Una de las cosas que paso durante este tiempo que estuve sin escribir fue que rompí definitivamente con mi novio. Tratamos de rehacer la relación pero no se pudo. Lo intenté pero… soy muy puta para estar en pareja, por lo menos en este momento. No me gusta engañarlo y de verdad me duele cuándo existe alguna sospecha de su parte, ya pasamos por eso. No quiero herirlo, así que creo que lo mejor es que cada uno vaya por su lado.
Lo que selló el destino de nuestra relación tuvo lugar un par de domingos atrás. La semana anterior había estado con Raúl y ya había recibido su llamada para que me presentara a un nuevo trabajo el siguiente lunes. El domingo anterior estaba aburrida en casa, llamé a un par de amigas pero ninguna estaba disponible, así que, ¿que mejor oportunidad para pasar por el depósito y estar un rato con Miguel? Ustedes saben como es lo del depósito, es una adicción, algo de lo cuál no puedo prescindir, así que me cambié de ropa, me perfumé un poco, le dije a mi mamá que iba a lo de Naty y salí corriendo hacia el lugar en donde mis sueños se vuelven realidad… jaja.
Miguel me recibió como siempre, con una sobada de culo que me hizo estremecer hasta el meñique del pie.
-Hace rato que no venías pendeja, no sabes como tengo la poronga- me susurró al oído sin dejar de meterme mano.
Supe como la tenía al tocársela por sobre el pantalón. Estaba como de piedra, formando bajo la bragueta una comba que excedía el límite de uno de los bolsillos.
-¡Hijo de puta, cada vez que vengo la tenés más grande!- le dije y girándome hacia él le comí la boca.
Nuestros besos no son como los que le darías a un novio o a un amante, no son los besos que le doy a Raúl, con Miguel nos comemos, nos devoramos, nos mordisqueamos, a veces usamos solo las lenguas, nos las chupamos, nos las mordemos, jugamos con nuestra saliva en la boca del otro, nos degustamos en todas las formas posibles. Esta vez, como tantas otras, no pude esperar llegar a nuestro “nidito de amor”, ahí nomás, a metros de la puerta, me hinqué de rodillas en el suelo, y le desabroché el pantalón, descubriendo en todo su esplendor aquello con lo cuál mi vida adquiere otro significado. La pija de Miguel emergió ante mí en toda su soberana inmensidad, destilando jugos por doquier, llenando todo el ambiente con ese olor a huevo que resulta tan embriagador. Se la agarré con las dos manos, decidida a no dejarla escapar, y me puse a chupársela con frenesí, con todas mis ganas, comiéndomela hasta donde podía, llenándome la boca y hasta la garganta con tan apetecible pedazo de carne. Se la chupaba y lamía al derecho y al revés, subiendo y bajando por todo su glorioso contorno, tragándome con suma avidez el juguito que soltaba.
-¡Ahhhhh… si pendeja… si… chupala toda… ufffff… que rico… que bien usas la boquita… que flor de petera sos…!- me decía Miguel entre exaltados suspiros, disfrutando a más no poder mi mamada.
De a ratos él mismo me la sacaba de la boca y con ella me golpeaba en la cara, como si fuera una cachiporra, golpes que yo recibía con el mayor de los gustos, abriendo la boca y sacando la lengua, pidiéndole, suplicándole que me la diera a comer de nuevo. Entonces me agarró de la cabeza con ambas manos, me acomodo bien frente a él y de un solo empujón me la hizo comer hasta las amígdalas. Sentí que se me tapaban todas las vías respiratorias, sus huevos, gordos y peludos, se aplastaban contra mis labios, queriendo entrar ellos también en mi paladar. Los ojos se me llenaron de lágrimas cuándo empezó a cogerme por la boca, atravesándome hasta la garganta con ese candente pedazo de carne que cada vez parecía ponerse más y más duro. Lo metía y sacaba, metía y sacaba, me hundía la verga hasta las amígdalas, sin importarle un carajo que me faltara el aire por la forma tan violenta en la que me hacía chupársela. La verdad que a mí tampoco me importaba, morir sofocada de esa manera, atragantada de pija, se me ocurre que debe ser la forma más gratificante de irse al más allá.
Teniéndome todavía arrodillada, y a su completa merced, me sacó primero la campera y luego la blusa por encima de mi cabeza, desnudando mis pechos, a propósito no me había puesto corpiño, por lo que mis inflamadas masas de carne emergieron rebosantes ante él. Sin darme ningún respiro enseguida puso la pija entre ellas y empezó a hacerse una turca de ensueño. Cada vez que la cabeza, toda hinchada y enrojecida, emergía de entre mis tetas yo le daba una lamida o una chupada, saboreando el néctar que fluía inagotable del orificio de la punta. Entonces me la sacó, me la arrebató, dejándome boqueando en el aire, me levantó del suelo y de forma prepotente me llevó al otro cuarto, ahí en donde nuestras cogidas pasan a ser antológicas.
