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Jueves noche. Fin de curso. Fiestas universitarias en casi todos los bares. Resultaba imposible dar tres pasos seguidos sin que una par de chavalas de veinte años (o menos), te asaltasen vendiendo tres copas por diez euros. Evidentemente, uno se deja engañar, rezando para que no te metan demasiado garrafón en la copa. Entré en uno de los bares que anunciaban fiesta de biología. Me chocó el olor a humanidad, a sudor y a colonia barata. Olía a puticlub rancio. Pero estaba lleno de adolescentes en tirantes, botando al son de la música. Excitantes.

Pedí una copa. La camarera, algo más mayor (unos veinticinco), mostraba pecho mientras se agachaba a limpiar la barra. Órdenes del jefe, sin duda. Así, los incautos piden más cerveza. Me dí la vuelta con la copa en la mano. Como habréis advertido, soy un hombre solitario. Salgo solo y la mayoría de las veces, vuelvo solo a casa. Me fijé en varios grupos de chicas, algunas más borrachas que otras. Un par de ellas repararon en mi presencia, y pasaron de mí. ¿Qué pinta un tipo como ese en una fiesta universitaria? Otras me violaron con la mirada. Demasiado atrevidas, o demasiado despiertas. Tratarían de sacar una copa gratis meneando las tetas delante de mi cara. No quería dar un disgusto. Dos lesbianas se dedicaban a darse el lote apoyadas en la pared, para evidente disgusto del grupo de chavales que estaba a su lado. La verdad es que estaban buenas, y por un momento, pensé en tentarlas. Quizá eran bisexuales, dispuestas a formar un trío con un maduro interesante.

-¡Hola!- Una chica gritó a mi lado para hacerse oir por encima del estruendo de la música. Dí un respingo, sobresaltado. La miré. Pelo corto y liso, gafas de diseño moderno, labios finos y sonrientes, sin maquillar, camiseta azul de tirantes, con un par de montecitos por pechos. Y por debajo no sabría decir si llevaba pantalones o falda, porque la penumbra del bar y la sombra de la barra impedía un exámen más riguroso.

-Hola-, contesté, un poco incómodo por la invasión de mi espacio. Estaba realmente encima de mí, empujada por las personas que había detrás de ella.

-¿Me invitas a una copa?- Compuso un gesto divertido al hacer la pregunta. Alcé una ceja, sorprendido.

-¿Me enseñas un pecho?- contesté, un poco brusco. Ella no pareció darse cuenta.

-¡Claro!- Añadiendo la acción a la palabra, se sacó una tetita por encima de la camiseta. Fue un movimiento fugaz, que percibí únicamente yo, y que me dejó anonadado. Y comencé a excitarme.-Y ahora, lo prometido es deuda, caballero.

Resignado y un poco impactado, me di la vuelta para pedir la copa perdida por el desparpajo de la chavalita. Seguía a mi lado, apretando su codo contra mis costillas. De reojo, veía los contornos de su pecho y el valle que separaba sus montecitos.

-¿Qué hace un carca como tú en un sitio como éste?- El descaro de la muchacha no conocía límites. Pero me estaba haciendo gracia. Encogí los hombros antes de contestar.

-Conocer vírgenes virtuosas. A mi edad, quedan pocas.- Eso la hizo reír. Tenía una risa cantarina.

-Pues virtuosa...- hizo un barrido con la mirada por el bar-...alguna queda, pero virgen...

-Entonces tendré que buscar en otro sitio.

-No creo que lo encuentres. A no ser que vayas a alguna fiesta de instituto- repuso, con toda naturalidad. –Y no pareces de esos- finalizó, haciendo un gesto con la mano.

-¿De esos, quiénes?

-Ya sabes, esos viejos verdes que van por los parques a ver a las parejitas hacer sus cositas-.

-¡Ahh! Gracias por el cumplido-.

-¿Cuál?-.

-Que no soy un viejo verde-.

