He abierto un blog de relatos eróticos/porno. http://relatosdelacarne.blogspot.com
Aquí va el primero: Recordando la Carne

Hace ya bastante que lo dejé con mi última pareja. Aún así, mantenemos una relación
fenomenal y nos queremos mucho.
Desde que la dejé, no he tenido suerte ni en el amor, ni en el sexo...y cada vez lo necesito
más. Me vuelven loco las curvas, los pechos, los culos...mi apetito sexual se está descontrolando
¡Me follo con la mirada a todas! Pero no tengo ninguna suerte.
A raíz de esto, no paro de masturbarme. Cada vez encuentro nuevas formas de hacerlo y
cada vez son más frecuentes. Parece que la pubertad a vuelto a mí. Conozco todo el porno de
internet y me estoy convirtiendo en un experto (o en un enfermo): Jayden James, Carmella Bing,
Lacey Duvalle, Gianna Michaels, Codi Bryant, Mia Bang, Priya Rai, Sara Jay... Esta última, tal vez
no sea mi favorita, pero sus curvas extremas me vuelven loco. La voluptuosidad puede conmigo.
Además, esta actriz, Sara Jay, me recuerda mucho a mi última pareja. Existen diferencias
más que evidentes entre ellas: mi ex-pareja es morena, mucho más guapa y tiene mucho menos
pecho. Pero esa voluptuosidad enfermiza y ciertas formas hacen que el recuerdo sea inevitable. No
he podido evitar, al masturbarme con Sara Jay, terminar recordando o imaginando a mi ex. Y esto ha
llevado a que, últimamente, algunas veces solo lo haga pensando en ella.
Es que tenía un cuerpo hecho para la lujuria. Tenía una cara preciosa, redondita y con unos
bellísimos ojos marrones. Pero su cuerpo...su cuerpo era un conjunto de curvas infinitas donde
perderse dando rienda suelta a los pensamientos más obscenos. Su culo y sus mulos eran verdaderos
placeres de carne a los que podríamos dedicar relatos exclusivos. Sus pechos no eran muy grandes y
eran algo extraños pero, aún habiéndolos visto desnudos, tenía un arte para vestirlos y realzarlos
que, al verlos vestidos o con ropa interior, hacía que desearas verlos de nuevo pues parecían los más
inmensos y bellos. Todavía está muy tangible el recuerdo del sexo, con ella encima, rascándome el
pecho con sus pezones y yo agarrando ese pecado de carne que tiene por culo, mientras lo movía
con violencia y deseo.
Pero un cuerpo hecho para la lujuria no sirve de nada si su dueñx no está hechx para tal. Mas
este no era el caso. Lo descubriría tocando el interior de sus muslos...siempre chorreando, siempre
deseosos. Y poco más tardé en descubrir su ninfomanía y juntarla con la mía. Su mano se infiltraba
en mi pantalon, en público o en privado, buscando compañero de juegos. Sentados en reunión, ella
encima mía, sus caderas volvían a buscar compañero sin disimulo, sin pausa. Se comía mi sexo
hasta eyacular, y repetía, y repetía, y las masturbaciones y felaciones ya eran incontanbles.
Sus vestidos escotados, cortos y al viento, que al agacharse dejaban al descubierto, y sobre
aquellos hermosos muslos, un minúsculo tanga que se perdía entre aquel mar de carne. El mismo
mar de carne donde también se perdía mi mano buscando aquel enfermizo calor que mojaba todas
las bragas. El calor de aquella preciosa vagina que tanto me gustaba lamer. ¡Aquel sabroso coño
donde todo mi cuerpo se perdió!
Excelente fue el sexo con ella.
Cercano el verano, llegó su cumpleaños y, por supuesto, estaba invitado a la fiesta. Ella
estaba despampanante, como siempre. Se había cortado el pelo, le quedaba bastante bien, Vestía uno
de sus típicos vestidos que alzaba el pecho y dejaba volando el resto. Era un vestido nuevo,
estampado y, aunque ya conocía sus secretos, me volvieron a parecer los mejores pechos.
