Hace tanto tiempo que no me confieso, ni me paro a pensar en frío mis instintos íntimos. No soy católica, no hablo de ese tipo de confesión. Este ultimo año crucé tantos limites que ya no sé quién soy. No tengo culpa, ya no, solo necesito paz. Paz de pensar solo en mi misma y en nadie más.
Mi nombre es Ángeles, tengo cuarenta y tres años y he estado casada durante los últimos veinte años. Mi marido es bastante mayor que yo, ahora está a punto de cumplir los sesenta y dos. Cuando nos casamos yo tenía veintitrés y Él cuarenta y dos, una diferencia considerable pero comprensible teniendo en cuenta que yo perdí a mi papá siendo niña y siempre proyecté mi amor hacia hombres mayores... hasta hace un tiempo.
Jorge no solo es mi marido, si no que fue mi único novio oficial. Nuestro noviazgo, al principio a escondidas, comenzó cuando yo tenía dieciocho. Él se llevo mi virginidad, todas mis virginidades, pues siempre fui una mujer que se entrego a su marido sin peros. Así fue que desde los primeros años de matrimonio no solo practicábamos sexo convencional, sino que me desfloró analmente. Además, a diario yo le practicaba sexo oral y tragaba su semen. Con el tiempo también incluimos sadomasoquismo en niveles tolerables. Se le hizo común, antes de cada relación, castigar mis nalgas con su cinturón del trabajo. Y a mí también me terminó gustando. Siempre sumisa y boca abajo en la cama, parando bien la cola para recibir los golpes secos del cinto quemando mi piel. Y para que seguir... lo que intento es dejar en claro que a pesar de ser una mujer de un solo novio y marido, a pesar de ser una ama de casa, mi sexualidad siempre fue intensa y muchas veces desmedida.
No tardé en quedarme embarazada de una nena, Romina, que hace tres años se fue a estudiar Ingeniería Ambiental a la capital. Y unos años después, cuando ya no pensábamos en tener otro hijo, nació Nahuel. Mi adorado principito.
Nuestra familia fue muy unida y sin secretos durante un gran tiempo, o al menos eso yo pensaba. Cuando los chicos aun eran peques, descubrí una infidelidad de mi marido, y luego otra, y otra y otra. Aun así seguí siendo la mejor esposa posible y con el tiempo acepté el hecho de que Jorge hiciese alguna picardía mientras yo no me enterase. Aunque sexualmente seguimos manteniendo contacto hasta hoy, yo fui alejándome de él en un plano más intimo. En mi fuero interno he pasado sola los últimos ocho años. Y así llegamos a la presente situación, que paso a paso avanzó a través del tiempo, hasta volverse una firme relación incestuosa con mi hijo Nahuel.
Si, ya sé que suena como una locura. Ya sé que todos pensarían que soy una depravada, una perversa. Pero lo cierto es que yo no lo siento así.
Comenzó hace un año, cuando mi hijo entro en una crisis hormonal. Resulta que nunca supo tener amigos ni éxito social, siempre fue un niño solitario pegado a las faldas de su madre. Y luego, cuando creció y llego el momento de salir con chicas o iniciarse en el sexo, bueno, digamos que parecía una proeza imposible para él. Nahuel siempre fue un poco gordito, como yo, y no digamos gordito, más bien somos rellenitos. A mí eso nunca me significo un problema, pero mi hijo está muy acomplejado por su cuerpo.
Desde que Romina se fue a vivir a la capital, toda mi atención se centró en Nahuel, y él que siempre fue muuy mamero supo aprovecharse bien de la situación.
