Cuando cierro los ojos mi hijo me llena de placer.



Había sido un día agotador. Llegué a casa y me di una relajante ducha. Después me sequé el pelo, me puse un pijama ligerito y una bata. Luego me fui a preparar la cena.

Estaba cortando algo de lechuga cuando él llegó. Oí como dejó las llaves en la mesa de la entrada y sus pasos acercándose a la cocina. Seguí cortando la lechuga. Se acercó a mí por la espalda y me abrazó.

-Hola mami. ¿Qué tal el día?

-Horrible, tesoro. Estoy rendida.

Sentir sus fuertes brazos abrazándome y su cálido beso en mi mejilla me hicieron sentir muy a gusto.

-¿Te hecho una mano?

-Vete cortando unos tomates. ¿Y tú qué tal?

-Cansado también. Me he pasado la tarde estudiando en la biblioteca.

Iba a ser arquitecto. El primero de la familia. No había madre más orgullosa que yo en el mundo. Es mi tesoro, mi cosita linda. Mi vida.

Cenamos y él se quedó recogiendo la cocina mientras yo me iba al salón a ver la tele. Me recosté en el sofá, cerré los ojos y me quedé dormida enseguida.



No sabía cuanto tiempo había pasado. Pero noté un roce y me desperté, aunque no abrí los ojos. Sentí su presencia a mi lado. Me estaba acariciando suavemente el cabello. No dije nada. Simplemente disfruté de su suave caricia. Yo estaba tumbada de lado, con un cojín por almohada. Él estaba sentado al lado de mi cabeza.

Y entonces noté como mi bata se abría un poco por la parte alta. Sólo un poquito.

No hice nada, no me moví. No abrí los ojos. Quizás fue sólo algo involuntario, un movimiento de su cuerpo, de su mano. Sin embargo, a los pocos minutos, volví a notarlo. Ahora más claramente. Él me estaba separando la bata, con mucho cuidado de no despertarme. Y siguió acariciándome el cabello.

¿Por qué lo había hecho? Desde su posición, si miraba hacia mí, vería el nacimiento de mis tetas, el canalillo por el escote del ligero pijama. ¿Fue por eso? ¿Para mirarme? No podía ser. Tenía que estar equivocada. Eran imaginaciones mías.

Con los ojos cerrados seguía sintiendo sus dedos enredarse en mi pelo. ¿Me estaba mirando? ¿Debía cerrarme la bata? ¿Darme la vuelta? ¿O no hacer nada?

No hice nada. Seguí con los ojos cerrados. Estaba agotada, y al poco me volví a dormir.

Me despertó rato después.

-Mami, ya es tarde. Vamos a dormir.

-Ummm, me quedé traspuesta. ¿No Habré roncado?

-No. Bueno, sólo poquito.

Cuando me incorporé para sentarme, comprobé que la bata estaba abierta, descubriendo mi pijama. Nuestras miradas coincidieron unos instantes, pero la aparté. Me cerré la bata y me levanté. Me dio un cariñoso beso de buenas noches.

-Hasta mañana, mamá.

-Hasta mañana, mi vida. Que duermas bien.

Me acosté, apagué la luz y cerré los ojos. Pero no podía quitarme de la cabeza lo que había pasado. Me repetía una y otra vez que eran cosas mías, mi imaginación que me hacía creer cosas que no eran.

¿Cómo iba mi tesoro desear mirarme? Soy su madre. Y mi cuerpo no es el de una jovencita. No puedo atraer en ese sentido a un joven guapo y fuerte como él.



Me olvidé del asunto. Todo era fruto de mi imaginación.

Hasta que días después, volvió a repetirse. Estábamos viendo una película por la noche, yo acostada en el sofá y él, como la otra vez, sentado. Me atusaba el pelo, cosa que sabe que me encanta. La película no me interesaba, así que cerré los ojos, para disfrutar de su compañía, de su calor, de sus caricias.

A los pocos minutos, su mano separó con delicadeza mi bata a la altura de mi pecho. Y entonces mi corazón empezó a latir. No habían sido imaginaciones mías. Me di cuenta de que todo era real. Mi hijo separaba mi bata para poder mirarme.