La fiesta de cumpleaños fue un fiesta excepcional: bebimos, reimos, hablé con ella, con
todos los demás y volvimos a reir. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Ya transcurridas unas
horas recordé con ella algunas cosas de nuestra relación, sobre todo temas sexuales, pero nada fuera
de la normalidad. Aunque sí hice mucho incapié en su potencial sexual, a lo que respondió con
risas.
Un rato después de esto, nos sentamos a jugar a varios juegos estúpidos, pero divertidos,
varios de los allí presentes. Al entrar ella, no quedaba ya ningún sitio y, tras contemplar otras
opciones, optó por sentarse sobre mí. Lo que, en un principio, fue totalmente inocente por ambas
partes. Poco a poco comencé a ser consciente de que volvía a tener ese pedazo de culo sobre mis
piernas, y empecé a tener calor. Por la manera en la que estabamos sentados, tenía una mano sobre
su muslo, sin ninguna intención. Mas, cuando el calor se fue apoderando de mí, no pude evitar
empezar a acariciarlo, muy ligeramente. Luché contra la tentación de colocar la mano bajo la tela,
pero un dedito me venció. Y, entre tanto, una erección se quedó aprisionada entre los dos. Era
imposible hacer que no la notara pues estaba entre sus dos cachetes. Me aceleré pensando como
perder esa erección para evitar una situación incómoda; opté por quitar la mano de sus muslo pero,
mis caderas se movían de forma instintiva restregando mi pene en el culo de la pobre amiga que
tenía sobre mí.
Aquel rato, al contrario de lo que pudo parecer, transcurrió de manera muy tranquila y la
interacción con mi ex-pareja y queridísima amiga lo fue también (a pesar de que mi miembro estaba
rozandose contínuamente contra ella). Al terminar de jugar y al levantarse mi ex, permanecí un rato
más sentado esperando a que bajase mi erección.
La fiesta, y el alcohol, siguió y ahora ella estaba subida sobre una silla bailando. Yo estaba
lejos y no muy pendiente, aunque alguna vez miré con deseo a sus muslos desnudos y en
movimiento, pero sin prestar mucha antención. Charlaba con mis demás amigos hasta que por
motivos del baile que se estaba marcando, o por las bromas que se gastaban entre sus amigas, su
vestido se levantó y su culo quedó al aire frente a mí. No pude verlo bien, pero ya no pude centrar
mi atención en otra cosa que no fuese la carne. Deseé volver al momento de los juegos y volver a
tenerlo sobre mí, me arrepentí de no haber aprovechado aquel momento para dar paso a otros juegos
de más antaño. El hambre de sexo se apoderó de mí. La lujuria tenía que desatarse.
Me volví con ella, tenía que dar pie a otro de esos momentos. Mis intentos eran tímidos
porque no quería herir a esa persona que tanto me importa, pero no reculaba ya que sabía que
existía la posibilidad de que ella también quisiera que se desatase la lujuria. Hablábamos y, sin
darme cuenta, estaba ya sentando junto a ella. Nuestra nueva conversación fue normal y mis
momentos de lucidez trataban de dormir mis ganas y mi calor, para que mis intenciones no fuesen
tan pecaminosas como lo eran.
Sería pura casualidad o, tal vez, los demás invitados se dieran cuenta, pero al cabo de un
rato, nos quedamos solos. Ahora era mi ninfomanía la que trataba de dormir a mi lucidez y ya no
quería que mi conversación fuese de lo más normal. Mi mano volvió a posarse sobre su muslo sin
oposición y sin respuesta. Fue un momento de incertidumbre. La mano subía y bajaba, alcanzando
en cada subida más altura, como pidiendo permiso. Al alcanzar altas cotas iba notando aquel calor
que ansiaba encontrar. Se tapó con un cojín y rápidamente la destapé, liberando aquel olor lujurioso
que desprendía su vagina. No pude evitar decirselo. Su mano imitó a la mía, intrudiciendo sus dedos
ligeramente en mi pantalón. “Permiso concedido” y mi mano subió a la cota más alta del volcán.
