La gran búsqueda
Parte I


Para comprender este relato, es absolutamente necesario leer la Introducción y los relatos previamente publicados

Definitivamente, la picazón de la que era víctima mi recto estaba llegando a un punto de no retorno. La doctora Paloma Méndez, médico de cabecera de mi familia, me había recetado unos supositorios especiales, que tenía que colocarme diariamente. Estos supositorios tenían que ser insertados hasta el fondo de mi recto, y solamente se deshacían en contacto con el semen. Por lo que para cada toma, necesitaba que una buena verga me follara fuertemente por el culo y me dejara toda su lechada bien adentro. Además, el roce de la polla en las paredes de mi recto (sobre todo si era bastante gruesa) era una de las pocas cosas que me aliviaba el escozor.

Pero todo eso ya había quedado atrás. Ya ni siquiera los supositorios me aliviaban, y lo único que me daba un poco de tranquilidad era tener el culo relleno de carne de verga permanentemente.

Había llegado a tal extremo que un día en la mañana, aun habiéndome colocado el supositorio, utilizando la magistral verga de mi madre, salí corriendo de mi casa desnuda de la cintura para abajo. Totalmente fuera de mí, y en un estado de excitación que casi rozaba la locura, salí a la calle y me coloqué en cuatro patas en plena acera pública, con mi desnudo culo en pompa rogando y pidiendo a gritos unas buenas vergas que me follaran y que acabaran dentro de mí.

Por supuesto, más de un hombre se acercó, viendo una oportunidad única en la vida, y tal vez me hubieran dado una cogida única si no hubiese sido por mis hermanas Anna y Francis, quienes acudieron a mi rescate. Rodeándome con sus brazos pudieron llevarme a casa de nuevo, ante la mirada atónita del público que se había reunido a mi alrededor en los pocos segundos que duró el espectáculo.

Una vez en casa, no fue sino hasta que Anna y Francis me follaron simultáneamente por el culo que me calmé, al menos por un rato.

Tenía que hacer algo. Llamé a la doctora Méndez para concertar una cita de urgencia, y esa misma tarde estaba en su consultorio. El alivio producido por la cogida propinada por mis hermanas estaba cediendo, así que tuvieron que ser las dos enfermeras de la doctora quienes calmaran mis ímpetus, alternando sus bien entrenadas vergas en mi culo.

– ¿Cómo te sientes, Isa? – me preguntó la doctora.
– Mal – le respondí, al tiempo que tomaba un poco de la leche que las enfermeras habían depositado en mi culo y me la llevaba a la boca.
– Al parecer, los supositorios no están consiguiendo el efecto requerido, tu recto parece haberse inmunizado a sus componentes. Como te comenté en tu primera consulta, sólo hay una solución permanente a tu comezón anal.
– Lo que sea, doctora, lo que sea.
– Tienes que tener en cuenta que no es nada sencillo – dijo con cara circunspecta.
– No importa doctora, haré lo que sea – supliqué.
– Necesitas en tu recto el semen de un hombre futanari, es lo único que puede curarte.
– ¿La leche de un hombre futanari? Eso era imposible. Hasta donde tenía entendido, el gen del futanarismo sólo se transmitía entre las mujeres, y las mujeres "futas" sólo procreaban otras mujeres "futas". No existía noticia de que alguna mujer "futa" hubiese dado a luz un varón. Esa era una de las leyes genéticas de nuestra "raza". Además, si las mujeres futanari eran "mujeres con verga", un hombre futanari no tenía sentido, era una contradicción. ¿Un "hombre con verga"? ¿No tienen verga todos los hombres? ¿Cuál es la diferencia? Miles de interrogantes surcaban mi mente en ese momento y la doctora, consciente de mi confusión, procedió a explicarme mejor.
– Existe una leyenda, Isa, que cada cierto tiempo, en la cuna de nuestra civilización futanari, una mujer futa da a luz a un hombre, cosa que desafía todas las leyes de la física y la genética futanari – me explicó diligentemente la doctora, como quien diera una clase.
– ¿Y dónde es eso?
– En Italia, donde hace más de dos mil años se originó la familia Futtannaro que luego se extendió por todo el mundo.
– ¿Y cómo hago para encontrar a ese hombre, si ni siquiera es totalmente probable que exista?
– Tienes que viajar allá y ponerte en contacto con las cabecillas de una sociedad secreta dedicada a la preservación y protección de todo el legado futanari. Sólo ellas pueden darte una respuesta.
– ¿Y eso es todo lo que usted puede hacer?
– Sí, de momento sólo puedo proporcionarte una droga muy fuerte que aminore el escozor, pero no puedes tomarla por mucho tiempo, máximo dos semanas, por lo que te recomiendo que te pongas en camino cuanto antes.

