Me encontraba muy deprimido a mis dieciocho años. Vivía en mi casa, ubicada a dos kilómetros de un pueblecito de la montaña, con mi madre, Lola, una mujer preciosa, escultural, que a sus treinta y cinco años estaba en la plenitud de su belleza.
He de decirles a los lectores, que mamá tras quedarse viuda, cinco años atrás, no había follado con otro hombre, ya que temía que su futuro amante pudiera someterla a maltratos y humillaciones psicológicas, como le hacía el miserable de mi difunto padre, Paco.
Mi hermana, Alba, era un año mayor que yo y a sus diecinueve años había sido abandonada por su novio, Jorge, cuando ya tenían fijada la fecha de su boda. Ella estudiaba para estheticienne y peluquera de señoras, en la capital, a la que se desplazaba diariamente y su sueño era montar un centro de belleza y peluquería.
Yo, cansado de trabajar en el campo y de ser el cabeza de familia, como había estudiado informática desde muy joven y tenía profundos conocimientos, decidí trasladarme al sur de España, y juntarme con alguna mujer guapa, ya que no podía resistir el ver a mamá y a mi hermana, tan sexys y provocativas, encerrarse en el cuarto de baño y jugar, a Dios sabe que jueguecitos prohibidos, o dormir juntas moviendo el colchón y el jergón, en el transcurso de sus ardientes batallas sexuales.
Una tarde cuando regresé de trabajar y después de darme una ducha, cogí a mi madre de la mano, la llevé a mi habitación y le dije muy serio:
—Mamá estoy muy salido. Ya me canso de pajearme todos los días, pensando en ti y en mi hermana, mientras vosotras os satisfacéis mutuamente, como dos lesbianas, en el baño, o en tu dormitorio y disfrutáis proporcionándoos un sinfín de orgasmos a juzgar por el traqueteo de vuestra cama y de los grititos de lujuria que lanzáis.
Mi madre, que tiene una cara de facciones perfectas, con unos ojos grandes color azul, una melena rubia platino, una naricita pequeña, algo chatilla y una boca carnosa, y sensual, de dientes blancos como el marfil, perfectos, me miró con picardía y sonriendo abiertamente al ver mi turbación por lo que se le marcaron dos lindos hoyuelos en sus mejillas.
—¿Quieres decir, hijo mío, que no tendrías reparos en follarte a mamá, a tu hermana, o a las dos al mismo tiempo?
—Eso me encantaría pues tenéis las dos unas tetas grandes, redondas, preciosas y que yo aún no he podido ver al natural, imaginándomelas a juzgar por su volumen, y por esos montículos carnosos de vuestros pezones que se marcan en vuestras blusas.
—Pero hijo mío, tú eres un hombre y muy guapo por ciento y a tu hermana y a mí nos encantaría follarte y darte todo el placer sexual que mereces, ya que trabajas sin descanso para mantenernos y…
—Entonces ¿Por qué no me dejáis veros el coño?...Me encantaría lamer vuestras conchas y mucho más penetrarlas con mi pene, que te advierto es bastante grande y grueso y que sin duda os complacería. De eso estoy seguro. Por cierto también os follaría vuestros culos gorditos y sensuales y os rellenaría los intestinos con mi leche.
—Nosotras sí que nos vemos desnudas, nos duchamos juntas y lamemos respectivamente nuestros chochitos metiéndonos en ellos nuestros dedos, la una a la otra, o un pene de látex que me regaló mi amiga Charo en un cumpleaños. Pero tú eres un hombre y querrías, como ya me lo acabas de confesar, meternos tu verga en nuestros chochitos y correrte dentro de nuestra vagina.
—Eso es lo que pretendo y si no os puedo convertir en mis amantes, mejor será que me vaya muy lejos, pues necesito follar todos los días y ya soy mayorcito para pajearme como un mono. Piénsalo bien, mamá, y consúltalo con mi hermana, pues aquí no estoy muy a gusto y un día podría cometer una locura y violaros.
Mamá se echó a llorar y poniéndose de rodillas ante mí, me suplicó que no las abandonara, pues sin mí nadie podría trabajar la tierra, cuidar los animales y ser el hombre de la casa. Además mi hermana tenía que abrir su salón y ella ejercer de madre, y ama de casa para nosotros dos.

Enfadado por su negativa me fui a mi habitación y me dispuse a prepararme una maleta con mi ropa y mis cosas, ya que en esa casa no tendría paz ni sosiego, al ver unas mujeres tan preciosas y no poder disfrutar de sus encantos femeninos.
Pasé un rato escuchando música y de repente oí la voz de mi madre, llamándome para la cena. Me calmé un poco y bajé las escaleras hasta la planta baja donde teníamos el comedor y la cocina.
No vi ni a mi madre, ni a mi hermana y eso me sorprendió un poco. Me senté en la mesa, encendí el televisor y se apagó la luz quedando la casa a oscuras.
Creí que se había ido la luz por culpa del transformador, como sucedía en otros veranos, pero vi luces de velas que se aproximaban y los pasos de dos mujeres con zapatos de tacón.
Me volví y me quedé helado. Ante mi estaban mi madre, Lola, y mi hermana, Alba, completamente desnudas, con las piernas largas y esculturales cubiertas por medias negras y luciendo zapatos de tacón altísimos. Ellas portaban unos candelabros, con velas, cuyas luces temblorosas rasgaban las tinieblas de la noche, dando un encanto y exotismo indescriptible a sus anatomías femeninas.
