El lunes Lucía lo dedicó a cuidarse y decidió ponerse a punto en el salón de belleza, hizo el circuito de spa y se depiló su preciado chochito. Una vez más le tocó la misma chica de la vez anterior, que sin duda la recordaba por su preciosa joya y así se lo hizo saber de nuevo mientras la depilaba. La chica se llamaba Marta y se mostró especialmente simpática hoy, pues ya era la segunda vez que estaba con Lucía.

- ¡Bueno ya está, te ha quedado genial, como de costumbre! -exclamó Marta tras realizar la depilación del chochito de Lucía.

Un inconveniente de la cera era lo que dolía y aunque Lucía ya estaba acostumbrada, siempre dolía como la primera vez. Cuando terminó la chica le mostró en un espejo su joyita limpia de bello púbico por completo.

- Si está muy bien, gracias -contestó Lucía al verse reglejada.

- Ya lo creo que está bien, ya me gustaría tener a mi uno igual que el tuyo.

- Bueno cada una tiene su coño, ¿no? -replicó Lucía-. ¿Qué le pasa al tuyo?

- Pues bueno, que tengo los labios un poco grandes y también más oscuros que el resto de piel, antes me lo depilaba aquí una amiga, pero últimamente ya sólo me lo rapo un poco con la maquinilla corta-pelo, así lo disimulo un poco.

- ¡Vamos mujer, seguro que no es para tanto! -le dijo Lucía animándola-. Para follar con tu novio te sirve, ¿no? Pues entonces cumple su función -añadió provocando sus risas.

- Hoy también quieres que te de el masaje.

- ¡Claro, claro! A ver si te empleas en mi y me relajas bien, ¿vale? -le advirtió Lucía medio en broma.

- ¡Ya lo verás, hoy te daré mi masaje especial y quedarás satisfecha! -exclamó pidiéndole que la siguiera a habitación contigua.

En la sala la luz era suave, en un lado había una vitrina ocupando toda la pared con una especie de riachuelo montado con sus piedras y todo, por donde el agua discurría hasta un pequeño lago. El sonido del agua recorría toda la habitación y en consonancia con él, un hijo musical con guitarras de estilo oriental ponían el ambiente idóneo para la relajación y el masaje.

La chica le tendió unas braguitas y un sujetador de papel para que Lucía se los pusiera y así lo hizo. Se tendió en la camilla de masajes boca abajo, mientras la chica iba preparando los aceites esenciales del masaje. Su perfume recorrió la habitación llenándola con una suave fragancia al abrir los botes y echarse en las manos.

- Mira primero empezaremos con un aceite frío, ya verás que fresquito te da, y luego te pondré unas piedras de alabastro calientes en los chakras de la espalda y los dejaremos ahí un ratito regulándote el flujo energético de tu cuerpo. Al final usaré con otros aceites que dan calor y ahí caerás en trance, ya lo verás.... -le explicó la joven empleada.

- ¡Uy, suena muy bien, adelante! -exclamó Lucía tras oír la detallada explicación.

El aceite recorrió su espalda y efectivamente una sensación de frió activó todos sus nervios, poniéndole la piel de gallina en algunos momentos. La chica fue pasando por todos los músculos y articulaciones desde los hombros hasta las caderas, luego los muslos y finalmente los pies. Ahí le entraron cosquillas irremediablemente a la clienta y pasaron un rato divertido las dos, mientras tanto conversaban.

- ¿Tienes novio? -le preguntó la chica.

- No, voy "de capullo en capullo" -contestó Lucía jovialmente, lo que hizo que la chica soltara una carcajada-. Los hombres son para aprovecharse de ellos, exprimirlos y pasar al siguiente.

- Me gusta tu filosofía, oye... -admitió la chica.

- ¿Y tú tienes novio? -se interesó Lucía.

- Si, aunque corté con el último porque, como tú dices, era un capullo -le explicó la joven.

- Vaya, pues si es así me alegro, mejor búscate uno que te satisfaga.

Marta fue colocando las piedras calientes sobre la espalda de Lucía y estas fueron calentando su piel y relajando su cuerpo como le había dicho.

