Carta a mi marido, el Comandante

Sí, soy tu mujer, tu digna esposa, la que merece todos los honores de las mujeres de los subalternos serviles que lisonjean con trivialidades que a veces me causan risa y soporto con estoicismo y resignación. Soy la fiel cónyuge que durante largos años ha sacrificado no solo sus propias aspiraciones profesionales, sino sus sueños mismos a favor de tu gloria. Por toda mi vida, he seguido tus pasos como sentenciada a mi destino, que en realidad es el tuyo, porque solo lo tuyo vale, solo lo tuyo cuenta. Eres el prominente militar de brillante carrera, que aspira a lo máximo y yo soy tu vasalla que debe renunciar a todo, ya que mi felicidad consiste en eso precisamente, los renunciamientos.

Todos esos años me he conformado con la efímera dicha de algunos momentos felices, “que todo sea por los chicos” me he repetido mil veces y mil veces has defraudado mis banales esperanzas, mis ideales, mis sueños, mi vida. Mil veces me has engañado con cualquiera que se cruzó en tu camino, he tenido que soportar cada uno de semejantes oprobios, porque “si existen matrimonios duraderos, es porque existen mujeres inteligentes”: tremendo disparate!

Pero todo tiene su límite, ayer colmaste el vaso de mi paciencia, nuestra relación tocó fondo y desde entonces todo cambió. Ayer festejabas tu cumpleaños (el quincuagésimo), preparamos tremenda fiesta, (la de anoche). Por la tarde, mientras me rompía el lomo en los preparativos, saliste con el pretexto de atender alguna emergencia de la oficina, dejándome con toda la responsabilidad. No importa, me dije, “Es que es Comandante y tiene tantos asuntos por atender”, menudo el asunto que atendiste, pero no me adelanto, de ello ya hablaremos mas luego.

Te vi tan feliz (en la fiesta) y me sentí de veras dichosa y realizada. A lo largo de esta vida en pareja, me he acostumbrado a ser feliz con lo feliz que eres, olvidando mi verdadera felicidad, porque eso no tiene siquiera sentido.

Estuvieron todos los amigos, muchos subalternos y otro tanto, tus superiores. Todas esas mujeres, (sus esposas) algunas muy pesadas, pero al fin, eres el Comandante y como esposa del hombre mas importante, debo hacer “de tripas corazón” y atender a todos con la mayor prestancia y cortesía. Estuvo también entre los invitados, aquel subalterno que disciplinaste tan fieramente por algo que para mí no era mas que un gesto de cortesía, incidente que me trae tan malos recuerdos. Con una sonrisa amplia y un ademán de caballero, él (el afectado), me dijo que “estaba muy hermosa”. Tonta yo (o demasiado inocente) que te conté la ocurrencia, reaccionaste como un imbécil y lo enviaste arrestado por largos días. Es posible que haya sido la primera experiencia en verdad distinta en toda mi vida de matrimonio en este ambiente tan hostil para mis costumbres, por primera vez sentí la dicha de ser halagada y quizás deseada, te puse al tanto del asunto con la intención de despertar un sentimiento diferente: la pasión en pareja. Demasiado pedir para tu tan rústico entender. Actuaste como un animal y sin medir consecuencias. Dolió tanto las dificultades que ocasioné a este joven y apuesto oficial. Ganas me sobraron para presentarle mis excusas, pero como tu voluntad es norma y lo que “su majestad” dispone no se discute, una vez mas, arrinconé mis prioridades y no me quedó otra opción que conformarme con tu palabra, tu ley.

No faltaron (en la fiesta) aquellos que mas que admiración y respeto, sienten muchas ganas de sacarte del trono, todos los aspirantes a constituirse en tu relevo, los herederos de la silla, no sé de dónde sacan tantas mañas para fingir. A pesar de todo esfuerzo, se adivina la insinceridad y sobra la falsedad. Pero bueno, así son ustedes, “los hombres de uniforme”, lambiscones, hipócritas, mediocres, desleales, oportunistas. Pero mejor les dejo “cocinarse en su salsa”, que no es el tema principal de esta misiva.

Tremenda borrachera te alzaste al brindar con todos los que así lo solicitaron. Una hora antes de la media noche ya se percibía tu fracaso en llegar muy bien parado al punto culminante de la celebración. Una hora antes de la media noche, un hujier de bajo rango (que atiende los servicios), me entregó aquel sobre que según él, alguien de manera furtiva deslizó por debajo la puerta de entrada. Estaba rotulado con mi nombre y por un momento imaginé noticias de mi familia tan alejada, (y abandonada); por eso me empeciné en ver su contenido.

