Cena de fin de año con la gente del trabajo. Como ya es habitual cena en Rodizio de Puerto Madero, y luego a tomar unos tragos y a bailar un poco en Asia de Cuba. Con respecto a la cena hay poco que decir, lo normal, charla, fotos, brindis y más fotos. Al terminar algunas chicas decidieron irse, yo me anime a quedarme un rato más, solo porque Marisa me insistió. En total éramos cinco las que entramos al boliche, Marisa y yo las únicas casadas. Aunque eso no es lo único que tenemos en común… jeje… ya que ella también tiene un amante, un vecino que vive frente a su casa. Cuándo hay oportunidad me cuenta sobre las hazañas sexuales que llevan a cabo, en ese aspecto yo soy mucho más reservada, no me gusta contar mis experiencias y vanagloriarme como si fuera una proeza ser infiel, razón por la cuán en lo que a ella concierne soy una esposa fiel y devota, aunque no quiere creerme que nunca le puse los cuernos a mi marido… y eso que le miento con ganas, eh.
Ya pasaba de la medianoche cuándo fui a la barra por el trago de regalo que viene con la entrada, pedí una “caipiriña” y me puse a bailar sola a un costado. En eso se me acerca un morocho terrible, completamente rapado y comienza a seguir mis movimientos. Lo deje hacer, total en cualquier momento me iba a reunir con mis amigas. Sin embargo cuándo emprendí la retirada, el morocho me siguió de cerca y poniéndose tras de mí, con sus manos en mis caderas, me susurró al oído:
-¿Ya te vas preciosa, te aburriste?- me lo dijo con un tonito caribeño, tan sensual y melodioso, que no me dio opción a seguir con mi camino.
Frené en seco entre la gente que estaba en la pista de baile, me di la vuelta y seguí moviéndome tal como me había estado moviendo antes, solo que ahora el no quitaba sus manos de mis caderas.
-¿Colombia?- pregunté refiriéndome a su posible país de origen.
-Barranquilla para ser más exacto- asintió.
-¿Estás de vacaciones?- continué entre sorbo y sorbo de mi trago.
-Si, visitando a unos amigos, ¿y tú?-
-Jajaja, no, yo vivo acá, cena de fin de año con amigas- le dije señalando al grupo de mis compañeras de trabajo.
-Son muy lindas... aunque la más linda de todas esta ahora conmigo-
-Gracias- me sonreí.
-Freddy... ¿con quién tengo el placer?- me preguntó entonces, ya más en confianza.
-Mariela- le dije extendiéndole la mano que tenía libre.
Decir que la ignoró completamente y me dio un beso en la mejilla, muy cerca de los labios.
-Encantada de conocerte... Freddy- añadí con una sonrisa, dando por sentado que el beso no me había disgustado.
Seguimos bailando, tranado de charlar un poco entre la música y el bullicio de la gente, hasta que le pedí que me disculpara, que tenía que ir al baño. En el camino me encontré con algunas de mis compañeras bailando también con algún que otro chico que habían conocido dentro del boliche.
-Lindo papito te levantaste, guacha- me dijo Marisa, al pasar junto a ella.
-No seas tonta, no me levanté nada, solo estamos bailando- le repliqué.
No me contestó, solo se limitó a chuparse el dedo pulgar como un recién nacido, dándome a entender que no creía en mis palabras. Seguí mi camino, entré al baño y después de orinar me retoqué un poco el maquillaje. Pensaba en que iba a hacer con ese chico colombiano. La verdad era que me gustaba, pero se estaba haciendo tarde y tenía que volver a casa, mi marido ya me había envíado un par de mensajes, los cuáles le contesté diciéndole que no tardaría demasiado. Pero ya estaba por ser la una... si me lo hubiera encontrado antes, pensaba. Salí del baño y crucé el pasillo obnubilada por las luces de la pista, apenas alcancé a reaccionar cuándo alguien me agarró del brazo, me atrajo hacia él y me besó en la boca.
-Te extrañaba- me susurró al separar sus labios de los míos.
Aunque había salido del baño pensando en volver a casa cuánto antes, el colombiano ya me había atrapado. Sin pensar en responderle, lo volví a besar con la misma intensidad.
-Me gustaría llevarte a un lugar más... tranquilo- me propuso luego del beso.
