Hola, el siguiente relato esta hecho a pedido de _3nz0_ que me pidio muy especialmente que contara como fue mi primera vez por la cola, no fue algo que haya buscado precisamente, aunque al final termine disfrutándolo como espero que lo disfruten ustedes. Besos.

ROTURA ANAL


La primera vez siempre duele, dicen, y la primera vez que me hicieron la cola me dolió terriblemente, sobre todo porque no fue algo consentido por mí, si bien había decidido estar con ese hombre por decisión propia, por una de esas calenturas que me agarran de vez en cuándo, no estaba en mis planes entregarle la cola a alguien que prácticamente no conocía.
Echarme un polvo si, y luego cada cuál por su lado, como tantas otras veces, pero lo que comenzó como algo ya habitual en esa etapa de mi vida, terminaría como una de las experiencias más desagradables que haya tenido jamás. No porque me hayan roto el culo en sí, sino porque quién me lo rompió no fue nadie que yo haya elegido.
Mi tío Carlos, principal benefactor de mis virtudes sexuales, siempre había respetado esa parte de mi cuerpo. Obvio que al ser quién me había desvirgado en plena adolescencia, también pretendía ser el primero en ingresar por mi codiciada retaguardia. Siempre que cogíamos me lo pedía, pero yo le decía que no, ponía mi mejor cara de nena compungida y le decía que tenía miedo, hasta hacía pucheritos para despertar su instinto paternal.
Por suerte nunca me obligó a nada, incluso la primera vez que tuvimos sexo, mi debut absoluto en las ligas mayores, fue algo de mutuo acuerdo. Fue porque YO quise, porque YO lo deseaba. Lo de no entregarle la colita era más bien un capricho personal. De alguna forma pensaba a futuro y creía que cuándo llegara el momento de casarme, tenía que tener algo que ofrecerle a mi marido, algo que no haya transitado nadie más. La virginidad de mi culito era una más que buena alternativa en ese aspecto. Al menos eso era lo que pensaba, hasta que ese miserable hijo de puta me arrancó tal posibilidad.
Había cumplido los 21 años y estaba sola, sin pareja, aunque no padecía la falta de sexo, cuándo tenía ganas siempre encontraba a alguien predispuesto a saciarme, no tenía problemas en ese aspecto, me dedicaba a estudiar y a trabajar, sin mayores complicaciones. Los fines de semana iba a bailar o a un bar y no había oportunidad que no me fuera con alguien. La pasaba bien, me divertía sin lastimar a nadie.
Todavía no había entrado en la compañía, atendía un kiosco de golosinas en Primera Junta. De ahí todas las tardes me iba en subte hasta la estación Castro Barros, en donde me tomaba el 160 hasta la ciudad universitaria.
Fue ahí que lo vi, en el subte, alto, morocho, de bigotes, no especialmente atractivo, aunque con una cara de pervertido que me resultaba especialmente incitante. Ya me lo había cruzado varias veces, y en todas pude darme cuenta que no se le escapaba detalle de mi cuerpo. A veces se sentaba frente a mí, y si tenía puesta pollera, adrede separaba las piernas un poco más de lo conveniente, como para que tuviera un panorama más amplio de aquello que lo estaba esperando.
Aquella fue una época bastante tumultuosa en mi vida, más que cualquier otra, me acostaba con cualquiera, incluso estando en el kiosco varias veces había tenido que bajar la persiana para poder saciar esa irrefrenable libido que no dejaba de torturarme. Ya les contare en algún momento algunas de mis aventuras en el kiosco. Pero siguiendo con el chico del subte, tenía ganas de coger con él, así de simple. No sé porque, no me pidan explicaciones, la única justificación que puedo dar es que me calentaba terriblemente. Si hasta me mojaba cada vez que lo veía. Y me mojaba todavía más al imaginar que a él se le paraba cuándo posaba sus ojos en mi cuerpo.
Esa tarde en la que volvía del trabajo, en vez de bajarme en la estación Castro Barros, en donde debía tomar el colectivo para ir a la ciudad universitaria, decidí seguir, él estaba parado cerca de mí y algo me decía que aquella tarde resultaría especial.
Bajamos juntos en Congreso, y desde el mismo momento en que salí del vagón y comencé a caminar por el andén, me di cuenta que él me seguía de cerca, mirándome en esa forma que tanto me cautivaba. Estaba ansiosa, sentía una opresión en el estómago que apenas podía resistir. Y me excitaba mucho más todavía imaginando que me asaltaba ahí mismo, en un lugar público, y me hacía suya, cogiéndome de parada en algún mugroso rincón de la estación.