Si, es ese contenido el que colmó el vaso de mi puta paciencia y de mi perra fidelidad. Además, me revienta tu poca habilidad para manejar “tus cosas” con el debido tino. Hace tiempo que estoy resignada a convivir con tus andanzas, pero no tomé en cuenta tu incapacidad innata, no posees el instinto de “perro viejo”, que sabe cómo y dónde esconder “sus huesos”, lo de “perro viejo” encaja en tu forma de ser, pero en palabras por separado.

Erraste por triple partida, elegiste la mujer equivocada, (la “mosquita muerta”, supuesta “esposa” de uno de tus “comandados”); el peor lugar imaginado (rodeado de enemigos) y el momento tan inoportuno (qué muestra de gratitud la tuya). Comandante, eres un perfecto inepto si confías en los subalternos a quienes dominas mediante el garrote. Comandante, debes saber que cuando el hombre es humillado, aprovecha de la primera oportunidad para cobrar venganza echándote en cara tus inmundicias.

Esas son algunas de las causas de tu perdición, porque la tarde anterior a la fiesta, cuando dijiste que atendías un asunto demasiado urgente en la oficina, asistías a una orgía con aquella “mosquita muerta”; (en tu propia oficina). No percataste la cámara escondida que montaron seguramente los de “inteligencia” o cualquiera de los desleales que “comandas”. Tremendas las fotos, tremendas las poses, tremendo el culo de esa “mosquita muerta”, “mucho batán para tu locotito”, “mucha carne para dos diminutos huevos” (como dijo la metiche uruguaya que conocimos por Internet). Te digo de una vez y sin remilgos: ¡¡¡¡¡La tienes chica!!!! (y de aguante ni se hable). Debe ser o el dinero, la fama o el poder, lo que atrae a tantas despistadas, porque buen sexo no es lo que tus múltiples amantes en ti encontraron (incluida yo, tu mujer).

Estas fotos echaron por tierra todos mis buenos sentimientos. Quedé aletargada por el impacto de las imágenes de tu nuevo engaño (o nueva conquista). Por unos momentos, al verte rodeado de tanta gente que te adula en plena fiesta, no supe si debería alegrarme por la nueva hazaña o echarte en cara semejante fechoría, en público y en presencia de la “mosquita muerta” y de su marido “el insignificante cornudo” (que juntos revoloteaban por la sala un tanto perdidos). Quería gritar a voz en cuello el repudio y la bronca acumulados, toda esta mierda que me tiene podrida desde siempre.

Ambulé por la sala, rodeada de tanta gente, esperando llegue pronto la hora de quedar a solas y por fin rindas cuentas, pero eso se alargó tanto, que cuando caí en razón, estabas semidormido en el sofá de la sala principal, mientras los últimos invitados abandonaban el ambiente.

No fue nada premeditado, de pronto vi a “mi vengador” en los afanes de despedirse o tomarse el último trago, parecía ser de esas personas que si bien consumen bastante alcohol, siempre les queda algo de cordura para conducirse en forma correcta al final de la fiesta. Tenía la juventud a su favor, mientras que tú, ya viejo y desgastado, te abandonabas en los brazos de Morfeo, vencido por el alcohol y de seguro, por el esfuerzo físico de la tarde, con la “mosquita muerta” esa, que por lo visto es toda una potranca (putísima ella).

Convenimos en que me ayudaba a llevarte hasta la alcoba, pero ninguno de los dos tenía apuro, “termine su trago con calma” le dije para entrar mas en confianza, mientras él insistía en las lisonjas para su Comandante (ahora dormido por completo). “No pierda su tiempo hablando de los dormidos” le dije, “Hablemos de nosotros, los bien despiertos”. Pronunció algunos halagos por la linda fiesta, la hermosa casa, la calidad de los invitados, las exquisiteces que se sirvieron, la bella música…… y terminó con un tímido “y….usted,….. está realmente hermosa”.

“No olvide que mi marido, el Comandante, se pone bravo cuando alguien dice eso”, previne, mientras daba un cortito sorbo al vaso que sostenía con dificultad entre mis temblorosos dedos; “No hablemos de los dormidos, hablemos de nosotros los bien despiertos”, me dijo sonriendo también nervioso.

No perderé el tiempo en contarte los detalles, muy románticos por cierto, porque de romance no entiendes un carajo, (“a los cerdos no les caen bien las rosas”). Me regodearé en hurgar los detalles del tremendo sentimiento de venganza y placer, mezclados en un elíxir que me embriagó al entregarme (a este verdadero hombre) en las formas menos pensadas. Debo agradecerte (con sinceridad), las fotos que gracias a tu empeño llegaron en media fiesta, porque logré con total éxito, cada una de las posiciones que tú y la “mosquita muerta” intentaron a medias.

