A las 11 de la mañana, la luz que se filtraba por la persiana maltrecha del viejo depto. de Mardel me me despertó, mal o bien, con mi participación como actor de reparto en la fiesta de mi prima durante la madrugada, había terminado por dormir unas cuantas horas. Pasé los siguientes 15 minutos, todavía medio embotado por el sueño, recordando los acontecimientos del día anterior, desde la frustrada firma de la escritura habían pasado apenas 24 horas, en las cuales todo la experiencia sexual de unos 20 años de vida activa parecía ahora parte de la película Bambi.
Había descubierto en mi prima Sandrita una verdadera picadora de carne, insaciable, deshinibida y casi despiadada. Ella dijo que le habían dicho que era una ninfómana, pero pensaba que era puta nomás. Para mi, era las dos cosas: una ninfómana puta.
Estaba en esos pensamientos cuando la puerta de mi dormitorio se abrió y Sandrita entró sonriente, con el equipo de mate y un paquete de Don Satur. Volvía a ser aquella campesina macanuda, desprovista de sensualidad. Volvía a ser mi prima Sandrita de antaño. Pero mi pija maltrecha no se lo creyó y al sentir su presencia comenzó a ganar tamaño y dureza bajo las sábanas. A todos les habrá pasado de terminar una comida tan lleno, a veces hasta asqueado y pensar que jamás en su vida volverán a probar bocado. Sin embargo al otro día empieza a picar el bagre y le entran a la pizza fría de la heladera. Lo mismo me pasaba con mi prima, después del empacho de sexo del viernes. Ahora, sabiendo lo que escondía entre sus piernas y sobre todo en su cabeza, el deseo volvía a nacer.
Entró a los gritos, le faltó decir “ave maría purísima” para completarla, “dale Claudio, que el día es corto, hay que aprovechar”.
Se sentó a los pies de la cama, hablamos de boludeces, del clima, de la escribana, de lo venido abajo que estaba el depto., etc hasta que el sexo volvió al tapete.
-“Perdoname si ayer me mandé alguna, si te hice pasar vergüenza, pero yo soy así, soy del campo”, me dijo. Yo le dije que aunque algunas cosas me habían sorprendido, a la mayoría las había disfrutado, eran nuevas para mí. Entonces me dijo que para ella ya era normal, que ni me imaginaba las cosas que había hecho. Me contó cosas que hasta a ni yo me animo a transcribir. Me dijo que desde su debut sexual (a muy temprana edad y en circunstancias que tampoco me animo a contar, pero que incluye el acoso de ella a un vecino) no recordaba haber dicho que no a nada que le hubieran propuesto, siendo ella la que generalmente proponía.
Había participado en orgías, la habían bañado en leche, se había enfiestado con 2 trabas en un viaje a capital, había llegado a agarrarle la pija a un caballo (hasta ahí voy a contar). Me dijo que una vez le chupó la concha a una amiga embarazada, más o menos igual de puta que ella y le había tomado la leche de las tetas. Experiencias sexuales con comida y bebida. Paro ahí, el resto es desagradable de verdad. Esto el Emilio lo sabía, pero se ve que también le gustaba la fiesta y estaba dispuesto a sacarle los frutos a semejante puta.
Mate va, historia viene, mi erección comenzó a ganarle la batalla a las sábanas y se ve que Sandrita lo notó, porque de repente apoyó el equipo de mate en la mesita de luz, y con naturalidad me destapó, metio la mano e hizo asomar la cabeza por la bragueta, hasta que toda mi importante verga quedó afuera. Esta vez, casi delicadamente para su estilo, empezó a mamar con tranquilidad, como sabiendo que mi glande estaba herido y un rato de sexo violento podían dejarlo definitivante fuera de combate. Chupó como si fuera un helado, pero su instinto pudo más, aumento el ritmo y terminó por tragarsela hasta la garganta, se la comía entera en cada vaivén, produciendo una arcadita cada vez que el duro trozo de carne le llegaba hasta el esófago. Después de tanto sexo, me costaba cada vez más acabar, por lo que mamó casi media hora. Yo le decía que dejara, que más tarde era mejor, que no quería acabarle en la garganta para que no vomitara, pero eso más la estimulaba, ni me miraba a los ojos, para ella el mundo en ese momento se circunscribía a mi chota y su boca, estaba ciega sorda y muda. Cunado ví que se acercaba el final, ya me había dado por vencido. Mi chorrito de semen pasó sin escalas a su estómago y recién ahí pareció regresar en sí. Me dio un beso, con gusto a leche y se fue.
Yo que quería empezar el día más tranquilo, después de una hora de despierto ya había echado mi primer lechazo. Para ella, ese ritmo de uno por hora parecía normal. Me alivié cuando me dijo que salía a hacer unos mandados, me daba tiempo a recuperarme, juro que la punta de la pija ya me dolía, y mis acabadas daban lástima, pero quería seguir disfrutando mientras más pudiera de esa puta con un cuerpo impresionante envuelta en la piel de desarreglada campesina.
Yo también salí por las mías, fui a almorzar al puerto, recorrí Mar del Plata, miré vidrieras y llegó un momento en que, increiblemente, el recuerdo de mi prima me paraba la pija. Volví al departamento cerca de las 4, con ganas de verla. Estaba sentada en el living, tratando de ver algo de tele en blanco y negro, creo que trataba de adivinar los culos de Sábado Tropicales.
Hablamos dos o tres pavadas hasta que yo, mimetizado ya con ella, le gané de mano y le dije: “querés que te afeite la conchita?”. Yo ya venía con esa idea desde la primera vez, cuando de ese máquina de sexo que era Sandrita desnuda lo único que desentonaba era el matorral de su concha. Creo que si le hubiera ofrecido 10 mil dólares no se hubiera puesto tan contenta. Aplaudía y gritaba estusiasmada y ni siquiera me dio tiempo de ir a buscar los implementos, que ya me estaba peteando otra vez.
Me escapé como pude mientras se desnudaba y se iba para mi pieza. La tarea no fue sencilla, una vez que estuvo encremada pelé la Prestobarba, pero me daba miedo lastimarla, ella parecía no notarlo porque estaba entretenida jugando con sus oscuro pezones, a los que yo les daba una chupadita cada tanto, igual que ella a mi pija. Para cuando terminé, ella estaba tan caliente que no le importó que le hubiera quedado un poco irritada y me pidio a los gritos “chupame la concha, por favor chupamela, haceme acabar puto”. Era un pedido sin sentido, porque ella se la pasaba acabando. Después de un rato, se la metí, está vez con forro, porque no me gusta andar sacandola a cada rato, y a ella tambíen le gustaba siempre adentro. Serruche a lo loco, me mojó los huevos, me aturdió con las puteadas, pero me hizo acabar con un orgasmo largo e intenso que parecía mimetizado con los de ella. El estreno de su concha depilada no podía haber sido mejor, fue el más placentero del fin de semana, y tuvo su corolario cuando mi prima del campo, que no podía ser mas puta, me sacó en preservativo y se volcó en su boca todo su contenido, cerró los labios y tragó. “Yo no entiendo como hay chicas que lo tiran al inodoro”, dijo. “Preparate porque esta noche cojemos en el casino”, agregó y yo de ninguna manera pensé que en la casa de piedra encontraríamos abrupto final a nuestro raid sexual.