Salí del subte y empecé a caminar por Callao, despacio, sin apurarme, parándome en algunos negocios, aunque en vez de mirar las vidrieras, lo que más me interesaba era saber si él estaba siguiéndome. Y sí, me seguía. Sin ningún disimulo debo decir, ya que me miraba como si me desnudara con la mirada. Eso me encanta. Que me miren así, con la lujuria a flor de piel, me pone loquita.
Me detuve en un negocio, ni me acuerdo de que era ya que ni le presté atención y espere a que él se acercara. Cuándo estuvo lo suficientemente cerca me atreví a hablarle.
-Me venís siguiendo desde el subte, ¿acaso no me vas a decir nada?- le dije como dándole un ultimátum: “¿Me querés coger o no?”.
-Vivo acá a la vuelta- me respondió con un ligero cabeceo.
Me dijo “vivo, no que me invitaba, aunque yo solita me di por invitada.
-Ok, vamos- asentí sin mayores problemas. Para que complicarla, ¿no?
Lo cierto es que tenía algo de tiempo antes de ir a la facu y quería aprovecharlo al máximo.
Doblamos en Perón, entramos a una pensión familiar medio rasca, de esas que están repletas de familias extranjeras y sin decirnos prácticamente ni una sola palabra, subimos por una escalera, mientras subíamos el flaco no perdió el tiempo y empezó a toquetearme el culo.
Lejos de molestarme, aquella actitud de: “te garchó de parada y con la bombacha puesta” me sedujo. Además cuándo lo mire con mayor atención me di cuenta que ya se le había formado una prominente comba a la altura de la entrepierna.
Entramos a una habitación que estaba al final del pasillo al que llegamos y apenas cerró la puerta se me echó encima, ni siquiera prendió la luz, aunque algo de claridad se filtraba por el resquicio de la puerta. Dimos un par de pasos y caímos sentados en una cama, bueh, más que cama se trataba apenas de un catre, los resortes rechinaron estruendosamente al soportar el peso de nuestros cuerpos.
Manteniéndome bien sujeta, como si temiera que me fuera a escapar en cualquier momento, empezó a besarme en una forma por demás brusca y enérgica mientras sus manos se apropiaban de mis pechos y me los estrujaba por encima de la ropa. Sus besos eran demasiados violentos para mi gusto, por lo que corrí la cara pero sin que se diera cuenta que me desagradaba. No lo hizo, siguió ocupado con mis pechos, los que en ese momento parecieron atraer toda su atención.
Me levantó la blusa y me bajó de un tirón el travesaño del corpiño. Ahora sus manos pudieron tocarme sin traba alguna, manoseándome sin resistencia alguna de mi parte, dejando las huellas de su lujuria impresas en la tersa piel de mis senos.
-¡Te voy a romper toda, guachita!- me prometió con un tono de voz por demás agresivo, haciendo que me volviera a estremecer otra vez.
La violencia que impregnaba cada una de sus palabras y de sus actos era como el canto de las sirenas, algo hermoso e irresistible.
Dejando que me hiciera lo que quisiera, deslicé una mano por sobre su entrepierna, palpando esa delicia en forma de comba que parecía abultarse más y más a cada momento.
Sin control alguno me chupaba y mordía los pezones, hasta me dejó las marcas de sus dientes, las que tardaron unos cuántos días en desaparecer. Claro que esa no sería la única “marca” que habría de dejarme. Ya en ese momento, cuándo me succionaba los pezones como si quisiera arrancármelos, empecé a sentirme algo incómoda, claro que me gusta que sean medio “bestias”, pero no tanto. Sin embargo, la calentura era tal que un rato después ya estaba echada a sus pies, desabrochándole desesperada el pantalón, pelando con todas mis ganas ese inflamado tronco nervudo que ya ni bien lo aprisioné entre mis dedos, me lleve a la boca para deleitarme con su incomparable sabor.
Desde abajo se la chupe ávidamente, metiendo y sacando de mi regocijado paladar cada pedazo, cada trozo de esa divinidad hecha carne. Ya estaba a su merced, era su esclava, su víctima, y lo que hiciera de ahí en más conmigo me lo tendría justamente merecido.
Con la lengua bajaba hasta los huevos, para saborearlos también, recorriéndolos con la lengua, con los labios, con los dientes, con la nariz, besándolos, chupándolos, oliéndolos, extasiándome con semejante magnificencia.
Ya desnudos, se puso el forro, mientras yo me echaba en cuatro sobre la cama, con el culo bien levantado, ofreciéndolo, regalándoselo, entregándome sin reservas a ese bien dotado desconocido que se proponía a suministrarme la satisfacción que tanta falta me hacía.