Salí del consultorio con más preguntas que respuestas, aunque con el culo bastante agradecido y rebosante de la leche que las dos expertas enfermeras habían depositado allí luego de una soberana follada. Aún con el sabor a semen en mi boca fruto de la corrida que me había dedicado la doctora, luego de una buena mamada de agradecimiento por mi parte, me fui inmediatamente para mi casa, a explicarle a mamá todo lo sucedido.

Le expliqué todo a mamá con lujo de detalles mientras le comía la polla, y tratándose de la salud de mi culo, mamá no tuvo reparo alguno en que realizara el viaje. Saqué del banco el dinero que me quedaba del premio obtenido en el Futafest y de inmediato compré un boleto de avión y reservé en un hotel. Como no tenía idea de por dónde empezar, decidí que primero iba a ir a Roma. Llamé a Daniela, para explicarle que tenía que hacer un viaje de emergencia a Italia. No le hizo mucha gracia, no sé si porque iba a extrañarme a mí o a mi culo abierto y disponible las 24 horas del día.

Corrí a mi casa de vuelta a hacer las maletas y a prepararme para el largo viaje. A modo de despedida, mamá y mis hermanas me propinaron una cogida monumental, de esas que te dejan el culo escocido por días. Como el viaje iba a ser largo, necesitaba algo en qué entretenerme, así que en lugar de una verga plástica, decidí insertarme en mi culo un delicioso vibrador, que con varias velocidades controladas por un pequeño control remoto, haría delicias en mi inquieto culo durante todo el viaje.

Así que con todo listo, las maletas preparadas y el vibrador en mi culo, tomé un taxi y partí rumbo al aeropuerto. El taxista no me quitó los ojos de encima durante todo el trayecto, tal vez porque el zumbido proveniente de mi culo lo distraía bastante.

Al llegar, le entregué mis maletas al encargado para que fueran embarcadas, y me dirigí hacia la puerta de embarque. Coloqué mis pertenencias de mano en la bandeja apropiada para su inspección, y atravesé la máquina de rayos X.

Esta emitió un pitido.

Me quité todo lo de metal que traía puesto, aretes, pulseras, la hebilla del cinturón, etc., y volví a pasar.

La máquina volvió a emitir un pitido.

No tenía más nada de metal encima, por lo que me dirigí al guardia y le indiqué que su máquina estaba descompuesta.

– No está descompuesta, señorita, por favor, vuelva a pasar – me indicó.

Se estaba haciendo una larga fila detrás de mí, y yo ya me estaba empezando a poner nerviosa. Volví a pasar por el marco de la máquina y, como era de esperarse, volvió a pitar.

– Señorita, por favor, acompáñeme – me indicó el guardia de seguridad, al tiempo que, junto uno de sus compañeros, me tomaban cada uno por un brazo, rumbo a la oficina de vigilancia.

En ese momento se hizo la luz, comprendí todo de golpe: era el vibrador que tenía insertado en mi culo lo que hacía sonar a la máquina. Al ser eléctrico, tendría componentes de metal en su mecanismo interno, además de las baterías. Nada de esto hubiera pasado si me hubiese colocado un sencillo plug anal de goma. No podía sacármelo en ese momento para volver a pasar por la máquina, así que me resigné e ingresé con los guardias a la oficina.

Cerrando con llave la puerta tras de sí, me indicaron que me recostara de frente contra una pared, con los brazos levantados por encima de mi cabeza y las piernas completamente abiertas. En esta posición, uno de los guardias comenzó a recorrer cada centímetro de mi cuerpo con un detector de metales portátil. Como era obvio, al pasar por encima de la raja de mi culo este empezó a emitir un pitido.

– Diego por favor, necesito tu ayuda aquí – le indicó al otro guardia – Creo que he encontrado algo. Levántale la falda para comprobarlo.

El otro guardia me levantó la falda al tiempo que el primero acercaba su cara a mi culo. Tremenda fue la sorpresa que se llevaron al encontrarse con que mi culo albergaba un vibrador.

– No se mueva señorita – me indicó mientras, con delicadeza, extraía el aparatito de mi interior. Al parecer, mucha gente trafica con sustancias ilegales insertadas en culo.

Una vez que lo hubo retirado, mi culo quedó completamente abierto, acusando la falta de su eléctrico amiguito. Los guardias procedieron a examinar cuidadosamente el vibrador, y cuando no encontraron nada extraño, su expresión cambio completamente e intercambiaron unas miradas de complicidad.

