Domingo, de nuevo aburrida en casa. La verdad que esto de no tener novio me esta hartando, porque con un novio una sale, va al cine, a tomar algo, a dar una vuelta. Pero sola me aburro como una ostra, aunque… el domingo anterior no me aburrí, eso tengo que decirlo. ¡Como me cogió el tipo del depósito! Me dejo completamente KO, si hasta me estuvo doliendo todo por varios días. Pero así da gusto que te garchen, no como con algunos que ya a la hora tenés ganas de hacerte una paja o de que te la metan de nuevo. Estaba con esos pensamientos… pensamientos húmedos como se darán cuenta… cuándo se me ocurrió hacerle una nueva visita. Total, no tenía nada que perder y si mucho que ganar. Además durante la semana no había tenido nada, por lo que no estaba dispuesta a pasar un solo día más sin una buena pija clavada en el orto, y ya sabía lo que ese vigilante era capaz de dar. Así que me puse mi camperita de Huracán (al final hay fotitos), le dije a mi mamá que iba a lo de una amiga (la excusa de siempre) y me mandé. Recordaba lo que me había dicho, que fuera cuándo quisiera. Y eso estaba haciendo, pero… al llegar a la esquina lo veo en la vereda, pero no esta solo. Una mujer ya madura y un chico de unos diez años están con él. Su familia. El nene le dice “Papi” y le pide que le de para comprar una bebida. Saca un billete y se lo da. El nene va al kiosco, que esta casi pegado al depósito, así que aprovecha para agarrar a su esposa por la cintura y le pega tremendo chupón. Se lo nota caliente, excitado. Cuándo el nene vuelve, le da otro billete y le señala el Cyber que esta en la esquina. El nene se alegra, le da las gracias a su papá y se va corriendo seguramente a jugar a algún videojuego. Miguel vuelve a agarrar a la mujer por la cintura y se mete con ella en el depósito, cierra la puerta, y… me quedó mirando, sin saber que hacer. Se va a cogerla a ella en vez de cogerme a mí. No es que me ponga celosa, pero creía que me tocaba a mí. Los tipos que pasan me dicen un montón de cosas, me dicen de ir a un telo, estoy tentada de irme con alguno, a modo de represalia, pero no, me quedo, doy varias vueltas a la manzana. Voy y vengo hasta que los veo salir, ella con cara de haberse echado tremendo polvo. Va a buscar al chico al Cyber y vuelven los dos para despedirse. Cuándo se van y desaparecen por la esquina, me acerco.
-Hola- me saluda al verme.
-Hola- le correspondo.
-Linda campera- me halaga.
-¿Ah si? Gracias, pero te va a gustar más lo que tengo debajo- le digo.
-¿Si, y que tenés?- me pregunta.
-Nada- le respondo con una sonrisa maliciosa.
-Veni, pasa- me dice directamente.
-¿Estás seguro? Acabas de cogerte a tu esposa, ¿vas a tener resto para mí?- le digo desafiante.
-Pendejita, no solo tengo resto para vos sino también para quién se me ponga enfrente- me contesta con esa voz que tanto me intimida y estremece.
No lo dudo, vuelvo a entrar a ese lugar, sumisa y obediente, como cordero al matadero. Ya adentro cierra la puerta y me acaricia el culo… bueh, acariciar es una forma de decir, me lo manosea en realidad, pegándome unas cuántas palmadas para luego sepultar bien la mano en mi profunda zanja.
-¡Ya estás mojada guachita!- se sorprende.
Me arrincona contra la pared y mete la mano por debajo de la falda de mi vestidito, mis piernas se abren espontáneamente, sin oposición alguna, permitiéndole la entrada. Sus dedos hacen caso omiso de mi tanga, penetrando directamente en mi conchita, moviéndose con furia en mi interior, explorándome toda por dentro mientras empieza a chuponearme en forma brusca y arrebatada. Me doy cuenta de que voy a terminar con los labios irritados y enrojecidos, y eso que no se la mamé todavía, pero la verdad que en ese momento tenía otras preocupaciones. Sin dejar de mover sus dedos dentro de mi concha, con la mano libre me baja el cierre de la campera, apenas un tirón es suficiente para bajarme la parte superior del vestido y dejar al descubierto mis prominentes pechos.
-¡Que perra que sos y que buena estás!- exclamó olvidándose de mi boca para bajar hasta mis tetas y chupármelas con frenesí.
¡Como me chupaba y mordía!, ya la semana anterior me había dejado unos cuántos moretones y varias marcas de su dentadura, y esta no sería la excepción. Trataba de meterse casi todo un pecho dentro de la boca, succionando con fuerza el pezón, para luego intentarlo con el otro, a todo esto yo le sobaba el bulto de la entrepierna, ese bulto que ya conocía muy bien.
