Ayer (jueves) me quede dormida. La noche anterior estuve tomando unas cervezas con unas amigas y me pase de largo. Mi mamá casi me mata por llegar tan tarde, no solo por el horario en sí, sino porque la zona en que vivimos es peligrosa y más a esa hora de la noche. Pero bueno, llegué sana y salva, sin ningún rasguño.
La cuestión es que por la mañana, antes de irse a trabajar y dejarme el desayuno preparado, mi mamá me despertó para que me levantara, pero apenas cerró la puerta, cerré también mis ojitos y me volví a quedar dormida. Cuándo me desperté de golpe y sopetón ya eran casi las nueve. ¡Y yo entro a las nueve y media!
Me levanté como pude, me lavé, me vestí y sin tomar siquiera el desayuno, me despedí de mi abuelita y salí. Por suerte el colectivo llegó enseguida, ¡pero no avanzaba más! Paraba en cada esquina a levantar gente y parecía que solo subían y nadie bajaba. Ya me estaba desesperando, veía la hora en mi reloj y las agujas que avanzaban impiadosas. En una de esas paradas me baje del colectivo y decidí tomarme un taxi. Tomé el primero que paso, sin fijarme en el modelo, marca, estado, ni en la cara del tachero. Me subí y sin saludar prácticamente le indique la dirección: Rivadavia y Uruguay. De inmediato abrí mi cartera y comencé a contar las chirolas que llevaba, no fuera a ser que no me alcanzara. Por suerte llevaba suficiente, aunque quizás me quedara sin plata para el almuerzo. No importa, igual estoy a dieta.
Bueno, mientras el taxi avanza, comienzo a notar que el tachero me mira insistentemente a través del espejo retrovisor, por lo que solo alcanzo a verle los ojos, me resulta extraño por que no estoy vestida para matar, ni tampoco estoy en plan de levante, por lo que sigo mirando desinteresadamente por la ventanilla. En eso se anima y me pregunta:
-Sos Giselle, ¿no? Giselle S….-
Lo miro sorprendida. En ese momento se da la vuelta y por primera vez puedo verle la cara. Aunque estaba irreconocible lo saque al instante.
-¡Mariano… Mariano Torresi!- (antes que alguien me bardeé les aclaro que ese no es su verdadero apellido, sino uno bastante parecido)
Mariano es un ex compañero del Instituto Nuestra Señora de las Gracias, ahí en Cóndor al 2100, entre Bonorino y O´Gorman, en Villa Soldati, claro, en donde hice parte de mi primaria y toda mi secundaria. No era lo que se dice un amigo, pero si un buen compañero. En esa época, la del secundario, yo no era tan suelta y liberada como puedo serlo hoy, por el contrario era bastante introvertida, ni siquiera estuve de novia, por lo que aunque más de uno supo tirarme los galgos, Marianito incluido, no llegó a pasar nada con ninguno de mis compañeros. Ni siquiera en el viaje de egresados a Bariloche, en donde más de una de mis compañeras supo debutar sexualmente. Yo, en vez de arriesgarme, me mantuve inmaculada por bastante tiempo más. Recién debuté a los 20, cuándo conocí a mi novio, o a mi ex mejor dicho.
-Tanto tiempo negrita, mirá donde te vengo a encontrar- me dice.
-Tanto tiempo porque no vas a las reuniones de egresados, ¿no sabés que nos juntamos cada tanto?- le cuento.
-Si, recibí algunos mails, pero la verdad es que no tengo tiempo, sabés como es esto, me casé, tengo hijos, por lo que me paso el día laburando- trata de explicarme.
-¿Te casaste?- me sorprendí.
-¡Si, hace un par de años!- asintió a la vez que sacaba una foto de la guantera y me la mostraba. En la foto estaba con su esposa y sus dos pequeños hijos en el zoológico de la ciudad.
-¿Dos años y dos hijos? ¡Vos si que no perdés el tiempo!- bromeé.
-No sé si te acordás, pero nunca fui de perder el tiempo, vos fuiste la única que se me escapó- comentó.
-Me le escapé a varios- le recordé.
-Jajaja, si- se rió –Si hubieras querido te habrías volteado a medio colegio, todos te la querían poner pero vos inmutable-
-Si, era medio boluda en esa época, pero te aseguro que si hoy estuviera en el secundario no dejo títere con cabeza- le confié devolviéndole la foto y diciéndole que tenía una muy linda familia.
