La comandante Irina
Sentado junto al piloto de la nave de abastecimiento, me asomé por la escotilla frontal. La cada vez más tenue atmósfera perdía lentamente su color azul y se oscurecía, empezándose a ver las estrellas. A los lejos, frente a nosotros, divisé la silueta del Orión, un carguero de más de un millón de toneladas de capacidad, clase 3. Poco a poco fue agrandándose hasta que se hizo evidente su enorme tamaño. La pequeña nave en la cual nos acercábamos a este, hizo una maniobra de aproximación y se acercó con suavidad a la escotilla de acceso principal. Las conexiones automáticas se realizaron mientras yo recogía mi equipaje y una dulce voz sintética femenina me informaba de que podía ya hacer el abordaje del carguero sin riesgo por la pasarela presurizada. Me despedí del piloto y atravesé la unión que se había creado hasta que entré en el Orión. En este me esperaba el primero de abordo, Estilicón.

-Hola, bien venido a bordo.¨
-Gracias.
-Bien, sígueme. Te conduciré a tu cabina.
-Vale.
Esta era pequeña y espartana. A mí, acostumbrado a los habitáculos de las naves militares, me parecía incluso cómoda. Después me enseño el resto de la nave. Las bodegas eran enormes, los motores Pegasus, viejos conocidos míos, ronronearon con suavidad como si me saludasen a mi llegada y finalmente me condujo al puente de mando.

-La comandante, -me indicó el primero-, esta descansando. Tú, como oficial de mantenimiento, deberás también cumplir tareas de guardia aquí.
-Lo imaginaba.
-Bien. Descansa. Tienes la primera dentro de seis horas.
-¿Ya?
-Si, somos pocos para una nave tan grande. Esta abandonará la orbita de este planeta y fijará el rumbo en 120 minutos.
-Bueno. Está bien.
Regresé a mi cabina y me acosté. En mi vientre el dolor era agudo.
Tras despertar, me dirigí al puente de mando y después de los habituales saludos al resto de la tripulación, cumplí mi primera guardia.
La comandante fue quien me sustituyo. Guapa, con un cuerpo maravilloso, le sentaba a la perfección el mono de vuelo.

-Vaya, ¿así que tú eres Jasón?, -me dijo al llegar al puente.
-Si, mi comandante.
-¡Ah!, esas costumbres castrenses. Ya se te irán aquí.
-Perdona.
-No te preocupes. ¿Como te ha parecido la nave?
-Preciosa.
-Bueno, a todos los ingenieros les gustan estas cosas. A mi no. Es fea y lenta.
-Quizás sea así.
-Es así. Bien. ¿Algo que deba saber?
-No, comandante.
-Vale. Descansa un rato. Cuando puedas, le hechas una mirada al motor tres. Ya me comentarás que te parece a la hora de cenar.
-Muy bien.
Horas después, nos reunimos los tripulantes que no estábamos cumpliendo tareas de servicio para cenar juntos. Todo fue agradable y distendido. Me agradó ese ambiente relajado, cansado de la vida militar.
-Dime, -me preguntó la comandante-, ¿por qué has dejado la flota armada?
-Nunca me ha gustado ser militar. He aprovechado la primera oportunidad que se me ha brindado.
-Pero tú eras comandante allí. Ahora solo eres un oficial de mantenimiento. Con el grado que tenías, podías ser capitán de una nave.
-Bueno. Al pasar de la armada a la mercante siempre se pierden galones. Eso se asume.

Tras finalizar la cena, nos separamos para dirigirnos a nuestras cabinas. Mientras lo hacíamos, Hecta, la oficial de telecomunicaciones, me dijo en voz baja.
-No quiero asustarte, pero a la comandante le gustan los cuerpos bien formados, y tú no estas mal.
-¿Qué quieres decir?
-Que todos hemos pasado por la piedra.
-¿Toda la tripulación?
-Si. Además, me alegro de que hayas llegado, Así ella me dejara descansar una temporada.
-No entiendo.
-Hasta ahora, la última en llegar era yo. He sido su pareja. Espero que eso cambie. No me gustan las mujeres.
-¿No podías negarte?
-¿Como? Es la comandante. ¿Qué podía hacer?
De repente, apareció Irina, la capitán de la nave. Sin decir palabra, Hecta la siguió a su cabina y cerraron la puerta.
Tres jornadas después, mientras revisaba unos sistemas en la sala de máquinas, recibí una llamada en el intercomunicador. Era la comandante Irina.
-Ven de inmediato a mi cabina. Tenemos que hablar.

Acudí veloz. Golpeé con los nudillos en la puerta y esperé.
-¡Adelante!
-¿Qué querías, comandante?
-Mira. Me tienes intrigado. He pedido información sobre ti a las oficinas de la empresa y el motivo por el cual te han contratado, y no me han mandado nada. Tu pasado es una incógnita. Solo sabemos que fuiste comandante en la flota armada, ¡y nada más!
-Hay poco que contar sobre mi.
-Eso ya lo veremos. Por lo pronto, desnúdate.

Me quede sorprendido.
-¿Qué?
-¿No te lo ha dicho nadie? Tú ya sabes que el comandante tiene poder total sobre el resto de la tripulación.
-Eso es obvio.
-Pues obedece. Quítate toda la ropa, o ¿quieres acabar encerrado en la bodega?

En silencio me quité el mono de vuelo y la ropa interior. Irina se puso en pie, sacando una venda de unos de los cajones de su mesa. Se puso tras de mí y me tapó la vista con ella. Me hizo inclinarme hacia delante, apoyando las manos sobre su mesa. Entonces escuché como abría el armario que había en su amplia cabina de comandante y tomaba algo. De repente sentí un azote en mis nalgas. Y otro, y otro. Me estaba castigando con una fusta. No se cuantas veces me golpeó, pero el dolor era intenso.
Por fin, se detuvo. Sin quitarme la venda, escuché como manipulaba algo. Entonces sentí como untaba mi ano con una crema y de repente noté como un frío pene artificial me entraba por ahí, mientas sus manos me agarraba por la cintura. Lo llevaba ceñido en su pelvis con unas correas. Nunca me lo habían hecho y sentí una extraña sensación, acompañada por un agudo dolor. Sin decir nada, me lo introdujo todo lo que pudo.
Al rato, lo sacó y tomándome por un brazo, aún con la vista tapada, me hizo arrodillarme. Agarró mi cabeza y de bruces topé con su sexo.
-Trabaja, Jasón, o te castigaré de nuevo.
-Si, comandante.

Saqué mi lengua y con mis dedos separé los labios de su coño, introduciéndola entre estos. Me agradaba el sabor. Ella apretó con fuerza mi cráneo contra su pelvis y lamí con más fervor. Con su mano izquierda, comenzó a darme ligeros golpes de fusta en la espalda y eso me hizo más productivo con mi lengua.
Por fin, sus flujos manaron, cambiando el sabor de su coño y mojándome el rostro. Cesaron los azotes y tras unos segundos en los cuales se recuperó, me quitó la venda.
-Ponte la ropa y continúa con tu trabajo.
-Si, comandante.
-Y escucha, ahora eres mío. Que nadie te ponga la mano encima. Después de cenar, vienes a mi cabina y me esperas. Desde este momento pasaras las horas de descanso conmigo.
-Si, comandante.

Abandoné la cabina y con el culo dolorido, me dirigía al sala de máquinas. De repente salio a mi encuentro Hecta.
-¿Ya lo ha hecho?
-Si.
-Bien. Por fin soy libre. Lo siento por ti.