-Mira, estoy casada y no me gustaría que mis compañeras me vean salir de acá con alguien que recién conozco- le dije -¿Porque no me esperás afuera, en el estacionamiento, y de ahí vemos que hacemos?-
Estuvo de acuerdo, un nuevo beso en la “acogedora” penumbra del pasillo y se despidió hasta muy pronto:
-Te voy a estar esperando- me dijo y se fue.
Cuándo lo vi salir del boliche fui adonde estaban mis compañeras y les dije que yo ya me iba.
-¿En serio? ¿Porque no te quedás un rato más así te acompañamos?- me dijo una de ellas.
-No, ya es tarde, además mi marido ya me estuvo llamando, mejor me voy, no quiero tener problemas- insistí y me despedí de cada una.
Ya me estaba yendo cuándo Marisa me alcanza por entre la gente.
-¿Te vas con el morocho ese guacha?- me pregunta toda exaltada.
-No, ya se fue hace rato- le dije.
-Dale boluda, a mí no me mientas, si los vi bailando bien apretaditos, y como te tocaba el turro-
-No, te habrá parecido, me voy a casa porque mi marido me esta esperando- le insistí, le di un beso y seguí mi camino hacia la puerta.
-Que la pases lindo...- me gitó a lo lejos -... y echate uno por mí- agregó riéndose.
No le hice caso, salí del boliche y corrí hasta el estacionamiento. Ahí estaba Freddy esperándome. Me acerque para decirle algo pero no me dejo, enseguida me aferró con sus enormes manos por las caderas y me volvió a besar en esa forma que tanto me derretía.
-Te quiero coger- me susurró luego, haciéndome estremecer hasta lo más íntimo. –En mi país usamos otras expresiones pero “coger” es la que usan acá, ¿no?. ¿Lo dije bien?-
-Si, “coger” esta bien- asentí en medio de un suspiro –Y yo también quiero que me cojas-
Otro beso, una rápida apretada contra la carrocería de un auto, y corrimos a buscar un taxi. Por suerte encontramos rápido uno.
-Por favor, llevanos a un albergue transitorio- le dije al tachero ni bien subimos.
-¿Alguna preferencia?- preguntó observándonos por el espejo retrovisor.
-El que este más cerca- respondí y me eche en los brazos de Luis Alberto, fundiéndonos ambos en un apasionado y jugoso beso que casi nos deja sin aire.
Pese a la cercanía del taxista, nos acariciábamos sin pausa, sin restricciones, sintiendo ya que el uno le pertenecía al otro. Por suerte no tardamos en llegar. El taxi nos dejo en el mismo estacionamiento del telo, por lo que en un par de minutos ya estábamos los dos a solas, en ese lugar más tranquilo que él mismo me había reclamado. Los besos y las caricias no cesaban, aunque ahora eran más profundas e incitantes. Así, en medio de aquel arrebato, sentí que mis piernas chocaban contra el borde de la cama. No impedí mi caída, por lo que caí sentada frente a él. Ante mí tenía un paquete de contundentes proporciones, hasta lo sentía palpitar por debajo del pantalón . Se lo acaricié por encima con ansía y avidez, desabrochando enseguida el cinturón, luego le desprendí el botón y por último le baje el cierre, metiendo toda mi mano en ese vórtice de perdición. Lo que sentí me estremeció, aunque todavía no se la había visto, podía asegurar que poseía un tamaño magnífico. Sin dejar de mirarlo a los ojos, la saque afuera, y comencé a meneársela, sintiendo como se iba endureciendo en la palma de mi mano, y como una densa humedad me iba empapando todos los dedos. El aroma a pija, a macho en celo, me envolvió por completo. No se si saben pero ese aroma me puede, ese olor me desquicia, es mi máximo afrodisíaco. Mirándolo siempre, saque la lengua y deslicé la cabeza de la pija por encima de ella, comulgando mi propio sabor con el suyo.