Tenía que haber hecho algo. Darme la vuelta, levantarme, decirle que estaba mal. Pero no hice nada. Me quedé quieta, con los ojos cerrados, el corazón como loco.

"Me está mirando - me dije - Mi niño me está mirando..."

Sus dedos se enredaban en mi cabello. Y yo no dejaba de pensar en que él me estaba mirando. Pasaron varios minutos. Yo estaba atenta a cualquier movimiento, a cualquier ruido.

-¿Mamá? - susurró, bajito.

Me quedé paralizada. Fingí estar dormida. El corazón se me quería salir por la boca.

-¿Mami, estás dormida? - volvió a decir.

No respondí. No me moví. Él, sí. Noté claramente como su mano se acercaba lentamente hacia mí, con mucho cuidado, apenas rozándome. La llevó hacia mi pecho. Y con delicadeza, separó mi pijama, que al no estar abotonado se abrió. Sus dedos rozaron el nacimiento de mis tetas y me estremecí de pies a cabeza.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué mi hijo hacía eso? ¿Por qué yo no hacía nada para detenerlo? Y sobre todo... ¿Por qué sentía en mi cuerpo aquella extraña sensación? Era como si toda mi piel, de repente, se hubiese hecho más sensible. Noté mis pezones rozarse contra la tela de pijama. Roce que me produjo placer.

"Dios mío...Pero si se me están poniendo duros... ¿Me estoy excitando? No...No...No puede ser".

No eran sólo mis pezones. En mi estómago tenía un ligero cosquilleo. Y mi coño se estaba mojando poco a poco. Hacía mucho tiempo que no me sentía así. Que no sentía esa suave sensación que se va apoderando de tu cuerpo, haciéndolo vibrar.

Sus dedos seguían en mi cabeza. Y ahora estaba segura de que me estaba mirando las tetas. Mi niño, mi vida, me estaba mirando. Y yo, lejos de sentirme ofendida, me estaba excitando. ¿Me encontraba atractiva? ¿A mí? ¿A su madre?

Lo que tenía que hacer era levantarme, mirarle a la cara y decirle que todo aquello estaba mal. Que no podía mirarme así. Que era algo...pecaminoso. Que no lo volviera a hacer.

"¿Hasta dónde es capaz de llegar?" - me dije. En vez de pararlo todo allí y en ese momento, sin abrir los ojos, lentamente, me giré hasta quedar boca arriba. Procuré respirar con tranquilidad, profundamente, como si estuviera dormida.

Esperé unos minutos, con todos mis sentidos alerta.

Lo hizo. Llevó su mano hasta la bata y la abrió. Y después, volvió a separar el pijama, descubriendo la parte alta de mis pechos. Esta vez sus dedos acariciaron mi piel. No fue un roce accidental. Fue intencionado. Me estremecí. Creo que mi cuerpo hasta tembló ligeramente. Si él abría más la bata vería mis pezones marcados en la tela del pijama. Pero no avanzó más. Se conformó con eso. Se conformó con mirarme.

Yo estaba totalmente excitada. Me sabía observada. ¿Estaría él también excitado? ¿Su... polla estaría dura? ¿Qué estaría pensando? Todas esas cosas no hacían sino que excitarme más y más. Yo notaba sus dedos en mi cabello. E imaginaba su mirada en mis tetas. Al menos en lo que podía ver por la abertura de mi bata.

Sentí calor. La excitación que se había apoderado de mi cuerpo y la bata eran demasiado.

Abrí los ojos y me incorporé. Cerré con disimulo la bata.

-Me voy a dormir, cariño.

-Hasta mañana, mamá.

Me dio un beso, pero no me atreví a mirarle a los ojos. Hubiese visto en ellos mi estado... El ligero rubor de mis mejillas, la dilatación de mis pupilas. Me levanté y me fui a mi cuarto, a mi amplia cama. Me quité la bata y me metí entre las sábanas. Mis muslos se frotaban entre sí.

Estaba demasiado caliente, demasiado cachonda. Así no podría dormirme. Tenía que liberar la tensión que atenazaba todo mi cuerpo. Y sólo había una manera. Llevé mi mano entre mis piernas, por dentro del pijama y recorrí la rajita de mi coño.