- Pues si, el tío no me quería comer el coño, te imaginas, eso si, ¡yo tenía que comerle la polla hasta que se corriese en mi boca! Yo eso lo odiaba, no me gustaba en absoluto y el tío siempre probaba a ver si lo conseguía, hasta que una vez me soltó un chorro y estuve después cinco minutos escupiendo y enjuagándome la boca. Encima follaba fatal y se corría a las primeras de cambio. En fin, que duró hasta que un día me levantó la mano y me soltó una bofetada, yo por supuesto se la devolví y le dije que ya no quería volver a verlo.

- ¡Oh vaya! -se limitó a decir Lucía, tras escuchar su confesión-. Es que hay cada hijo de puta por ahí que hay que andarse con cuidado niña.

- Luego me persiguió durante algún tiempo, pero mis hermanos le hicieron ver que si se acercaba de nuevo a mi tendría problemas y por ahí me salvé -le confesó la chica.

- Pues menos mal, me alegro que te dejase en paz. Es que los tíos no entiende cuando les dices que no, especialmente esos que son unos cabrones. ¡Me alegro por ti! -exclamó Lucía animándola.

- ¡Gracias! Bueno perdona por soltarte el rollo es que yo me suelto en seguida.

- No tienes que disculparte mujer, no pasa nada -respondió Lucía dándole su confianza.

Tras las piedras la chica volvió al masaje, esta vez el aceite empleado olía divinamente y producía un calorcillo muy especial. Lucía notó como le masajeaba los muslos, desde sus rodillas hasta su culo, en movimientos que la recorrían desde los pies hasta sus nalgas. Sus dedos se iban acercando peligrosamente cerca de sus ingles. En un momento dado le abrió los muslos y comenzó a deslizar sus dedos por su interior, llegando muy cerca de los bordes de su chochito. La verdad es que Lucía empezó a pensar en que le metería mano en cualquier momento en su coño y se la imaginó arracándole aquellas braguitas de papel, dejando paso libre y haciendo que sus dedos se deslizasen por los labios de su vulva, perdiéndose en ella mientras esta se engordaba y sonrojaba, hasta que se los metía en su coño para un mayor goce y disfrute.

En estos pensamientos estaba cuando notó como sus dedos se colaban bajo las braguitas, pero por encima de su culo, rodeándolo hacia afuera. Los movimientos de la masajista cada vez se volvían más sensuales.

- Te gustaría que te masajeara el culo, ¿es muy placentero? -le advirtió la chica antes de seguir para prever una posible reacción negativa de Lucía.

- ¡Oh si por favor, lo haces muy bien! -exclamó Lucía dándole carta libre.

- Vale entonces tengo que rajarte las braguitas de papel para descubrirte el culito y me subiré a la camilla para llegar también a tu espalda, ¿no te importa verdad?

Lucía asintió y la chica procedió. Con un movimiento enérgico, la tela de papel se rasgó y su culito quedó a flor de piel. Entonces la chica se colocó sobre la camilla sentándose sobre sus rodillas procurando no aplastarlas con su peso. Luego echó más aceite sobre su piel y cogió su culo con ambas manos, extendiéndolo por todo él, lo que contribuyó a que sus dedos se deslizaran sin apenas fricción por toda su extensión. Ahora la chica comenzó a dar pasadas por su espalda, comenzando por su culo hasta llegar al cuello. Una vez allí Lucía sentía muchos escalofríos que le recorrían todo el cuerpo desde el cuello hasta los pies y de vuelta al cuello.

Después Marta se centró en su culo, dándole masajes en círculos, sobándoselo a placer. Mientras Lucía notaba como el exceso de aceite se concentraba en el canalillo que conducía a su ano y más abajo su rajita, diminutas gotitas de aceite se habrían paso por aquel valle, cuando los dedos de Marta accedieron a él, empujándolas aún más hacia su ano, sólo fue una pasada, pero llegó hasta su apretado botón anal y Lucía sintió otro escalofrío con el sólo roce roce que había tenido.

La chica disimuló y ahora pasó a la cara interior de sus muslos, deslizando sus dedos arriba y abajo, llegando a sus ingles, muy cerca de su chochito, tan cerca que Lucía sentía como los pelillos de sus muñecas parecían rozarle los labios mayores de su vulva. En estos momentos ya intuía por donde iba la chica y decidió no mover ni un músculo y dejarse sorprender.