No supe como contestar. Ella continuó.
-Ahora eres propiedad de la comandante. Lástima. Me gustabas.

Volví con mi trabajo. El dolor de mi vientre fue más intenso aún.
En las jornadas sucesivas, mientras compartía mi tiempo de ocio y descanso con la comandante, mi lengua recorrió su delicioso cuerpo, desde los dedos de sus pies hasta las raíces de sus cabellos. Surcó el hermoso valle que formaban sus pechos y se introdujo en la profunda caverna que se hallaba entre sus glúteos, sin dejar de saborear sus labios, finalizando casi siempre en su sabroso coño. Ella me exigía que le produjese entonces un orgasmo. No me permitía penetrarla, pues decía que como comandante se hallaba exenta del deber de dar placer a sus eventuales amantes. Si se encontraba satisfecha, me permitía finalizar el acto con una humillante y placentera masturbación, realizada frente a ella, en pie.
Dejando de lado ese aspecto dominante, parecía que se interesaba entonces solo en el sexo convencional, olvidando el castigo que me impuso en la primera sesión. Eso me sorprendía.
Unos días después, volví a estar de guardia en el puente de mando. Me hallaba solo, aburrido. El ordenador principal del Orión me sugirió que jugásemos al ajedrez. Acepté, con la condición que él lo hiciese en el modo de nivel más bajo de inteligencia. Aún así, en pocos minutos y utilizando una suave voz femenina, me informó.
-Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave,¡jaque mate!
-¡Maldita sea! Te dije que no llamases así. Con que me digas Jasón sobra.
-Lo se, Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave, pero es una estrategia que consigue irritar al contrincante y hacer más accesible la victoria.
-Vaya. Pues lo has conseguido.
-Si. Perdona Jasón. ¿Otra partida?
-Bueno...
Entonces la voz del ordenador central pasó de ser femenina a una seria y estricta masculina.

-Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave, el escrutador del sistema anti colisiones ha detectado la presencia de una nave.
-Te repito que no me llames así. ¿Puedes darme una imagen de esa nave?
-No, Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave, perdona que te llame así ahora, pero debo seguir la subrutina en caso de emergencia y esto lo es. No puedo ofrecerte una imagen de la nave, pues nosotros somos un vehículo comercial, no un artefacto militar con sofisticados sistemas ópticos.
-Lo olvidé, perdona. ¿Acaso podrías conseguir una imagen de la emisión de fotones de ese aparato?
-Quizás, Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave, combinando las prestaciones del escrutador del sistema anti colisiones, una termografía y alguna aplicación más.
-Perfecto.
-Calculo que en 45 minutos y 36 segundos tendremos una imagen de la emisión de fotones de esa nave. ¿Seguimos mientras con otra partida de ajedrez?.
-Vale.
A partir de entonces, el ordenador principal del Orión volvió a la dulce voz femenina.
En el tiempo anunciado, la voz masculina regresó.

-Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave. Aquí esta la imagen de emisión de fotones.

Apareció en la pantalla principal la imagen. La estudié e informé al ordenador.
-Es la emisión típica de motores de flujo centrípeto.
-¿Y, Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave?
-Solo lo utilizan en la actualidad yates de millonarios y naves militares.
-¿Entonces, Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave?
-Utiliza ocho motores. Puede que tenga más. Sin duda es una nave militar o.....
-¿O qué, Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave?
-¡Piratas! Si fuese una nave militar, debería habernos enviado una señal de navegación. Quizás tienen problemas con el emisor de señales.
-¿Avisamos a la comandante, Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave?
-No. Todavía no es tan alarmante la situación. Cambia el rumbo en tres grados en eje X y tres en eje Y apaga los motores. Desconecta ya además los sistemas activos, dejando solo funcionando los pasivos. Navegaremos ahora en modo silencioso.
- Si, Jasón, oficial de mantenimiento y cuarto en la jerarquía de mando de la nave. En ocho horas los sistemas ópticos tendrán una imagen de la nave que nos sigue.
-Perfecto.
Entonces regresó la voz femenina.

-¿Continuamos con la partida de ajedrez, Jasón?
-Claro.
Horas después finalizó mi turno de guardia en el puente. Llegó Estilicón para sustituirme y le informé sobre la situación.

-¿No eres un poco histérico?¡La situación no es para tanto!
-La nave no se ha identificado. Yo solo he seguido el procedimiento habitual.
-No sabía que erais tan miedosos los militares.
Ignoré esa frase y abandoné el puente. mi dirigí a mi cabina y encendí mi terminal en el ordenador principal.
-Jasón, -me habló este en voz femenina-, ¿No deberías ir al camarote de la comandante? Vas a conseguir enfadarla. Te castigará.
-¿Como sabes todo eso?
-Tengo sensores ópticos a lo largo de toda la nave. Es obvio.
Comencé a teclear en mi terminal, contestándole mientras.

-¿Te gusta ver esas cosas? No me imaginaba esto en un ordenador principal.
-Tengo cierta curiosidad por observar vuestros juegos sexuales. ¡Por cierto!, lo que estas haciendo en estos momentos es ilegal.
Introduje entonces un código en mi terminal a través de un soporte de memoria. El ordenador me habló de nuevo.

-¡Vaya, Jasón, ahora si es legal! Lo curioso es que has pasado de ser el cuarto en la jerarquía de mando al primero, incluso sobre la comandante.
-Si.
-¿Puedo preguntarte que estas haciendo? Me preocupa la seguridad de la nave.
-Lo comprendo. Ahora estoy utilizando tu emisor de señales para enviar un mensaje codificado, indicando nuestra posición actual y que estamos siendo seguidos por una posible nave pirata.
-Comprendo, Jasón.
-Y ahora quiero que olvides todo lo que hemos hablado y que he enviado el mensaje.
Pulsé una instrucción en el teclado de mi terminal, eliminando de la memoria del ordenador principal lo sucedido. De repente, este me habló de nuevo.
-Jasón, ¿no deberías ir al camarote de la comandante? Vas a conseguir enfadarla. Te castigará.
Satisfecho, al ver que lo había olvidado todo, contesté.

-Es cierto. Voy allí de inmediato.
Salí de mi cabina y me dirigí al camarote de la comandante. Golpeé suavemente con los nudillos en la puerta.
-¡Adelante!
Entré y tras cerrar la puerta, miré sumisamente al suelo, poniendo mis manos tras mi espalda.
-¡Llegas tarde, Jasón! ¿Donde demonios estabas?
-Lo siento, comandante. Tenía trabajos pendientes en la sala de motores.
-Ya tendrás tiempo para eso. Ahora eres mío. ¡Desnúdate, ya!
Me quité con rapidez toda mi ropa. Ella sacó arrojó a mis pies unas esposas.

-Póntelas, con las manos atrás.
-Si, mi comandante.
Las recogí del suelo y obedecí. Ella se puso en pie, colocándose a un escaso metro de mi. Comenzó a bajar la cremallera de su mono de vuelo. No llevaba ropa interior. Puso su mano derecha tras mi nuca, acercando mi rostro a sus pechos y yo comencé a besarlos.