Nuestras manos volvieron a nuestros sexos y se esmeraron en el reencuentro. Tras un
ardiente y fugaz beso, la puse de lado para recordar al culo que me estaba volviendo loco. Subí el
corto vestido y contemplé y toqué aquella nalga izquierda que ahora tenía a la vista. Me faltaban
manos para saciar mis ansias de aquel trasero, que solo estaba cubierto por un minúsculo tanga rojo
de tira (cosa que contribuyó a mi desenfreno). De lado seguí jugueteando con ella hasta que urgué
de nuevo en su suave vagina. Me encataba masturbarla y oir y ver su respuesta.
Estaba volviendo a vivir aquellas magníficas sensaciones con aquella diosa del sexo y se le
tuve confensar “Me encanta este culo” “Cuantas ganas de volver a sentir este olor tuyo”. Saqué mis
dedos de su encharcada vagina y volví a besarla, poniendome encima de ella y restregando nuestra
ropa interior. Por un momento sentí miedo de despertar viejos sentimientos en ella, pero calmó mis
dudas respondiéndome con un agarrón en la polla.
Nos fuimos a su cuarto, no teníamos mucho tiempo. Sonreía al ver aquella momumental
figura de nuevo ante mí, mientras la tenía cogida de la cintura y comprobaba que no se tratase de
una imaginación a la hora de masturbarse. Me apetecía revivir aquellas jornadas de sexo calmado en
las que experimentabamos mil formas de hacernos sentir placer, pero no había tiempo y debíamos
pasar a la acción. Volví a masturbarla un poco, mientras mordía su coño y su ya sudada carne. Acto
seguido, ella se puso encima, para no perder las costumbres, sacó mi polla y me masturbaba
mientras se acercaba a mí. Nuestros sexos volvieron a estar juntos, yo desnudo y ella solo sin el
tanga, sin quitarse ni el vestido. Comenzó a cabalgar, me sentía infinítamente bien. Subí su vestido
para volver a vivir algo de lo que más me gustaba: mover su culo, fuertemenente agarrado, al
compás de mi amazona. Me incorporé un poco para bañarnos en saliva los labios, cuello y orejas.
Agarré con una mano sus pechos y saqué uno para morderlo. Su pezón se ponía erecto entre las
formidables penetraciones y, así, ella puso la banda sonora de gemidos, acompañados del choque de
su cuerpo contra el mío y la viscosidad de las penetraciones.
Me levanté, ella se quedó tal cual. Subí aún más su vestido. Tantee el terreno con mis dedos
y tras intruducirlos por enésima vez en su vagina ardiente y contemplar aquel irrepetible regalo a la
vista que tenía en popa frente a mí, metí mi pene, duro como una piedra, y empezamos a follar a
cuatro patas. Con cada embestida sus nalgas bailaban al son de la música de sus gemidos, aquello
me hizo perder totalmente la cordura y ya solo prestaba atención a su culo hipnotizador. El sexo se
volvió más sonoro y aquella música me estaba llevando a un extasis desconocido para mí o, al
menos, no recordado.
Me mandó abajo de nuevo. Le encantaba dominar la situación, a mi me encantaba que así
fuera. Repetimos la situación inicial. Ya estabamos empapados, embadurnados de sexo. Recuerdo
que ella tenía los ojos medio vueltos cuando levanté mi cadera y empecé desde abajo a penetrarla
fuerte y rápido. Se acercó más a mí, con la cabeza en mi cuello. La agarré con fuerza y continué
embistiendo, con media espalda levantada casi un palmo de la cama...hasta que al final un terrible
orgásmo se apoderó de mí culminando en una cálida eyaculación.
Al terminar jadeabamos inténsamente, abrazados. Hubo unos minutos que solo se oyeron
nuestras profundas respiranciones, hasta que volvió su cabeza, lamiéndome la cara, y dijo: “ Ha sido
el mejor regalo que me han hecho hoy”