-Agggggg - gemí en la oscuridad de mi dormitorio.

Empecé a frotarme, a acariciarme. Algunas noches me masturbaba, pero nunca había estado tan caliente. Me corrí en menos de 10 segundos, apretando la cara contra la almohada para no gritar, notando en mis dedos los jugos que mi coño destilaba en mi intenso orgasmo, con cada fibra de mi cuerpo en tensión.

Me quedé jadeando, sudando sobre la cama. Y después de liberar la tensión, llegó la culpa.

¿Qué había hecho? ¿Cómo era posible que me hubiese excitado al ser mirada por mi hijo? Soy su madre, por el amor de dios. Una madre no puede sentir esas cosas. Está mal. No podía volver a pasar.



Pero pasó. Al día siguiente, pasó.

Fue un día normal. Nos comportamos como siempre. Llegó de la facultad y me dio un beso. Comimos y se marchó otra vez. Horas después cenamos. El se quedó a recoger los platos y yo fui al baño a hacer un pis. Cuando salía me miré al espejo.

¿Qué veía él en mí? Yo no me encontraba nada atractiva. Iba a salir hacia el salón cuando, sin pensar, me quité la bata. Volví a mirarme al espejo. Mis tetas se adivinaban tras el pijama. Y mis pezones se marcaban contra la fina tela. Sólo pensar que él me miraría me ponía cachonda.

“En vez de taparte, lo que haces es exhibirte más. Para que te mire". ¿Hasta dónde llegaría él? ¿Hasta dónde le dejaría llegar yo?

Hecha un flan salí del baño y fui al salón. Me tumbé en el sofá y a los pocos minutos llegó él. Se sentó, como siempre, a mi lado.

-¿Has buscado algo que ver, mamá?

-No, tesoro. Busca tú.

Empezó a buscar algo. Con la mano derecha manejaba el mando y con la izquierda me atusaba el cabello. Eligió una película del espacio.

-¿No te importa, no?

-Claro que no, tesoro. Yo creo que me dormiré enseguida.

No tenía intención de dormirme, pero cerré los ojos. A los pocos minutos me puse boca arriba. Respiré despacio, profundamente. Varios minutos después, me susurró.

-¿Estás dormida?

No me moví. Seguí respirando hondo. Cuando la mano con me acariciaba el cabello empezó a bajar, me sentí estremecer. Sentí las yemas de sus dedos recorrer mis mejillas... Después, mis labios, como dibujándolos. Notaba mis pezones duros.

Sabía que me miraba. Lo sabía. Su mano fue bajando por mi cuello... llegó al pijama. Pero esa vez no separó el escote. Siguió bajando, hasta que sus dedos rozaron mi pezón izquierdo. Sentí como una corriente eléctrica que recorrió mi cuerpo. Luché por no moverme. Y mi coño....ummmmm como se me mojó el coño.

Dos de sus dedos trazaron círculos alrededor de mi pezón. Luego pasaron al otro y repitieron lo mismo. Yo estaba tan cachonda que si hubiese metido mi mano entre mis piernas me hubiese corrido en el acto.

Entonces su mano abarcó mi pecho. Lo agarró, apretándolo ligeramente. Y gimió. Oí gemir a mi hijo mientras me tocaba las tetas. Fue cambiando de una a otra.

Oí un ruido. Y cuando supe lo que era, casi me corro. Era su cremallera. Se la había bajado. ¿Acaso se iba a sacar la polla mientras me tocaba?

Note movimiento. Después un leve gemido. Y un suave mecer de su cuerpo.

"Lo ha hecho, mi tesoro lo ha hecho. Se ha sacado la polla y se está haciendo una paja mientras me toca las tetas". No pude evitar estremecerme de pies a cabeza. No pude evitar que mi cuerpo temblara de deseo levemente. Y cuando su mano subió un poco y se metió por mi escote, tuve que morderme la cara interna de mis mejillas para no gritar.

Me agarró una teta. Sus gemidos se intensificaron, así como el vaivén de su cuerpo, hasta que de repente, sus dedos se agarrotaron, apretándome más. Dio varias sacudidas que se propagaron por el sofá, dejó de gemir, de respirar.

