Nueva historia por capítulos que he comenzé por una petición y que me ha dado pie a un relato largo. Y eso que yo quería hacer algo menos serializado. Pero bueno, que se le va a hacer




Samantha, demasiado joven para estar casada (1)



¿Se puede estar casada y mantener la inocencia? Seguramente no, pero Samantha era, seguramente, una de las mujeres más cercanas a esa situación.

Como todas las mañanas, Samantha se despertó en su cama sola. Su marido hacía ya un buen rato que se había marchado al trabajo. A la joven le halagaba que no quisiera nunca molestarla despertandola, pero a veces desearía que lo hiciera y le diera un beso de buenos días, o incluso que se dejara llevar y ese beso fuera a más y la acariciara el cuerpo y... Pero no era el caso. Su marido era solo dos años mayor que ella, y aunque se casaron completamente enamorados hacía casi una década y que ese amor aún continuaba latente, el suyo fue un caso de matrimonio antes de tiempo.

Lentamente se fue levantando de la cama y se dirigió al baño. Llevaba puesto un albornoz nada pecaminoso, que no dejaba ver nada. Era su prototipo de ropa en general. No se sentía demasiado cómoda con ropa llamativa, cuando irónicamente tenía un cuerpo ideal para ello. No era demasiado alta (1.60) pero su cuerpo estaba perfectamente torneado. Su pelo era rubio, con una larga melena que le llegaba a media espalda. Tenía unos hermosísimos ojos del color del cielo de la mañana, y su piel tenía el don de broncearse con facilidad pese a las pocas ocasiones que ella permitía que los rayos de sol tocasen alguna parte de su cuerpo que no fuera su cara. Sus pechos no eran exuberantes, pero si era de un buen tamaño y firmes, y su cuerpo modelaba una “s” perfecta que terminaba en un culito respingón y duro. Era una belleza, aunque ella no se atreviera a exhibirla. Por un lado por su timidez, pero sobre todo por ser demasiado demasiado inocente para su bien y para su edad. No cuadraba en una joven de 24 años y con ocho de ellos de matrimonio.

Probablemente en esa timidez tenía mucho que ver sus padres, que le inculcaron una educación muy tradicional, principalmente por parte de su padre. Era el prototipo de hombre machista y chapado a la antigua, que la veía como su princesa y la trataba como una muñeca de porcelana. Fue una educación muy centrada en que fuera una buena niña, que se concentrara en estudiar como ser una buena esposa y en ayudar a su madre. Y que estuviera aislada todo lo posible de malas influencias de otras niñas no tan educadas o de niños pervertidos (según él, claro está) Pero en otros ámbitos no había tenido educación alguna. Es por eso que cuando llegó a la adolescencia y sus hormonas, inevitablemente, comenzaron a reaccionar, ella no sabía cómo actuar. Y dio la casualidad que el chico del que se enamoró tenía parecida inocencia. Se llamaba Roberto, y estaba a punto de entrar en la universidad. Cuando empezaron a salir, a escondidas, todo era nuevo para ellos. Y sin nadie que les explicara y que les educara a cómo actuar, pasaron sin evitarlo de los besitos a escondidas a los toqueteos. Desde ese punto pasaron sin darse cuenta a masturbarse mutuamente, y ese fue ya el desencadenante del deseo en los dos jóvenes y que, inevitablemente, termino con la pérdida de la virginidad mutua en casa del chico, un día que sus padres no estaban. Y después de una vino otra. Y otra. Era un mundo maravilloso. Un sueño hecho realidad que se tornaría en pesadilla.

La mala fortuna quiso que poco después de sus escarceos en el sexo, su regla no le viniera. Asustada se lo contó a su madre y le confesó todo. Pronto se enteró de lo que le ocurría: estaba embarazada.