-A decir verdad, no pareces muy viejo- dijo, mirando las canas que se entreveían en las sienes.- Más bien un maduro atractivo...-

Por ahí siguió la conversación, tirando indirectas cada vez más evidentes, a medida que bebíamos más. Unos cuantos chupitos después, tuve que reconocerme que la muy cabrona se había emborrachado a mi costa. Lo peculiar del asunto es que no me importaba, porque lo había hecho con gracia, y además, me estaba poniendo caliente. Y ella también. Su grupo de amigas se despidió en un momento dado, señalando al bar al que iban, y ella hizo un gesto ambiguo que podía interpretarse de muchas maneras. El caso es que se quedó conmigo. Pasamos la noche en plan Lolita, por varios locales donde ella se divertía con el tipo maduro que parecía fuera de lugar en aquellos ambientes. A mi me daba igual. Tenía un objetivo en la cabeza, y era aquel cuerpo joven, algo necesitado de carne, pero vital y excitante. Me comió la boca delante de camareros que sonreían alzando las cejas. Me propuso ir a los baños en varias ocasiones, a lo que me negué en tantas otras. Nos metimos mano como el que no quiere la cosa, disimulando con abrazos. Al final de la noche, me propuso ir a su casa.

-No soy de aquí- me dijo.- Comparto piso con otras dos chicas- informó, entre beso y beso. Asentí con la cabeza, dejando que ella sintiera que me había cazado. Interpretaría mi papel de maduro-que-pierde-la-cabeza-por-la-adolescente.

El piso era el estereotipo de piso de estudiantes. Muebles viejos, gastados por el uso. Puso un dedo en los labios, reclamando sigilo, así que supuse que habría alguien en casa. Me llegó la confirmación con el sonido de un somier chirriando. Alguien más había pillado en la casa. La chica se volvió para mirarme, divertida, íbamos cogidos de la mano, y al pasar por delante de una puerta abierta, vi fugazmente a dos personas, entrelazadas a la poca luz que se colaba por la ventana.

Llegamos a la habitación. Encendió la luz de estudio. Un peluche blanco a modo de almohadón y un montón de libros y apuntes esparcidos por la mesa (una tabla y dos burras), la silla y las estanterías. Un sujetador y un par de bragas se secaban en el radiador. Se quitó la camiseta y se desabrochó el primer botón del vaquero. Llevaba un tatuaje tribal alrededor del ombligo. Yo me quité la camiseta y me bajé los pantalones. Aquí tienes a tu presa, pensé. Ella se quitó los pantalones. Un tanguita rosa cubría el conejo. Tenía un buen culo. Me abrazó y me besó, todo demasiado emocional para mi gusto.

-A ver qué tal folla el madurito- me susurró al oído. Aquello me gustaba más. Respondía a sus besos forzando con mi lengua sus labios. La estreché entre los brazos, estrujando las tetas tapadas por el sujetador contra mi pecho. La manoseé a mi antojo, hasta que se soltó de mi abrazo. –Con cuidado. No podemos hacer mucho ruido-, añadió, señalando con un gesto de la cabeza a la habitación contigua. Justo en ese momento, oímos el inicio de una discusión, dos o tres frases más altas de la habitual, unas quejas y cinco minutos después, alguien se iba de la casa. La chica y yo nos miramos. Traté de continuar nuestro tete a tete, y ella me rechazó, impaciente. La curiosidad femenina. Y yo allí, con todo lo mío tieso como un poste.

Mi amante salió al pasillo. Me tumbé en la cama con las piernas abiertas, mirando al ojo acusador de mi entrepierna. Oí los cuchicheos al principio, y luego las voces de la compañera de piso. Pensé que se había chafado el polvete, así que empecé a recoger mis cosas. Entonces volvió mi joven amante, asomando la cabeza por el resquicio de la puerta.

-Ven un momento-. La orden, seca y perentoria, me dejó con la mosca detrás de la oreja. Me empezaba a molestar que aquella cría pensara que podía hacer de mí lo que se le antojara. Me puse en pie, cubierto por los calzoncillos que marcaban todo el paquete, todavía presto para la batalla. Llegué al salón siguiendo la luz encendida. Allí estaban las dos. Mi amante, en tanga y camiseta de tirantes. La compañera de piso, con una camiseta de chico, larga, que le llegaba por debajo del culo. No sabía si llevaba algo más debajo. Tenía el pelo castaño, largo, desordenado, un pecho de los que engañan, porque parece poco y luego no lo abarcas con la mano y unas piernas suaves, largas y morenas. En los ojos se le notaba que estaba un poco bebida. A mi entrada, no se cortó en mirarme el paquete. Mi amante me miró de una manera extraña.

-Tú eres un tío, así que sabrás cómo piensan los tíos- espetó mi polvo. Todavía se notaban los pezones erguidos. Me encogí de hombros, esperando más explicaciones. La compañera se movió en su asiento, poniendo los pies encima del sofá. No llevaba nada debajo. La visión fugaz de un coñito peludo me puso a mil.