Mi hijo, mi tesoro, mi cosita linda, se estaba corriendo. Sentado a mi lado, mientras me tocaba, se corría. Supe que su orgasmo terminó cuando volvió a coger aire.

Mi corazón latía como loco. Sus latidos se repetían en mis sienes, en mi coño. Él se levantó con cuidado y salió del salón. En cuanto se fue, junté las piernas, llevé una mano a mi boca, me mordí con fuerza dos dedos y me corrí, intensamente, interminablemente, con la espalda separada del sofá, recibiendo oleada tras oleada de puro placer en todo mi cuerpo. Sentí la humedad de mi coño mojarme las bragas y seguro que traspasaría hasta el pijama.

Oí ruido de agua. Él había ido al baño. Seguro que estaba limpiado su semen. Cuando lo oí regresar, seguí fingiendo que dormía.

Pasó algo maravilloso. Sentí un calor en mi cara, y sus labios rozaron los míos. Quería abrir mi boca, besarle, pero me quedé quieta, callada... dormida.

¿Cómo iba a besarle así? Era mi hijo...No estaba bien. Nada de aquello estaba bien.

Me tocó en el hombro.

-Mama... vamos a la cama.

Me recorrió otro estremecimiento.

-Venga, mamá...vamos a dormir.

Abrí los ojos. Le miré. Me ayudó a levantarme. El beso de buenas noches que me dio me quemó la piel. Moví ligeramente la cabeza y casi rozó la comisura de mis labios.

-Buenas noches, tesoro

-Buenas noches, mamá.

Me metí en la cama, abrí las piernas y metí mi mano entre ellas. Comencé una furiosa paja. Mi hijo se había masturbado a mi lado, tocándome. Y yo después, cuando fue a limpiarse al baño.

Me volví a correr. Intensamente, llenándome los dedos de mis jugos.

De nuevo, tras el placer, la culpa, los remordimientos. Lo que estaba pasando tenía un nombre, pero no quise ni pensar en esa palabra. No pensar en ese palabra no hacía que estuviera bien. Era lo prohibido...pero el placer que estaba recibiendo era tan intenso que en lugar de pensar en como acabar con todo, lo que mi mente buscó eran escusas, la manera de continuar con aquello.

¿Y si seguía sin abrir los ojos, fingiendo estar dormida? ¿Sería así menos...pecado? ¿Habría otra palabra en vez de la palabra tabú?


Normal. Así pasó el día siguiente. Ni una mirada insinuante, ni una palabra con doble sentido. Éramos simplemente, madre e hijo.

Hasta que llegó la noche. Hasta que mi piel se puso más sensitiva. Hasta que mi coño empezó a mojarse.

Cuando vino de la cocina, después de limpiar la cocina, yo ya lo esperaba en el sofá...'dormida'. Se sentó y me atusó el cabello. A los pocos minutos, su susurro.

-¿Estás dormida?

Mi silencio fue la respuesta. Entonces, se levantó.

¿Se iba? ¿Me dejaba? ¿No me seguía acariciando el cabello? ¿No me...miraba?

Pero no se fue. Se arrodilló en el suelo, junto al sofá. Y volví a sentir el calor en mi cara antes de sentir sus labios rozar los míos. Y su lengua. Recorrió mis labios con ella.

Cuando una de sus manos empezó a acariciarme las tetas, por mucho que luché, no pude evitar gemir, que mi boca se entreabierta. Y él metió su lengua en mi boca. Su beso me hizo temblar. Era un beso de hombre a mujer.

Un botón. Me abrió un botón del pijama. Esa noche me había puesto uno con botones. Sin dejar de besarme, que quitó otro, y luego otro, hasta que los abrió todos.

Dejó de besarme. Se separó de mí y con cuidado, me abrió la camisa. Mi niño, mi tesoro, me estaba mirando las tetas, desnudas. Mi pecho subía y bajaba al ritmo de mi respiración. No era la respiración de alguien dormido, pero me era imposible respirar de otra manera.