Efectivamente Lucía volvió a su canalillo culero y deslizando sus dedos esta vez sin vacilaciones lo recorrió entero hasta llegar a su ano y siguió más abajo, deslizándolos en torno a su coño. Lucía soltó un gemido ahogado, casi imperceptible, pero la chica lo escuchó y supo que podía continuar. Sin tapujos ya, pero con la misma sutileza del principio, la chica se dedicó a masajearle su ano con los dedos, al tiempo que con la otra mano le acariciaba los labios mayores de su coño, abriéndolos y accediendo a los menores.

Lucía sintió como el placer nacía en su estómago y la rodeaba por la cintura y las caderas llegando hasta su culo, bajando por su pelvis hasta su chochito y juntándose en su botón secreto, duro y apretado, que ahora era parcialmente penetrado con un simple dedo por la chica, mientras con la otra mano su clítoris era capturado por dos dedos y masajeado con exquisita delicadeza. Ahí creyó desfallecer por eso le indicó que parara.

Marta sin comprender creyó que había hecho algo mal, pero no fue así, Lucía le pidió que bajase de la cama y al hacerlo se incorporó ella. Buscando su boca con ardor, sus lenguas se entrecruzaron y sus labios chocaron en un ardiente beso. Al separarse, la chica desabotonó su bata blanca y la abrió, quedándose únicamente con sus braguitas color carne sin sujetador, pues casi no tenía pechos, deslizándola por sus brazos, ésta calló al suelo quedando semi desnuda. Entonces se volvieron a abrazar y sus cuerpos se encontraron, piel contra piel, pecho contra pecho, pubis contra pubis.

Lucía le dijo que se tumbara ahora ella en la camilla y cuando fue a tirar de sus braguitas la chica le indicó que no era necesario que ella era la clienta y que quería seguir con su masaje. Ella no entendió sus reticencias y siguió insistiendo. Entonces la chica confesó...

- Verás Lucía, es que mi chochito es un poco feo, como ya te dije antes...

- Vamos chica no seas acomplejada, si tus labios son grandes te los frotaré y grande también será el placer que te den -le propuso Lucía.

- No es sólo eso, es que me da vergüenza, porque mi clítoris... ¡es demasiado grande! -le confesó sorpresivamente.

- ¿Y eso, qué quieres decir? -preguntó Lucía que seguía sin entender.

- Pues es que es muy grande, vamos como de un centímetro o centímetro y medio...

- ¡Um!, entonces es como una pollita en miniatura, ¿no? -preguntó Lucía-. Alguna vez leí que hay mujeres que se les desarrolla tanto el clítoris que parece un pequeño pene.

- Si, ¿lo has leído? -se interesó la chica sorprendida.

- ¡Claro, yo estudiaba medicina y lo comentó un profesor en un libro! Vamos enséñamelo, ¡me muero de ganas por verlo!

La chica finalmente accedió a bajar sus braguitas y tumbarse en la camilla de masajes. Lucía abrió sus piernas despacio y el la penumbra de la habitación apenas vio nada, tuvo que acercarse y sobre todo palpar su chochito para localizar al amiguito que estaba allí escondido. Le pareció muy gracioso así que no dudó en acercar sus labios y darle besitos. La chica exclamó con excitación...

- ¡Con mucho cuidado, que es muy sensible!

Lucía moderó sus ímpetus y siguió chupando aquel botoncito erecto, como un pezón alargado que nacía en la parte superior de aquel coño, justo donde se unían los labios mayores de la vulva. Marta entró en éxtasis y acariciando la cabeza de Lucía, con las piernas flexionadas y completamente abiertas le ofrecía su secreto para que lo colmara de placeres.

Marta la hizo detenerse, para tomar ahora ella la iniciativa. De nuevo la tumbó boca abajo y ella se subió a la cama cubriéndola, pero poniéndose del revés, es decir, llevando sus pies hacia la cabeza y poniendo su cuerpo entre los muslos de Lucía, entrelazando sus piernas, poniendo una por debajo y la otra por encima de su culo hasta encajarse poniendo en contacto coño contra coño. Comenzó a moverse, escurriéndose con el abundante aciente con sus muslos por encima y por debajo de las espalda de Lucía, frotando piel contra piel, labio contra labio, clítoris contra clítoris, y el frenesí siguió durante un buen rato, donde los gemidos y las respiraciones entrecortadas, fueron los únicos sonidos que rompían la monotonía del libre discurrir del agua por la vitrina de en frente.

