor, me quiero ir a casa… Déjenme ir a mi casa con mamá…
—Sí, Pamela –le prometían mientras la usaban. —Ya te vas a casa, pero seguí mamando un poquito más… un poquito más, nada más…
El morbo hizo que Whisky se viniera bastante rápido. Le tomó con sus dos manos la cabeza violada justo cuando Pamela largaba un llanto a moco tendido. Pamela no había comenzado a respirar para recuperar el aire y Whisky ya la tenía engullendo todo su pijón. Se vino con la más abundante leche, la primera, y Pamela sintió que se ahogaba con tanto semen y tan poco aire. Quiso sacar la cabeza pero Whisky la aprisionó contra su ingle. El segundo chorro fue directo a su garganta, y Pamela, que no paraba de llorar, se ahogó y tosió fuerte.
Whisky le tiró la cabeza para atrás, desde la barbilla, y le tapó medio casualmente la nariz, en el mismo movimiento. Pamela tuvo que reprimir por un segundo su llanto, tosió, hipó, y ya no pudo hacer otra cosa que tragar la leche tibia de Whisky que llenaba su pancita. Volvió a toser y sintió cómo el viejo le regresó la cabeza otra vez abajo para que siga mamándosela y así poder recibir el tercer chorro. Su rostro, que aunque muy flaco era bonito, era una máscara horrible de lágrimas, mocos, rímel corrido y semen alrededor de la boca. Y la garganta de mi novia trabajando para Whisky, engullendo rápido para no perder una gotita de toda la hija putez del viejo.
Jean Del aceleró la paja que se estaba haciendo contra la cara de Pamela y anunció también su desleche. Con la última gota de Whisky, el boliviano con ínfulas de francés le torció violentamente la cabeza a mi novia y le forzó la boca para que tragara su pija.
Mientras mi novia seguía tomándose la leche tibia de los viejos, siempre entre lágrimas, yo ya tenia la verguita bien paradita y Papi tenía los dedos dentro de la conchita, y otro puerteándole el culito.
Cuando Jean Del terminó de usar a mi novia, Papi hizo girar a ella sobre su eje y la colocó arrodillada sobre la cama.
—Ya está –rogó mi novia. —Ya tomé un poquito… Déjenme ir a casa, por favor…
—Ya, mi amor, ya… En un minuto te vas…
—Por favor… Mañana vengo más tiempo…
—Sí, mi amor, sí… -Papi la tenía tomada de una nalga y la empujó de lado. —Ponete así en cuatro patas pero mirando a tu novio, mi amor… -y la fue corriendo.
Pamela se resistía pero débilmente. Tito y don Omar fueron hacia mi lado y la ayudaron.
—Me quiero ir, don Tito. –rogaba.
Pero Tito la tomó de los hombros y la ubicó hacia los pies de la cama.
—Ya te vas, mi amor, es solo un minutito. Hoy vamos a hacer un progreso en el tratamiento… vas a ver…
—Me quiero ir –repetía. Hoy creo sus llantos, su angustia, eran porque sabía de alguna forma que la estaban usando.
Largó otro llanto angustiado y fue a refugiarse entre las sábanas, quizá avergonzada. Su cabeza, su torso, sus hombros se fueron para abajo. Sus piernas se aflojaron y también bajaban. Papi, atrás de ella, se quejó con tono medio duro.
—¡Arriba la colita, mi amor! –y trató de levantarla.
Pamela giró llorando, y con algo de dignidad le gritó:
—¡Me quiero ir! ¡Me quiero ir a mi casa ya!
Tito y don Omar se sorprendieron pero a Papi pareció no importarle.
—Ya te vas, mi amor. Pará la colita y te vas.
Y Pamela levantó la cola con sus rodillas sobre la cama, y se hundió en las sábanas llorando de congoja y vejación.