Cuando su padre se enteró rompió en cólera. Le dio una soberana paliza, y luego llamo a casa de los padres del chico. Y pronto todo quedó organizado: a los dos meses se casaron en una ceremonia llena de pompa, para vergüenza de la niña. Pero su padre era así: su hija había sido mancillada, pero tenían que mantener las apariencias, y una boda de alto postín era la manera perfecta. Y encima el padre de su futuro marido estaba hecho de la misma pasta que el suyo así que todo fue inevitable. Poco importaba que al final todo hubiera sido una falsa alarma: su padre no podía consentir que la gente pensara que su hija era una cualquiera, así que Samantha se encontró a sus dieciséis años casada y siendo ama de casa. Y ocho años después en eso estaba. Limpiando la casa y preparando la comida para su marido. Atrás quedaban sus sueños de llegar a ser una diseñadora y crear sus propios vestidos y que los modelos los mostraran en desfiles de belleza. Estaba feliz de vivir con su esposo, pero no era su vida soñada.

No había que malinterpretar la situación. Ella estaba enamorada de su marido. Lo amaba profundamente. Lo que no amaba era la vida que llevaban. Era monótona, aburrida. Y para colmo, en el terreno sexual, era siempre lo mismo. La misma rutina. Su marido no le gustaba otra cosa que la postura del misionero, y normalmente tenía que rezar para correrse antes que él porque si no... Él no se molestaba en ayudarla a terminar. No era nada personal, simplemente que pese a los años juntos, aún era unos niños en el aspecto sexual, porque no tenían a nadie a quien preguntar. Demasiada timidez la de los dos jóvenes. Sus padres eran una influencia demasiado grande como para llevarles la contraria, y estos no se molestaron, después de casarlos, de enseñarles por fin en ese momento que el sexo era algo más que un acto de procreación. Pero les importaban demasiado las apariencias y poco la vida de los jóvenes, en realidad, para enseñárselo; una vez casados poco les importaba lo que hicieran mientras no avergonzaran a la familia. Roberto seguramente tenía amigos en el trabajo, pero no se había atrevido a preguntarles o comentarles nada, a fin de cuentas, él era feliz tal como estaba. Pero Samantha... Samantha sentía que necesitaba algo más, pero no se atrevía a decirle nada o hacer algo al respecto.

La vida de Samantha se convirtió en la monotonía de la típica y machista mujer casada. Y sin amigas con las que poder hablar, al principio fue un calvario. Sin embargo algo cambió con el paso de los años, y fue la aparición de un apoyo para Samanta. Era su vecina, Sonia. Pese a que era casi 20 años mayor que ella habían congeniado, quizás porque en el suburbio donde vivían había pocas oportunidades de conocer mucha gente. Pero por lo que fuera, se había llevado muy bien y se hicieron amigas con rapidez. Era el prototipo de mujer de armas tomar. Morena, ojos marrones, muy alta. Su figura estaba algo desgastada por los 3 embarazos que había tenido y le había puesto algún kilo de más del que ella deseaba, pero aparte de eso presentaba una figura que muchas mujeres de su edad envidiaban, con unos pechos en los que su marido había puesto un dinero muy bien invertido en que fueran grandes y firmes, y un trasero prominente. Gustaba de llevar ropa muy cara y sobre todo, muy llamativa, y usar tacones que la hacían parecer aún más alta. Samanta se sentía una liliputiense cuando estaba a su lado.

- Últimamente estas más mustia de lo normal - le soltó una tarde tomando un café en casa de su amiga.

- Pero Sonia, ¿por qué dices eso? No, en serio, estoy bien. Solo es que...

- ... Solo es que te aburres – terminó la frase de su joven amiga.

- ¡No! No es eso. Yo...

- Se lo que sientes, y sabes mi respuesta: desmelénate. No tienes que estar siempre detrás de tu maridito. Incluso puedes conocer a algún amigo que te anime - le soltó con un guiño que hizo sonrojar de vergüenza a Samantha. Sonia si tenía mucha más vida que su joven amiga. Quizás demasiada. Y más amantes de los que a su marido le gustaría que tuviera.

- No, yo amo a mi marido, no podría salir y pasármelo bien mientras él está trabajando fuera... Y lo de estar con otro menos aún. No, me parece muy mal.

- ¿Tú te estás oyendo? En serio, tienes que salir a conocer mundo chiquilla.

- No, me niego, lo siento Sonia, sé que lo dices por mi bien pero...

- Bueno vale, no insistiré más. Pero... Si te sientes culpable por eso, ¿por qué no buscas trabajo?

- Pero yo no sabría dónde ir. Ya sabes que tuve que dejar los estudios muy joven y no estoy cualificada para nada - esto último lo dijo con un deje triste en su voz, recordando sus sueños de diseñar su propia ropa.