-Pues mira-, empezó, encendiendo un pitillo. –Estaba con el pánfilo ese que se ha largado, ahí, intentado echar un polvo, cuando habéis llegado-. Calada al cigarrillo. Me senté frente a ella, en una silla desvencijada y cogí un cigarrillo del paquete de la mesa. Mi amante hizo lo propio. –No sé cómo decirlo, pero...- dudó, mirando a su compañera.

-Dilo como lo piensas- la animó, sonriente y pícara. Tras un momento de duda, que duró cuatro caladas, bajó su mirada de mis ojos al paquete. Removió las piernas y de nuevo me enseñó el chochete. Visto con algo más de claridad, los labios estaban depilados, no así el monte de Venus, bastante peludo. Evidentemente, no había acabado de follar, estaba en esa situación en que tu cuerpo te pide marcha y no tienes quién te la de. Así que toca hacerse una paja o irse a la cama con el dolor de huevos. O encontrar otro que te joda.

-Le propuse al gilipollas ese hacer una fiesta- anunció, con algo de temor. Dio una calada al cigarrillo y lo aplastó contra el cenicero. Miré a mi amante. Esbozaba una sonrisa cómplice, fumando con pausa. Abrió ligeramente las piernas para enseñarme el triángulo de tela de su tanga, como para animarme al asunto. Mi respuesta inicial no la di yo, sino la erección debajo de mis gayumbos. Los ojos de ambas se dirigieron allí.

-Veo que no te importaría- dijo la morena, mi amante. El tono se había vuelto lascivo. Retomaba la dirección de la sesión de sexo.

-¿Y tan mal se lo ha tomado? Ese es el sueño de cualquier tío- repuse, tratando de llevar la conversación a buen puerto. La compañera de piso esbozó una sonrisa burlona.

-Empezaba a desfallecer- comentó. Imaginé que el chico, borracho, no estaba a la altura del acontecimiento, y vió una salida cómoda en la proposición de la chica. Si aceptaba, pegaría un gran gatillazo. Si se negaba, podía escapar, ofendido, con el honor intacto. Pero se perdería una oportunidad cojonuda de tirarse a dos tías, aunque hubiera un tercero follando en la misma habitación. Una lástima para él, pero así piensan algunos tíos, sobre todo cuando están perjudicados.

La morenita apagó su cigarro, se puso en pie y se sentó en mis piernas. La silla crujió. Empezó a comerme la boca. Sus manos pasearon por mi pecho, descendiendo suavemente hasta acariciar mi vello púbico. La agarré por las nalgas, devolviendo los besos y las caricias. Amagué con levantar la camiseta, y ella no ofreció resistencia. Pensé que se iba a rajar, llegados a ese punto. Quedó con las tetas al aire, un par de montecitos coronados por unos pezones oscuros, inflamados. Los lamí, pasando la punta de la lengua por la aureola, mordiendo los pezones. Gimió. Miré a la compañera de piso por encima del hombro de mi amante. Había hundido la mano derecha entre sus muslos, tirando de la camiseta hacia abajo. El nacimiento de sus pechos estaba a la vista. Me miró a los ojos, mordiéndose los labios.

La morena me besó el pecho, me lamió los pezones, exploró mi ombligo y mordió la polla. Me desnudó, masajeando la verga despacio, desde la base hasta el capullo. La compañera no quitaba ojo de la carne expuesta. La morena se volvió hacia ella, animándola a acercarse con un gesto de la cabeza. La mano dejó de trabajar. Se puso a cuatro patas y recorrió la exigua distancia que había entre el sofá y la silla, rodeando la mesa. Me permitió ver su grupa, un culo de deportista, apretado. La morena besó el miembro, sin llegar a meterlo en la boca. La otra lamió la parte que le dejaban. Dos cabecitas se disputaban mi polla, así que estaba en la gloria. Mi gozo fue a más cuando, como quién no quiere la cosa, sus bocas se entrelazaron en un beso húmedo, con sus barbillas rozando el borde de mi capullo. La de pelo castaño, que tenía ambas manos libres, llevó una al coño propio y otra al culo de la morena. A su vez, ésta llevó la mano libre al pecho de la otra. Estábamos unidos. Ellas con su beso, y yo con ellas a través de la mano que sujetaba firmemente el rabo.