Me dio las gracias por el halago y agregó:
-¿Qué pasó? ¿Te desataste?-
-Algo así, digamos que aprendí a no perder el tiempo también-
-Jajaja, entonces sos de las mías- se volvió a reír.
Seguimos viaje y entonces se me empezó a ocurrir cierta idea malévola, como muchas de las que tengo últimamente… jajaja. Lo cierto es que siempre me pareció que tenía un asunto pendiente con el secundario, como que me había quedado una materia sin rendir, pese a que había aprobado todas y me había recibido de Bachiller. Ustedes me entienden, no me había garchado a ningún chico, y eso que había tenido miles de propuestas, pero como dije, era de lo más boluda y no supe aprovechar aquello que se me presentaba en bandeja de plata. Y la verdad es que Mariano Torresi siempre había sido uno de los chicos que más me gustaban, aunque nunca había tenido el coraje de tirarle onda o de hacerle saber lo que sentía. Además siempre me había intrigado algo con respecto a él, y era que en el colegio, todos sus amigos no lo llamaban por su nombre, sino por su apodo que era: “Tripa”. Por supuesto que con el tiempo entendí el motivo de aquel apodo, pero en ese momento, habiéndolo vuelto a encontrar después de tanto tiempo, me parecía una buena excusa para que nuestra circunstancial conversación tomara otro camino mucho más interesante. Además, tenía otra cosa a favor, estaba casado, trabajaba todo el día, y no iba a las reuniones de ex egresados, por lo que no sería muy difícil sacármelo de encima después de haber conseguido lo que buscaba, y quizás hasta podría estar buscando lo mismo que yo, un polvo y nada más.
-Y decime- le dije de pronto -¿Te siguen llamando tripa?-
Me miro por el espejo retrovisor con los ojos entornados y respondió:
-Bueno, eso nunca se me va-
-Sabés que siempre me dio curiosidad saber porque te decían así- le comenté sosteniéndole la mirada.
-¿En serio no sabés?- preguntó.
-Bueno, se me ocurren varios motivos, pero ninguno me convence, quizás me puedas ayudar a sacarme la duda- le digo con una sonrisa que no deja lugar a segundas interpretaciones.
Al escucharme suelta una carcajada.
-¿De que te reís?- le pregunto.
-Perdona, pero es que se me ocurre una sola manera de sacarte esa duda que tenés- me dice.
-Ah, ¿y cuál es?- vuelvo a preguntar.
Carraspea, duda un instante sobre contestarme o no, y finalmente asiente:
-Mostrándotela-
-¿Mostrándome qué?- me hago la que no entiendo.
-Ya sabés… mostrándotela…- responde haciendo un evidente gesto hacia su entrepierna.
Me hago la sorprendida. Como si todavía fuera la boluda de la secundaria.
-¿Qué? ¿Eso? ¿Por eso te dicen tripa?- replico.
Asiente con la cabeza.
-Y bueno… si con eso me saco la duda- le digo, como si se tratara de algo que tenía que resolver si o si ese día.
-¿Estás segura?- quiere saber antes de hacerlo.
-¿Qué? ¿No era que no perdías el tiempo?- le recuerdo en tono desafiante.
Ahí mismo se decidió. En un semáforo aprovechó para bajarse el cierre de la bragueta y pelarla. La sacó afuera y… ¡era algo impresionante! Aunque la tenía dormida, era de un tamaño descomunal. Ni me imaginaba lo que sería en plena erección.
-Tendrían que decirte tripa gorda- comenté al asomarme a través del asiento para vérsela mejor.
-Lástima que no puedas verla en su mejor momento, te sorprenderías en serio- me dice ya totalmente agrandado.
-¿Y quién dice que no puedo?- le replico.
Antes que el semáforo se ponga en verde, se da la vuelta y me dice:
-En serio que estás desatada-
-Ni te imaginás- le digo.
-¿Vamos a un telo?- me pregunta como si hiciera falta.
-Hago una llamada y ya estoy libre- le digo.
Mientras él rumbea para el primer telo disponible, saco el celular de mi bolso y llamo a la oficina. Me atiende una de mis compañeras.