- Sí lo estás. Serías perfecta para donde estoy yo. Verás, no te lo había dicho, pero en realidad estoy trabajando.

- ¿Tú? ¿En serio? - Samanta se quedó sorprendida; Sonia no era precisamente una persona que le gustara el esfuerzo que no fuera el sexual.

- Sí, y es perfecto para nosotras. Trabajo como operadora comercial. Ofrezco cosméticos por teléfono a empresas y particulares. No pagan mucho, pero tampoco son muchas horas, y es perfecto para salir de casa y tener un poco de vida fuera del hogar - Sonia no le dijo que en realidad lo utilizaba también para conocer más "amigos" tanto del trabajo como por teléfono. Eran cosas que mejor no supiera.

- Mmm la verdad es que suena bien, me lo pensaré.

Tras la charla volvió a su casa. Y en la puerta, tenía una rosa. De su admirador secreto. Samanta la recogió y se puso roja como un tomate. Sabía quién era su admirador: el jardinero del suburbio. No había mucha duda de ello, en realidad; siempre recibía una flor en su casa todos los días, a veces acompañada de un poema. A Samanta le daba mucha vergüenza, pero no se atrevía a decirle nada al pobre jardinero. Pensaba que si le decía algo le rompería el corazón o algo así. Tal era su inocencia.

Por supuesto poco sabía ella que el jardinero tenía poco de bueno, y si de perturbado. Era un hombre maduro, que ya se acercaba a los 60 años. Su aspecto era desaliñado, pero, aparte de no ser un gran amante de la higiene corporal y a la falta de media dentadura, tenía su atractivo, producto de que pese a su edad aún tenía un cuerpo bien cuidado, fruto de todo el trabajo físico que llevaba realizando toda su vida, tanto trabajando de jardinero o llevando muebles en su anterior trabajo de transportista. Además, no bebía demasiado aparte de alguna que otra copa de vino muy de vez en cuando, así que no tenía esa barriga cervecera típica, y no tenía ningún vicio importante excepto el de ser un asiduo consumidor de puros. Su único vicio importante, para desgracia de Samanta, era el de espiar y acosar a mujeres.

La joven casada no era la única de la zona a la que se dedicaba a espiar disimuladamente, aunque se cuidaba mucho de quienes eran sus objetivos, no fueran a denunciarle de nuevo como le ocurrió en su anterior trabajo. Era un acosador nato, que fantaseaba con poder tirarse a alguna de aquellas jóvenes, y no tan jóvenes esposas que pululaban por esas casas. Sin atreverse a nada más que mandarles regalos de forma anónima, espiarlas de vez en cuando por la ventana y a robarles si era posible alguna ropa interior para masturbarse con ellas en la intimidad. Sobre todo si eran de nuestra joven protagonista que era, sin duda, la favorita del degenerado. Pero de esto poco sabía Samantha.

Nunca había llegado a hacer nada grave a ninguna mujer, pero era un potencial violador, y para desgracia de la muchacha, con ella tenía una obsesión especial, potencialmente superior a cualquiera que había tenido.

Samantha hacía sus labores de casa mientras meditaba lo que debía hacer. Por un lado, se sentía mal por atreverse si quiera plantearse trabajar debido a las indicaciones claras de su padre de que debía quedarse en casa como buena esposa. Pero por otro lado, la idea de poder salir del hastío y la monotonía actual era algo que le llamaba mucho la atención. Y poder estar más tiempo con su amiga, y seguramente ser más confidente de ella y sus amantes... pensar en eso, no sabía por qué, la estaba comenzando a excitar. No lo quería admitir, pero le encantaba escuchar las historias de su amiga y sus amantes, y alguna vez, para su vergüenza, había soñado que ella era la protagonista de alguna de esas historias, y se había levantado llena de remordimientos por haberse atrevido a engañar a su marido aunque fuera en sueños.

Cuando Roberto llegó a casa, se encontró con una Samanta extrañamente cariñosa. Tanto que no pasó mucho tiempo hasta que ella se lanzó amorosa a su boca, besándolo candorosamente. Roberto respondió apasionado, para alegría de Samantha. La llevó a la habitación, y una vez allí, la rubia decidió hacer algo inesperado, se puso en la cama a cuatro patas.