De lado, conectadas por sus largas piernas, aferradas a las piernas de la contraria, ambas mujeres disfrutaron de sus caricias, ayudadas por sus manos, a veces se frotaban sus clítoris y a veces buscaban tocar la concha opuesta, incrementando así el placer mutuo que se proporcionaban.

Hasta que el orgasmo de la chica llegó y algunos chorritos calientes impactaron en el coño de Lucía. Ella no lo advirtió en el momento pues su climax llegó poco después y ambas se sacudieron encima de la estrecha camilla estando a punto de tener un accidente, pero gracias a que una se sujetaba con la otra, esto no llegó a ocurrir.

Cuando más tarde se bajaron de la camilla, Lucía palpó el skay de la misma y vio que efectivamente no eran imaginaciones suyas y que estaba mojado, es más había un pequeño charquito en el suelo. No quiso preguntar para no poner en un aprieto a la masajista, pero fue ella quien, de muto propio confesó.

- Verás es que no entiendo porqué, pero cuando me corro también me sale mucho líquido, no es pipí porque ya lo he olido otras veces incluso tocad con mi lengua, te lo garantizo, es como una aguilla transparente que me sale justo cuando me corro y no puedo evitarlo.

- No te preocupes, creí que era yo que se me había sufrido un escape... pero en el ardor de la relación ni me he dado cuenta. Oye me ha encantado -le confesó Lucía acercándose y cogiéndola por la cintura.

- ¡Gracias, a mi también me ha gustado mucho! -confesó la chica-. Ahora deberías irte a las duchas para que no sospechen mis compañeras, los lunes no hay mucha gente por eso nos permiten dedicarle un poco más de tiempo a cada clienta pero ya llevamos mucho rato aquí.

Lucía le dió un cálido beso en los labios.

- No gracias a ti, hoy quiero hacerte "un regalo" para que te compres lo que quieras -afirmó Lucía.

- ¡Oh no tienes porqué yo también he participado de esto! -confesó Marta intentando que Lucía no se molestara en darle dinero.

- No seas tonta y acéptalo, sino me ofenderé, ¿Si le doy un sobrecito a la recepcionista te lo dará a ti?

- Si, es una amiga, a veces las clientas nos dan propinas -contesto Marta.

- Pues entonces así lo haré... bueno hasta la próxima, estoy deseando volver a verte -le manifestó Lucía volviendo a besar sus labios.

- ¡Yo también, vuelve pronto! -respondió Marta mientras Lucía salía de la sala de masajes.




17


Cuando vio el número no lo reconoció, pero ante la posibilidad de que fuese un cliente, contestó con su voz, dulce y melodiosa...

- ¡Dígame...! -dijo alargando el final de la palabra.

- ¿Lucía? -preguntaron al otro lado del teléfono.

- ¡Lucrecia! -respondió Lucía reconociendo su inconfundible voz.

- Si, soy yo, hola Lucía -le confirmaron a través del móvil.

- ¡Qué alegría me da oírte! ¿Qué te cuentas? -se interesó Lucía por su interlocutora.

- Estoy bien, es sólo que como me dijiste que te llamase cuando tuviese un día libre, pues me gustaría verte y poder pasar el día juntas. Por eso te llamaba, para ver si mañana tenías algo que hacer.

- ¡Claro que no! ¡Me encantará verte y estar contigo!

- ¿Entonces te parece bien que nos veamos sobre las once o así? -preguntó Lucrecia.

- Si, es buena hora, te parece que quedemos en el centro, así podemos comenzar tomando un café y pasar el día de tiendas o como te apetezca.

- Me parece perfecto. Estoy deseando verte -le confesó Lucrecia.

- ¡Y yo también Lucrecia! -replicó Lucía con entusiasmo tras su confesión, denotando también sus sentimientos de amistad hacia ella.

- Entonces, hasta mañana Lucía, buenas noches -se despidió.

Lucía estaba leyendo en la cama, como cada noche, la tele le aburría inmensamente y prefería encerrarse entre sus sábanas de raso, en su inmensa cama de matrimonio, con la espalda apoyada en varios almohadones cuadrados. Concretamente estaba metida en esta ocasión con la saga crepúsculo, de la que ya llevaba leída la primera parte y estaba a mitad de la segunda.