Rompí el mágico instante alzando la barbilla de la castaña para besarla. La morena aprovechó para meterse media polla en la boca, comenzando la felación. Besando a la compañera, tomé el borde de la camiseta y tironeé hacia arriba. La tela tropezó con las tetas, lo que confirmó mi idea sobre ellas. De un tirón que desordenó más su pelo, le dejé desnuda. La puse de pie. Su conejo oscuro quedó a la altura de mis ojos. Besé el vientre mientras acariciaba el pelo moreno que me estaba comiendo la verga. Metí la mano por debajo de su vulva, colocando el antebrazo justo en su clítoris y poniendo la palma de la mano en sus cachas. Se acariciaba los pezones, pellizcándolos. Saqué la lengua, lamiendo la peluda zona de deseo, que sabía a sexo femenino. El tío no había ni siquiera llegado a rozarla allí.

La morena acabó su sesión, iniciando el camino inverso. Me apartó la cara del conejo de la compañera, para desencanto de esta, y siguió besándome los labios.

-Sabes a sexo- me dijo, entre beso y lametón. No me sorprendió. Aquellas eran dos chicas liberadas, ajenas a los prejuicios de generaciones anteriores.

-¿Te gusta el sabor?- inquirí, con la boca lamiendo su cuello y la mano tironeando de la goma del tanga, hundiendo el cordón en sus partes más sensibles.

-Me encanta, ¡joooooder!- la exclamación llegó cuando apreté un pezón con los labios, sin llegar a morderlo. Con la otra mano, seguía reptando entre las piernas de la compañera de piso. Ésta se separó de mí, poniéndose a la espalda de la morena. Mientras yo comía el cuello esbelto y pálido de la morena, la otra deslizaba su lengua por la espalda, agarrando las tetitas con ambas manos, masajeando la carne blanda, interponiéndose entre mi lengua y los pezones. La morena estaba recibiendo un masaje sensitivo de primer orden, y más cuando la lengua hurgó entre sus nalgas, apartando la tira del tanga con un movimiento brusco. Mi polla requería atenciones, así que cogí una mano (no sé de quién), y la llevé al rabo. La mano, obediente, se cerró sobre ella, pajeándola, pellizcando la piel del escroto, masajeando los huevos. Así estaba mejor.

Notaba la barbilla de la castaña sobre mi rodilla, en un difícil ángulo, lamiendo y besando carne oculta. Con una mano, sujeté la cabeza para hundirla más, provocando dos gemidos, uno de placer y otro de protesta. La morena comenzó a moverse sobre mi muslo. Notaba la humedad caliente de su sexo contra mi piel, y el goce de ella era evidente. Me miraba a los ojos, inválida y deseosa de todo lo que le diéramos. La velocidad aumentó. La compañera se alzó, cambiando su lengua por un dedo insidioso que noté también contra mi piel. “¡Uhhhh!”, gimió la morena, mordiéndose los labios.

-¡Me voy a correr!- gritó un segundo después. Noté como el dedo se hundía más en el culo, ella se irguió en respuesta a la invasión y yo mordí un pezón hinchado que se había colocado a la altura precisa. -¡¡Me corro!! ¡La madre que me parió, hijos de puta! ¡Qué bueno, no pares!-. Me arañaba el pecho con la izquierda, apretando la polla que estaba en su diestra con fuerza. -¡¡Joderrrrrrrr!!

Con el último grito se dejó caer sobre mi pecho. La compañera sacó el dedo del ano. Sonó un ¡clatch! Cuando la goma del tanga golpeó la carne. Jadeaba, satisfecha y exhausta, aunque era la única de los tres que había gozado. Claro que se lo merecía, por propiciar aquella velada.

La otra y yo nos miramos. Sus tetas necesitaban atención, y mi verga quería un lugar caliente dónde enterrarse. La morena descabalgó y se encendió un cigarro. –Necesito un descanso-. Se quitó las bragas empapadas de su propios fluidos, tirándolas al sofá. Por fín le vi el conejo, con una depilación curiosa. Era un brasileño a la inversa, es decir, tenía rasurada una línea central, en vertical, dejando crecer alrededor una matita de pelo moreno que no llegaba a rizarse por estar recortado. La castaña no dejó que siguiera con mi inspección. Cogiéndome la mano, tiró de mí, hasta quedar echada en el sofá, abierta de piernas. El vello de su pubis era más largo y más claro, más abundante, pero tenía los labios perfectamente depilados, dejando ver un clítoris grande, palpitante, y una cueva interior rosada, húmeda. Su olor era denso y cálido, y la piel que quedaba entre el sexo y el ano (el frontón que lo llaman algunos) era más moreno que el resto de su piel, acentuándose alrededor del ojo del culo. Puse las manos bajo las nalgas, elevándola un poco. Ella abrió el chichi con las manos, pasando los dedos por los labios mayores, pero sin incidir sobre el clítoris. Poco más había que decir. Ofrecía su tesoro para el homenaje del invasor.