Con la lengua se la recorrí de arriba abajo, y al llegar a la base, se la empujé hacia arriba, contra el vientre, y le besé los huevos, se los chupé con suma delectación, sintiendo en su interior la agresiva ebullición del placer. Volví a subir con la lengua, dejando trazados en su superficie caminos de saliva y entonces... me la comí. Freddy soltó un complaciente suspiro al sentir como mis labios absorbían su carne sin dificultad alguna pese al soberbio volumen que ostentaba. Siempre mirando hacia arriba se la chupé con fruición, comiéndomela prácticamente entera pese a sofocarme, aunque de a ratos me la sacaba de la boca y se la escupía varias veces para hacer más fluido el pete. Sus exclamaciones, con ese acento caribeño tan sensual, me incitaban y me motivaban a hacerle una mamada de antología. Al principio él se mantenía pasivo, disfrutando lo que yo le hacía, hasta que de a poco comenzó a moverse, así hasta que me agarró con ambas manos de la cabeza y ahora era él quién me la metía y sacaba haciéndomela comer hasta los pelos. Parecía como si me estuviera cogiendo por la boca, entrando y saliendo con un ritmo por demás fluido y acelerado. De a ratos me la sacaba y me pegaba en la cara con la pija, golpeándome una y otra mejilla, para luego volver a metérmela con más ahínco todavía. Aunque me ahogaba la recibía con el mayor de los gustos, disfrutando cada pedazo, cada porción, estaba riquísima, absolutamente deliciosa... un manjar de excepción.
Luego de un rato me la sacó de la boca, interrupción que aprovechamos para desvestirnos. Nuestras ropas volaron por los aires, y al quedar totalmente desnudos, me metió los dedos por entre las piernas y los hundió en mi concha.
-¡Estás empapada...!- exclamó.
Lo agarré del cuello, lo atraje hacia mí y le comí la boca mientras sentía sus dedos moviéndose en mi interior. De a poco nos fuimos recostando, yo de espalda y él sobre mí, pero a la inversa, formando un incitante 69. Cuándo ya estuvimos respectivamente acomodados, levantó un poco su cuerpo y me apuntó fatalmente con su pija, no tuvo que decirme que abriera la boca, yo sola la abrí y cerré los ojos, esperando de nuevo tan suculento bocado. Entonces se dejó caer y me la volvió a clavar hasta la garganta, sofocándome con su carne turgente y nervuda, a la vez que con la lengua comenzaba a recorrer la forma de mis labios íntimos. Me abrí toda para él, entregándome sin renuencia alguna, sin guardarme nada, ansiosa por que me chupara hasta lo más íntimo. Así lo hizo, claro, mientras yo volvía a engolosinarme con ese baluarte de vigor y virilidad que se alzaba entre sus piernas. Estuvimos así un buen rato, degustándonos sin control, comiéndonos como dos fieras hambrientas, tras lo cuál Freddy se levantó, se colocó el preservativo, y acomodándose por entre mis piernas se preparó para darme lo que tanto me urgía.
-¡Si... veni... cogeme... soy toda tuya!- le decía en pleno trance extático, viéndolo venir hacia mí, abriéndome toda para que me la metiera sin dificultad alguna.
Ya en posición me apoyó la cabeza en la entrada, presionó firmemente hacia adentro y... no tuvo que hacer nada más, mi conchita se lo tragó casi por completo, digo casi porque quedo afuera solo un pedazo que él mismo se encargó de meter mediante un fuerte y preciso empujón. Un alarido escapó de entre mis labios al sentir la brutal estocada, arqueé la espalda como para darle más cabida y me estremecí toda, disfrutando intensamente la forma en que comenzaba a moverse, dentro y fuera, acelerando cada vez más. Al sentirla en la concha tomé verdadera conciencia de lo gorda que era, ya que me llenaba absolutamente todo, sin dejar ni siquiera un mínimo resquicio. Me aferró de los muslos y comenzó a cogerme en una forma por demás deliciosa, golpeándome con la cabeza en las paredes del útero cada vez que me llegaba hasta el fondo. Cerré los ojos, me mordí el labio inferior, y me dispuse a disfrutar de tan sensual aniquilamiento, dejándome avasallar por esas ráfagas de sensaciones que me situaban en la cima de la Gloria. Aunque recién habíamos empezado, ya me sentía bien cogida por ese colombiano. Sin embargo todavía faltaba lo mejor. Luego de un inmejorable comienzo, me la sacó, me dio la vuelta, poniéndome en cuatro, y dándome unas cuántas palmadas en la cola, me la volvió a meter desde atrás.
-¡Ahhhhhhhh...!- me estremecí al sentirla.