– Aparentemente no hay nada fuera de lo normal en el aparato, pero necesitamos hacer unas pruebas más de comprobación.
– ¿Qué más necesitan? – pregunté preocupada.
– Lo siento, pero tenemos que llegar hasta lo más profundo para descartar cualquier indicio de tráfico de drogas o armas, y nuestras grandes vergas están perfectamente entrenadas para ello, así que por favor no oponga resistencia – exclamó, al tiempo que se abrían las braguetas y ante mí aparecían un par de buenas vergas.
– Para nada, oficial, registre donde tenga que registrar – le indiqué al tiempo que me abría los cachetes del culo con las manos.

Esta vez me hicieron recostarme sobre un escritorio, y en esta posición fueron alternándose para follarme el culo.

– No parece haber nada extraño con este culo, aparte de lo delicioso que es – dijo uno de ellos sin dejar de bombearme.
– Déjame a mí, Rubén, a ver si puedo llegar a lo profundo del asunto.

Diego se salió de mi culo para darle paso a Rubén. Este, de un sólo envión, me insertó la verga hasta lo más profundo.

– Revise más profundo, a lo mejor hay algo más adentro – le pedí mientras empujaba con el culo hacia su verga.
– En eso estamos trabajando, señorita – exclamó mientras su vello púbico se pegaba a mi ano y sus bolas chocaban contra mi coño. Más profundo, y hasta las bolas hubieran entrado.

Luego de un rato sodomizándome y comprobando que no había nada extraño con mi culo, me dejaron ir, con una amplia sonrisa y un culo chorreante de leche. Afortunadamente no me confiscaron el vibrador, por lo que pude mantener satisfecho mi goloso culo durante todo el viaje.

El viaje transcurrió sin ningún tipo de novedad, principalmente por la gran cantidad de baterías de repuesto que empaqué para mi vibrador, lo que lo mantuvo activo (y a mi culo contento) durante todo el viaje. No tuve ninguna dificultad en llegar al hotel que había reservado por internet, en gran parte gracias al italiano fluido que hablo debido a mi herencia italiana.

Dejé en el hotel mis pertenencias, y sin perder nada tiempo, decidí que tenía que empezar a recabar información. No tenía idea de dónde empezar, estaba en un país extraño sin conocer a nadie. Por algún lado tenía que comenzar, así que entré a un ciber café para buscar algo de información en internet. Lo primero que se me ocurrió fue contactar a alguna mujer futanari, pero no podía ir por allí tocándole la entrepierna a cuanta mujer viese, por más excitante que sonara la idea.

Tenía una vaga idea de lo que tenía que hacer, así que me dediqué entonces a revisar páginas de intercambio sexual, desde prostitutas de lujo hasta simples amateurs y amas de casa necesitadas de verga. Luego de haber revisado decenas y decenas de sitios webs de sexo (con la consiguiente calentura que eso conlleva) fui a dar a una donde se ofrecían los servicios sexuales de transexuales, llamados en inglés "she-males" o "dick-girls". Esta página en específico, correspondía a la ciudad de Roma. Como he explicado en otras ocasiones anteriores, las futanari somos mujeres al ciento por ciento, con la salvedad de que nuestro clítoris crece desproporcionadamente alcanzando en tamaño y proporción a una verga masculina. Pero en algunas ocasiones, alguna futanari caída en desgracia tiene que hacerse pasar por transexual y venderse como tal para ganarse el pan.

Afortunadamente, la página que estaba revisando tenía fotografías bastante explícitas, y luego de ver docenas y docenas de transexuales (desde simples hombres con peluca hasta verdaderas mujeres despampanantes) vi una que me llamo la atención, en especial su peculiar verga. Si hay algo que una mujer futanari sabe reconocer, es la verga de otra mujer futanari.

"Rebeca", se hacía llamar, y daba un número de teléfono móvil para contactarla. Por supuesto, no tarde ni un segundo más e inmediatamente corrí a llamarla. Me atendió una voz de mujer falsamente gruesa, imitando la de un hombre. Tenía muy bien estudiado su papel de transexual. En principio le sorprendió bastante que fuese una mujer quien solicitara sus servicios, y mucho más con una voz tan joven como la mía, pero haciendo acopio de su profesionalismo no tuvo ningún problema en aceptar que "contratara" sus servicios.

Concerté una cita con ella en mi habitación del hotel para dentro de un par de horas, y regresé a mi habitación bastante excitada, ya que nunca había solicitado los servicios de una "profesional" del sexo y esta situación me daba bastante morbo. Me sentía como uno de esos viejos cachondos que se escapan de su casa y de su monótona vida marital para conseguirse con prostitutas de segunda en sucias habitaciones de moteles de carretera.

Por supuesto que la intención era conseguirme con ella para ver si podía proporcionarme algo de información, pero no pensaba desaprovechar ninguna oportunidad de tener sexo con ella. Si le iba a pagar, por lo menos quería disfrutarlo. Además, el calentón del ciber café no había hecho más que acrecentarse, y mi siempre goloso culo pedía guerra a gritos.