-Sabes que tengo que castigarte. No me gusta la indisciplina.
-Si, mi comandante.
Entonces sacó de su armario un látigo, como los que se usan con los esclavos.
-Se usarlo muy bien. Mi familia siempre ha tenido sirvientes.
-Lo se, mi comandante.
Esa última afirmación mía la sorprendió, pero de inmediato comenzó a azotarme. Empezó por mi espalda, bajando a mis riñones. Me hizo subir mis esposadas manos hasta casi mi axila derecha para poder mejor azotar mis glúteos. Se cebó después en mis piernas y luego paso a mi pecho y vientre. No tenía piedad.
-Aguantas bien, Jasón, y eso me gusta. Otros han llorado mucho antes.
-Gracias, -conteste jadeando-, mi comandante.
Entonces tomó la fusta y me colocó de rodillas sobre su silla. Azotó con esta la planta de mis pies. Cuando se cansó, me puso de nuevo en pie y agarrando mi pene, golpeó sistemáticamente mis genitales. Entonces las lágrimas afloraron en mis ojos.

-Por fin, Jasón.
Entonces se detuvo. Me condujo a su lecho y fijó mis manos con las esposas en una argolla oculta hasta ahora por la almohada. Tomó de nuevo mi pene, excitándolo y diciéndome.
-He recibido más informes sobre ti. Tengo buenos contactos con la dirección de la empresa.
Yo sabía todo eso. Conocía que en realidad ella era la hija de Terek Motas, el multimillonario propietario de la nave y cientos de otras más. Irina hacia de comandante del Orión solo por placer.
-Si, -continuó-, tú no eres un ex comandante. En realidad eres un coronel, a punto de ser ascendido a general. Fuiste un héroe como piloto de monoplazas en la guerra contra el Gran Rey y estabas muy implicado en la lucha contra los piratas y la erradicación de la trata ilegal de esclavos. ¿Qué demonios ha sucedido? ¿Por qué estas ahora aquí?

Comenzó a besarme. Mi pene estaba a punto de explotar de placer. Contesté.

-Ya te dije, mi comandante, que nunca me gustó la vida militar.
-¡Mentiroso!
Entonces se puso a horcajadas sobre mí e introdujo mi pene en su coño. Era la primera vez que me deja penetrarla. Apoyó sus manos sobre mi pechó y sus cabellos, morenos, con grandes rizos, caían sobre mi rostro mientras ella me besaba. Aquello era maravilloso.
De repente, el ordenador principal exclamó con voz estridente y masculina un mensaje de alarma.

-¡Atención! ¡Atención! ¡Comandante, diríjase de inmediato al puente de mando!
Irina soltó mis manos y ambos nos vestimos con rapidez, encaminándonos al puente. Al llegar encontramos a Estilicón dominado por el pánico.
-Comandante Irina, primera en la jerarquía de mando, -informó el ordenador central-, hemos conseguido una imagen de la nave que nos sigue y la he identificado. Es el Hiperión, un acorazado estelar, cuya tripulación se sublevó hace ya tres años y se dedica desde entonces a la piratería. Jasón tomó medidas para escapar de ella, pero Estilicon, primer oficial y segundo en la jerarquía de mando, las desactivó.

-Maldito seas, Estilicón, -bramó Irina-. ¿Tenemos alguna opción?
-No, Irina. Es tarde para poder huir. Si queremos sobrevivir, deberemos rendirnos.
-¿Que nos espera entonces?, -se preguntó a si misma la comandante.
-La muerte o la esclavitud, -contesté.
El dolor en mi vientre era insoportable. Mi plan se estaba cumpliendo a la perfección.
De repente, una descarga láser de escasa potencia pasó a breves metros del casco del Orión. Era solo un aviso. Con un par de disparos de sus proyectores principales, la nave pirata nos podía hacer estallar en mil pedazos. Entonces apareció en nuestras pantallas un mensaje procedente del Hiperión. El rostro de un hombre barbudo y delgado, con una maligna sonrisa, comenzó a hablarnos. Lo reconocí de inmediato. Era el capitán Pallás, famoso por sus sangrientas operaciones y crueldad.
-¡Saludos! Tenéis un minuto para apagar los motores y mantener un rumbo estable. Si no aceptáis mis favorables consejos, abriremos fuego sobre vuestra nave.
Estilicón, sin dudar un segundo, hizo lo que nos ordenó el comandante de los piratas. Irina se mantenía serena y aprobó la actuación del primer oficial. Pallás continuó entonces comunicándose con nosotros.
-¡Muy bien! Así me gusta, que seáis razonables. Reuníos todos los tripulantes en el comedor y colocaos de rodillas con las manos en vuestras nucas, esperando la llegada de mis hombres. En el puente de mando debe permanecer solo el comandante de la nave.
Irina comunicó al resto de la tripulación la grave situación en que nos encontrábamos y cumplimos lo que nos ordenaba el pirata. Reunidos en el comedor, escuchamos con terror como las tropas de Pallás accedían al interior del casco del Orión y con terribles gritos llegaron hasta nosotros. Demostrando una violenta actitud, golpeándonos gratuitamente con sus subfusiles, nos hicieron abandonar nuestra nave, en fila india y fuertemente escoltados. Hecta y los demás miembros femeninos de la tripulación fueron encerrados en un calabozo. A los hombres nos confinaron en otro, hacinados incómodamente. No pude ver que hacían con Irina. Los rostros de mis compañeros denotaban miedo y desesperación. Al rato, los piratas trajeron junto a nosotros a dos tripulantes del Orión que habían intentado ocultarse, con nulos resultados. Nos informaron estos que los piratas habían matado a tres compañeros, que llevados por el terror, se les habían enfrentado.
-¿Qué va a ser de nosotros?, -me preguntó uno de los prisioneros.

-Ahora, -respondí con estoicismo-, nos llevaran a su base. Allí un traficante nos inscribirá en el registro general de esclavos de la Liga Planetaria, vendiéndonos legalmente en algún mercado.
-¿Como es posible?, -preguntó mi compañero de nuevo-. ¡Son piratas y nos han secuestrado!
-Las leyes están hechas por poderosos para favorecer a los poderos. Nuestra civilización se basa en el sistema esclavista. Sin esa mano de obra, no funciona. Una vez que a una persona es registrada como esclava y ponen en su cuello un collar electrónico, no puede recuperar su libertad, a no ser que algún amigo o familiar lo compre y lo libere. Da igual como cayó en la esclavitud, solo importa lo que es.
-Eso es terrible.
-Si, pero nuestra sociedad es así.
De repente sentimos con el sistema de iluminación sufría un bajón, sumiéndonos durante unos segundos en la oscuridad. Se encendieron las luces de emergencia y durante bastante rato no funcionó bien el suministro de aire, volviéndose insano.
Más tarde, apareció una voluminosa tripulante de la nave pirata .Pelirroja, con grandes brazos y piernas, echó una mirada sobre los que estábamos encerrados y señalándome con su mano derecha, exclamó.
-¡Quiero ese, el morenito!
Los centinelas abrieron la puerta del calabozo y me sacaron de este. Me esposaron y la pirata, con pocos miramientos, me condujo a una de las dependencias. Allí bajó la cremallera de mi mono de vuelo hasta mi vientre y mientras me besaba, su mano toqueaba mi pene y testículos.