Si ustedes se fajaron en la incómoda silla del escritorio de tu oficina; nosotros lo hicimos ¡en el escritorio mismo! (pero el de tu propia casa). Sí, en tu escritorio cabrón, en aquel lugar que dices está destinado en forma exclusiva para los “grandes momentos” de las “grandes decisiones”, en ese sitio “cuasi sacro” en el que asientas las nalgas para ganar las guerras contra los enemigos que tú mismo inventas, ahí mismo asenté mi gran culo para enfrentarme en “igual y frontal combate” con mi ocasional amante. En el sitio en el que pergeñas tus maniobras envolventes contra el mundo entero, yo enrosqué con mis largas piernas las caderas de mi eventual contendor, para entregarle (sin tregua alguna), mi oscura trinchera anegada por los jugos del tremendo deseo sexual. Mi diminuta tanga de color rojo, enarbolada en una de mis pantorrillas, daba señal no de paz, sino de guerra, guerra contra la batiente verga de mi joven pareja, aquel “amado” enemigo que intentaba yo dejar bien muerto, después de bien utilizarlo para llegar a la gloria (¡Por supuesto!). Mientras tus padres (pinches viejos) nos observaban sonriendo a coro y con total gesto de aprobación, desde la foto enmarcada en la esquina de algún mueble.

Si ustedes lo hicieron en medio de sobresaltos, de pie tras la puerta de la oficina en la posición “mirá quien viene”, temerosos de los intrusos, nosotros lo hicimos primero en el baño de visitas: cogiéndome él por detrás, tomándome de los pelos para penetrarme de manera profunda, (como lo hace un macho de veras), “mirando ambos si no despiertas”; en el descanso de la escalinata camino a la alcoba, yo reclinando el cuerpo en el pasamanos de madera fina, sacando lo mas que puedo el gran culo que tanto admiras y él, dándome verga siempre por detrás y “siempre mirando si no despiertas”; en el balcón del primer piso que brinda una hermosa vista a la gran sala en cuyo centro tú dormías la mas nítida embriaguez, yo medio apoyada de espaldas al pasamanos ofreciéndole mi ansioso y peludo cocho y él mordisqueando mis hermosas tetas, yo con la cabeza echada para atrás para facilitar tu faena, la cabellera suelta al vacío y las miradas de ambos vigilantes “atentos por si despiertas”.

Si ustedes gozaron nerviosos de un vaso de refresco en media faena, (para darte alguna tregua a tu “polvo de gallo”), nosotros brindamos en forma abundante con los finos tragos que pagaste, libamos por tus “felices sueños” (y “tus bellos cuernos”) y atacamos la cocina para fornicar con total descaro con la puerta abierta, sobre el mesón de mármol, ya sin temor “a que despiertes”, porque tus ronquidos retumbaban en toda la sala y, a modo del mas fiel centinela, nos daba la “carta blanca” para seguir cogiendo como “mi Comandante manda”.

Aún se dio el gusto (mi amante) de embadurnar con la crema de la torta sobrante mi peludo cocho y comérselo así encremado, con lengüetazos que me estremecían a cada contacto (algo que no harías nunca, porque es simple: no tienes pasta).

Si ustedes se dieron un rápido revolcón en la pequeña alfombra en media oficina, con la fatiga de que no acabaras pronto (tu ya mencionada y bendita eyaculación precoz), nosotros nos dimos la gran culeada en la hermosa alfombra de pelo natural de nuestra alcoba. (Por vez primera pude culear sin el sobresalto de cuidar de no moverme mucho para que “mi macho” no termine antes, porque éste, a diferencia tuya, ¡Sí tenia aguante!).

Disfrutamos largo y extendido con el feliz aditamento del bello espejo circular que sirve para verme de cuerpo entero, reflejando la hermosa doble desnudez: del uniformado sin el uniforme y de la digna esposa despojada de toda su dignidad, ambos cogiendo en el piso, con la idea desaforada de gozar en reprís, las imágenes de los dos cuerpos en inigualable ritmo. Gracias a este maravilloso y elegante instrumento, pude observar los sensuales movimientos de mis redondas nalgas entregándose a su portentosa verga, que con la ayuda y el empuje de su también hermoso culo, hacían temblar mis carnes del puro gusto, (nada que ver con tu desinflado y escuálido culito de “perro flaco” que apenas logra la compasión antes que la lujuria).