-¿Querés más pija, eh? ¿No tuviste suficiente con lo de la semana pasada?- me decía intensificando el movimiento de sus dedos.
Yo le apretaba cada vez más fuerte ese pedazo de manguera que parecía tener por debajo del pantalón, sintiendo la turgencia de las venas y el notable calor que se podía palpar a través de la tela. Sacó la mano de entre mis piernas y me dejo el espacio suficiente para que pudiera desabrocharle el pantalón. Así lo hice, le solté el botoncito, le bajé el cierre y metiendo una mano adentro, extraje al ansiado objeto de mis deseos. La pija del vigilante emergió erecta y pletórica de vigor ante mí. Divina y suculenta en todos sus aspectos… ¡Que pedazo de pija, por Dios! Me la como con pelos y todo, pensaba mientras se la agarraba fuertemente y comenzaba a meneársela, sintiendo como la hinchazón se hacía cada vez más notoria. Sin soltársela fui bajando hasta quedar de cuclillas frente a aquel pedazo de inmensidad. Hasta mí llegaba su olor, su aroma, esa exquisita fragancia que me envolvía en voluptuosas oleadas. Le pasé la lengua por los lados, subiendo por uno y bajando por otro, saboreando todo en derredor, trazando sobre su portentosa superficie un pegajoso sendero de baba. Le escupía encima y con la lengua extendía la saliva por los lados, comiéndomela de a poquito, primero la cabeza, a la que atacaba no solo a lengüetazos, sino también con incitantes mordiditas, luego un pedazo del tronco, con eso solo ya sentía la boca llena, pero él no se daba por satisfecho, empujaba más adentro todavía, trate de aspirar la mayor cantidad de aire posible, porque sabía que muy pronto iba a tener las vías respiratorias completamente taponadas de carne. Y así fue, de un solo empujón me hizo comer algo más de la mitad de su poronga. Esta vez acusé el impacto y me aparté, tosí y escupí algo de saliva y líquido preseminal en el suelo. Pero aunque me sentía realmente sofocada, no me dejo recuperarme, ya que enseguida me agarro fuerte de la quijada y me volvió a mandar la verga con todo para dentro de la boca. Sentía que me ahogaba, que me quemaban las mejillas, hasta se me saltaban las lágrimas de los ojos, levantaba la vista para implorar su piedad pero solo veía su gesto adusto y malicioso, dispuesto a hacer que me comiera de una buena vez toda su enorme poronga. No sé como lo hice, donde me entro todo el resto, pero en cierto momento, y tras varios empujones de su parte, sentí su vientre aplastándose contra mi nariz. ¡Toda su pija estaba dentro de mi boca! Tenía la boca llena de su carne, podía sentir las mejillas hinchadas y los ojos llorosos, por suerte comenzó a cogerme por la boca, por lo que de a ratos sentía el alivio que me provocaba el que sacara toda su pija, aunque enseguida volvía a arremeter con mayor entusiasmo.
Tras dejarme con la boca pidiendo clemencia, me la sacó del todo, y apretándosela con una mano contra el vientre, me ofreció sus huevos en pleno para que se los chupara. No me pude resistir, deslicé mi lengua por esos globos hinchados y calientes, saboreándolos en plenitud. Se los chupé de a uno, los dos juntos, paré un momento para sacarme unos pendejos que se me habían pegado a la lengua y seguí lamiendo, atragantándome con tan apetecible manjar. Entonces hizo que me levantara y reteniéndome ahí mismo, contra la pared, me levantó una pierna y enfiló su verga hacia mi entrepierna.
-Pará- lo detuve –No te pusiste forro-
-¿No querés sentirla así en carne viva, bebé?- me preguntó.
-No me estoy cuidando- le dije, y era cierto, desde que rompí con mi novio y Raúl ya no me da más bola, deje de cuidarme. Antes los anticonceptivos eran infaltables. Ahora los tenía guardados en el cajón de la mesita de luz.
Sacó un preservativo del bolsillo de su pantalón, el cuál tenía bajo hasta las rodillas, se lo puso y volvió a arremeter contra mi “rinconcito de luz”. Enlazó mi pierna alrededor de su cintura y eludiendo el elástico de mi bombacha, me penetró.
-¡Ahhhhhhhhhhhh…!- gemí al sentirlo llenándome con su consistente volumen.
Bajé la cabeza y le mordí el hombro mientras lo sentía deslizándose en mi interior, entrando y saliendo cada vez más fuerte, golpeándome la espalda contra la pared cada vez que me llegaba hasta el fondo.