Acerqué la nariz al sexo. Olfateé ruidosamente, cosa que no pareció gustarle. “No hagas eso”, musitó. La chisté para que se callara. Ahora iba a imponer mis reglas. Olfateé otra vez, pasando la lengua por los labios, como ella, sin llegar al timbre. Obtuve un suspiro de satisfacción. Detrás escuchaba a la morena aspirar el humo del cigarrillo. Puse todo mi entusiasmo en comerle el coño. Sus jugos se liberaron con las pasadas de la lengua, hasta que un hilillo húmedo correteó por el conejo, resbalando por el frontón y deteniéndose en la cavidad del ano. Puse allí un dedo, rodeando suavemente el orificio. Abandonó su presa de piel para llevar las manos a sus pechos. El conejito se cerró un poco, aunque seguía expuesto a mi lengua. Gemía, suspiraba y, a veces, soltaba un gritito. Mi cabeza acompañaba el gesto de la lengua, pasando por toda su entrepierna y la parte interior de los muslos. El dedo seguía intimando con su culo, avanzando un milímetro cada rato, hasta que hundí el dedo entero de un solo golpe. Alzó las nalgas, apretando el culo y dándome un golpe en la barbilla con su vulva. Apoyó los codos en el sofá y me miró, con ojos febriles.

-¡¡Para, cabrón!! ¡Me haces daño!- protestó. Evidentemente, su culo era virgen, pero no hizo ademán de sacarme de allí. Proseguí el masaje, lento y suave, entrando y saliendo del orificio, ajeno a las muecas que hacía la chica.

-Te está gustando- afirmé. Relajó un poco los músculos, permitiendo que maniobrara mejor. -¿Ves? Si te relajas, todo irá mejor-. Le dí un cachete en las nalgas, como hacen los médicos cuando van a poner una inyección. Volvió a apoyar las caderas en el sofá, y pude volver a concentrar mi atención en el conejo chorreante. Le gustaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Noté una mano en mi espalda. La morena se había repuesto, o la habíamos calentado otra vez, o, probablemente, ambas cosas. La mano fue bajando, rozando mis cachas, pasando el canto de la mano entre ambas. Acarició mis huevos. La picha, relajada ante la falta de atención, recobró el tamaño anterior. Unas uñas afiladas repasaron la longitud del tallo, provocándome unos sensacionales escalofríos. Aparté la cabeza del conejo para volverme, pero con la otra mano me empujó a continuar mi tarea.

-Come- ordenó, quedamente. Obediente, retomé mi tarea con la piel caliente que tenía ante mis ojos. Lamía de arriba abajo, deteniéndome para invadir el conejito con la lengua, o para hurgar con la misma el agujerito del culo de la chica. Eso parecía volverla loca, cuando sacaba el dedo del ano para pasar la lengua por los alrededores. A mi espalda, la morena seguía con su sensual tocamiento. Pasaba las uñas por todo mi sexo, desde los huevos hasta mi ano, apoyando el pecho en mis nalgas. Notaba los pezones en las cachas, y empezó a besarlas, llegando justo a la raja. Hundí dos dedos en el coño de la castaña mientras la morena escupía en mi culo, esparciendo la saliva por toda la raja. Después, con cuidado, exploró el ano. La sensación fue extraña. Me sentía invadido y un tanto molesto. No era la primera vez que jugaban con mi trasero, pero sí era la primera vez que me habían abierto de piernas para meterme un dedo, y yo apenas protestaba. El índice invasor amenazaba con penetrar mientras la mano izquierda de la chica seguía masturbando el tallo de mi verga. La castaña reclamó atención agarrándome del pelo y empujando la cabeza hacia su vientre.