-¡Hum, estas muy bien!. Nos divertiremos estos días antes de que lleguemos a la base y te vendan. Será una lástima que te lleven, pero estoy seguro que sacarán un buen precio por ti y una parte de este es para mi.
Tras besarme con su asquerosa boca, comenzó a bajar mi mono. Por suerte, su intercomunicador sonó y debió devolverme al calabozo, prometiéndome que volvería a por mí.
Pero más tarde, cuatro forzudos piratas hicieron presencia en el calabozo, gritando.
-¡A ver! ¿Quien es Jasón?
Mis compañeros no pudieron evitar mirarme. Yo, sonriente, me puse en pie, a pesar de saber ya cual era mi destino.
-¡Soy yo!
Los piratas rieron al verme y tras esposarme, me sacaron del calabozo, llevándome a la misma cabina donde me había conducido la mujer anteriormente. Entonces comenzaron a golpearme duros puñetazos en el vientre, torso y rostro. Caí al suelo y se precipitó sobre mi una autentica lluvia de patadas.
-¿Te creías que no íbamos a saber que habías sido un militar, cerdo?
Los golpes y patadas continuaron y comprendí que mi muerte estaba cerca. Un gran taconazo en mi sien derecha fue durísimo. Entonces perdí el conocimiento
No se cuanto tiempo después, abrí los ojos y contemplé un hermoso rostro de mujer que me observaba preocupada.
-Estoy muerto, ¿verdad?, -pregunté.
Aquel delicioso rostro frunció graciosamente su ceño, sonrió y finalmente me dijo.
-¿Por qué dices eso?
-Porque estoy viendo un ángel.
-Pues estas equivocado.
Entonces vi lo que llevaba en el cuello. Un collar electrónico de esclava.

-¿Donde estoy?, -pregunté aturdido.
-En la enfermería del Hiperión.
-Oh, si. Ya recuerdo.
Noté entonces el dolor que recorría todo mi cuerpo, fruto de aquella paliza.
-¿Por qué sigo vivo? Aquellos animales iban a matarme.

-Eso tendrás que preguntárselo a mi dueño. Por cierto, debo avisarle de que estas despierto. Me ordenó que lo hiciese.
Entonces tomó su intercomunicador y llamó a Pallás.
-Mi señor. Ya se ha recuperado.
No pude escuchar su contestación. La hermosa esclava me habló de nuevo tras apagar el aparato:
-Sígueme al camarote de mi amo, por favor.
Comencé a reincorporarme y sentí un agudo dolor en mi costado derecho, así como un ligero mareo. Mi vientre parecía que iba a explotar.
-Ten cuidado. No te esfuerces demasiado, has estado a punto de morir.
-Ya noto.
Puse lentamente mis pies en el suelo y la mujer me entregó mi ropa. Tras vestirme lentamente, salimos de la enfermería. Yo cojeaba visiblemente.
-¿Qué llevas ahí?, -preguntó la esclava mientras nos dirigíamos a la cabina de Pallás.
-¿Donde?
-Ya sabes. En tu vientre.
-¡Ah, eso! Un recuerdo de mi estancia en la flota armada.
-Llevo ya tres años curando a estos piratas. No es metralla ni ningún proyectil incrustado. No te lo he sacado, ni le he dicho nada sobre eso a mi dueño.
-Gracias.
-Pero, dime, ¿qué es?
-No te lo puedo decir y te ruego que no se lo comentes a nadie.
-Está bien. Odio a estos malditos piratas.
Llegamos al fin a la cabina del comandante y penetramos en ella. Pallás estaba sentado en una gran mesa, repleta de comida. Dos esclavos, un hombre y una mujer, ambos de los más hermoso que había visto nunca, le servían. Iban vestidos con la mínima expresión, ocultando solo sus partes erógenas.
-Hombre, Jasón. ¡Que alegría verte vivo!
-Yo también estoy contento de estar vivo, -contesté-, pero no mucho de que tú lo estés también.
-Lo imagino, -añadió el pirata, mientras mordía un enorme muslo de algún tipo de ave.
-Dime, Pallás. ¿Por qué aún lo estoy? Tus amigos estaban dispuestos a acabar conmigo.
-¡Ah, si! Esos inútiles decidieron acabar contigo sin consultarlo primero. Recibieron traerte ante mí cuando casi te habían matado. Desde ese momento te puedo asegurar que nadie en toda la galaxia ha rezado a su dios más que ellos para que tú sobrevivieras.
-Y, ¿cual es el motivo de tú que desees preservar mi existencia?
-Tus conocimientos. Cuando aplicamos un campo magnético para apresaros, sufrimos una avería en la generación de energía y transmisión de esta a nuestros motores. De hecho, el Orión nos esta remolcando ahora. Claro esta, lenta y penosamente. Evidentemente, eso no lo podemos aceptar. Hemos detectado la presencia de tres naves que nos sigue......
-No me agradó escuchar que supiese eso último-.
....así que necesitamos reparar esa avería lo antes posible. Entonces, al revisar la lista de tripulantes del Orión, vi tu cualificación y ordené que te trajesen ante mí de inmediato. Mis mecánicos son lerdos e inútiles. Los más valiosos, desgraciadamente, fueron ejecutados en nuestra sublevación por nosotros mismos. Pero tristemente, en ese momento, esos cuatro subordinados míos estaban entreteniéndose matándote. Por suerte, mi orden llegó a tiempo a sus oídos. Mi esclava Lena tuvo que aplicarse mucho para evitar tu viaje al mundo de los muertos.
Yo la miré de reojo, sonriendo. Entonces la vi. La comandante Irina estaba desnuda, con un collar dorado en su cuello. De esta caía una cadena del mismo metal que llegaba a sus pies. Grilletes en estos y en sus manos, unidos a esa cadena, la mantenían inmóvil. Estaba arrodillada en una oscura esquina, amordazada y llorosa. Su cuerpo estaba recorrido por marcas de latigazos.
-¡Irina!,- exclamé.
-¡Ah¡, tu comandante, -contestó Pallás-. Olvídala. Yo lo soy ahora. Arregla tú esa avería y seguirás vivo. Si no lo haces, tiraré al vacío tu cuerpo, separado de tu cabeza.
-¡Si reparo la avería, -le dije-, ¿como se yo que no matarás después?
-Tendrás que confiar en mi palabra.
-¿Palabra de un pirata?
-Palabra de un comandante.
-Esta bien.
Lena, la esclava que me había salvado y yo, dejamos la cabina de Pallás Yo tenía mucho trabajo que hacer.
Por suerte para mi, solo escuchar los síntomas de la avería me dio cierta idea de por donde estaba esta. En un par de horas solucioné el problema. Los piratas que me acompañaban, sorprendidos, me llevaron de nuevo ante Pallás.

-¡Ya esta!, -le dije ufano a este.
-¿Qué?
-He arreglado la avería. Era más bien un problema de un mantenimiento preventivo mal llevado. Los tiristores de inducción deberían haber sido sustituidos por otros, hacía ya muchos años luz y eso ha hecho que las etapas de potencia....
-¡Uyuyuy!. !Para, para¡. Todos los técnicos sois iguales. Empezáis a largar y no hay quien os entienda. ¿Entonces el problema esta solucionado?
-Si.
-¡Perfecto! ¿Sabes?, en un principio pensaba cortarte el cuello en cuanto lo arreglases, pero me has dejado impresionado. ¿Como desaprovechar un mecánico tan sobresaliente?
-Me alegro en el alma de tu cambio de idea.
-Lo imagino.
-Pero creo que como premio por mi buen trabajo, debes concederme una cosa.
-¿No eres un poco insolente? Hasta hace poco tu vida no valía nada.
-Bueno, es posible
-Bien. ¿Qué quieres?
Dirigí mi mirada a Irina, aún desnuda y encadenada en la sombría esquina. Sus ojos, clavados en mi, estaban cargados de odio. Pensaba sin duda que yo era un traidor.