Y no pude evitar gemir cuando sentí sus labios atrapar uno de mis pezones. Ni pude evitar gemir cuando su lengua empezó a trazar círculos a su alrededor. Y no pude evitar que mi espalda se arqueara ligeramente cuando me lo mordió con dulzura.

Lo único que conseguí fue mantener los ojos cerrados.

Besito a besito, centímetro a centímetro llegó al otro pezón y volvió a hacerme gemir.

Me hizo temblar cuando una de sus manos empezó a bajar por mi piel, lentamente, hacia abajo. Me quedé sin respiración cuando llegó al elástico del pantalón del pijama.

¿Seguiría más? ¿Se atrevería a proseguir? Deseaba con toda mi alma que así fuera.

Mordió mi pezón izquierdo al tiempo que su mano se metió por debajo del pijama. Sentí sus dedos sobre mi pubis, sobre las bragas. Y bajó más.

'En sueños' abrí ligeramente las piernas. Y cuando noté sus dedos recorrer la rajita de mi coño, sobre la empapada tela de las bragas, me corrí. Mi cuerpo se tensó sobre el sofá, apreté los puños. Los dedos de mis pies se agarrotaron. Y mis bragas se mojaron aún más.

La fuerza con que apreté mis dientes consiguió que no gritara, pero eso era lo que deseaba, gritar mi placer. Espasmo tras espasmo atravesó mi ser, hasta que largos segundos después mi cuerpo se relajó.

Él sacó su mano de entre mis piernas. Y lo oí. Otra vez el sonido de su bragueta. Su mano izquierda acariciaba mis tetas. Y sabía que su mano derecha subía y bajaba a lo largo de su polla.

Pellizcó mis pezones y gimió, con suavidad. Poco a poco sus gemidos fueron subiendo de intensidad, hasta que de repente, sentí que algo caliente golpeaba mi piel.

Un golpe...luego otro, sobre mis tetas. Gemí con él. Se estaba corriendo sobre mí. Estaba lanzando su leche caliente y espesa sobre mis tetas. Seis...siete...ocho chorros. Aspiré y el aroma de su semen llegó a mi cerebro.

Sentí su calor repartido sobre mi piel. Quería abrir los ojos y mirar. Ver mis tetas bañadas en su leche. Esparcirla con mis manos. Llevarme los dedos pringosos a mis labios y lamerlos. Sonreírle y mirarle a los ojos mientras miraba como su madre se bebía con gula su semen.

Pero no podía. Estaba dormida. Eso sería... Alejé la palabra de mi mente.

Gemí. Su mano había vuelto a mi pantalón. Se metió por dentro y esta vez, por debajo de las bragas.

Sus dedos recorrieron la rajita de mi coño. Y empezó a masturbarme. Mi niño amado me empezó a hacer una paja, lentamente, con suavidad. Encontró mi inflamado clítoris y los rodeó una y otra vez con las yemas de sus dedos.

Me miraba. Sabía que me miraba a los ojos mientras lo hacía. Quizás esperando a que yo los abriera, pero no lo hice. Sólo gemí de placer. Sólo me atreví a moverme un poco.

Él intensificó sus caricias, y mi placer al tiempo. Supe que me correría enseguida. Y que él me estaría mirando mientras me corría. Que miraría como su madre se corría gracias a la paja que su hijo le estaba haciendo.

Esos pensamientos no hicieron más que precipitarlo todo. Mi espalda se separó del sofá, arqueándose. Mi cuerpo entero se tensó y estallé en un placer que no creí que pudiese existir. Apreté los dientes, los ojos y llené sus dedos de mis jugos.

Cuando mis músculos dejaron de estar paralizados, quedé rota, floja, sin fuerzas. Delicadamente sacó su mano de entre mis piernas.

Oí un sonido como de chupeteó. ¿Estaría mi niño lamiéndose los dedos? Ese pensamiento me hizo estremecer una vez más. Mi tesoro estaba probando mi sabor.

Cuando sus labios me besaron, lo confirmé. Sabían a mí. Su lengua tenía mi sabor.

Se levantó y se marchó al baño.