A veces pensaba que ella era como Edward, el vampiro protagonista, vivía un poco apartada de los demás, y guardaba un secreto que no compartía con casi nadie. Aunque en este caso ni siquiera su familia estaba allí, pero bueno, en cierta medida una nueva familia se estaba formando en torno a ella.

Ilusionada por el día que le esperaba mañana, por la visita de su querida Lucrecia, decidió dar por finalizada la lectura y apagar la lámpara de la mesilla de noche. Mientras se abandonaba a sus sueños, una pregunta se formó en su mente: "¿Querría Lucía algo más, que pasar el día con ella?". Y con estos pensamientos, lentamente fue cayendo en un profundo sueño, entrando en los dominios del reino de Morfeo, en su mundo intemporal, donde entramos los seres humanos cada noche, en el que podemos ser aquello que durante el día no podemos ser, donde podemos volar a través de nuestras fantasías más ocultas, un mundo donde tus deseos pueden desatarse, libres de ataduras morales impuestas por el mundo y la sociedad reales.

A la mañana siguiente se levantó temprano para el horario al que estaba acostumbrada, se duchó y acicaló como si de una cita con un cliente se tratase y cogió un taxi para no llegar tarde a la cita convenida la noche anterior.

En la plaza los turistas se arremolinaban por las fachadas de los edificios del casco histórico, mientras las palomas aguzaban la vista por si algún jubilado traía en las manos algunos cuscurros de pan con los que alimentarlas. Allí entre la gente, cuando uno de esos grupos se disolvió, como por arte de magia, la tez morena y resplandeciente de Lucrecia, con su pelo negro, largo y rizado y una inmensa sonrisa blanca reparó en su presencia.

Nerviosa Lucía le devolvió la sonrisa y apretando el paso se aproximó hacia ella. Cuando estuvo a su lado, no pudo contenerse y además de darle dos besos en las mejillas se abrazó a ella, frotando su espalda.

- ¡Buenos días guapetona! -le dijo Lucía tras abrazarla.

- ¡Buenos días señorita Lucía! -respondió Lucrecia, llamándola como si fuese su sirvienta.

- Por favor, no me estarás llamando todo el día "señorita", ¿verdad? -sonrió Lucía.

- ¡Oh no, claro que no! Es la costumbre -rió Lucrecia.

- ¡Vamos a tomar un café...! -propuso Lucía.

En la cafetería las mesas ya empezaban a vaciarse, pues dado la hora, los desayunos iban terminando a medida que se aproximaba el medio día. Buscaron una mesa apartada del bullicio de la barra y tomaron asiento. La camarera les tomó nota y pudieron conversar con intimidad.

- Bueno querida, ¿cómo te encuentras? -se interesó Lucía.

- Pues muy bien Lucía...

- Ya te veo, tienes muy buen aspecto. ¿Sabes? Me resulta raro verte sin el uniforme, así con ropa de calle. No hay duda estás más guapa.

- Gracias Lucía, siempre tan amable.

- Bueno, ¿qué te apetece que hagamos hoy?

- Verás Lucía, es que yo quería preguntarte algo -le dijo Lucrecia poniéndose algo seria.

- ¡Claro que si! Pero alegra esa cara mujer, que me estás preocupando -añadió Lucía.

- No tienes por qué hacerlo, estoy bien. Es que... recuerdas aquella noche cuando hice de puta contigo y el señor...

- ¿Si, lo recuerdo...? -preguntó Lucía intrigada.

- Pues, que luego nos dio mucho dinero... y yo lo envío a mi país porque somos muchos de familia, ¿sabes? Por eso vine a España, para trabajar y ayudarles. Y claro, después de aquella noche no he parado de darle vueltas a si yo valdría como prostituta. Entiendo que no soy tan bonita como tu, pero fue mucho dinero y me preguntaba si yo valdría para eso... -le soltó sin esperarlo.

Lucía se quedó pasmada, la cogió por sorpresa y de primeras no supo qué decirle. Calmó sus pensamientos inspiró profundamente y tras exhalar habló.