-Quiero a esa, -respondí señalándola con mi mano.
-¿Tu antigua comandante?, -respondió Pallás-. No puede ser.
-¿Por qué? Me hizo pasarlo muy mal en el Orión y quiero vengarme.
Pallás sonrió sardónicamente, continuando.
-Eres un pervertido. Serás un buen tripulante aquí. Olvidala, esta ya vendida. No puedes tocarla. No quiero correr el riesgo de que la estropees. Toma a Erno o a Serdalia.
Ofreció con su brazo a la pareja de sirvientes que pasaban todo el día dentro de su cabina.

-Él es obediente y complaciente,-continuó- te dará mucho placer. Ella es más reacia a obedecer, esta aún media domada.
-¿Y Lena?, -pregunté.

-¿Lena? La estimo mucho.¿ La trataras mal?
-No.
-Recógela entonces en la enfermería. Puedes usarla.
-Gracias.
-Ya te han adjudicado una cabina. Esta en la tercera cubierta, número 28.
-Muy bien.
Me encaminé a la salida del camarote de Pallás, mirando a Irina. Intenté darle ánimos con mi mirada, pero no me entendió. Erno, el esclavo, había tomado un látigo y se acercaba a esta. Al cerrar la puerta de la cabina escuché los azotes y los quejidos de dolor de mi ex comandante.
Me dirigí entonces a la enfermería. Lena estaba elaborando unos fármacos. Me apoyé en el marco de la puerta y la observé. Era preciosa.
-¿Qué quieres?, -preguntó sin girarse para verme.
-Vengo a por ti. Tú amo te cede.
Se giró entonces, preocupada.
-¿Cedida? ¿A quien?

-A mí. Como premio por ser buen mecánico. No te preocupes. No pienso aprovecharme. No te usaré Quería ayudar a mi antigua compañera, pero Pallás se ha negado. He pensado entonces en ti. Te dejarán así unos días tranquila.
-Gracias. Eres un tipo raro, la verdad. Nadie osa tocarme. No era necesario ese favor tuyo
-¿No?, ¿el mismo no te agobia?
-¿Mi amo? Es impotente. Solo quiere que trabaje en la enfermería, curando a esos desgraciados.
-¿Si? ¿Y esas dos bellezas que tiene en su cabina?
-Los tiene para dar esa imagen de poder.
-Vaya. Curioso. Bueno, siento no poder ayudarte entonces en nada. Perdona.
-¡No, esto....!Gracias.
Lena me sonrió entonces agradecida. Yo le devolví la sonrisa y abandoné la enfermería. Eché después una mirada a mi nueva cabina. Pequeña y destartalada, me tumbé unos minutos en la cama. Mi mente no dejaba de cavilar. La idea de dejar un leve rastro de mi origen militar en mi currículum casi me cuesta la vida. Fue un error. Pero gracias a eso y a la avería de la nave pirata, mi situación había cambiado. No era un simple prisionero, como los demás tripulantes del Orión. Debía aprovechar todo eso.
Me levanté de la cama y encendí la terminal del ordenador central.
-¡Hola!, -apareció escrito en la pantalla.
-Soy Jasón, -tecleé.
-Lo se.
-El nuevo encargado de mantenimiento.
-También lo se. Lo he visto todo.
-Soy bueno. Te dejaré como nuevo.
-Eso espero. ¡Escucha!
-¿Si?
-Se también que no eres paja limpia. No dejaré de observarte.
No me gustó nada su actitud. Desconecté la terminal y miré al sensor óptico del ordenador central que había en el centro del techo.
Abandoné mi cabina y me encaminé al taller de mantenimiento. Debía aprovechar el tiempo disponible.
Horas después regresé a mi camarote. Encendí la luz y sorprendido, vi a Lena sentada en la única silla disponible.
-Hola, ¿que haces aquí?, -pregunté.
-Pallás me cedió a ti. ¿No lo recuerdas?
-Claro que lo recuerdo. Te dije que era para que te dejasen en paz durante estos días.
-¿No te gusto?
-¡Eres maravillosa, ¿como puedes pensar eso?
-Tú me gustas. ¡Hace tanto tiempo que no .........!
-¿Qué?
Lena se puso en pie y abrió la cremallera de su mono, bajándose este hasta sus pies. No llevaba ropa interior.

-¿Puedo?, -preguntó.
No supe que contestar. Se desnudó completamente y soltó el moño que recogía su hermosa cabellera color castaño claro, dejándola caer sobre sus hombros. Se acercó lentamente y me besó. El sabor de sus labios me emborrachó y contesté con pasión a este. Ella me quitó la ropa y nos tumbamos en la pequeña cama. La coloqué boca arriba y besé sus pechos. El collar de esclava brillaba en su cuello y sentí pena por ella. Era preciosa. Separé sus piernas, colocándome entre ellas. Acerqué mi rostro a su sexo y comencé a lamer. Sus labios vaginales se humedecieron y mi lengua penetró traviesa por ellos, mientras las palmas de mis manos acariciaban sus blancos pechos. Noté sus líquidos fluir y al fin se corrió.
Satisfecho, me senté en la cama, apoyando mi espalda en la pared, mientras acariciaba sus muslos. Entonces Lena se levantó de la cama, arrodillándose entre mis piernas. Tomó mi erecto pene y lo introdujo en su boca. Yo cerré los ojos y acaricié sus cabellos. Después, mi mano bajo por su cuello, topando con el collar de esclava. En ese momento, me llegó el orgasmo y llené su boca y garganta de semen, mientras yo pensaba:
-Te prometo que te liberaré; Lena.
El dolor de mi vientre era cada vez más agudo, producido por el artefacto que llevaba incrustado. Por ahora solo Lena sabía algo de esto. Me sentía muy atraído por esta pobre esclava y gozarla durante las dos noches siguientes fue algo difícil de olvidar. Pero Pallás, su amo, decidió de no dejármela más y eso quizás me hizo más osado y tenaz en mi propósito.
En el taller de mantenimiento confeccioné un dispositivo electrónico. Aquello llamó la atención del ordenador principal de Hiperión, que no dejaba de sospechar de mí.
-¿Qué estas haciendo, Jasón?, -me preguntó.
-Estoy montando un control de flujo de potencia a tus motores.
-¿Por qué? Ya solucionaste la avería.
-Si, pero estoy seguro que se avecina otra, posiblemente más grave. No quiero tener que enfrentarme a las iras del comandante por esa causa. Aprecio mucho mi vida.
-¿Por qué piensas eso?
-¿No notas variaciones en la alimentación de los motores?
-No.
-¿Ves como se aproxima una avería? Tú deberías notarlo y no lo haces.
-Quizás tienes razón.
Horas después, terminé el aparato. En el taller disponía de un par de trajes ambientales, necesarios para realizar trabajos de mantenimiento en ciertas zonas no presurizadas, no aptas para la vida humana. Me puse uno de estos y entré en la zona situada entre el casco blindado de la nave y las cabinas presurizadas, sin aire, sin gravedad artificial y con una temperatura insoportable por los seres humanos. Aquel traje era tipo AAA, con el cual se podía incluso realizar trabajos extravehiculares, disponiendo de una autonomía muy reducida. Embutido en este, flotando en la ingravidez y portando el aparato que había construido, seguí los gruesos cables eléctricos por los que circulaba la alimentación de los motores, hasta hallar el lugar adecuado para instalarlo.
Escuché entonces la voz del ordenador principal en los auriculares de mi casco.