- ¿Por qué te pones así? - le pregunto su marido - Anda cariño, colócate bien...

Toda la excitación de Samanta se fue de golpe. Roberto la hizo colocarse, cariñosamente, echada en la cama boca arriba, le bajo las bragas, y sin casi preámbulos la penetro, mientras la besuqueaba toda la cara. La joven esposa suspiró y se dejó llevar hasta que después de un buen rato su marido anunciara que se corría con un grito. Samantha ni se había acercado al orgasmo. Para ser francos, Roberto no era un gran amante. No es que tuviera un pene pequeño (estaba en la media) pero era demasiado clasista, y no se había molestado en aprender o hacer nada más que esa posición, ni en buscar maneras de darle placer a su mujer. Simplemente hacer la posición del misionero, correrse, y darle un beso en la frente a su bella esposa. Siempre igual.

Cuando su marido se levantó de la cama, Samantha tomó su decisión.

- Cariño, tengo que decirte una cosa.

- Dime amorcito, soy todo oídos.

- Me han ofrecido un trabajo a media jornada de comercial telefónico. Ya sé que no necesitamos el dinero, pero he pensado que me gustaría por lo menos aportar algo de dinero en la casa.

- Ay amor, sabes que no hace falta, con lo que yo gano nos basta y nos sobra… - Samantha asintió, con tristeza. Debido a la influencia de su padre no era una persona que supiera luchar por aquello que le gustaba, y dependía totalmente de la decisión de su marido. Y cuando parecía que la decisión de este iba a ser en contra de sus deseos, este se fijó en la tristeza del rostro de su mujer y se mostró compresivo - …Pero quizás sea mejor para ti no estar tan encerrada siempre en casa o hablando con esa libidinosa vecina tuya. Si es lo que tú deseas me parece bien mi amor.

Samantha estalló de alegría y abrazo a su marido de felicidad. Se sintió culpable por no confesarle que en realidad era con la libidinosa vecina con la que iba a trabajar. Pero en el fondo, le daba igual; de repente se sentía un poquito más libre, y sentía como una puerta para el fin de la monotonía se abría ante ella. Sacó su móvil y le escribió a Sonia diciéndole que aceptaba su oferta.

Cuando Sonia lo leyó, no perdió el tiempo y llamo a su jefe. Que también, menuda casualidad, era uno de sus múltiples amantes.

- Hola lobita ¿a qué viene tu llamada? ¿Andas necesitada de amor?

- Hoy no Lorencito. Lo que si tengo es un favor que pedirte. ¿Recuerdas a mi amiga, de la que te enseñé las fotos?

- ¿La rubia con cara de no haber roto un plato en su vida?

- Ella misma. Necesito que la contrates para trabajar conmigo. Anda necesitada de aires nuevos.

- ¿Y de amiguitos nuevos?

- Oh no, me temo que ella es muy buena chica para eso. Pero necesita un poco de vidilla, y salir de casa. Y sé que ella si quiere puede ser una gran vendedora. Tiene una voz acorde con su cara, y eso vende mucho entre los salidos a los que llamamos.

- Que pena... en fin, de acuerdo Sonia, lo haré como un favor personal.

- Perfecto. Eso quería oír. Ahora que ya hemos hablado de los negocios, ¿sabes que este fin de semana estoy solita?...

Después de ultimar los detalles del fin de semana, que incluían cava, nata y varios utensilios exóticos, Lorenzo comenzó a meditar qué podría hacer con la rubita amiga de su amante. No, él no estaba interesado en ella realmente, a pesar de que le daba un morbo impresionante, no se iba a arriesgar a perder a una amante tan ardiente como Sonia. Pero sabía de alguien a quien la foto de Samanta le había hecho algo más que gustar, y ese era su primo Ángel. A pesar de su nombre, de ángel no tenía nada. Lo que si tenía era un pico de oro, tanto para las ventas como para las mujeres. Sí... podría ser divertido. Ángel iba a tener un nuevo objetivo, y Samantha un nuevo futuro acosador al que añadir a la lista. No sería el último.

Al día siguiente, poco después de que el marido de Sami se fuera a trabajar, Sonia picó a su puerta.