-¡Tomá puta… tomá… tomá… tomá…!- me decía, dándome con todo, reventándome sin piedad, haciéndome doler con cada ensarte, aunque lo cierto es que se trataba de un dolor sumamente placentero… dolor y placer en dosis iguales… equivalentes… contraste el uno del otro.
Me colgué de su cuello y me deje arrasar por ese brutal bombeo que amenazaba con partirme al medio. Todavía me dolía la concha de la cogida que me había dado la semana pasada, y ya me estaba cogiendo de nuevo. ¡Y como me cogía! Me sacudía toda con cada embiste, le sacaba chispas a mi concha con cada penetración, golpeándome con sus huevos cada vez que llegaba al fondo. Estuvo dándome por un buen rato, surtiéndome a full, tras lo cuál me la sacó y me dio la vuelta, me arremangó la falda del vestidito hasta la cintura y me nalgueó fuerte la cola, el estrépito de la carne resonó estruendosamente en todo el ambiente. Me puse contra la pared, las manos sobre la misma, como si me hubiera detenido la policía en una redada, y levante bien la cola. Él se echó tras de mí y abriéndome bien la cola con sus manos empezó a lamerme toda la raya. Me pasaba la lengua de arriba abajo, mordiéndome las nalgas, me olía la conchita, empalagándose con el aroma a calentura que brotaba de adentro. Entonces se levantó, me la acomodó entre las cachas y me la volvió a meter. Me la mandó hasta lo más profundo de un solo envión. Ahí mismo y sin darme tregua alguna, me aferró de las caderas y empezó a bombearme con todo, brutal y salvajemente. Me sacudía toda, me zarandeaba, parecía querer desarmarme a puro combazo, y entre tanto agite me aplicaba unas nalgadas que retumbaban deliciosamente en mis oídos. Sus manos ascendieron por mi cuerpo hasta aferrarse de mis pechos, apretándomelos, estrujándomelos a la vez que aumentaba la intensidad de sus penetraciones.
No me gusta quedarme quieta cuándo cojo, por lo que me movía de atrás hacia delante, reclamando por mí misma el ensarte cada vez que me la sacaba. Hasta en cierto momento se quedo quieto, con las manos en la nuca, siendo yo la que me movía, ensartándome una y otra vez en tan descomunal poronga.
-¡Yegua… pedazo de yegua… como te gusta la pija…!-
-¡Me encantaaaaaaaaaaaa…!- grité conmocionada, sin dejar de mecerme en torno a aquella arma de destrucción masiva.
Cada ensarte me retumbaba en lo más profundo, pero así y todo yo quería más, mucho más, quería que me reventara, que me la sacara por el otro lado, que me crucificara contra esa húmeda y áspera pared.
-¡Más… más… dame más, dámela toda…!- le reclamaba entre exaltados suspiros, echando la colita para atrás, anhelando por mí misma un ensarte mucho más profundo del que ya me estaba prodigando.
Entonces me la sacó de la concha, me lubricó el culito con abundante saliva, y arremetió entonces por mi retaguardia. Aunque ya la había tenido antes ahí, era impresionante sentirla empujando contra mis intestinos, además por esa forma de gancho que tiene, con la curva ascendente en el medio, cuándo me la metía toda, la primera mitad se me metía hacia arriba, casi hasta las entrañas, eso me provocaba una sensación de lleno total realmente impagable.
-¡Que putita más rica que sos!- me decía al oído, sin dejar de embestirme con un ritmo alucinante, ni muy fuerte ni muy despacio, apenas el suficiente para hacer de ese encule una experiencia soberbia para ambos -¡Y encima quemera… sos la mina perfecta!- agregaba sobándome las tetas desde atrás.
Luego de un rato, me la sacó del todo y mediante una fuerte palmada en una de mis nalgas, me indicó que me echara en cuatro, esta vez no hubo tiempo para manta ni nada, así que me ubiqué directamente en el piso, como una perrita en celo, cuándo él vino hacía mí, levanté bien la cola, cerré los ojos y lo siguiente que sentí fue la penetración, precisa, profunda, completa, volvió a agarrarme de la cintura y empezó a bombearme, su pelvis chocaba contra mis nalgas produciendo un ruido como de aplausos, eso me calienta más que la penetración en sí, el ruido del sexo, los gemidos, las exclamaciones, todo confluye para matizar ese momento con sensaciones por demás extremas y alucinantes.
Con una pericia cogedora extraordinaria… y culeadora también, empezó a alternar sus embistes entre los dos agujeros, me daba un rato por uno y luego por el otro, dejándome complacida por ambos. Como ya saben soy “ambidiestra”… jajaja… por lo que la alternancia entre culo y concha me venía de maravilla.