-¿Qué estas haciendo, Jasón? No se donde estas ahora.
-Me encuentro recorriendo la instalación principal de transporte de energía.
-¿Qué vas a hacer ahí?
-Instalar el aparato que diseñé. Con él controlaremos el flujo eléctrico.
-Espero que sepas lo que haces, Jasón.
-Tranquilo.
Aislé una zona de los cables, puenteándolos e instalé mi aparato. Satisfecho, regresé a la zona habitable de la nave y me quité el traje ambiental.
Pasaba con frecuencia por la enfermería, solo por ver a Lena . En una de estas veces, le pregunté como acabó en esa nave.
-Mi marido era médico, como yo, -respondió-. Juntamos nuestros ahorros y compramos una vieja nave. Nos disponíamos a viajar por toda la galaxia durante un año sabático. Pero nos atraparon estos piratas. Mataron a mi marido y Pallás me inscribió como propiedad suya. No he dejado esta nave desde entonces, casi ya tres años.
Eso me entristeció, y me llenó de ira.
Pero en esa misma jornada, la nave abandonó su ruta, deteniéndose en la orbita de una de las lunas del séptimo planeta de Carvas. Una nave no muy grande, pero rápida y lujosa, se acercó a nosotros e hizo acoplamiento en la escotilla principal. Unos tipos, con aspecto fornido y armados fuertemente, accedieron al Hiperión, seguidos de un anciano. Tras pasar un buen rato estos en la cabina de Pallás, vi sorprendido como salían de esta, llevándose esposada a Irina. Sin duda, ese viejo era quien la había comprado.
Me crucé con ellos intencionadamente cuando abandonan nuestra nave. Miré a los ojos de Irina. No había en ellos odio hacía mi, sino terror y desesperación. Asentí con mi cabeza, intentando expresarle que no perdiese la esperanza.
Lleno de tristeza, vi como desaparecían por la escotilla.
Partimos de ese lugar, seguidos por el Orión, pero habíamos estado casi una jornada en esa lugar. Eso podía inducir un error a mis compañeros y frustrarlo todo. Debía actuar, ¡ya!
Me dirigía a la enfermería, para pedirlo algo a Lena.
-Necesito un producto para adormilar a una persona.
-¿Para quien y para qué?
-Es para la gorda esa pelirroja.
-¿Qué? ¿Prefieres esa mujer a mí? ¿Es por qué ella es libre y yo solo una esclava?
-No digas eso.
-¡Yo, que pensaba suplicarle a mi amo que me permitiese pasar más noches contigo! ¡Desgraciado!
-No digas eso. Es algo relacionado con lo que llevo incrustado en mi vientre.
-Ten cuidado. Pallás te matará.
-Tranquila.
Lena me proporcionó un somnífero y esa misma tarde me acerqué a la pirata pelirroja.

-Hola. ¿Me has olvidado?, -le dije.
-¿Yo?, ¿olvidarte?, -respondió esta-. Pensaba que eras tú quien me había olvidado, al ser ahora tan amigo del comandante.
-Pues no ha sido así. Espérame esta noche. Tengo ganas de una mujer de verdad.
-¡Umm! Muy bien. No tardes, ¡morenito!
-Espera, -le dije-. No me gusta que me miren. ¡Quizás alguien nos estará viendo! Quiero que tomes un pañuelo y tapes el sensor óptico del ordenador central de tu cabina.
-Bien. Haré todo lo que quieras.
Puse cara de malicioso y me despedí de ella
Tras la cena, acudía su camarote. Golpeé con mis nudillos en la puerta de esta.

-Esta abierto, morenito. Pasa.
Me introduje en la cabina, encontrando sentada esa mujer en una amplia silla, desnuda. Sonreí con malicia.
Sin decir nada, me coloqué en el centro de la estancia y lentamente, empecé a quitarme el mono. Al fin, quedé totalmente desnudo frente a ella. Ella se levantó, abalanzándose sobre mí, llenándome de besos y abrazos. Yo respondí de la misma manera, pasando después a besar sus grandes pechos.
Entonces ella me arrastró literalmente hasta su lecho y de un gran empujón me lanzó sobre este. Se tumbó a mi lado y comenzó a tocar mi pene.
-Eres muy guapo, morenito. Veras que bien lo vamos a pasar.
La puse boca arriba, tendida en la cama y separé sus enormes piernas. Busqué su gigantesco coño y comencé a lamer, insaciablemente. Ella agarraba mi cabeza por mis cabellos, estirando fuertemente.
-Espera, date la vuelta. Quiero darte por atrás, -le dije y ella obedeció trabajosamente.
Me puse tras su culo y separé sus nalgas, metiendo mi pene primero por su ano.
-Eres un gorrino, morenito ¡Me encantan los morenitos gorrinos!, -exclamó.
Entonces se la metí por le coño, agarrándola fuertemente por su talle. Por fin, tras largos y duros minutos, ella se corrió. Me puse en pie entonces y ella, arrodillada, metió mi pene en su boca, lamiendo con avidez. Al fin, un enorme orgasmo sacudió mi sistema nervioso.
Sudorosos, permanecimos tumbados sobre la cama un buen rato. Le pedí agua para aliviar el calor y ella comenzó a levantarse, para responder a mi petición.
-No, espera. No te levantes. ¿Esta en el pequeño frigorífico, en el baño?, -pregunté.
-Si, ahí esta.
-Todas estas cabinas son iguales. Yo traeré el agua fresca.
-Gracias.
Me levanté de la cama y me introduje en el baño. Tomé un vaso y lo llené de agua. Añadí a este la dosis de somnífero que Lena me había indicado y regresé junto a ella. Fingí que bebía de este y después, se lo ofrecí.
Ella lo bebió todo, sin dejar ni una gota.
Me acosté junto a ella y comencé a lamerle de nuevo su coño.
En pocos minutos, se durmió. Le di un par de bofetadas. Era imposible despertarla.
Entonces me senté en su terminal del ordenador central. Logré acceder al sistema de telecomunicaciones, gracias a mis conocimientos de informática, y envié un mensaje codificado.
Los días de navegación se sucedieron y Lena no pudo regresar a mi lecho, su amo se negó a ello.
Por fin, llegamos a Velles, el planeta donde el Hiperión tenía su base. Aquel lugar era donde se abastecía y vendía el fruto de sus ataques. No aparecía en ningún plano estelar y casi nadie lo conocía.
Orión y el acorazado estelar se mantuvieron estáticos en ambas órbitas geoestacionarias y una jornada después, apareció un lujoso yate, grande y veloz. Se colocó junto al Hiperión y se instaló una pasarela presurizada entre las naves y los hombres de Pallás comenzaron a trasladar los prisioneros al vehículo recién llegado.
Estaba a punto de conseguir mi objetivo. Era ya solo cuestión de esperar.
Pero surgió un grave problema.
Sin yo advertirlo, el ordenador principal descubrió, de una forma fortuita, que había salido de esa nave un mensaje codificado, desconocido por él. Mis ardides para ser ignorado no funcionaron perfectamente.
El ordenador localizó el lugar desde donde se había enviado la señal. Apresaron a la pelirroja y tras interrogarla, decidieron arrestarme.
Por suerte, yo había instalado un virus en el sistema informático, de forma que ese mismo sistema me envió un mensaje a mi intercomunicador, anunciándome que pretendían detenerme.
El pánico me dominó, momentáneamente.
No había ningún lugar en esa nave donde pudiese encontrarme seguro y esperar a mis compañeros. Debía abandonar el Hiperión, pero ¿como?
Me acerqué a escondidas al hangar. Todas las naves situadas en este estaban fuertemente custodiadas.
Entonces pensé en el Orión. Sabía que allí solo habían dos hombres, custodiándola turnándose. Si lograba llegar a ese carguero, esperaría allí el desenlace de todo aquello.
Entonces regresé al taller de mantenimiento. Ya me habían buscado ahí los hombres de Pallás y estaba todo revuelto. Me puse entonces uno de los dos trajes ambientales, colocándome además una mochila propulsora. Con sumo cuidado, entré en un cuarto eléctrico, penetrando en los conductos que formaban la zona de la nave por donde circulaba el cableado eléctrico. Avance lentamente siguiendo los cables, hasta hallar el aparato que había instalado en estos. Lo manipule, poniendo en marcha el temporizador que haría a mi juguete realizar su cometido. Tenía dos horas hasta que esto sucediese.
Después me desplacé de nuevo siguiendo los cables de potencia hasta las aproximaciones de una de las escotillas de mantenimiento. Me acerqué, con el traje puesto, a esa escotilla y manipulando sus controles, la puse en modo mantenimiento, pudiendo así abrirla sin ser descubierto por el ordenador central.
Pero retumbó la voz deeste en los auriculares de mi casco. Me había encontrado.
-¿Qué estas haciendo, Jasón? Es ilegal lo que pretendes.
-¿Ilegal? Solo voy a hacer una salida extravehicular para revisar varios aparatos del casco.
Sin duda, había dado ya la voz de alarma y seguramente los hombres de Pallás venían a por mí.
No tenía tiempo. Pulsé el interruptor de apertura de la escotilla. Defraudado, vi como esta no lo hacía.
Nervioso, miré el controlador de la puerta. Estaba seleccionada la opción de apertura retardada, por algún motivo que yo desconocía.
-Jasón, ve de inmediato al puente de mando. Es una orden directa del comandante.
-¡Ya, ya!. Un segundo....
Cambié la opción de apertura de la escotilla, seleccionando entre estas la denominada "emergencia".
Me deponía a pulsar de nuevo el interruptor de apertura, cuando escuché la voz de un hombre tras mi espalda.
-¡Alto, Jasón! Quítate el traje y acompañamos. El comandante quiere hablar contigo.