Cuándo la sentí entrando, avanzando impetuosa y vigorosamente a través de mi ávida conchita, solté un ahogado quejido de pura y extrema satisfacción, deshaciéndome en sonoros elogios para esa hermosa y fortísima poronga que me atravesaba hasta lo más profundo.
-¡Ahhhhhhhhh… siiiiiiiiiiiiii… siiiiiiiiiiiiiii…!- bramé enloquecida cuándo empezó a entrar y salir, bombeándome puro placer a través de ese carnoso surtidor que manejaba con tanta habilidad.
Mi concha se deshacía en chorros profusos y espesos, permitiendo que la penetración fuera lo más confortable posible, y bien hasta el fondo también, un disfrute único, supremo, intenso, descomunalmente satisfactorio.
-¡Toma, putita… toma… toma…!- me decía cada vez que me la mandaba a guardar bien hasta el fondo, reventándose la pelvis contra mis nalgas, produciendo un estrepitoso sonido, el ruido del amor, el ruido del placer.
Entonces me la saco, me dio la vuelta, y echándoseme encima, me la volvió a meter, dándome ahora con mucho más frenesí, impetuosamente, cogiéndome a lo bestia, haciéndome bramar como una loca.
Sin renuencia alguna, me abría toda para él, estiraba las piernas lo máximo que me fuera posible, dejando que me la metiera hasta los huevos, como me gustaba, como la quería, pidiéndole más, más, mucho más, aunque ya se hacía evidente que me estaba dando con todo lo que tenía, aunque resulta deliciosamente estimulante pedir MAS… MAS… MAS… a los gritos, pedir que te la entierren, que te la manden bien adentro, hasta donde nunca llega la luz del sol.
Ansiando que no me la sacara nunca, enlazaba mis piernas alrededor de su cintura y me movía con él, ansiosa, desesperada, entregándome en cuerpo y alma a tan complaciente sacrificio. Estaba totalmente regalada, dispuesta a todo, aunque no para lo que vendría después.
Sin darme ninguna tregua, me la volvió a sacar de adentro, toda entumecida y pegajosa, pero esta vez no me dio la vuelta ni nada, sino que me la enfiló por el otro agujero, el más estrecho, decidido a rompérmelo. Quizás supuso, al verme tan puta, que ya tenía la cola hecha, pero lo cierto es que aún era virgen por ese lado.
-¡Noooooo… por ahí no…!- le dije y traté de apartarlo, pero el pibe era un ropero comparado conmigo.
Ni se mosqueó. Apoyó la punta de su verga en la entrada de mi culito y empezó a empujar.
-¡Noooooo… noooooo… el culo nooooo…!- le volví a gritar, intentando levantarme, pero él me tenía bien sujeta.
Aunque trataba no tenía escapatoria. Quizás creyó que me hacía la estrecha, pero ni bien se dio cuenta de que no había recibido nunca nada por ese lado, abrió los ojos como platos y un brillo casi animal le iluminó la mirada. Se sonrió maliciosamente, como una hiena al acecho de su presa, e insistió con eso a lo que yo me negaba terminantemente.
Le pegué patadas, manotazos, hasta lo escupí y lo puteé, pero todo eso parecía motivarlo mucho más todavía.
Manejándome como a una muñeca, me dio la vuelta, poniéndome boca abajo, y ejerciendo presión con una mano sobre mi espalda para que no me levantara, se sentó sobre mis piernas.
Sin que pudiera hacer nada al respecto, empezó a meterme los dedos, dilatándome las paredes del culito, lo suficiente como para que pudiera entrar la cabeza de su pija. Cuándo sentí que me la ponía justo en la entrada me puse a temblar y a llorar, la sentía demasiado grande como para que pudiera entrarme, sin embargo él no pareció tener la misma duda, ya que empezó a empujar de un modo que parecía que me estaba demoliendo el orto. Ya no podía hacer nada para evitarlo. La rotura de culo era inminente e inevitable.
No pude hacer más que cerrar los ojos, morder las sábanas de aquel ruidoso catre, y aguantar lo que viniera. Aunque quise, no pude relajarme lo suficiente y el golpe de aquel primer envión me resultó fatal… o al menos eso creí, ya que los que vinieron después fueron mucho peores. El ruido del catre no alcanzaba a tapar mi llanto y mis gritos, y es que me estaba desgarrando, me rompía, hasta pude sentir el ruido de algo que se quebraba, mucho no pareció preocuparle ya que siguió para adelante, metiéndomela mucho más adentro todavía.