- Bueno Lucrecia, es cierto que esto te puede parecer dinero fácil, pero yo te digo que también tiene sus sinsabores. Tú has follado con el señor, que es todo un caballero, pero por ahí hay cerdos asquerosos, que no te gustarán y tendrás que chupársela y follártelos aunque no te gusten -le explicó Lucía.

- Si, soy consciente de eso, no sé, me dejaré follar, haré lo que sea pero si no lo intento seguiré siendo una sirvienta de por vida, y con esa paga tampoco me llega para mucho -se lamentó Lucrecia.

- Está bien, lo que podemos hacer es que te pruebes esta noche, conmigo, y si la experiencia no es como tú pensabas pues siempre puedes cambiar de opinión, ¿qué te parece?

- ¿Esta noche? -preguntó extrañada Lucrecia.

- ¡Claro mujer, para qué lo vas a dejar más!

- No sé, yo había pensado que tal vez lo hiciésemos la próxima semana.

- Si estás decidida mejor seguir ahora que estás lanzada, la próxima semana reflexionarás y tal vez ni lo intentes.

- Bueno si tú lo dices... -se resignó Lucrecia.

Lucía le dijo que lo primero que necesitaba era un buen vestido de fiesta, así que la llevó a una tienda cara. La pobre Lucrecia cuando vio los precios de aquellas maravillas se echó a temblar, pero Lucía se ofreció a realárselo, quería tener el detalle con ella e insistió en que se los probara.

El cuerpo de Lucrecia era joven y esbelto como el de Lucía, con su piel mulata casi todos los colores y modelos le caían bien. Lucía disfrutó viéndola cambiarse de ropa y en el probador la miraba con sus pechos pequeños de pezones negros y puntiagudos y se sentía atraída por ella. Rememoró aquella noche, cuando su boca bebió los jugos que manaron de aquel coño color azabache; cómo Lucrecia primero se lo comió dulcemente a ella por primera vez y se estremeció. Allí en el probador, mientras la miraba sentía la tentación de acariciar aquel cuerpo, pero prefirió disimular y limitarse a sonreírle todo el rato.

Almorzaron en un restaurante caro. La pobre Lucrecia no hacía más que mirar los precios de los platos, así que Lucía decidió por ella y le regañó por estar constantemente recordándole lo caro que era todo. Disfrutaron de un buen festín y por la tarde se fueron al salón de belleza. Allí Lucía insistió en que Lucrecia se depilase bien todo el cuerpo y de nuevo fue ella quién pagó el circuito completo con su visa oro classic.

Tras terminar se encontraron en el jacuzzi, Lucía también aprovechó para darse un masaje con su amiga Marta, pero hoy nada de especiales, aunque Marta lo intentó, insinuándose por sus ingles y glúteos, ella se dejó hacer y le sonrió apartándole la mano cuando intentó acceder a su rajita sonrosada. Otro día pasaría a hacerse "el completo"...

En el jacuzzi Lucía se acercó a Lucrecia, las burbujas le provocaban muchas cosquillas y la chiquilla estaba exultante de felicidad. La cogió por la cintura y se sentó junto a ella. Como obsequio de la casa, les pusieron sendas copas de rioja, y las muchachas tomaron un sorbo, mientras las burbujas les acariciaban la piel al salir a la superficie.

- ¡Jo esto sí que es vida! -exclamó la joven mulata.

- Me alegro que te guste, si te va bien en el negocio tú también podrías llevar esta vida.

- ¡Esto lo tengo que conseguir, yo quiero vivir así! -exclamó para motivarse la joven Lucrecia.

- Ya verás que si, por lo menos esta noche lo intentaremos... a ver qué tal se te da.

Lucía estaba excitada, junto al cuerpo moreno de su amiga, su piel, blanca como la leche destacaba con fuerte contraste, al tenerla allí tan cerca, oliendo aún los aromas de los aceites de masaje, no pudo resistirse y le lanzó un beso al cuello.

Lucrecia se volvió y sin mediar palabra cruzó sus labios con los suyos, entrelazando sus lenguas en un suspiro con beso o beso con suspiro, mientras su calentura subía como la burbujeante espuma de aquel jacuzzi. La mano de Lucía ascendió a través de su rodilla hasta sus ingles y con el coño a flor de piel, pues se habían metido desnudas, palpó su flor, encontrándola caliente y resbaladiza, mientras sus bocas seguían comiéndose a besos y sus lenguas se entrecruzaban con cada uno de ellos.