-¿Por qué no te la tiras?- susurró la morena, pellizcándome un pezón.-Lo está deseando, mira cómo se abre de piernas-. Tenía razón, por supuesto. Después de su sesión inacabada de sexo juvenil, y de la excitación a la que nos habíamos sometido, la chavala estaba empapada y con ganas de que le metieran un buen trozo de chicha.

-¿Quieres que te folle éste viejo verde, Sandra?- Debería sentirme ofendido, pero las dos putas me estaban poniendo a mil. -¿O prefieres que lo haga yo?

-¡¡Joder!!- exclamó Sandra. -¡¡El que quiera, pero que alguien me la meta!!- Movía las piernas y los brazos, empujándome para que la montara. Me alcé con la polla a punto. La morena cogió el rabo y, antes de dirigirlo hacia el conejo de Sandra, lo lamió de punta a cabo. Después apuntó la cabeza hacia la cueva y me empujó el culo con fuerza. Sandra gritó, poniendo sus manos en mis muslos para frenar la embestida brutal provocada por su compañera de piso.

-¡No grites, zorra! Sé que esto te gusta.- Seguía empujando con fuerza, y al final, Sandra dejó de resistirse, abriendo las piernas todo lo que podía y echando la cabeza atrás. Yo puse mis manos en la parte interior de sus piernas, para mantenerlas bien abiertas. La morena se agachó, observando cómo me follaba a Sandra, sacando la lengua para lamer el rabo que entraba y salía, colmado de flujo. Aprovechando su postura, palmeé sus nalgas hasta que enrojecieron.

-¿Te gusta que te jodan el culo?- pregunté, mientras seguía bombeando el coño de Sandra. La morena me miró a los ojos, lasciva. Arañó el pecho descubierto.

-¿Por qué?- contestó, llevando una mano a su sexo. -¿Quieres dármela por ahí? ¿No prefieres mi conejito suave?- Se abría el sexo, ofreciéndose. Ojalá la naturaleza me hubiese dotado de dos pollas, porque no sabía si prefería follarme a Sandra, con su grandes tetas y su culo virgen, o a aquella zorrita de carnes magras y culo vicioso. Detuve el ritmo de mis caderas. Sandra me incitó a seguir, cerrando sus piernas sobre mi espalada, en un abrazo que me mantenía atrapado en su coño. Cogí una teta y retorcí el pezón, a mala leche. Reaccionó veloz, gritando y cagándose en toda mi familia. El pecho se puso rojo, pero me soltó. Saqué la picha de su raja y me volví hacia la morena. La agarré por los hombros y la estampé contra la pared. La violencia parecía excitarla, asi que la puse de espaldas a mí, sujetándola contra la pared. Le abría las nalgas con la mano derecha, al tiempo que forzaba sus pies con los míos, para lograr que se abriera de piernas.

-¿Me vas a dar por el culo, tio duro?- Movía las caderas, rozando la polla con sus nalgas. -¿Quieres romperme el ojete? No creo que tengas lo que hay que tener-. Besé la base del cuello mientras apretaba la polla contra el culo prieto. Sandra se puso detrás de mí, arañándome la espalada con fuerza, en venganza de su dolor. -¿Qué te pasa, tío? ¿Prefieres su culo a mi conejo?- las dos zorras sabían ponerse de acuerdo para castigarme.

-Ojalá pudiera joderos a las dos al mismo tiempo- repuse, dirigiendo la polla al ojete de la morena. Gimió al notar el contacto con esa parte tan sensible. Enarcó la espalda, poniendo el trasero en pompa. Aproveché la invitación para penetrarla unos centímetros. La chica gritó de dolor y placer. –Son las cinco de la mañana, niña- comenté, empujando un poco más.- Vas a despertar a los vecinos-.

-¡Calla y empuja, cabrón!- La morena se cimbreaba, retorciéndose para lograr más placer. Yo empujé duro, entrando hasta que los huevos rebotaron en su conejo empapado. Sandra había dejado de manosearme, y no sabía dónde estaba. Ni me importaba. Agarré a la morena por las caderas y se la metí hasta el fondo, apretando los dientes, consciente del daño que le hacía. Y del placer que le proporcionaba. Sus cachas, enrojecidas todavía por los azotes, acompañaban mis embestidas con un flaneo espectacular.

Entonces Sandra me agarró por los hombros, empujándome hacia atrás, obligándome a salir del culo apretado de la morena. Se tiró sobre mi polla, metiéndosela hasta la garganta. Después de una lamida profunda y antes de que la compañera protestara, se puso en pie, mostrándose ante mí. Se había puesto un arnés del que colgaba un consolador de tamaño considerable, que Sandra empuñaba con la diestra, apuntándome.