Si ustedes lo hicieron medio recostados en el incómodo sofá que el Estado apenas puede costear, nosotros nos sacamos el jugo en la amplia cama matrimonial que te juré “no sería de nadie mas que de los dos”, en la posición de ¡¡¡LA PERRRRAAAA! Sí, con mayúsculas y con bronca, porque me sentí una verdadera perra, (lo que contigo jamás ocurriría, pues solo te gusta la posición del aburrido “misionero”). También cogimos a lo de “los cangrejos”, de “los gusanos”, del “pollito al spiedo”, de “la potra salvaje”, una vez mas “de la perrita”, en fin, del zoológico entero.

Y, lee bien mentecato, no fue lo del “sagrado lecho” la primera promesa incumplida, pues en un momento de abandono, colocamos al filo de la amplia cama, todas las almohadas existentes, con algo de lubricante en la brutal verga de mi “vengador” y otro tanto en el huequito que te negué tantas veces y tantas otras te rejuré “no dárselo a nadie” ¡Terminé penetrada por el culooooooo! Sí, infeliz, por “el chiquitín” como lo llamabas, permití que este extraño se lleve tu trofeo preciado, a cambio de nada. Cuando sentí la tremenda penetración de ese animal indomable, solo atiné ahogar mis gritos en medio de mordiscos en la almohada mas próxima. Si ¡Comandante Cornudo!, ¡Entregué aquello que nunca fue tuyo al primero que me lo pidió! Un detallito mas, usamos también el atento y servicial espejo para regustarme viéndome cogida por tan joven semental. Yo, la mujer del Comandante, aquella “intocable” y culta mujer, convertida en la puta mas puta, rendida del todo a los pies del dueño de tan portentosa arma, sometida a la voluntad del deseo de venganza.

Sería muy prudente, (fotos incluidas), con el testimonio de esta cogida, elaborar un manual para enseñarle al Comandante “como se tira”, quizás de ese modo contribuya a mejorar tu incipiente desempeño en la cama, ¡So inútil!

Así llegué (él también) al éxtasis que siempre me negaste (o nunca fuiste capaz de ofrecerme). Como bien me tienes acostumbrada a fingir mis orgasmos, esta vez me fue mas difícil, porque también lo hice, pero a la inversa, debido al loco ritmo de mi “machucante”, a duras penas y con feliz estoicismo fingí no llegar tanto ni tan pronto, (¡Para no mostrar la tremenda puta que soy por dentro!).

Sentí la ardiente descarga del viril miembro en el interior de mi apretado orificio chorro tras chorro y viví la gloria mas inmensa que alguna vez soñé. Luego de la tormenta, soporté con placer el peso de aquel gran espécimen, descansando sobre mí del tremendo esfuerzo con su miembro aún en mi interior y gocé cada segundo en medio de verdaderos espasmos. Fui mujer por vez primera. Aprecié el contacto del cuerpo de un verdadero hombre pegado al mío, en esa especie de paz después de hacer el amor, (nada que ver con tus efímeros polvos y tus retiradas apresuradas inventando cualquier cosa).

Empecé a extrañar a mi macho (A él, no a ti imbécil) en el instante mismo que inició retirada su aún erecto miembro. Con los ojos cerrados al sentir el vacío, solo atiné a decir “gracias”, simplemente “gracias”, (él las merecía). La vida es diferente (te lo aseguro), cuando se comparte la cama con un hombre de ese temple.

Ahora, cabrón, puedes sentirte halagado y lucir con orgullo la tremenda cornamenta que gracias a mi empeño te ganaste. Y ni se te ocurra intentar siquiera averiguar quien fue “mi autor”, pues entre los dos aseguramos negarte toda esperanza de identificarlo. Mas aún, para el giro radical que emprenderá mi vida, da lo mismo que sea tu diligente y musculoso ayudante, con quien (ahora) ganas de coger me sobran; o cualquiera de los que te secundan en el mando, quienes solo por gusto se “comerían” el culazo de tu querida esposa; o el tan apuesto y joven galán que brutalmente disciplinaste y hasta el hujier de mal agüero que me entregó aquel sobre. De cualquier forma, conservo a buen resguardo, las singulares fotos producto de tu “inspiración”, a manera de “Plan B” para enfrentar la eventualidad de algún “efecto colateral” que se manifieste.

Menos aún te molestes con reproches y amenazas, mi abogado, (el portador de ésta), te explicará los términos del divorcio.

Tu digna, sacrificada, leal y “semper fidelis”, ex esposa.










http://todorelatos.com/relato/75999/