Por insistencia de mi marido, Nahuel empezó a entrenar en un equipo de rugby. Recuerdo aquel domingo en que volvió lesionado. Había sufrido un desgarro leve en la parte interna del muslo. Mi marido lo acompaño como sostén hasta la ducha, para que se quitara la mugre. Después se desentendió del tema y se fue a jugar al póker con sus amigos como cada domingo, bueno al menos eso es lo que dice. Yo estaba muy preocupada y a cada rato le tocaba a Nahuel la puerta del baño, para ver si necesitaba algo, él insistió en que podía solo y que si quería ayudarlo que le dé un masaje al salir. Fui a la farmacia a buscar un buen ungüento para lesiones musculares y cuando volví, encontré a mi hijo recostado en su cama. Me senté a su lado y él me indico el lugar exacto de la lesión, era en la cara interna de uno de los muslos, a pocos centímetros de sus genitales. "Bueno hijito, bajate el pantalón así te paso el ungüento" le dije. Él se puso colorado como un tomate, no dijo nada y se quito el pantalón. La verdad yo no había tenido contactos de ese tipo con mi hijo desde que se había empezado a desarrollar y hacerse hombre y al verlo allí en ropa interior y tener que masajear una zona tan comprometida me sentí tan incómoda como él. Pero había que hacerlo no?.
Tomé un poco de ungüento y lo calenté entre mis palmas, después apoyé ambas manos en la rodilla y empecé a masajear y lubricar el musculo hacia arriba, hasta llegar suavemente al área lesionada. Era evidente que le estaba haciendo buen efecto y que él lo estaba disfrutando. Pronto la tensión desapareció.
Cuando me centré en la lesión, fue inevitable que el dorso de mi mano rozase dos o tres veces el bulto que bajo el slip formaban su pene y testículos. Al rato note que su calzoncillo estaba más abultado que al comenzar, pero hice como que no me di cuenta. Cuando termine, besé su frente y me levanté, antes de irme me di vuelta para preguntarle si necesitaba algo más, entonces eché un vistazo disimulado y comprobé que mi hijo tenía un notorio principio de erección.
Esa noche cuando mi marido llegó a casa, le chupe el pene como hacía mucho que no lo hacía.
La sesión de masajes se repitió dos veces al día durante cuatro días, pronto nos sentimos muy cómodos con la situación. Cada vez, su bulto se volvía a hinchar un poco, y yo no evitaba rozarlo un par de veces. Al tercer día me di cuenta que, mientras hacia las tareas de la casa, no podía dejar de pensar en los masajes que le estaba dando a mi hijo. La verdad que Nahuel ya caminaba sin dolor, pero me pidió un par de masajes más para estar seguros.
Se recostó como de costumbre y se sacó el pantalón. Ahora que no estaba tan sensible, le di un masaje bien intenso y no pude evitar tocar sus partes más que de costumbre, de hecho una que otra vez lo hice a propósito. Cuando quise acordar mi hijo ya no tenía un leve abultamiento, sino que su pene estaba duro como un palo que levanta una carpita. Nahuel se sintió muy avergonzado, me dijo tartamudeando que ya estaba bien, que no era necesario que siguiera dándole masajes y se puso el pantalón apurado. Yo intente ser suave con él, y con una sonrisa tierna le dije que no tenía de que avergonzarse, que era completamente normal que su cuerpo reaccionara así, porque era joven y sano. Lo besé en la mejilla y salí de la habitación.
Me sentí extrañamente excitada por la situación. Al rato fui al baño para darme una ducha y descubrí en mi bombacha una aureola húmeda. Me llevé una mano a la vagina e introduje levemente dos dedos. Hacía años que no tenía una lubricación como aquella, cuando saque los dedos un hilo de flujo baboso quedo colgando de mis labios vaginales. No podía creerlo, había recuperado mi lívido juvenil por darle un masaje a mi hijo!
Me bañé y esperé ansiosa a Jorge. Cuando finalmente mi marido llegó, me rechazó diciendo que no tenia apetito sexual y tampoco le habían quedado aquellos viagras que sus amigos le regalaron como un chasco para su anterior cumpleaños. Como me costó dormirme, di vueltas toda la noche...

Y hasta acá llega la primera parte de esta historia que estoy escribiendo para ustedes amigos poringueros, espero que les guste. Hace tiempo no me sentaba a escribir, pero estoy entusiasmado en descubrir cómo terminará esté relato, así que pronto les traigo la segunda parte. Un saludo de su amigo Monky Manka.