-Hola Meli, ¿Cómo estás? Mirá, estoy un poquito indispuesta, así que no voy a poder ir, ¿podés avisar por favor? Gracias, mañana seguro nos vemos, chau-
Cuándo corté Mariano, o mejor dicho, Tripa ya estaba entrando al garaje de un albergue transitorio. Les voy a ahorrar todos los prolegómenos, los que anteceden a cualquier relación sexual, sea casual o no. Lo que si les voy a decir, es que cuándo estábamos sentados en la cama, franeleándonos de lo lindo, en algún momento me dijo algo que en mi adolescencia, más que un motivo de orgullo, era un verdadero complejo para mí.
-Siempre fuiste la más tetona del colegio- me dijo mientras me las amasaba –No sabés las ganas que te teníamos, hasta hicimos apuestas para ver quién te garchaba primero, pero perdimos todos-
Por supuesto que siempre fui conciente del tamaño de mis pechos, muy por encima del resto de mis compañeras, pero en la secundaria era todo un complejo, no me gustaba tener las tetas así de grandes, a veces hasta me ponía una faja para que no sobresalieran tanto… imagínense lo boluda que era… después por suerte aprendí a llevarlas con dignidad, a mostrarlas, a dejar que me las toquen, que me las chupen, que me acaben encima, y a hacer pajas turcas también y todo lo lindo que se puede hacer con un buen par de melones. Bueno, pero para no desviarme demasiado del tema, luego de entretenerse por un buen rato con mis gomas, llegó el momento de volver a descubrir aquella herramienta que le había adjudicado su apodo.
-A ver, dejame a mí- le dije antes que la sacara por sí mismo.
Apartó sus manos y puse las mías en acción, le solté el cinturón, le desprendí el botón del pantalón, le bajé el cierre y metiendo una mano por entre sus ropas atrapé al grueso objeto de mis deseos y lo saque a la luz. Ya afuera no lo solté, sino que lo seguí sosteniendo, sintiendo como se iba endureciendo de a poco. No exagero si les digo que apenas podía contenerla con una mano… esta bien, tengo la mano chica, ya lo sé, pero igual, apenas podía agarrarla y ni siquiera llegaba a cerrar por completo la mano en torno a semejante volumen. Para que se den una idea, se la agarraba con las dos manos, una al lado de la otra y todavía sobraba un pedazo. Y encima, por la forma en que él hacía que se moviera y sacudiera, parecía que estaba agarrando una boa, una pitón o algo así… de verdad que daba cierta impresión. La cosa es que entre mis dedos comenzó a mojarse, estaba caliente el flaco por lo que empezó a soltar por el agujerito de la punta ese líquido que sale antes del semen. Sin soltársela, lo esparcí por sobre la cabeza, que dicho sea de paso era mucho más ancha que el resto del tronco… como una frutilla en su punto exacto de maduración… “ésta no me entra ni a palos”, pensé en algún momento, pero luego consideré que una siempre debe estar “abierta” a nuevos desafíos… jajaja… así que se la empecé a sacudir haciendo que se le parara en una forma por demás brutal. Era un obelisco de carne, una torre de venas, un monumento a la verga por decirlo de alguna manera.
-Te la quiero chupar- le dije a Mariano y sentados como estábamos me fui agachando hasta quedar cara a cara con semejante desborde de virilidad. De cerca me parecía mucho más grande todavía. El olor que despedía me nublaba los sentidos, y el sabor… ¡ni les cuento! Pero sentada como estaba como que mucho no podía hacer, además estaba medio incómoda, así que me eche de rodillas en el suelo, me acomodé entre sus piernas y ahí si, inicié el ataque. Primero con la lengua, pasándola por los lados, dándole vueltas alrededor del glande, el cuál ya estaba completamente humedecido por el líquido ese que seguía saliendo sin control. La verdad es que me estaba demorando un poco con las lamidas porque no sabía si todo eso iba a entrarme en la boca, pero claro, tenía que intentarlo, no podía NO intentarlo, así que abrí la boca, me acerque todavía más y me comí la cabeza, más no me entraba, no tengo una boca muy grande… lamentablemente… así que debí conformarme con comerme solamente ese globo de carne que parecía inflamarse cada vez más. Con la lengua extendía todo ese fluido que soltaba, junto con mi saliva, por toda su superficie, ocupándome del resto no solo con la lengua sino también cono los labios y los dientes. Se lo mordía suavecito, mordiditas aquí, allá, saboreándolo en toda su generosa extensión pese a que no podía comérmelo por completo. Una pija así realmente merece que una se ocupe en la forma debida, con todos esos ricos jueguitos que se pueden realizar con un pedazo de carne así de caliente, jugoso, turgente… ¡y tan enorme! Con la lengua bajaba hasta sus huevos, que también son grandes y estaban… ¡cargadísimos!... rebosantes de leche. Le lamí también los huevos, se los besé, se los chupé, se los mordí, me los comí de a uno, los dos juntos, incluso me comí un manojo de pelos que los rodeaban, todo con mucha saliva, escupiéndole varias veces para esparcir la baba a lo largo y a lo ancho de toda su portentosa contextura.