Podré sentirla mil veces, pero cada vez es diferente. Me agarró bien fuerte de la cintura, tomó envión y empezó a darme. Una y otra vez... sin parar... conmoviendo todo mi interior con ese suculento pijazo foráneo que me calzaba a la perfección. El sonido del sexo y nuestros gemidos llenaban la habitación, una sensual sinfonía que nos erizaba hasta el último vello del cuerpo.
-¡Más... más... dame más... cogeme... hacémela sentir toda... dale... metémela más fuerte!- le pedía entre exaltados supiros, moviéndome con él para sentirla aún más profundamente.
Por supuesto que él me complacía absolutamente, acelerando todavía más sus embestidas, colmándome de plácidas sensaciones.
-¡Ahhhhhh... si... así... si... ahhhhh... que gusto... como te siento...!- asentía gustosa, disfrutando la forma en que me abría la concha con esa verga monumental.
A partir de ese momento las poses se sucedieron vertiginosamente, me ponía así y asá, al derecho y al revés, me usaba como a una despojada muñeca de trapo, toda posición era buena para que me la metiera, y debo admitir que daba gusto sentirla así, desde los más diversos ángulos, aunque de costado y de sentada fueron mis posiciones preferidas. De costado, él tras de mí, penetrándome a su propio ritmo, mientras con sus manos me amasaba las tetas y me mordisqueaba de a ratos el lóbulo de la oreja, aunque yo insistía en buscar su lengua y hacerla jugar con la mía. De sentada el ritmo lo manejaba yo, él recostado en la cama, las piernas cayendo hacia el borde, los pies apoyados en el piso, y yo encima suyo, dándole la espalda, bien sentada y acomodada, con toda su pija dentro de mí, palpitando, engordando, vibrando, subía y bajaba sin descanso, la boca abierta, la concha chorreando, sintiendo en mi más profundo interior las incisivas clavadas de esa verga absolutamente deliciosa. Sentía que me retumbaba hasta en el cerebro, y aunque las piernas ya se me acalambraban de tanto sube y baja, no estaba dispuesta a interrumpir tan impresionante gozo. Seguí con más entusiasmo todavía, intuyendo el orgasmo que se acercaba, mis gemidos aumentaban, los del colombiano también, más, más, más, sí, sí, sí, me agarró bien fuerte de la cadera y justo cuándo mi polvo explotaba, el suyo también... ¡Ahhhhhhh...!... me mantuvo bien fundida a su pelvis mientras yo sentía que me desvanecía y me dejaba caer exhausta sobre su cuerpo, mi espalda pegada a su pecho. No podía pronunciar palabra alguna, solo gemidos, jadeos, suspiros y sonidos inentendibles salían de mi boca. Con una mano él me acariciaba dulcemente la conchita, recorriendo los labios que todavía retenían su hermosa verga, con la otra me apretaba las tetas, tan fuerte que parecía dispuesto a sacar leche de ellas.
Lo verdaderamente increíble es que después de semejante polvo lo sentía todavía duro en mi interior, apenas se había deshinchado un poco. Ya habiendo recuperado el aliento, me levanté, disfrutando esa sensación de la pija al salirse y me recosté a su lado. Nos besamos por un largo rato, tras lo cuál se levantó y se sacó el forro. Lo tiró en un cesto que estaba al costado de la cama, pero... todavía estaba al palo. La verga medianamente erguida se balanceaba de un lado al otro.
-Parece que quiere más- le dije sonriéndome en clara alusión a la erección que ostentaba.
-Es que eres una mujer increíble, ¿quién podría tener suficiente contigo?- me aseguró.
-Que bueno, porque yo también quiero más, y además... te faltó algo- le dije palmeándome yo misma la cola.
Se acercó hacia donde yo estaba recostada, puso una rodilla en la cama y me acercó su todavía palpitante pija para que la volviera a disfrutar. Me la comí de una, chupándosela con frenesí, saboreando cada pedazo, sintiendo como las venas se hinchaban todavía más. Cuándo ya estuvo en su punto máximo de nuevo, me acomodé boca abajo y levantando la cola le ofrecí mis encantos posteriores. Enseguida se puso otro prservativo, se me acomodó por detrás y acomodó la punta justo en la entrada. Antes de hacer nada me preguntó si quería que me lubricara. Le dije que no con la cabeza, por lo que enseguida sentí la presión de toda esa masa de carne contra mi endeble agujerito trasero. Cerré los ojos, apreté las sábanas en mis puños y aguanté ese primer avance, el que más duele. Te pueden haber roto el culo mil veces, pero ese primer embiste siempre te va a doler, y ahí precisamente reside todo el encanto de este asunto.