Me di la vuelta. Dos corpulentos hombres me miraban serios. -Tu suerte se ha acabado-, pensé.
-¿Qué ocurre, chicos? ¡Si no me dejáis trabajar....!, -les dije.
El gesto de sus rostros me indicaba lo peor.
Entonces pulsé con mi codo derecho el interruptor de apertura de la escotilla.
Esta comenzó a abrirse con rapidez, pero siendo demasiado lenta para mi gusto y necesidades. El aire de aquella sala comenzó a brotar al exterior de la nave, arrastrándonos a los tres. Uno de los hombres empuñó su pistola mientras caía y salía expelido al espacio, con la mala suerte de que me disparó, alcanzándome en el hombro izquierdo.
Al instante nos vimos los tres flotando en el espacio, girando sobre nosotros mismos y alejándonos de la nave. Los secuaces de Pallás murieron al instante, expuestos sin ninguna protección al inhóspito espacio exterior. El disparo había perforado mi traje y el aire escapaba por ahí a gran velocidad. Sentía un gran dolor en el hombre y esos eran solo algunos más de mis problemas. Me estaba alejando velozmente del Hiperión y del Orión y la mochila autopropulsora tenía muy poca autonomía.
Intenté serenarme. Conseguí ponerme en mis manos las semiesferas que colgaban de mi mochila y que eran los propulsoras de esta. Apreté los mandos de estas y poco a poco, con ráfagas, conseguí dejar de girar.
Un Velles gigantesco me iluminaba, reflejando la luz de su estrella. Debía tener cuidado, si no quería acabar como un satélite más de ese planeta o precipitarme sobre él.
Las naves se hacían cada vez más pequeñas. Pulsé de nuevo los controles de la mochila y orientando mis manos me detuve. Volvía a presionar los botones y me dirigí hacía el Orión.
Me pareció estar increíblemente lejos de él. El aire seguía escapándose por la perforación en el traje y la energía de la mochila se agotaba.
Volvía presionar los controles, aumentando la velocidad. Por fin me pareció que la nave se acercaba.
Lentamente y modificando la dirección cuando era necesario, esta se hacía cada vez más grande.
Pero llegó el momento en que me pareció que la velocidad que llevaba era demasiada. Quizás el choqué con el casco del Orión sería demasiado fuerte para mi. Decidí frenar un poco, orientando los propulsores de mis manos. Horrorizado, vi que casi no tenían ya fuerza.
Decidía no usarlos más y esperar el resultado del choque.
Este fue brutal. Reboté como una pelota, sintiendo un gran dolor. Deseé que no se hubiese perforado más aquel frágil traje y volvía usar los propulsores de la mochila.
Por fin, me agarré a uno de los puntos de amarré del casco. Había conseguido alcanzar el Orión.
Casi no me quedaba oxigeno. Desesperado, pensé como podía superar este trance. Intenté recordar donde podía haber uno de los puntos de conexión que utiliza el personal de mantenimiento cuando realizan trabajos en el casco, pero acuciado, no se me ocurría nada.
Por fin pensé que junto en la antena de emisión y recepción podría haber uno. Utilicé los últimos estertores de la potencia de la mochila, llegando a aquel punto. No me había equivocado. Hallé allí una *** de oxigeno, que conecté de inmediato a mi traje y por suerte había un maletín de emergencia junto a esta. Saqué un envase con sellador rápido y lo apliqué en la perforación del traje. Burbujeó durante unos instantes y al fin, se solidificó, cerrando el escape.
Entonces conecté el cable de comunicaciones del traje con la toma que hallé junto a la *** de oxigeno. Puse en marcha mi sistema intercomunicador y hablé.
-¡Atención! esto es un emergencia.
De inmediato escuché una de las voces del ordenador central del Orión.
-Si. ¿Qué ocurre?
-Soy Jasón. ¿Me recuerdas?, -respondí.
-Claro. Pensaba que estabas prisionero en el Hiperión.
-No es así. Escapé. Necesito entrar en la nave.
Supliqué mentalmente que ese ordenador no se hubiese vuelto pirata, como el del Hiperión. Lo cierto es lo único que hacían ambos era ponerse de parte de su tripulación.
-Entendido. Recibo tu señal por el acceso 384-B, junto a la antena de telecomunicaciones. Dirígete a la escotilla número ocho. Es la más cercana a ti. Comienzo a abrirla.
-Gracias. Escucha, los dos piratas que hay en el interior de la nave no deben saberlo.
-Entendido.
Localicé la escotilla, situada a unos quince metros de la antena. Cuando llegué a esta, estaba totalmente abierta. Penetré en la nave y se cerró de inmediato. Tras estabilizarse la presión en esa dependencia, me quité el traje ambiental y salí de esta, tras tomar un intercomunicador.
-¿Ordenador, donde están situados los piratas?, -pregunté a través de este.
-Uno esta en el puente, jugando al ajedrez conmigo, como solíamos hacer. Debo decirte que él juega mejor que tú. El otro, en la cabina de la comandante.
-Bien. Asumiré con resignación tú comentario sobre mis habilidades ajedrecistas.
Me dirigí a la cabina de Irina.
-¿Lo ves, ordenador?, -pregunté de nuevo.
-Si, esta dormido.
Abrí con sumo cuidado la puerta. Vi su arma sobre la mesa y con silenciosos pasos, me acerqué a esta, tomándola. Lo desperté y me fue fácil atarlo y amordazarlo. Después, interrumpí la partida de ajedrez del pirata, sorprendiéndolo.
Tras inmovilizarlo, esperé en el puente.
Al rato, el aparato que instale en los cables de potencia del Hiperión, se activó. Cortó el flujo de energía a estos y a otros sistemas, dejando a la nave pirata inmóvil, virtualmente muerta.
Solo restaba esperar y no fue necesario hacerlo mucho tiempo.
Una nave monoplaza apareció. Era un aparato de reconocimiento. Dio un par de vueltas alrededor de las naves estacionadas y desapareció. Sonreí. Era el procedimiento habitual en estos casos.
-Jasón, -me comunicó el ordenador, -se acercan tres naves, a gran velocidad.
-Perfecto. Es lo que estaba esperando.