-¿Te gusta?-, preguntó. Personalmente, no estaba tan borracho o tan caliente como para aceptar tan novedosa experiencia sexual para mí. Sin darme tiempo a contestar, se volvió hacia la morena, que seguía tendiendo el culo apoyada contra la pared. Sonreía, con los ojos llorosos de placer y dolor. Sandra humedeció el ojete con la lengua. La morena hizo lo propio con la polla de plástico. Se fueron al sofá. La morena se apoyó en los hombros, llevándose las manos a las nalgas para abrirse bien con ellas. Yo observaba, fascinado. Lentamente, Sandra penetró a su compañera. Se notaba que no era la primera vez que lo hacían, aunque ahora me miraban como preguntando si me gustaba la actuación. Mi verga hablaba por mí. La tenía tan dura que espasmos incontrolables la hacían saltar cada vez que Sandra empujaba hacia las profundidades de la compañera.

-Acércate a ella, que no muerde- dijo Sandra. Me tenía loco el movimiento de las tetas, acompasado al de sus caderas. La mata de pelo sobresalía del falso pene, dando apariencia de ser un verdadero sexo masculino. Y se movía casi como un hombre. Cogí un pecho grande con la mano, intentado subsanar el apretón anterior. Hipersensibilizada, Sandra protestó cuando lamí el pezón herido, pero no me apartó. Entonces sentí una mano que me agarraba la polla. Con un gesto de la cabeza, Sandra lo señaló:- Metésela en la boca. A Gloria le encanta que la violen-.

Gloria se apoyó en los codos, alzando la barbilla y abriendo la boca. Sandra la enculó con más fuerza, provocando sus gritos. Se la acerqué a los labios y la engulló, hasta la mitad del tallo. No tenía ni que moverme, pues las embestidas de Sandra obligaban a Gloria a chuparme el nabo. Acaricié la nuca y la espalda de la doliente Gloria, resiguiendo la columna vertebral hasta las nalgas, introduciendo así más y más la polla en su boca. Detuve el movimiento de Sandra para notar cómo la punta del capullo rozaba el fondo de la garganta. Salí rápidamente mientras Gloria tosía y escupía. Sandra estaba alucinada.

Me acerqué a Sandra, besando sus labios y agarrando el consolador. Se lo quité y se lo tendí a Gloria. –Póntelo- ordené. Empujé a Sandra sobre el sofá quedando tendida y con las piernas abiertas. Me puse sobre ella, casi sentado en su vientre. Ella cogió el nabo con ambas manos, toqueteando el capullo con los dedos. Escupí en su canal. Me iba a follar sus tetas. Puse el miembro entre ellas y las apreté contra mi carne. Detrás de mí, Gloria, con polla incluída, le comía el conejo.

-Ahora te toca disfrutar a ti- dije. Abría la boca para meterse el capullo cada vez que yo lo acercaba a los labios, sin llegar a introducirlo, dejándola, literalmente, con la miel en los labios. Sus tetas eran suaves, cálidas, lo suficientemente grandes como para tapar toda la verga. Sentí el cosquilleo previo al orgasmo que empezaba en la columna y se extendía por mi cuerpo. Detuve la cubana.

-¿Por qué paras?- preguntó Sandra, sorprendida. Luego, un brillo de malicia iluminó sus ojos. Apretó las tetas contra la polla y la pajeó con vigor. -¡Te vas a correr, ¿eh?!- Al oírlo, Gloria se olvidó de Sandra y se abalanzó sobre el capullo expuesto. Sandra liberó la polla, retorciéndose entre mis piernas para quedar junto a Gloria, cabeza con cabeza, dispuestas a recoger mi semen. Cuatro manos masajearon el tallo, los huevos, el ojete... toda la zona erógena, hasta que los espasmos de placer, incontrolables, se apoderaron de todo mi ser. Me corrí en sus caras, largo y potente, salpicando también la funda del sofá y el suelo. Sin darme respiro, diligentemente, me lamieron los restos del capullo, dejándome el nabo limpio. Después se miraron, riéndose por los chorretones de semen que les resbalaba por la cara. Sandra lamió la leche de la cara de Gloria, y esta extendió el líquido por el cuello de su compañera. Golosa, Sandra dijo:

-Quiero llegar, Gloria-. Era cierto. Gloria y yo habíamos experimentado nuestros orgasmos, pero la buena de Sandra todavía no había llegado. Y eso que era la primera en iniciar la noche. Tenía aguante, la niña.