Abrí los ojos y me mire. Mis tetas estaban cubiertas por blancos y espesos chorros de semen. Ambos pezones eran como dos cimas nevadas. Llevé mis manos hacia mis tetas, pero el sonido de sus pasos evitaron que llegara a tocarlas. Cerré los ojos.

Sentí algo frío. Había traído un trapo y me limpió, llevándose su esencia de mi piel. Después, con cuidado, volvió abotonarme la camisa.

Tocó mi hombro.

-Vamos a dormir, mamá.

Abrí los ojos, al fin. Le sonreí.

-Sí, vamos a dormir, mi vida.



Sólo deseaba una cosa. Que el día pasara rápido y llegase la noche. Cerraría los ojos... me dormiría a su lado. Él me preguntaría si dormía. Yo no contestaría y comenzaría el placer.

Cada noche me acarició. Me besó y lamió las tetas. Me masturbó, haciéndome correr con intensidad. Y me llenó de caliente semen las tetas. Las siguientes veces me las acarició después, esparciendo su leche como si de crema se tratase. Después las limpiaba con mimo.

La noche del viernes pasó algo nuevo. Sentí algo duro, suave y caliente acariciando mi cara. Gemí al adivinar que era su polla.

La pasó por mi frente, por mis mejillas, sobre mis cerrados párpados. Bajó por ni nariz hasta llegar a mis labios. Los recorrió con ella. Sentí la punta húmeda. Su excitación hacía que su polla babease de deseo.

¿Y si abría mi boca? ¿Metería él su polla dentro? ¿Me la daría a chupar? ¿Dejaría que su madre le hiciera una lenta mamada hasta hacerlo estallar en mi boca? ¿Me daría a beber su lechita?

Lo haría sin dudarlo. Se la chuparía hasta hacerlo correr sin abrir los ojos. Me tragaría con placer toda su caliente y espeso semen.

Iba a hacerlo. Iba a abrir mi boca, invitándole a entrar en ella, cuando separó su polla de mis labios. Y empezó a gemir.

Su mano izquierda acarició mi cabello. Y su mano derecha, sin duda, subía y bajaba a lo largo de su polla. Se estaba haciendo una paja sobre mi cara. Y se correría sobre mí. Mi tesoro se iba a correr en mi cara.

Gemí con él, llena de deseo. Junté y froté mis muslos... y me corrí. Apreté los dientes y me corrí. Y al instante, un potente chorro de leche cruzó mi cara, seguido por otro, y por otro, y por otro. En mi frente, en mis mejillas, en mis párpados...sobre mis labios. Todo mi rostro fue bañado por su placer.

Cuando su polla dejó de manar, cuando mi orgasmo me dejó respirar, volvió a acariciar mi cara con su polla.

Fue a buscar el paño para limpiarme. No pude resistirme a sacar la lengua y lamer el semen que tenía sobre los labios y alrededor de ellos. Me pareció exquisito. Y prohibido.

Me encantó la manera en que limpió mi cara cuando volvió. Con mimo, con amor. Y al final, me besó.

Yo abrí mi boca. Él metió su lengua.

Fue un beso largo... muy largo. Un beso lleno de amor.

-¿Nos vamos a dormir, mamá?

-Sí cariño. Vamos a dormir - dije, abriendo los ojos.



El sábado me levanté nerviosa. Deseaba algo, con todo mi ser. Algo que no podía tener. Pero a pesar de ello, lo deseaba.

Desayunamos juntos, como madre e hijo. Él se fue a su cuarto a estudiar. Yo salí al supermercado.

No podía sacarme la idea de la cabeza. Era imposible... Pero... ¿Y si no abría los ojos? ¿Entonces podría pasar?

Preparé la comida y lo llamé para comer. Mientras almorzábamos lo miraba con disimulo. Tan guapo, tan fuerte. Era mi hijo, sangre de mi sangre. Pero lo deseaba con todo mi cuerpo.

Los dos juntos recogimos los platos y limpiamos la cocina.

-¿Qué vas a hacer por la tarde, tesoro?

-Estudiar, creo. Se acercan los exámenes. ¿Y tú?

Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. Mi corazón latía con fuerza. Le miré a los ojos.

-Yo...voy a dormir.

Sus ojos brillaron. Nos aguantamos la mirada. Largos segundos. Me acerqué a él y le di un beso en la mejilla.