Como todavía faltaba tiempo para que llegara, me di un baño y me aseé con tranquilidad. Me peiné, me perfumé y me vestí con un provocativo baby doll negro transparente, sin nada debajo. Me calzé en los pies unas plataformas de taco de aguja transparentes y en el culo una ristra de bolas anales de llamativos colores. Me recosté en una pose muy sugerente en la cama y encendí la televisión. En el respectivo canal pornográfico estaban dando una película de lesbianas, en la que dos mujeres con sus respectivos arneses strap-on penetraban por el culo a otras dos que se encontraban a cuatro patas. Muy acorde para la ocasión.

Estaba masajeando mi clítoris suavemente cuando, con llamativa puntualidad, llamaron a la puerta de la habitación.

– ¡Pasa!. Está abierta – la invité.

Rebeca era una mujer entrada en los treinta. Llevaba el pelo pintado de un amarillo muy artificial, casi blanco. En su semblante se adivinaba una mujer que había sido bastante atractiva, pero en el que tantos años de mala vida habían dejado una huella imborrable. Su tez ajada y las arrugas alrededor de los ojos eran la prueba de que no había tenido una vida fácil. Iba vestida con una minifalda roja, con un top del mismo color, una pequeña chaqueta de jean y unos zapatos de tacón dorados. Le sorprendió muchísimo encontrarse con una mujer como yo.

– ¿Eres Isa? – me preguntó – No pareces del tipo de persona que necesite los servicios de alguien como yo.
– Acabo de llegar de afuera y necesito algo de compañía. No conozco a nadie por aquí y no estoy de ánimo para ir a un bar o una discoteca.
– Eres hermosa, no creo que necesites de mucho para atraer compañía a donde vayas – me dijo amablemente.
– Muchas gracias, tu tampoco estás nada mal – mentí.
– Bueno, a lo que vine. Dame unos minutos para arreglarme – me dijo mientras entraba al baño de la habitación con su bolso.

Cuando salió del baño, se había cambiado de ropa. Sólo llevaba puesto un enterizo de malla negra y sus zapatos dorados. De una abertura en la entrepierna se proyectaba hacia adelante su gran verga erecta.

– Supongo que esta es la razón por la que me has llamado – me preguntó mientras se acariciaba el glande.

Por toda respuesta me relamí los labios. Me pareció muy graciosa su insistencia en usar un tono más grave de voz, pero preferí no decirle nada aún y disfrutar primero de una buena sesión de sexo. Su verga era más grande que como aparecía en la fotografía. Tal vez el ángulo no le hacía justicia o tal vez la fotografía tenía ya tiempo y le había crecido más desde entonces. Un par de grandes bolas guindaban debajo de la base del pene. Extraño.

Me acosté en la cama y me desperecé sensualmente, invitándola a acostarse conmigo. Se colocó encima de mí y comenzamos a besarnos. Baje una mano hasta su entrepierna y comencé, primero a acariciarle la cabeza de la verga y luego a hacerle una paja en toda regla. Ella, por su parte, comenzó a acariciarme el clítoris. Varios minutos estuvimos así, magreándonos las tetas mutuamente y con nuestras lenguas jugueteando en la boca de la otra. Abrí completamente mis piernas, y ella se ubicó entre ellas, con su polla a la entrada de mi vagina. Con una mano, comenzó a moverla por sobre mis labios vaginales, y de vez en cuando chocaba con mi clítoris. Nuestros pezones erectos se rozaban intensamente, lo que me producía aún más excitación. Estaba ya lista para penetrarme vaginalmente en esta posición, cuando delicadamente la detuve y le indiqué que se levantara.

Acostada boca arriba como estaba, flexioné mis piernas llevando mis rodillas hasta los lados de mi cabeza y me tomé los tacones de mis plataformas, invitándola a que me bombeara el culo deliciosamente. Ella no se hizo de rogar y dirigiendo eficazmente su polla hacia mi negro asterisco, me rellenó las entrañas de carne de un sólo envión. Segundos más tarde, su gran verga entraba y salía de mi culo a tal velocidad que parecía un pistón. Con sus manos tomaba mis nalgas y las abría al máximo, y con su verga me penetraba hasta el fondo.

A los quince minutos de bombeo extremo, su polla comenzó a dar señales de que iba a correrse, al aumentar sus dimensiones dentro de mi recto. Una buena carga de leche caliente comenzó entonces a depositarse en mi recto que parecía contraerse al mismo ritmo para exprimir hasta la última gota del preciado líquido. Una vez que retiró la verga de mi culo, el semen comenzó a salirse a borbotones que iban a dar a la palma de mi mano, colocada muy apropiadamente en forma de cuenco. Me llevé el manjar a la boca para degustarlo, e invité a Rebeca a que se fundiera conmigo en un húmedo beso donde podría degustar su propio producto lácteo.