- He venido a buscarte, quiero ver que ropa vas a llevar el primer día. - Le echó un vistazo de arriba a abajo y no le gustó para nada el modosito conjunto que había elegido.

- No, no puedes ir así. Definitivamente no. Chiquilla tienes que desinhibirte un poco más - Y arrastrándola del brazo la subió a la habitación

- Vamos a ver que cositas tienes por aquí... – y comenzó a revisar todo su armario. Después de un buen rato de buscar, dio por fin con algo de su gusto.

- Vaya con la timorata, no sabía que tenías esta ropa por aquí - y le señaló cierto conjunto que tenía apartada. Eran, definitivamente, prendas bastante más provocativas de lo que ella llevaba habitualmente y que había comprado para momentos especiales como aniversarios y similares para buscar excitar a su marido. Pero aparte de esos días, nunca los usaba por eso los había apartado en un lado olvidado del armario.

Sonia eligió un conjunto rojo especialmente llamativo. Era una camisa de botones que dejaban ver claramente la forma de su busto e iba acompañado de una minifalda especialmente corta. Samantha se ruborizó hasta límites insospechados. Pero Sonia la miraba contenta; era un traje digno de ella.

Pese a sus protestas Sonia fue intransigente y se fue de casa vestida de esa manera. Paso una vergüenza terrible, pero eso no fue lo peor. A la salida de la puerta Sonia vio algo en el suelo. Era una rosa con una carta que ponía: "una flor para la flor más hermosa del lugar"

- Vaya - le dijo Sonia con malicia - Tienes un admirador - Seguro que algún maridito por aquí se ha cansado de su esposa. Igual tendrías que hacer tú lo mismo, cansarte de tu marido y consolaros juntos - Samanta no le contestó, ni le dijo que su admirador en realidad era el viejo jardinero. Simplemente guardó la carta y la rosa en su bolso y se marcharon de allí.

A lo lejos, estaba el jardinero, mirándola. Y lo que veía no se lo podía creer. Su ninfa vestida de aquella tan sexy, y exhibiendo su precioso cuerpo... no se lo podía creer.

- O sea que en realidad eres más putita de lo que pensaba - comenzó a hablar solo mientras veía marchar a las dos mujeres. - tendré que mirarte con más atención - Esas palabras no presagiaban nada bueno. Para desgracia de nuestra protagonista, la obsesión del jardinero no había hecho más que aumentar.

Mientras, la joven casada tenía nuevos problemas. Si sentir las miradas de los vecinos fue horroroso para Samanta, lo del autobús fue un auténtico calvario.

La línea de transporte que tenían que usar para ir al trabajo era especialmente poco recomendable para una señorita. Su trayecto pasaba por los barrios más marginales y problemáticos de la ciudad, y normalmente se llenaba de hombres de mala vida y similares. Y lo más habitual que pensaban cuando veían una mujer vestida de esa manera era que venían a buscar fiesta. Sonia sabía eso, y le encantaba ser mirada de esa manera por esos tipejos. Y de vez en cuando se dejaba tocar, pero manteniendo el control de la situación. Samantha sin embargo, con su inocencia, se sentía fatal en ese lugar. Y cuando de repente una mano paso por su cuerpo, dio un respingo. Sonia la miro, pero no dijo nada. De pronto otra mano paso por su cuerpo, rozándole el culo. La joven miraba horrorizada a Sonia

- No te preocupes, y disfruta. No van a pasar de eso, así que no estás en peligro. Solo disfruta de como todos estos viejos desean aprovecharse de ti y de tu cuerpazo.

El trayecto fue largo, y las caricias furtivas duraron casi todo el trayecto. Para Samantha, aquello fue una tortura, o eso pensaba. Pero en el fondo, muy en el fondo, no lo quería admitir, le había gustado ser manoseada sin control de esa manera. Afortunadamente ese extraño placer no lo había notado nadie. Excepto un extraño que se encontraba en el fondo del bus, que había conseguido atravesar esa capa y llegado al fondo de su pensamiento, notando ese deseo oculto de la joven. Un tipo que la había visto subir al bus y que ahora sabía dónde bajaba. Y que había anotado mentalmente esa información. Siempre era importante guardar información sobre una potencial esclava a fin de cuentas...