-¡Ahhhhhhh... ahhhhh... ahhhhh...!- mis quejidos se hacían cada vez más espaciados a medida que el inmenso trozo me iba llenando con su magneficencia.
De verdad que la tenía gorda, pensé, pero aún así la quería sentir toda adentro, aquel colombiano tendría que volver a su país sabiendo que esta puta argenta podía aguantarle el ritmo. Ya prácticamente se estaba convirtiendo en un asunto de patriotismo. Sin llegar todavía hasta el fondo, la fue sacando y metiendo cada vez más, con cada metida me aplicaba un golpe más fuerte, y yo sentía mis vísceras contraerse ante la avasallante invasión de aquel pequeño gigante.
-¡Ahhhhhhh... siiiiiii... seguí... no parés...!- le pedía casi en estado de éxtasis, abriéndome yo misma las nalgas con una mano, para ensanchar aún más el agujero que lo recibía.
Era delicioso sentir ese avance dentro de mí, ese fluir constante que me aniquilaba. Aunque la tuviera gorda era un privilegio tenerla clavada ahí.
-¡Siiiiiiiii... ahhhhhhh... siiiiiiii...!- bramé complacida al tenerla toda adentro, sus bolas chocando con la parte baja de mis glúteos me confirmaban la penetración anal total y absoluta.
Se quedó un momento ahí, quieto, inmóvil, acostumbrando mis esfínteres a su tamaño, tras lo cuál comenzó a moverse lenta y progresivamente. Casi por inercia busque mi clítoris con mis dedos y comencé a estimularme mientras sentía que él entraba y salía casi en toda su inmensidad. ¡Que placer, por Dios! Un placer infinito, incomparable. La gordura de su verga me hacía sentir el culo más lleno que nunca... rebosante de carne bien dura y jugosa. Cada ensarte me hacía delirar, envolviéndome en oleadas de placer cada vez más intensas y alucinantes. Empecé a moverme con él, buscando su verga cada vez que me la sacaba, pidiéndole, suplicándole que me diera más fuerte, que no me tuviera piedad.
-¡Más... más... rompeme bien el orto colombiano...!- le reclamaba entre exaltados jadeos, entregándole por completo mi culito para que me lo deshiciera a gusto y piacere.
Y por supuesto que el digno hijo de la tierra del café se despachó con una brutal andanada de metidas y sacadas que por poco me hacen volar de la cama. Yo seguía frotándome el clítoris, sintiéndolo ya del tamaño de una aceituna, encaminándome hacia un orgasmo anal por demás elecrtrizante. Freddy también parecía estar a punto, por lo que aceleró aún más en ese último trecho y entre fuertes rugidos me la dejo clavada bien adentro. Mientras sentía como el forro se llenaba con una nueva y cuantiosa descarga, llegué también al orgasmo, un torrente de flujo salió disparado de mi concha, era como si la leche del colombiano hubiera pasado de largo pese al forro y desembocara directamente de mi culo a mi concha. Caí derrumbada sobre la cama, arrastrándolo conmigo, nos quedamos ahí un rato, recuperando el aire, suspirando entrecortadamente, y riéndonos, riéndonos mucho. Luego del polvo nos quedamos charlando un rato y nos dimos una ducha, cuándo me di cuenta de la hora me quise morir. Casi las cuatro de la madrugada. Al revisar el celular tenía cinco mensajes de mi marido en la bandeja de entrada. Nos vestimos y salimos del telo con la urgencia típica de los que están de trampa. Tomamos un taxi y mientras hacíamos el trayecto hacia mi casa nos seguimos besando y acariciándonos como si recién nos hubiéramos encontrado. Llegamos a mi casa y nos despedimos con un efusivo beso de lengua. Eso si, antes de que se fuera nos pasamos direcciones de mail y de facebook, para estar en contacto y volver a encontrarnos en su próxima visita al país, ya que esta misma semana regresaba a Colombia para recibir el año nuevo con su familia.

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