Ya mi culo había recibido el placer que le correspondía, así que tenía que enfocarme ahora en lo que realmente me importaba: obtener la mayor información posible de Rebeca, así como la verdad de su sexualidad.

Para agradecerle la cogida que me acababa de dar, me dediqué vigorosamente a mamarle la verga, para limpiarla de cualquier rastro de semen que allí quedase. Cuando ya estuvo lo suficientemente erecta de nuevo, me acosté boca abajo en la cama, con mi cuello al borde de la cama mi cabeza sobresaliendo de esta. Flexioné mis piernas hacia atrás y volví a tomarme de los tacones de los zapatos. Abriendo al máximo mi boca y sacando la lengua, la invité a que degustara de una buena garganta profunda. Me tomó entonces del cabello y comenzó a follarme la boca.

Con su verga insertada en mi boca hasta el fondo, a tal punto que el glande llegaba hasta mi laringe, me dediqué a lamerle las bolas con mi lengua. A las pocas lamidas comprobé lo que desde un principio sospechaba: sus bolas eran falsas. Era una especie de prótesis muy bien detallada, fabricada en látex y pintada del mismo color de su piel. Habiendo comprobado esto, me dedique a disfrutar de la mamada, ya que luego tendría tiempo de hablar con ella. Además, es muy difícil hablar con una verga atravesándote la garganta. Hilos e hilos de baba resbalaban por mi barbilla producto de la extrema mamada, y al poco tiempo, por segunda vez, su verga comenzó a disparar chorros de leche que esta vez, iban directo a mi estómago. No me desagradó en lo más mínimo, aunque siempre prefiero degustar y saborear la leche antes de tragarla.

Una vez que se hubo vaciado por completo en mi boca, nos acostamos juntas para descansar un poco, sobre todo para esperar que su verga estuviera de nuevo a punto. A los pocos minutos, ya estábamos de nuevo en la faena, esta vez colocadas en un delicioso sesenta y nueve. Yo estaba colocada encima de ella, y me dediqué a hacerle una delicada mamada mientras ella, con mi culo a la altura de su cara, me abría los cachetes con sus manos mientras jugueteaba traviesamente con su lengua en mi ano.

En esta posición pude detallar al máximo sus bolas postizas. Era un trabajo muy bien hecho, el látex coincidía a la perfección con el color de su piel y tapaba por completo su coño. Con su verga insertada hasta el fondo en mi boca, comencé a indagar con mis uñas, cosa que al parecer no le gustó.

– ¡Eh, deja eso!, ¡¿qué crees que estás haciendo?! – exclamó.

Pero con su polla en mi boca estaba a mi merced, así que no le hice caso y seguí indagando. Finalmente pude encontrar donde terminaba el látex y comencé a tirar para despegarlo.

– ¡¡Déjame, qué haces!! – exclamó cada vez más inquieta, al tiempo que me daba nalgadas para que la soltara.

Despegué completamente el látex y allí estaba: el borde inferior de su coño. Pero todavía las bolas tapaban el resto del coño. Tenía que encontrar la manera de despegarlas. Para que se calmara un poco y me dejara hacer, le introduje un dedo en el coño. Por casualidad, con el pulgar dí con algo metálico en su coño y allí encontré la respuesta. En la parte superior de los labios vaginales externos se había colocado, a modo de piercings, dos broches metálicos que sujetaban las bolas al coño, y gracias a la capa de látex, no eran visibles. Con la mano que tenía libre, abrí los broches y finalmente pude remover las bolas, para dejar al descubierto un terso y rosado coño. Por supuesto, no perdí tiempo y me saqué la polla de la boca para proceder a darle una soberbia comida de coño.

– ¡Uuuff! ¡Sí, sí, así! ¡Hace años que nadie me come el coño! – dijo finalmente dándose por vencida.

Estuvimos dándonos placer mutuamente lamiéndonos los coños por un buen rato, hasta que ella comenzó a correrse por el coño en mi boca. Por la cantidad de fluidos que soltó, y que yo golosamente degusté, comprobé que era cierto que hacía mucho tiempo que nadie le dedicaba un cariñito a su coño.

Cuando finalmente se hubieron calmado los ánimos, me recosté a su lado. Era el momento de comenzar con mi interrogatorio.