-Hasta después, mi amor.

-Hasta después, mamá.

Me di la vuelta y me fui a mi cuarto. Cerré las cortinas y bajé las persianas. Me desnudé, apagué la luz y me acosté.

Le esperaba a él.

Pocos minutos después, la puerta de mi cuarto se abrió.

-¿Estás dormida, mamá?

En mis labios se dibujó una sonrisa. Pero en la semioscuridad de la habitación no pudo verla. Oí como se acercaba a mi cama, como se sentaba en ella.

Sus labios se posaron sobre los míos. Abrí mi boca y metí mi lengua en la suya. Él me la chupó. Una de sus manos me empezó a acariciar las tetas, pellizcando mis ya duros pezones. Después, despacito, esa mano fue bajando por mi piel hasta llegar a mi coño. Lo esperé con las piernas abiertas.

Y mi primer orgasmo estalló cuando sus dedos frotaron mi clítoris y sus labios chuparon uno de mis pezones.

Sin dejar de acariciar mi coño, sus labios fueron bajando, siguiendo el mismo camino que su mano había recorrido.

-Ummmmm - gemí en la oscuridad

Me besó el pubis. Me besó justo en el comienzo de la rajita de mi coño. Y, sacando su lengua, recorrió mi empapada hendidura, haciéndome estallar con mi segundo orgasmo.

Con delicadeza abrió mis piernas y se tumbó entre ellas. Recorrió con sus labios toda la zona hasta que empezó a comerme. No pude, ni quise, dejar de gemir. Mis ojos continuaban cerrados. Yo seguía 'dormida'.

Lamió y chupó cada pliegue de mi coño, cada rincón. Sus dedos entraron y salieron de mi vagina, y le regalé mi tercer orgasmo cuando atrapó entre sus labios mi clítoris y lo golpeó con su lengua. Le regalé mi orgasmo y mis jugos. Los aceptó y se los bebió.

Me quedé rota de tanto placer. Sentí como se arrodillaba. Luego, un ruido. Una prenda que cayó al suelo.

El sonido de su bragueta. Me estremecí.

Movimiento y el sonido de una prenda más pesada. Sus pantalones. Segundos después, sus calzoncillos.

Mi adorado hijo estaba de rodillas entre mis piernas. Desnudo. Yo acostada, también desnuda.

Sentí el calor de su cuerpo abrazarme. Sentí la dureza de su polla entre mis piernas. Sus labios buscar los míos.

Y, al fin, mi deseo se cumplió. Su polla se abrió paso dentro de mí, separando las paredes de mi vagina y llenándome de placer.

En sueños lo rodeé con mis brazos. Acaricié su nuca y gemí cuando empezó a follarme. Me moví con él, buscando con mis caderas sus caderas.

No dejamos de besarnos, de acariciarnos. Mi hijo no dejó de follarme. Su polla no dejó de entrar y salir de mí una y otra vez.

Entrelazamos nuestras manos, me folló con más fuerza hasta que se quedó quieto, con su polla clavada en lo más profundo de mi coño.

Y mi último orgasmo, el más intenso, el más maravilloso, coincidió con el suyo. Mi coño se convulsionó alrededor de su polla, que con cada espasmo que tenía lanzaba dentro de mí cañonazos calientes de placer.

Quedé agotada, sin poder moverme. Él siguió sobre mí largos minutos, sin dejar de acariciarme y besarme.

Su polla, dura como antes de correrse, seguía llenando mi coño. Noté como la mezcla de su semen y mis jugos rebosaba de mí y bajaba entre mis piernas hasta las sábanas.

Me dio un último beso. Se levantó, recogió su ropa y se marchó.

Entonces, me dormí de verdad.



Han pasado varios meses desde aquel día. Él me sigue atusando el cabello por las noches.

Y en 'mis sueños', me acaricia, me besa. Me hace correr con sus dedos, con su boca. Me regala su semen en las tetas, en la cara. En 'mis sueños' viene a mi cama y me ama. Él es mi hijo, yo soy su madre. Pero en 'mis sueños' él es un hombre y yo una mujer.


FIN