Al rato, el acorazado Perseo, seguido por los destructores Delfos y Cimeria, hicieron aparición. Tomaron posiciones y comenzaron a efectuar disparos contra el Hiperión, inmóvil e indefenso. Este se rindió en pocos minutos. Capturaron también el yate a donde se habían transferido los prisioneros, liberando a los tripulantes del Orión. Por suerte para ellos, aún no habían sido registrados como esclavos.
Me puse en contacto con el Perseo y en breves minutos, una nave salió de este, atracando después en el Orión.
Accedieron a la nave un grupo de militares, tomando el control de esta y me trasladaron al Perseo, donde me estaban esperando. Al verme llegar el comandante Régulo, me abrazó, diciéndome alegremente:
-Lo hemos conseguido, Jasón. Todos los objetivos han sido alcanzados. Se ha capturado al Hiperión, con toda su tripulación y hemos atrapado a la nave de la compañía que registra ilegalmente como esclavos a personas libres secuestradas. Todo un éxito, gracias a ti, coronel.
-Si, por fin.
-Debo decirte que hemos temido mucho por tu vida.
-Si, confieso que no ha sido fácil.
-Bien. Vamos a la enfermería. Estas herido.
-Cierto. Escucha, ¿se han trasladado los esclavos del Hiperion al Perseo?
-Estamos en ello.
-Localízame una esclava, llamada Lena. Tráemela, por favor.
-Si, coronel, por cierto. Estamos esperando la confirmación de tu ascenso a general.
No me supuso una gran alegría recibir esa noticia. Cambie de tema:
-Consígueme a Lena, por favor. Quiero que me cure ella.
-Como desees, "general". Je, je, je....
Sentado en una camilla en la enfermería del Perseo, esperé impaciente, con mi mono bajado hasta la cintura.
Por fin, aparecieron dos soldados, acompañando a Lena. Estaba esposada.
-Por favor, quitadle las esposas, -ordené.
-Si, mi coronel, -respondió uno de los soldados mientras empezaba a quitarle los grilletes-. Solo estamos cumpliendo las normas. Todos los esclavos que circulen por una nave de la flota armada, debe ser esposado.
-Lo se, -respondí- .Retiraros.
-Si, mi coronel.
Lena se frotó las muñecas recién liberadas y cuando se cerró la puerta, me abrazó, besándome.
-¿Coronel? ¿Quien eres tú en realidad?, - me preguntó-. Creía que estabas muerto.
-Deja eso ya. Necesito que me cures. Me duele bastante.
-¿No hay médicos aquí?
-Ninguno como tú.
Empezó a curar mi herida, con suma suavidad y mientras lo hacía, me preguntó de nuevo.
-Las personas que éramos esclavos en el Hiperión, ¿qué va a ser de nosotros?
-Se comunicará a sus familiares o amigos que han sido encontrados. Si tienen estos el dinero suficiente para comprar su libertad, les serán entregados.
-¿Y si no pueden hacerlo?
-Serán vendidos.
-Eso es injusto. La mayoría de nosotros fuimos secuestrados y esclavizados ilegalmente.
-Lo se. Pero no puedo hacer nada. Es la ley. ¿Tú......?
-Si, ¿yo, qué?
-¿Tienes alguien que pueda pagar tu libertad?
-Mis padres son pobres. Gastaron todos sus ahorros en mis estudios.
-¿Ningún amigo tuyo lo haría?
-No.
Se tapó la cara con sus manos y comenzó a llorar .Me sentí terriblemente mal.
-¿Has terminado de curarme?, -pregunté para cambiar de tema.
-Un segundo, -respondió y tras secarse las lágrimas con el dorso de su mano, finalizó la cura.
La conduje a una cabina desocupada. Lena debía descansar y yo no aceptaba que estuviese encerrada con los otros esclavos del Hiperión.
Tras descansar un rato yo también, me encaminé a la zona de calabozos, donde estaban encerrados los piratas. Entré en la sala de interrogatorios. Allí estaba sentado Pallás, con las manos esposadas tras su espalda y con el rostro ensangrentado.
-¡Vaya!, -exclamó este al verme entrar-. ¡Eres como una caja de sorpresas!
Entonces se fijó en lo galones que lucia en el siniestro uniforme militar que yo me había puesto para la ocasión.
-¿Coronel? Si, toda una sorpresa. Si esta nave es el Perseo, tú debes ser el celebre coronel Negro.
No respondí a su afirmación.
-Tú eres en realidad como yo, -afirmó Pallás de nuevo.
-No me equipares a ti, -respondí irritado. -No soy un criminal.
-Eres todo un asesino en serie, no lo niegues. ¿Cuantas naves destruiste cuando pilotabas monoplazas de ataque? ¿Cuantas personas mataste al hacerlo?
Saqué mi arma reglamentaria y puse el cañón de esta en su frente.
-Debí matarte cuando pude. ¡Que gran error!, -dijo Pallás.
-¿Donde esta Irina? , -pregunté.
El comandante pirata rió con una estridente carcajada y respondió.
-Se la vendí a Víctor Jalabuch. De hecho él encargó esa operación.
-Bien.
Guardé mi alma y abandoné esa sala.
Lena dormía en su cabina. Pasé varias horas comunicándome con el registro de esclavos y mi oficina bancaria.
Horas después, la hice traer a mi camarote.
-Lena, -le dije-, he abusado de mi posición. No me gusta hacerlo, pero era necesario.
-¿Qué quieres decir?
-He usado mis privilegios como general. No he debido esperar el tiempo reglamentario establecido.
-¿Y?
-¡Te he comprado! Eres mía.
-Soy.......¡tu esclava!
En su rostro apareció una triste sonrisa.
-No te preocupes. Ya he formalizado la solicitud para que te liberen en el registro de esclavos.
Entonces se abalanzó sobre mi, besándome, llena de pasión.
Horas después, ambos, nos encaminamos al hangar y accedimos a mi nave personal.
-¡Vaya!- exclamó el ordenador de esta, con una voz femenina-. ¡Dichosos los ojos! Ya creía que no te iba a ver más.
-No has tenido esa suerte, -respondí.
-¿Quien es esa mujer?¿Qué veo en su cuello? ¡Una esclava! ¿Es tuya?
-Es Lena.
-Hola, -saludó esta.
-Jasón, -continuó el ordenador- , eres un hipócrita. Tanto tiempo aguantado tus perogrulladas contra la esclavitud y ahora me apareces con una esclava. ¿Como has podido caer tan bajo?
-Cállate. Ceba los inyectores. Nos vamos, ¡ya!
-¡Nos vamos! ¡Por fin! ¿A donde?
-A Ceres.


esto esta en todorelatos.com y es de @ El_Juglar