—Muy bien, mi amor. Así me gusta…
Vi a Papi maniobrar con su pija detrás de la cola de Paloma. Desde donde estaba sentado yo, no podía ver. En cambio tenía el rostro de mi novia muy cerca mío y bien de frente.
—Hoy te vamos a dar leche por otro lado, ¿sabes, Pamela?
Pero mi novia no lo escuchaba. Estaba demasiado angustiada y con la cabeza gacha.
Vi a Papi maniobrar abajo, pero esta vez sobre mi novia. Adiviné que agarró su pija y vi cómo con una mano la tomó de la cintura y se movió apenas hacia adelante.
—Ahí te la apoyé, mi amor… -y subió la segunda mano a la cintura de Pamela.
—Déjenme ir, por favor…
Y Papi empujó para adelante.
—Y ahora… -el rostro de Papi era lujuria pura cuando empujó en serio. —...y ahora te estoy cambiando para siempre… -y se la clavó.
—¡Ah! –escuché el gritito entre las sábanas de Pamela.
—¡Uh…! -Papi volteó los ojos. Pamela no dejaba de llorar y el viejo sonreía triunfante. —¡Muchachos, no saben lo que es esto…!
Papi comenzó a moverse suavemente adentro de mi novia, que seguía su lamento.
—Por favor, me quiero ir… Déjenme ir…
—Es re estrechita –decía entusiasmado, ignorando por completo las lágrimas de su víctima. —¡Es re estrechita, muchachos!
Tito y don Omar se excitaron y fueron a ver el desfloramiento de mi novia. Se quedaron varias sacudidas de Papi, embelesados con la escena y pajeándose para que no se les bajara la pija. Volvieron hacia la cabeza de mi novia y la tomaron con más fuerza, la levantaron de los pelos mientras ella gritaba por ese dolor y le abrieron la boca para hacerse chupar la pija casi por la fuerza.
Papi se movía atrás de ella un poco más rápido y más fuerte, gozando como un hijo de puta lascivo.
—¿Me sentís, mi amor? –le preguntaba mientras le enterraba la pija hasta los huevos. Pero Pamela estaba en otra cosa, dudo que hubiera sentido algo. Lloraba cuando la quitaban de una pija para ser llevada a la otra. Y continuaba chupando y llorando.
—Qué estrechita sos, Pamela. Te voy a llenar de leche.
Yo a todo esto ya habia metido una mano el bolsillo para tocarme disimuladamente, aunque no veía lo que hacía el viejo. Toda la situación era angustiante y hasta violenta. Pamela no quería estar allí, eso era evidente, y aunque el origen de todo era yo, sentí que debía plantarme y defender a mi novia.
—Muchachos, Pamela quiere irse. Me la voy a llevar a su casa.
—¡Callate, cuerno, y vení a ver esto!
Sentí que la traicionaba cuando me levanté obediente pero timidamente, avergonzado de que se notara mi ereccion.Es que la invitación era muy tentadora. Me alejé mirando la cabeza de Pamela que no dejaba de chupar pija, obediente y corrida de lágrimas. Fui detrás de ella y vi cómo Papi le clavaba la pija con demorada morbosidad, una, dos, tres, cuatro, infinitas veces.
—¿Ves, Pablito? –me decía. —¿Ves cómo la pija me sale rosada?
Era cierto. Me asusté cuando advertí que era sangre.
—No te asustes, quería que veas bien cómo te la cojo -Ahhh ahora sos bien mujer !
. –y se la seguía garchando. —Y cómo la voy a hacer mamá…
—¿Cómo mamá…?
—Te la acabo, Pablito. acabo adentro.
Tomó a mi novia de su cinturita con agresividad y comenzo el salvaje bombeo , zerruchandola, la fuerza del orgasmo que le venía era inminente. Se contrajo todo, se arqueó y aceleró las embestidas como si fuera un animal.
Tito y don Omar fueron a ver la culminación del desfloramiento, dejando a Pamela sola con sus sollozos.
