Nota: Apuesta al voyeur es un relato en 9 capitulos. El indice general lo pueden encontrar en la Comunidad Relatistas-P!

I - La apuesta más cara del mundo
II - La imaginación mató al gato
III - Soñando despierto
IV - Tu belleza es como un resplandor
V - Calabozos y dragones
VI - Narcisismo de la pija

Ahora veo la luz celeste del agua reflejándose en el torso marcado del vecino. Sus pectorales de doscientas flexiones de brazos antes del desayuno y sus bíceps de superhéroe braceando para acercarse a tu cuerpito mojado. Tus codos sobre el borde de la pileta y tu cabeza relajada. Entregada en sacrificio, luego de haber traspasado la frontera de mi fantasía.
Literalmente. Porque el límite era justamente la medianera que separa nuestro jardín de ese territorio hostil habitado por un vecino por demás aplicado. Habías cruzado esa línea.
Sin embargo, la noche anterior, todavía creía tener algún control:

Noche 2

Habíamos pasado una tarde de playa en la que te había notado un poco diferente. Estabas como pendiente de algo. Buscabas entre las caras de la gente, alguna que te fuera familiar. Me sorprendiste con varios parecidos que encontrabas y hasta viste un tipo que según vos era exactamente igual a mí, solo que mi doble estaba sentado en una reposera a la sombra, netbook en mano, escribiendo un relato para Poringa.
Pero lo que esperabas encontrar nunca sucedería. Resulta que habías hablado a la mañana con la novia del vecino y habías averiguado a qué playa solían ir. Por eso me convenciste de ir a esa y yo acepté porque me daba lo mismo.
Los vecinos no aparecieron. Habrían cambiado de planes, o estarían garchando como animales, ya que entre ellos no mediaba una apuesta o una penitencia. Estuvimos un rato, fumando y hablando de bronceadores y vendedores ambulantes y volvimos a la cabaña antes de las siete.
Vos estabas distinta. Era una luz rara en tus ojos. Despues del episodio de los anteojos y el jardinerito, habías quedado terriblemente excitada. Te mordías el labio al verme a mí o al vecino por la ventana de la cocina. Pero sabías que no podías saciar tu hambre conmigo porque corrías el riesgo de interrumpir mi penitencia. No me hablaste por un par de horas. Ya eras vos la que evitaba hablar de sexo o relacionar cualquier cosa con eso. Hasta que, ya de noche, no pudiste más. Te acercaste mucho a mi cuerpo, tanteaste otra vez que todo estuviera a punto del colapso y con media sonrisa en los labios corriste a la habitación buscando algo con falsa tranquilidad.
Sacaste un paquete del cajón y te metiste en el baño. Cerraste con llave y quedé a oscuras en el living. Por la ventana no entraba la más ínfima luz. Todas las luces de la casa estaban apagadas, menos la del baño. Solo por el morbo de verla sin ser visto, quise espiar por el ojo de la cerradura. Mi pupila invisible se filtró por el orificio estrechísimo y pudo ver algo de blancos azulejos, un borde de lavatorio, un trozo de cortina y, de pronto, inesperadamente, las manos de ella desenvolvieron el paquete. Apenas algo de dedos llegué a entender y estaban sacando un cilindro fucsia de una cajita alargada. Sólo eso pude ver y fue suficiente para que detrás de mis párpados, el rompecabezas comenzara a tomar la forma de su cuerpo sentado sobre el videt, sus ojos cerrados ante la luz blanquísima, sus manos pacientes conduciendo el falo por el pliegue de sus piernas hasta apoyarlo vertical sobre su concha.
Por el agujerito no veo otra cosa que blanco de cerámica y me siento irrefrenablemente atraido a penetrar en la escena a través de la mirada. Me agacho lo más posible hasta quedar a la altura del piso. Deseaba un nuevo acto de espionaje desde esa luz de un centímetro que separaba la puerta cerrada del suelo. Vi los pies apoyados a un lado y al otro del videt y, mientras llenaba mis ojos de nuevo con esa mínima porción de piel suya, un sonido sordo hizo que mis oídos ajustaran el volumen. Era una vibración apenas perceptible, a la cual siguió un primer gemido de alivio.
No podía creer lo que estabas haciendo. Ni lo que estaba haciendo yo, acostado sobre baldozas frías, pegando mi cara al borde inferior de la puerta, y ejercitando un zoom acústico que ahora me traía tus ronroneos graves y cautelosos.
Mi pija reaccionó como invitada a la fiesta. En mi posición, estaba accesible al tacto y el consuelo de mi mano. Pero decidí esperar, escuchar, imaginar.
Estabas cogiéndote el vibrador sin cuidarte de dejar escapar cada vez más y mejores gemidos. Y, probablemente, ignorando que yo, al otro lado de la puerta, estaba viéndote sin verte y llenando mis oídos de vos.
Quise apretarme los huevos y el tronco duro de mi pija, pasé el pulgar sobre la cabeza inyectada de sangre y quise mojarlo de esa misma agua que parecían salpicar tus maullidos. Empecé a apretarla y retraerla como si mi puño fuese parte de tu cuerpo. Quise pajearme hasta romper la puerta de un lechazo de fuego.
Pero en cambio, me quedé escuchándote agitar la respiración al pulso vertiginoso de esa vibración que aceleraba muy lentamente.
Y ya no quise ver tus pies, y tus dedos que se enroscaban y estiraban. No quise espiar más. Solté mi palo furioso y me alejé reptando hasta la habitación.
Quise dejarte sola. Gozando de tu mente líquida y tu deseo sólido.
Me alejé hasta que ya no se escuchara el aullido apagado contra una toalla. Hasta que en la soledad de la única luz que había en la casa, todos tus ruiditos se apagaran en una sola exhalación profundísima.

...continuará...

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