Después de subir y bajar varias veces, y de disfrutarlo en todas las formas que se me ocurrían, me levanté, me terminé de desnudar y subiéndome a la cama me ubiqué sobre él pero al revés, o sea, formando un 69. Me abrí de piernas y puse mi conchita justo sobre la cara de Marianito Torresi. Estaba tan mojada que le cayeron unos cuántos chorritos, los que saboreó con avidez para luego meterme la lengua bien adentro, y empezar a explorarme profundamente, con los dientes me frotaba el clítoris lo que me provocaba un espasmo tras otro, aunque yo seguía firme ahí, chupándole la pija a más no poder, atragantándome con la cabeza y los huevos, hasta que se hizo necesario y hasta urgente pasar a la siguiente etapa.
Sin bajarme y mientras él seguía saboreando mi intimidad, agarré uno de los preservativos que regala el hotel, abrí el sobre y se lo puse. Entonces avancé de rodillas, sacándole el caramelito que estaba degustando… jajaja… y sosteniendo firmemente con una mano aquel soberbio pedazo de pija, me fui acomodando sobre ella. Debo confesar que pese a estar re bien cogida, tengo una conchita estrecha, como de niña buena… jajaja… me pueden dar durante dos días seguidos, que después de las obvias secuelas se me vuelve a cerrar recuperando milagrosamente sus dimensiones originales. La verdad que es una pena, porque me gustaría tenerla como una cacerola, para momentos como estos digo, pero me doy cuenta que para ustedes es más placentero una conchita cerradita, que los apriete bien cuándo la meten, así que no reniego demasiado al respecto. Así que acomodé la punta de la verga de Marianito en la entrada de mi concha, y fui bajando, lentamente, aunque a veces es más gustoso así no me la quería meter de una sola vez, por su tamaño, así que fui despacio. La cabeza se acomodó entre los gajos y presionó hacia adentro, me dolió un poquito al entrar, pero no me detuve, seguí bajando, no hay gozo sn sacrificio dicen, por lo que me la fui ensartando de a poco, sin recular en ningún momento pese al intenso escozor que iba sintiendo a medida que me iba llenando.
-¡Ahhhhhh… ahhhhhh… ahhhhhhh…!- no eran gemidos ni jadeos los que yo emitía, sino auténticos quejidos de dolor con una ligera mezcla de placer.
Cuándo tuve casi la mitad adentro me detuve, tomé aire y seguí, metiéndome todo el resto. Un aullido, no solo de satisfacción sino también de alivio escapó de entre mis labios cuándo conseguí tal hazaña. Me miraba en el espejo de la pared y no podía creer que tuviera toda esa brutal poronga metida en la concha. Obvio que la sentía llenándome hasta el rincón más recóndito, de modo que enseguida empecé a subir y bajar, lento y suave al principio, por lo menos hasta que mi conchita se acostumbrara a semejante tamaño. Cuándo finalmente lo hizo, amoldándose al volumen que la penetraba, comencé a acelerar, de a poco, esbozando en mi cara los mil y un gestos que tremenda perforación me provocaba. Estuve un rato así, subiendo y bajando, haciendo que mi concha se agrandar en forma acorde al volumen que la penetraba. Desde atrás Mariano gruñía excitado mientras me sostenía de las nalgas, ayudándome a subir y bajar en ese brutal ensarte que yo misma me prodigaba. Era excitante ver como se me abría la concha, como mis labios se dilataban al máximo para permitir el ingreso de tan colosal objeto. Debo admitir que aunque era más intenso el roce incómodo que la fricción placentera, el simple hecho de estar albergando dentro de mí tal enormidad ya era de por sí impagable.