Fue mamá la que dejando el candelabro sobre la mesa, se acercó hasta mí y medio un beso en la boca, y fue tan dulce el ósculo incestuoso, que mientras me embriagaba juntando nuestras lenguas en una apasionada caricia prohibida para un hijo con su madre, sentí que las manos de mi hermana me quitaban el pantalón de pijama. No supe reaccionar, ya que pronto mi verga de 22 centímetros, erecta y gordísima se quedó al aire y primero unas manos femeninas, suaves, me la sujetaron con fuerza comenzando a masturbarme rítmicamente, y luego una boca húmeda y cálida se la fue tragando con cuidado hasta que casi todo mi tronco rectísimo estuvo adentro de su cavidad bucal.
Mientras mamá y o nos besábamos, Alba, absorbía mi polla hasta el fondo de su garganta, soportando con mucha fuerza de voluntad esas terribles arcadas que mi enorme falo le provocaban. Notaba como mi hermana expulsaba, absorbía, mordisqueaba mi polla y me sumía en un éxtasis, que ninguna mujer me había proporcionado hasta entonces.
Sin duda Alba no era la mía la primera picha que se había tragado en su boquita, preciosa y sensual y estuve a punto de eyacular una catarata de semen cuando paró en sus lamidas y dejó que mi verga reposara por unos instantes en el cálido lecho de su lengua traviesa y juguetona. Tras la breve pausa siguió con la fellatio y yo me sentí el hombre más dichoso del mundo, olvidándome de mis intenciones de irme de esa casa en la que ahora sí, era el hombre, el macho, de esas dos preciosas hembras.
Pero mientras yo acariciaba y jugaba con los pechos de mamá, Alba, comenzó a sopesar y jugar con mis testículos llenos de semen, mientras seguía mamándome la polla como si fuera un delicioso helado, o una chupineta de caramelo, con una maestría digna de una felatriz veterana. Yo estaba en el cielo jugando con esas dos bellísimas hembras, que me sometían a una caricias de fuego y seda, incestuosas, sí, pero increíblemente agradables.
De improviso mamá apartó mis manos de sus tetas, se dio la vuelta y tras apartar mi plato, vaso y cubiertos se acostó totalmente sobre la mesa, posando en el mantel su espalda y ofreciéndome provocativa, sus dos melones de pezones grandes y erectos como dos fresones y su chochito materno, sensual y apetitoso, por donde había salido yo al mundo, dieciocho años atrás, totalmente depilado.
Me encantó ver el chumino de mamá, y esa rajita húmeda y abierta, que mostraba su interior rosado. No me lo pensé dos veces y cogiendo mi polla con la mano la aproximé a la grita femenina de mamá y poco a poco se la fui introduciendo en el cadito del amor, mientras ella gemía de gusto, abría más y más las piernas y después cuando la tuve totalmente ensartada hasta el útero, con cuya pared chocó mi falo, me colocó los pies en el cuello para que no me escapara de su lazo sexual.
Mientras tanto mi hermana me colocaba sus tetas a mi espalda y me metía un dedo en el culo para que mi erección no decreciera. Yo disfrutaba al máximo bombeando con gran deseo y con una furia indescriptible a mi madre, convertida, sin yo esperármelo en mi putita domèstica, en mi amante.
—¡Préñame, hijo!...¡Folla a la puta de tu mamá!—gritaba mamá mientras la embestía sin descanso.
Y entonces ya no pude resistir más tanto placer que mi madre y hermana me proporcionaban, y sin tiempo a avisarlas sentí como si un calambre recorriera mi espina dorsal, un temblor indescriptible y comencé a correrme dentro del coño de mi madre, llenándola de esperma, mientras ella gritaba mi nombre, jadeaba, daba gritos de satisfacción y se corría a su vez, en una serie interminable de orgasmos.
Nos separamos y fue mi hermana la que se puso de espaldas a mí, apoyó sus tetas en la mesa y sacó su culo en pompa para que se lo follara. Cogí un poco de mantequilla como había visto en una película X y le embadurne el esfínter anal, a la vez que le metía un dedo primero y poco después dos. El agujerito de su culito riquísimo se fue ensanchando y entonces le fui aproximando poco a poco mi verga para penetrarla con cuidado, pues no quería lastimarla.
La sujeté por sus tetas jóvenes y suaves, apretando sus pezones erectos, hasta que mi pubis tocó sus nalgas, señal evidente de que la tenía totalmente ensartada. Poco después la estaba sodomizando con todas mis fuerzas mientras ella gritaba mi nombre. Yo taladraba su culo pues la sentía ensartada y mi pene estaba a punto de eyacular en su interior.
Mi hermana, Alba, se contorneaba como una puta profesional, movía el culo mientras la taladraba y le dije mil y una palabras soeces, hasta que de nuevo el temblor y un último empujón provocaron que me corriera en el interior de su culito, dejándola agotada por el esfuerzo y por los orgasmos que le provoqué, como comprobé al meterle los dedos en su chochito, también depilado, y mojadísimo.
Después mi madre y mi hermana se tumbaron sobre la mesa con las piernas abiertas, y yo les fui lamiendo por turnos a las dos sus chochos, bebiéndome mi propio semen, que brotaba de la rajita de mamá. Jugué con sus labios mayores y menores, les metí los dedos en sus rajitas, lamí y mordisqueé sus clítoris y ella me llenaron la boca con sus jugos femeninos, producto de sus múltiples orgasmos.
Nos besamos los tres en la boca, nos hicimos mil y unas caricias procaces y deliciosas y a las dos me las follé por todos los agujeros de sus cuerpos. Al final, agotados, nos acostamos desnudos los tres en la cama de mamá, que era de matrimonio y yo me quedé en medio de ambas para poder tocarlas a mi antojo, ya que desde ese día son mis amantes y yo no piensa en marcharme nunca de casa. Pues ¿Dónde encuentro dos mujeres tan guapas y ardientes, que no duden en obedecerme sumisas cuando les hago las mil y una perversiones
sexuales, que mi mente calenturienta les dicta?