– Así que también eres una hembra futanari – le dije sin más rodeos. - ¿Por qué te avergüenzas de ello? ¿Sabes a cuantas mujeres les gustaría tener un coño y una verga como los tuyos, empezando por mí?.
– No es vergüenza, simplemente necesito ganarme la vida, y es más sencillo ser una prostituta transexual que un engendro hermafrodita como nosotras. La gente, en especial los hombres, lo aceptan más fácil.
– ¿No entiendo, tus clientes son más que todo hombres?
– Sí, no sabes la cantidad de hombres, por muy machos que sean, que les encanta que una mujer les dé por el culo – me dijo guiñándome un ojo.
– ¡Jajajajaja! – reí de buena gana.
– Pero ahora dime: parece que sabías de mi condición sexual desde un principio ¿estoy en lo cierto? – me preguntó asumiendo una seriedad repentina.
– Sí, así es. Desde el principio lo supe, sólo que no quería que te asustaras y te fueras. Necesito la ayuda de alguien como tú
– ¿Ayuda de alguien como yo? ¿En qué puede ayudarte una prostituta hermafrodita venida a menos?
– Primero, deja de decir que somos hermafroditas, sabes muy bien que eso no es cierto. Y segundo, necesito la ayuda de alguien de nuestro género que viva aquí.
– Está muy bien, pero ¿para qué?

Le expliqué con pelos y señales todo lo que me ocurría, desde la insoportable picazón anal hasta todo lo que la doctora Paloma me había contado.

– ¿La leche de un hombre futanari? – exclamó abriendo los ojos como platos – Pero eso es imposible, no existe algo así.
– Según la doctora sí, así que necesito toda la ayuda que pueda encontrar.
– Pero yo no puedo ayudarte en eso.
– Lo sé, lo único que necesito de ti es saber si conoces a alguien que tal vez si pueda.

Su cara asumió un rictus de seriedad, mezclado con algo que parecía temor. Al parecer, había dado en el clavo.

– Dime lo que sabes, Rebeca, necesito ayuda de verdad.
– Está bien Isa. Hay alguien que tal vez pueda ayudarte. Pero te lo advierto, es muy peligroso.
– No importa. Por mi culo, hago lo que sea.

Tomó un papel y un bolígrafo de su cartera y escribió una dirección y un nombre.

– Ten, eso es todo lo que sé.

Para demostrarle mi agradecimiento, le dediqué una nueva comida de coño. Luego de eso, estuvimos un rato más follando. La había contratado apenas por un par de horas, pero al final no me cobró, y en cambio pasamos la noche juntas, follando como dos amantes que se conocen de toda la vida. Creo que ella incluso lo disfrutó mucho más que yo.

A la mañana siguiente me desperté. Rebeca ya no estaba, se había marchado. Al incorporarme, noté que algo mojado se escurría por mi recto. Llevé la mano hacia mi ano y noté que de allí comenzaron a manar gruesos goterones de semen. Tomé con mi mano la mayor cantidad posible y la llevé a mi boca, para degustarla. Aún estaba tibia, lo que quería decir que no hacía mucho tiempo que Rebeca se había ido y me había dejado un erótico recuerdo. Extraje el resto de la leche de mi culo y la saboreé con una gran sonrisa en mis labios, recordando los momentos de amor vividos apenas minutos atrás.

Antes de dirigirme a la dirección que Rebeca me había proporcionado decidí investigar un poco más por mi cuenta. No soy especialmente culta, prefiero desenvolverme más en el ámbito sexual que en el intelectual, pero si había escuchado que en la Biblioteca del Vaticano podría encontrar algunos libros interesantes.

Llegué temprano, antes de que los millones de visitantes comenzaran a invadir todos los santos edificios, y luego de utilizar mis encantos con uno de los bibliotecarios de guardia, logré que me permitiera acceso a una colección de libros raros que no suelen ser prestados al público en general.

Luego de revisar y revisar una gran cantidad de volúmenes antiguos, la mayoría medievales, di con uno que me llamó la atención: "Penis Mulierum Tractatione". Era un precioso manuscrito antiguo, escrito en latín e iluminado bellamente.

A pesar de que no sé leer latín, no fue muy difícil entender de que iba el texto: era un tratado acerca de las mujeres con pene. Vaya si había dado en el clavo. Estuve largo rato viendo sobre todo las imágenes, en las que se intentaba explicar de manera muy rudimentaria el hecho de que existieran mujeres con pene. Pero quedé impactada al llegar a un capítulo titulado simplemente "Poena". Las imágenes allí eran aterradoras, se veía la cantidad de castigos y torturas infringidos a las mujeres futanari en la época medieval, que iban desde la simple amputación hasta castigos tan dolorosos como el de amarrar un caballo a la verga para que tirando de ella y el de colgar a una mujer por la verga, en vez de por el cuello.

No pude seguir leyendo más. En ese instante descubrí porqué las mujeres futanari hemos tratado de ocultarnos de la sociedad lo más posible.