Estuve así un buen rato, cabalgándolo casi sin pausa, hasta que me eché de lado y deje que Marianito me cogiera, que fuera él quién se moviera ahora, a su propio ritmo, y así lo hizo, claro, desde atrás y aferrándose a mi cintura empezó a clavármela hasta lo más profundo, una y otra vez, abriéndome la concha de par en par con ese “animalito” que tenía entre las piernas. ¡Que placer por Dios! Sentía que esa pija me ensanchaba hasta el límite de mi resistencia, así y todo me gustaba esa sensación de apertura, de reviente, era lo más… lomas de Zamora… jajaja… mi conchita se cerraba en torno a ese soberbio pedazo de carne cada vez que me entraba, y lo apretaba, lo aprisionaba, como no queriendo soltarlo jamás, pero igual se soltaba, y salía, pero volvía a entrar, con más fuerza, con más ímpetu, reventándome a pijazos, demostrándome en carne viva que no solo la tiene grande, sino que también la sabe usar.
Después de una buena andanada de metidas y sacadas, en un arrebato de audacia le pedí de probar por el culo. Era demasiado, ya sé, pero aún así se me dio por probar, no podía irme de ese telo sin probar semejante chotazo por la colita. Debo decir que lo intentamos, pero fue en vano, lo único que logró fue meterme la cabeza, nada más, así que me cogió un rato el culo con la punta, y luego entre plácidos suspiros me pidió algo que ni me esperaba. Me pidió acabarme en las tetas, como en las porno. Debo decir que con semejante pija Marianito Torresi se merecía estar en una. Me dio no sé que negarle tal petición, así que le dije que sí. Me puse de rodillas en el suelo y lo empecé a pajear mientras le lengüeteaba la cabeza. Por supuesto que la sentía dura, caliente y toda pegajosa, al borde ya de la explosión. De modo que unas sacudidas más y los lechazos empiezan a saltar para todos lados, cambiando su objetivo inicial por uno que está más arriba, si, mi ex compañerito me acabó en la cara, obvio que no me aparté, sino que me quede firme ahí, dejándome empapar toda con su guasca bien caliente y espesa, la cuál se derramó por mi cuello, mis tetas, mi panza, dejándome toda bañadita en semen. ¡Mmmmmm, que rico! Me miré al espejo y estaba toda empapada, como si me hubieran dado un manguerazo, la leche me colgaba hasta de las pestañas. Me reí al verme así, él también se rió, y mientras nos reíamos, le agarré la pija y me la volví a meter en la boca, sorbiendo con avidez las gotitas rezagadas que no habían salido con la eyaculación.
-¡Mmmmm, que rica leche tenés!- le dije tras saborear su íntima esencia, relamiéndome gustosa, sintiéndome más que empalagada con semejante descarga.
Así fue el encuentro con mi ex compañero de secundaria. Ah, me olvidaba de algo, hasta ahí todo bien, salimos de telo,me tome una foto con él para tenerla de recuerdo, le pasé mi mail, el celular no para que no me joda, subimos al taxi, me alcanzó hasta mi casa y cuándo ya me despedía y estaba a punto de bajarme, me dice:
-Disculpá que te diga esto, pero… tengo que cobrarte el viaje-
Me quede mirándolo con cara de: “¿Después del tremendo garche que me diste me vas a cobrar?”.
-Es que el tacho no es mío, ¿sabés?, sino con todo gusto-
No me iba a poner a discutir ahí, en la puerta de mi casa. Abrí la cartera, conté lo que tenía, lo poco que tenía debo aclarar.
-Con veinte mangos esta bien, tampoco te voy a arrancar la cabeza- me dijo.
Saqué los billetes y se los dí. Me bajé sin decirle nada, aunque él si me dijo algo.
-Cogés de diez pendeja, y te la bancaste sin chistar, la próxima el culito no se te salva-
No daba para decirle que no habría una próxima vez. Que se hiciera la ilusión de que la habría, en lo que a mí respecta ya había rendido la materia que deje pendiente en su momento, y por sus palabras con un diez felicitado!!!