Gloria asintió. Le puso el consolador el los labios, y Sandra tragó con ansia. Lo ensalivó bien para que entrara sin dificultad en su empapado conejo. Gloria la penetró, pero se notaba que tenía menos experiencia que Sandra en el manejo del cacharro. Empujaba torpemente, casi de lado, impidiendo que el falo entrara por completo en la vagina de Sandra. Mi propio falo protestó, poniéndose morcillón de nuevo. A espaldas de Gloria, veía el trasero de esta, tensándose con cada embestida, las plantas de los pies de Sandra y sus piernas abiertas, que sobresalían por los costados de Gloria. Palmeé mi verga, que reaccionó endureciéndose.

Sonreí. Metí la mano por debajo del culo de Gloria, tanteando el conejo de Sandra. Gimió de gusto. De paso, también rocé el coño de Gloria, que me miró, primero a la cara y después al rabo. Al verlo empalmado, salió de Sandra, a pesar de las protestas de esta. Me dejó sitio, no sin antes aprovechar para lamer la carne dura. Me posicioné y comencé a follarme a Sandra.-¡Esto es otra cosa! ¡¡Ostia, joderrrrr, qué rico!! ¡¡Aplástame, fóllame duro!!- Sandra me agarraba por las caderas, incitándome a bombear fuerte. Gloria, agarrada a mí, ayudaba al empeño con su propio empuje. Notaba cierto dolor en el capullo, debido al poco reposo que le había dado, pero los huevos y el tallo obligaban a continuar. Sandra se abrió el coño, pasando dos dedos por el clítoris hinchado. Gemía y chillaba, loca de placer. Gloria se acercó a sus labios y la besó para hacerla callar. Yo metía y sacaba la picha de la cueva, provocando oleadas de placer en Sandra. Gloria le comió las tetas, se bajó al pilón, compartiendo su boca con el chichi de Sandra y con mi verga. Poco después, con un gritito espasmódico, Sandra empezó a llegar al clímax. Se apretó los pezones, rogando a Gloria que le hiciese un dedo al tiempo que mi polla la horadaba hasta lo más profundo. Gloria llevó un dedo hasta su culo virgen, por debajo de mis huevos, hundiéndolo apenas unos milímetros cuando Sandra estalló. Enarcó la espalda, retorciéndose como una posesa, reprimiendo el grito salvaje que pugnaba por salir de su garganta. Yo veía cómo se pellizcaba los pezones con salvaje frenesí, hasta que, poco a poco, fue cayendo en ese estado de paz y satisfacción posterior al buen sexo. Con la polla todavía en su interior, quedó tendida y delabazada ante mí. Delicadamente, salí de ella. Gloria se ocupó de mi erecta picha, tentándome a continuar. Dudé. Una parte de mí quería seguir, pero mi entrepierna había tenido suficiente. Encendimos unos cigarrillos, desnudos y cansados, yo en medio de las chicas. Sandra fumaba tumbada de espaldas, con las piernas sobre mis muslos, y Gloria se había sentado sobre el reposabrazos del sofá.

-No ha estado mal- dijo Gloria, la maestra de ceremonias. Sandra y yo la miramos.

-¡Pero nada mal, chica!- repuso Sandra. Me acarició la mejilla. –Este viejo verde que te has traido funciona de puta madre-.

-¿A quién llamas tú viejo verde, jovenzuela desvergonzada? ¿Te parece que un viejo verde aguantaría a dos zorras como vosotras?-. Sonrieron, complacidas. Miré el reloj que había encima de la tele. Sólo había pasado media hora. Metí las manos entre los muslos de las chicas, que se abrieron para facilitar el paso y rasqué sus pubis. Después me miré los dedos. Algunos pelos se habían quedado entre mis uñas. –Un recuerdo de esta noche-, contesté a la muda pregunta que me hacían. Después me levanté, recogí mi ropa y me marché, alucinado con la liberalidad de aquellas dos compañeras de piso.

-Yo creo que esto hay que repetirlo- sentenció Gloria. Y Sandra asintió, mirándome el culo mientras recogía las prendas desperdigadas.

Compartiendo piso y ligue