Devolví los antiguos volúmenes, horrorizada por mis descubrimientos y, siguiendo las indicaciones de Rebeca, me dirigí a la dirección que me había proporcionado. Me sorprendí bastante cuando comprobé que correspondía a uno de los Museos del Vaticano. Una vez adentro, y antes de solicitar hablar con la persona que Rebeca me había recomendado, decidí admirar un poco las muestras que actualmente se encontraban exhibidas. Por supuesto, me llamo especialmente la atención una dedicada a la escultura femenina, compuesta por diversas estatuas de mujeres realizadas en Grecia y Roma. Al observador poco adiestrado se le podía pasar por alto, pero a mí no, el hecho de que la mayoría de las estatuas tenían una pequeña muesca en el pubis, que se notaba había sido retocada y disfrazada con gran maestría. Definitivamente, estas estatuas de mujeres habían tenido un pene.

Estaba viendo más de cerca una de estas esculturas cuando de pronto sentí a alguien a mis espaldas.

– ¡Ejem! ¿Puedo ayudarla en algo, señorita? – exclamo una voz femenina.
– ¡Esteee...! Yo.... – respondí todavía asustada.
– Me dijeron que solicitaba mi presencia.
– ¿Yo? Pero yo no...
– Mi nombre es Lucía Futannetto, jefa de restauración del museo. Acompáñeme a mi oficina, por favor.

Era una mujer de mediana edad, de unos cincuenta años tal vez, con el pelo rubio recogido en una cola de caballo y unos lentes que cubrían sus intensos ojos azules. Iba vestida con un sobrio traje taller, de chaqueta y pantalón. Para su edad, conservaba un buen físico.

Tras salir del recinto principal del museo y atravesar un amplio galpón con gigantescas mesas, donde se apilaban por doquier esculturas de diversos tamaños y formas, llegamos a su oficina, un cubículo ubicado dentro del mismo taller de restauración.

– Sé a qué vino, señorita.
– ¿Lo sabe? Pero si yo no la conozco.
– Así es, pero ya Rebeca me puso sobre aviso. Ella es una mujer muy dócil. ¿Puedo ofrecerle algo? ¿Un poco de té?.
– Ssssi, gracias...

De un pequeño termo que se encontraba sobre su escritorio, sirvió un poco de té en una pequeña taza de fina porcelana blanca adornada con flores multicolores.

– Así que está en la búsqueda de un hombre futanari ¿no es así? - me preguntó.
– En efecto ¿qué sabe usted sobre las futanari? – le devolví la pregunta.
– ¡Todo! – exclamó abriendo los ojos como platos - ¡Lo sé todo!

Ya estaba un poco nerviosa por el rumbo que estaba tomando la conversación, pero si había llegado tan lejos, tenía que continuar con mi misión. Mi culo lo valía.

A pesar de su extraña reacción, me sorprendió la confianza con la que me trataba esta mujer.

– Ven conmigo, Isabella – dijo al tiempo que se levantaba. Me llamó la atención el hecho de que conociera mi nombre antes de yo decírselo.
– ¿No quiere escuchar antes los motivos que me han traído aquí y me han llevado a emprender esta búsqueda?
– No es necesario, Isabella – me respondió, bajándose un poco los lentes y guiñándome un ojo – Lo sabemos todo sobre ti, sabemos quién eres y por qué has venido. La gran red de la familia Futanari conoce todo sobre todos sus miembros. Acompáñame, por favor.

Por lo que pude captar, nos dirigimos a uno de los sótanos del museo, previamente atravesando todos los depósitos. Oculta detrás de unas esculturas, se encontraba una pequeña puerta de madera. Sacó una antigua llave y abrió la puerta que, para mi sorpresa, no chirrió. Se notaba que era usada frecuentemente. La puerta se abría a un largo y estrecho túnel, con una escalera que descendía varios metros. En las paredes, varias antorchas adornaban el pasadizo. La doctora tomó una de ellas y usando su encendedor, la prendió. No pude contener mi asombro cuando descubrí que el mango de todas las antorchas tenía forma de pene. Eran grandes vergas talladas en las paredes lo que adornaba el descenso.

Recorrimos varios metros de escalera, calculo que como unos tres o cuatro pisos, cuando finalmente llegamos a nuestro destino. Una gigantesca caverna circular se extendía en todo su esplendor. La parte superior, compuesta por una gran cúpula excavada en la tierra, se levantaba a varios metros de altura, y el amplio piso era de mármol de diversos colores. Toda la pared de la sala estaba adornada por una gran cantidad de esculturas, todas de mujeres. Mayor fue mi sorpresa cuando comprobé que todas estas estatuas conservaban sus grandes penes erectos.

– Bienvenida, Isabella, al sagrado recinto de la "Magna Penis Sororum" - escuché que decía una voz de la que no supe ubicar su procedencia.