En cierto momento se levantó sobre sus pies (hasta ese momento había estado de rodillas tarde mí) y se me montó encima de las ancas, sin dejar de darme bomba, era impresionante la forma en que me la metía, la verdad es que me sorprendía de mí misma, de poder aguantar semejante ritmo sin morir en el intento. Como que ahora estoy más “entrenada”, si me hubiera agarrado un año antes seguro que de ahí salía en silla de ruedas.
Estuvo un buen rato dándome en esa posición, haciendo uso y abuso de una destreza física por demás ponderable, tras lo cuál se tendió boca arriba a un costado y me hizo montarlo, primero de frente, subiendo y bajando, haciendo yo todo el gasto mientras él se entretenía chupándome las gomas. Después lo monté de espalda, subiendo y bajando de nuevo con el entusiasmo lógico de quién desea comerse esa verga hasta lo último, hasta que los huevos me descosan los gajos de la concha y se me metan bien adentro, llenándome con pelos y todo, proporcionándome esa dicha que solo el sentirse bien rota y cogida puede dar.
Teniéndome ahí arriba me levantaba las piernas, me las abría, me las manejaba como si fueran unas tijeras, sin dejar de moverse desde abajo, tras lo cuál me tumbó hacia un costado y empezó a darme con todo… otra vez… parecía que en cualquier momento las nalgas me iban a salir volando por todo el depósito. Ensartándose con todo dentro de mí, me amasaba bruscamente las tetas, me las apretaba como si quisiera deshacerlas entre sus dedos. No me daba ninguna tregua, ni yo tampoco se la reclamaba. Así hasta que me dijo que iba a acabar. Yo hacia rato que tenía mi propio orgasmo en vilo esperando por el suyo, así que al escucharlo lo deje fluir… coincidiendo ambos en un disfrute por demás intenso y maravilloso. Con esa misma energía que había mantenido desde el comienzo, me la clavo bien adentro y explotó… o mejor dicho, implosionó, ya que toda su descarga fue contenida por el preservativo. Nos quedamos un instante ahí tumbados en el frío suelo del depósito, disfrutando de tan furiosas sensaciones, besándonos y acariciándonos como dos amantes que acaban de ratificar una vez más lo que sienten el uno por el otro. Pero no, no éramos amantes, apenas sí habíamos cogido un par de veces, demasiado poco como para elevarlo al status de amante. Además no lo amaba, no sentía nada más por él que simple lujuria, la cuál creía, después de tremendos garches, iba a ir disminuyendo. Igualmente me sorprendía que hubiésemos acabado al mismo tiempo, algo que con mi ex me costaba horrores, generalmente él se apuraba en acabar primero y después que yo me arreglara como pudiera. Pero con este tipo, al que ni siquiera conocía, lo había logrado a la primera. Pude disfrutar de su orgasmo al mismo tiempo que el mío. Con eso ya me consideraba satisfecha.
Luego nos levantamos, fuimos juntos al baño y mientras él se echaba un larguísimo meo, yo me higienicé un poco. Había un espejo en la pared y estando todavía desnuda me observé en el. Estaba destruida… literalmente, no solo tenía la cara como si me hubiera pasado una semana sin dormir, sino que también las marcas que había dejado ese tipo en mi cuerpo eran por demás evidentes de todo lo que me había hecho. La cola la tenía toda colorada, más la nalga derecha que la izquierda, ya que ahí era donde me aplicaba la mayoría de sus palmadas. Cuándo me cogía de atrás le gustaba pegarme en la cola, y claro… a mí también me gustaba que me pegara, así que… calavera no chilla. Las tetas también las tenía llenas de moretones a causa de sus apretones y pellizcos, y alguna que otra marca en otros lugares del cuerpo, especialmente en donde me agarraba. Pero nada se comparaba en como me habían quedado los agujeros, tanto del culo como de la concha. Me los había agrandado terriblemente. Igual, pensaba, que como estaba sin novio iban a pasar unos cuántos días sin que me la pongan por lo que todo iba a volver paulatinamente a la normalidad.
Salí del baño, junté mi ropa que estaba en el suelo y me vestí. Al rato vino él, con la verga sacudiéndose entre sus muslos. Esta vez no me pidió yapa. Me dio un beso, me apretó la cola y me despidió hasta la próxima.
-Hasta la próxima- le dije, aunque ya sabía que esa sería nuestra última vez juntos, ya había tenido suficiente.
Ya iba siendo tiempo de buscar nuevos horizontes.