Me saque la poca ropa que tenía encima (tampoco me había puesto bombacha), y me tiré en el colchón… aquel colchón… me puse en cuatro, y moviendo la cola le pedí, o mejor dicho, le supliqué que me la ponga. ¡Y como me la puso! Avanzó hacia mí, y apenas apoyó las rodillas en el colchón, ya me la había puesto. Me aferró de la cintura, amoldó su pelvis a mis nalgas y empezó a cogerme con un ritmo delicioso. No se puso forro, pero la calentura era tanta que no me importaba, además… necesitaba sentirla así, en carne viva, jugosa y caliente, resbalando por los confines de mi cuerpo. Apoyé la cara en el colchón, recostada sobre mis brazos, y disfruté con todos mis sentidos cada clavada, cada metida, cada sacada, empujando yo también mi cola hacia atrás, retrayendo todo mi cuerpo hacia ese émbolo de dicha y placer que me desquiciaba por completo.
Cuándo la excitación más intensa comenzó a hacerse patente en mi cuerpo, yo ya no gemía, sino que rugía de placer, sentir esa poderosa verga taladrando mis partes más íntimas, llenándome de gozo y satisfacción, era lo único que me importaba en ese momento, no tenía conciencia para nada más, mi concha se abría en pleno para recibir todo ese soberano trozo de carne que impactaba una y otra vez contra mi encendida humanidad.
-¡Puta… putita… como te gusta la garcha…!- me decía Miguel en un tono por demás lascivo, sin dejar de bombearme, asestándome un pijazo tras otro, embistiéndome con alma y vida, haciendo que mis nalgas resonaran estrepitosamente en aquel desolado ambiente.
Casi sin transición alguna, me la sacó de la concha y apuntó más arriba, hacía mi culito, me la refregó un poquito en la entrada, como lubricándome con mis propios fluidos, y me la metió. Me estremecí al sentirla pero no me aparté, me mantuve firme y expectante, esperando por todo el resto, no tuve que esperar demasiado debo decir, unos cuántos empujones y ya la tenía toda conmigo, desfondándome el orto. Volvió a aferrarse de mi cintura y empezó a culearme divinamente, entrando y saliendo por completo de mi culo, haciendo, cada vez que me la metía toda, ese ruido a choque de cuerpos que resulta tan incitante. Yo me meaba del gusto que sentía, con mis propios dedos me frotaba el clítoris sintiendo la densa humedad que manaba desde mi más recóndito interior.
Unos cuántos bombazos más y Miguel ya estuvo listo para la descarga… pero esta vez yo no quería que se desperdiciara.
-¡Te quiero adentro… quiero sentirte…!- le dije ni bien amagó sacármela.
No me pidió que se lo repitiera, me la clavó bien adentro y acabó caudalosamente, pero no solo eso, sino que también hizo a tiempo de sacármela y metérmela en la concha, regándome los ovarios con unos cuántos chorros de leche. Acabé yo también al sentirlo, estallando en mil y un jadeos, temblando toda, desde el pelo hasta los pies. Tras el impacto, me levanté y traté de ir por mi ropa, que estaba regada por diferentes lugares del depósito, y digo traté, por que sorpresivamente Miguel me agarró de atrás y me estampó de frente contra la pared. Todavía estaba con la pija al palo, pese a la cuantiosa descarga con que me había agasajado, seguía duro como una roca.
-¡Como me calentás pendeja… solo con vos me puedo echar dos polvos seguidos!- me dijo mientras me separaba las piernas y me la volvía a poner por atrás.
Pero no se conformó con un solo agujero, ya que me cogió de parada por ambos orificios, hasta que de nuevo volvió a situarse en el punto álgido del placer. Esta vez no me llenó ni el culo ni la concha, sino que me la sacó bien rápido y haciendo que me de la vuelta me indicó que me hincara frente a él. Así lo hice, sin titubeo alguno, ya sabía lo que pretendía, así que ni bien me encontré de rodillas frente a él, abrí la boca y esperé ansiosa la lluvia del placer. Todo cayó en mi boca, pese a que ya se había descargado abundantemente un rato antes, esta nueva descarga no fue menos cuantiosa, y me trague hasta la última gota, relamiéndome gustosa tras hacerle una más que merecida lustrada de sable.
Ahora si, la habitual palmada en la cola, y fui por mi ropa. Todavía estaba tambaleante, casi grogui, en silencio levanté mi ropa que estaba toda regada por el suelo, mi celular también estaba en el piso, cuándo lo levanto veo que la pantalla parpadea, me fijo y tenía como veinte llamadas perdidas y una cantidad similar de mensajes de texto. Todos eran de mi novio. Mi mamá le había dicho que estaba en lo de Naty, pero no era cierto, por lo de Naty ni siquiera me había asomado.
“¿Dónde estás?, ¿Qué estás haciendo?, ¿Con quién estás?...”, todos los mensajes eran del mismo tenor, era obvio que sabía que estaba cogiendo con alguien. Me sentí mal, por los dos, no me gusta llegar a ese extremo, pero no puedo evitarlo. Así que en ese momento supe que lo mejor para ambos sería terminarla ahí, no seguir juntos, por un lado había vuelto con Raúl, y por otro jamás podría prescindir de Miguel, y en ese revuelto de pijas que es mi vida, Enrique ya no tenía lugar. Fui clara desde el primer momento, incluso cuándo le devolví uno de los mensajes: “Si, estoy con alguien”, le puse. No hizo falta que dijera más. Ya no volvió a llamarme. Aunque si me envió un último mensaje: “Puta”, fue lo que me puso. No le contesté, no podía contradecirlo.







Putaputa
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