Esto fue lo último que escuché, ya que inmediatamente el techo comenzó a dar vueltas sobre mi cabeza y perdí toda noción de donde me encontraba. No pude mantenerme en pie, y caí inconsciente sobre el duro piso de mármol. Luego comprendí que el brebaje que me había dado la doctora, había hecho su efecto.

Para cuando desperté, me encontraba completamente desnuda sobre un altar de mármol, con las piernas y brazos atados y abiertos a más no poder. A mi alrededor se encontraban catorce figuras, cubiertas por una túnica marrón que les ocultaba hasta el rostro. La figura número quince iba ataviada con una túnica similar pero de color rojo sangre, con gran cantidad de bordados en dorado. De su cuello colgaba una figura, atada por una gruesa cadena de oro: la imagen de un gran pene erecto.

La figura de rojo se acercó a mí, y al descorrer hacia atrás su capucha me dejó ver sus facciones: era la doctora Lucía.

– ¿Cómo te encuentras, Isa?
– Bi...bi...bien – atiné a responder, todavía mareada.
– No es nuestra intención hacerte daño, simplemente queremos someterte al ritual de iniciación por el que pasan todos nuestras hermanas. Créeme, los disfrutaras.
– ¡Pero yo no quiero pertenecer a nada! – le supliqué.
– Tranquila Isa. Las hermanas de la sociedad del "Magna Penis" se protegen entre sí. Durante siglos hemos resguardado todo el saber del género futanari. Como te habrás dado cuenta, todas las estatuas que viste carecen de pene. Yo personalmente me encargo de removerlos, para preservar nuestro secreto – me explicó - Para saber lo que quieres, necesitas formar parte de la sociedad. Sólo las hermanas tienen acceso a ese conocimiento.
– ¡Pero Rebeca…! – intenté explicarme.
– Rebeca fue una de nuestras hermanas que no supo sobrellevar la carga de ese conocimiento. Es una execrada. Ahora relájate y disfruta de la iniciación.

A una seña de Lucía, las catorce figuras se acercaron hasta el altar donde me encontraba, hasta que me rodearon totalmente. Luego Lucía levantó los brazos, y al bajarlos, todas las túnicas cayeron al piso, revelando un espectáculo increíble.

A mi alrededor, junto a Lucía, se encontraban catorce hermosísimas mujeres desnudas, con unos cuerpos que parecían esculpidos por los mismísimos artistas griegos. Unos pechos enormes, completamente redondos y tan levantados que parecían desafiar a las mismas leyes de la física; unos culos cuyas curvas parecían trazadas con las más finas herramientas de dibujo; los muslos, las piernas, los abdómenes; todo parecía más bien obra de un extraordinario escultor. Las facciones de sus rostros serían la envidia de cualquier modelo. Las había de todo tipo: morenas, rubias, pelirrojas, negras, blancas, asiáticas, indias, etc. Parecían haber sido escogidas como la mejor representante de sus características.

Pero todo esto quedaba opacado por una sola y gran razón: sus gigantescas vergas. Desde sus delicados y afeitados pubis partían en perpendicular las pollas más grandes y hermosas que jamás había visto. Completamente rojas e hinchadas y surcadas por gran cantidad de venas, algunas incluso superaban en grosor a los propios brazos de su dueña. Unos glandes enormes, a semejanza de un champiñón mutante, remataban la extensión de la verga, y de todos ellos ya comenzaba a chorrear líquido preseminal.

A pesar de su inhumana belleza, esas mujeres parecían carecer de cualquier tipo de emoción. En su rostro apenas se reflejaba algo de curiosidad por la tarea que iban a emprender, pero nada más.

– Isa, te presento a la élite de la sociedad "Magna Penis" – dijo con orgullo Lucía – Todas ellas han sido escogidas concienzuda y minuciosamente de entre todas las futanari que habitan en el planeta. Estas frente a las mejores vergas futanari de todo el mundo.

Yo simplemente no podía articular palabra. No sabía si estar nerviosa o excitada, aunque ya a estas alturas mi culo comenzaba a abrirse y cerrarse instintivamente, consciente del banquete de verga que se iba a dar.

– Han sido entrenadas duramente, con una única misión: abrir la mente de las jóvenes futanari que, como tú, desean poseer el conocimiento pleno de nuestro género.

"¿Abrir las mentes o abrir los culos?", pensé socarronamente, en uno de los pocos momentos de lucidez que había tenido desde que desperté.

– Disfrútalo Isa, esto es una experiencia que muy pocas personas conocerán jamás en toda su vida. ¡Toda suya, muchachas! – dio una palmada y se retiró del círculo.

Con las vergas enhiestas, las catorce "esculturas vivientes" se acercaron a mí, sin poder ocultar la lujuria que se reflejaba en sus fríos rostros.



Continuara...