Cuándo llegó a la mitad se detuvo, se retiró levemente y volvió a avanzar, y así un poquito más cada vez, con más ímpetu y frenesí, con cada empujón alcanzaba a meterme otro pedazo, y otro, y otro…
Si bien me estaba haciendo algo que no había consentido para nada y a lo que todavía me resistía, de pronto me di cuenta que ya no lloraba, las lágrimas se habían secado en mis mejillas y lo que antes habían sido gritos y sollozos, se habían convertido ahora en débiles quejidos… pero no de dolor, sino de placer. Algo me dolía, obvio, pero no se trataba de algo tan intenso como al principio, se trataba más bien de un dolor agradable, un dolor que me regocijaba en extremo.
Me estaba rompiendo el culo contra mi voluntad y yo lo empezaba a disfrutar.
Ya una vez que me encajó una buena porción adentro, empezó a culearme en forma certera e impactante, haciéndome sentir como se me abría un abismo en mis entrañas, proporcionándome un goce que aunque diferente resultaba tan intenso como cualquier otro.
Casi tendido sobre mí, levantándose apenas para tomar envión cada vez que me la sacaba, aquel anónimo semental me daba y me daba, sin permitirme ningún respiro, que, por otra parte, yo ya no quería ni reclamaba, entregándome por completo a un deleite que me resultaba por demás sorprendente: por el culo era tan excitante como por la concha.
Entonces… tuve un orgasmo. Ya había tenido unos cuántos antes, ni bien me agarro, pero este era un primer y verdadero orgasmo anal. No creí que pudiera llegar a tener uno en tales condiciones, siendo violada analmente, pero así fue, sentí que la humedad de mi entrepierna se extendía por todo el catre y que los gemidos que salían de mi garganta se intensificaban.
Él todavía no había acabado, por lo que siguió dándome por un buen rato más, perforándome cada vez más adentro, hasta que entre roncos jadeos me la dejo enterrada bien adentro y acabo, rebalsando con su caliente guasca la capacidad de contención del forro.
Acompañándolo en ese goce superlativo, estallé en expresivos y relajados suspiros, disfrutando intensamente de todas y cada una de esas gozosas sensaciones que muy a mi pesar me embriagaban y estremecían.
“No puedo ser tan puta”, me dije a mí misma, al darme cuenta que de algún modo estaba complacida con esa nueva perforación que había realizado en mi cuerpo.
Cuándo me la sacó me dejo un agujero de un cráter. El flaco se tendió a un lado, se arrancó el forro y lo tiró al suelo. No dijo nada, solo se dedicó a masajearse la poronga y a soltar unos cuántos bufidos. De a poco me fui levantando. Me quise dar vuelta pero la cola me dolía horrores, tuve que quedarme de costado.
-¡Sos un hijo de puta!- le dije cuándo finalmente pude hablar.
Se rió.
-Pero te gustó, ¿no?- habló al fin.
-Eso no quita que seas un hijo de puta- le repetí.
-Perdona flaca pero no me pude resistir- me dijo –Siendo tan trola no podes andar con el culito sano-
Cuánto más hablaba era peor, pero que podía hacer si tenía razón. Aquella inesperada rotura anal me había resultado sumamente placentera y regocijante. Además, la pija de aquel sujeto valía lo que pesaba. Era una delicia. Una monstruosidad hecha carne y yo la había tenido adentro, por uno y otro lado, guardándola toda en mi interior, en cada una de mis cavidades.
Me había roto toda, tal como me lo había prometido.
-¿Queres más?- me preguntó mientras se franeleaba la pija.
-Andate a la mierda- le dije y me levanté.
Junté mi ropa y le pregunté en donde estaba el baño, para asearme un poco.
-Acá en la habitación no hay baño, está en el final del pasillo- me indicó.
Me vestí así como estaba. Agarré mi bolso y salí de aquel cuarto sin siquiera despedirme. Quise correr por las escaleras pero un dolor punzante en esa zona que ya había dejado de ser inmaculada me lo impidió. Subí a un taxi y me fui a casa. Tuve que viajar sentada sobre un costado, ya que por un par de días me siguió doliendo. Sin embargo, más allá del dolor y de la frustración que representaba haberle entregado esa parte de mi cuerpo a alguien que no se lo merecía, me di cuenta que acababa de descubrir una nueva alternativa de placer, la que desde ese momento habría de utilizar con bastante asiduidad.



NOTICIA DE ULTIMO MOMENTO:

Hoy es viernes, hace ya varios días que tenía preparado este relato, pero por motivos personales me demoré en subirlo. La noticia es que mañana, sábado, salgo con alguien. No quiero adelantar nada hasta que el encuentro finalmente se concrete y pueda escribir el correspondiente relato, pero quiero mantenerlos al tanto. Espero que todo salga bien y que, por supuesto, mi marido no sospeche. Besito y estamos en contacto.