—¡Tomá putita, tomá! –se sinceró cuando empezó a acabarle. Los viejos comenzaron a festejar como monos. Yo, no; por respeto a Pamela, aunque estaba excitadísimo.
—¡Te lleno de leche, bebé! –le gritaba triunfal Papi.
Pamela solo respondía con gemidos y quejidos . Papi siguió deslechándose lentamente adentro de mi novia, y al cabo de un minuto sacó su pija embadurnada de jugos y semen. Pamela giró su cabeza hacia atrás, hacia ellos, y suplicó con la mirada. Pero ya Tito y don Omar se peleaban por entrarle.
Me descubrí pidiéndole:
—Un minutito más, Pamela y nos vamos a tu casa. Yo ya no daba mas de calentura y aprovechando la distraccion de los viejos con el desvirge de mi novia me retire a un rinconcito a masturbarme disimuladamente, entre tanto Tito estaba ya puerteándola y empujando su vergota hacia adentro cuando Pamela al girar su cabeza para reclamarle algo me vio, me miró con furia, volvio su mirada al frente y paro mas la cola y entonces volvió a llorar, pero esta vez en silencio, totalmente derrotada.
Tito estuvo cogiéndosela por un buen rato, haciéndolo despacio, tomándose todo el tiempo para disfrutar de cada segundo y cada milímetro de la conchita casi virgen de mi novia. La manoseaba mientras se la enterraba, y le decía cosas dulces y perversas alternadamente. Mientras yo tratando de ocultaarme en el rinconcito finializaba mi masturbacion con un fabuloso orgasmo. Tito Le acabó adentro con la misma parsimonia, disfrutando cada chorro de semen que le introducía, y la besaba y le pegaba chirlos, y la llamaba putita y también mi amor.
Con don Omar, Pamela sintió algo . Es que la terrible verga del viejo era difícil de ignorar., o es que mi novia estaba aprendiendo a gozar ? Hasta entonces, Pamela no había sentido nada porque no deseaba estar ahí. A don Omar, al menos, lo sintió un poco .
La llevé a su casa como a las tres horas, era tanto su afan por retirarse , que al concluir el tratamiento , solo se subio la bombachita, sin siquiera dirigirse al baño, asi, toda dolorida y llena de leche emprendimos el regreso. Los viejos hijos de puta se la pasaron por la pija , acabándole adentro siempre, sin permitirle a Pamela que deje escapar ni una gotita, y sin dejarla bajar de la cama nunca, con la promesa de que si se quedaba un minutito más la dejaban ir, que solo faltaba uno. El único que no le entró por la conchita fue el boliviano Jean Del, que solo se hacía chupar la pija y parecía no interesarle otra cosa.
En el trayecto, caminando por calles de tierra y perros al paso, pensé que todo aquello era el final del tratamiento. Yo tenía nada de experiencia de vida, pero me parecía más o menos claro que los viejos no habían respetado nuestras decisiones.
—Ellos no tienen la culpa –me cruzó Pamela. —¡La culpa es tuya por querer ir a acostarte con una puta!
—Pero amor, vos querías irte y ellos no te dejaban…
—Lo hacían por nosotros, ¿no te diste cuenta? Son grandes... Ellos deben saber que el tratamiento no se puede suspender. Se sacrificaron y vos encima los acusás de abusadores y te masturbas.
Además de mal novio, sos un mal amigo. -Estaba enojada, furiosa, cansada, dolorida y confundida y llena de leche. Su rostro seguía siendo un enchastre de rímel corrido, lágrimas, desconcierto y semen, y a pesar de que era tan flaca, tan inocente, tan acomplejada y tan falta de curvas, con todo ese abuso a cuestas y el semen de cinco hijos de puta en la cara, la vi tan hermosa, tan dulce y tan mujer, que no pude hacer otra cosa que aliviarme cuando llege a casa , en la soledad de mi cuarto.

Pamela, la fiel (cuckold) 2da parte

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