Lucía también sintió el contacto de los dedos de la muchacha sobre su coñito, accediendo a sus labios y abriéndose camino en su interior, mientras le provocaba escalofríos de placer y una fuerte emoción le recorría la espina dorsal, haciendo que hasta los labios le temblasen de excitación.

- ¡Para Lucrecia! -le ordenó de repente-. ¿Estás cachonda?

- ¡Oh si mucho! -confesó la chica en sus brazos.

- Pues paremos ahora, desear el sexo nos hará más apetecibles para los hombres y también nos estaremos más receptivas esta noche.

- Vale... -asintió Lucrecia, tal vez algo contrariada por la negativa de Lucía a continuar su encuentro lésbico.

Fueron al piso de Lucía y allí se vistieron. Lucrecia era un diamante en bruto, pensaba mientras la veía desnuda con su negro chochito bien depilado y sus pechos menudos como los suyos, tal vez algo más grandes y con pezones gordos y oscuros; poniéndose aquel tanguita negro con algún detalle de bisutería proyectanban destellos de luz desde su piel color canela. Tal vez conseguiría meterla en el mundillo, aunque todavía tenía que esperar a verla en acción...

Salieron sobre las diez, tomaron un sandwich previamente y se dirigieron directamente a un bar de copas exclusivo que había en el centro. Donde los ricachones se pavoneaban antes de ir a casa tras reuniones de última inexistentes o supuestas cenas de negocios, como escusas para sus pacientes mujeres que esperaban en el hogar.

Allí se sentaron en la barra y se pidieron un par de cócteles sin alcohol, Lucía le dijo que nunca debía beber estando "de servicio", el alcohol podía ser su perdición y necesitaba tener todos los sentidos alerta y el raciocinio intacto pues con los clientes nunca se sabía.

Lo primero que le enseñó es a ver más allá de las apariencias, a fijarse en los detalles, sólo así distinguiría al hombre que tenía pasta de verdad del pringadillo que aparentaba estar allí en un alarde de estatus "inventado". También intentó que captara el carácter del tipo, pues si era violento era mejor no arriesgarse, y ante todo le enseño que la que elegía era ella, si un tipo se le acercaba y no le gustaba debía negarse en rotundo a entablar ninguna conversación.

Al rato de estar allí un par de tíos mayores se acercaron a la barra y se pidieron un par de copas más. Allí se fijaron indudablemente en ellas, que solícitas y dispuestas se exhibían como gatitas en celo. No tardaron en picar el anzuelo y a los cinco minutos los tenían rodeándolas, tratando de averiguar lo que buscaban en aquel bar un par de señoritas de buen ver como ellas. Uno rondaría los cincuenta y el otro, más joven andaría por los treinta y cinco o así.

La conversación fue amena y apacible, aunque uno de ellos pronto se mostró algo grosero en ocasiones, pero no parecía un mal tipo, tal vez algo fanfarrón y se le notaba un tufillo de la prepotencia que da el dinero. El otro, más joven, sí era educado y se le notaba bastante tímido. Finalmente las invitaron a ir un hotel, curiosamente no hablaron de dinero, esto hizo sospechar a Lucía y puso claras sus condiciones: nada de violencia, nada de drogas y si ellas decían no, allí se acababa todo.

Los hombres asintieron con cada una de sus imposiciones y les sonrieron pidiéndole que no se pusiera nerviosa que sólo querían divertirse. Ellos propusieron ir en su coche, pero Lucía, de nuevo impuso ir en taxi y lo pidió ella personalmente, así que no hubo más que hablar. A pesar de su juventud, Lucía ya era perra vieja y se conocía casi todos los trucos, así que prefirió tomar todas las precauciones posibles.

Llegaron a un lujoso hotel. Juan se dirigió a la recepcionista para pedir una suite mientras ellos tres esperaban sentados en unos sillones del hall y finalmente subieron a las habitaciones. A los tíos les ponía hacerlo juntos, así que reservaron sólo una habitación. A ellas les pareció excelente idea pues es lo que trataban de hacer. Una vez en la suite, comprobaron el lujo que traslucía por todos los rincones de la habitación, una cama inmensa y una habitación amplia en la última planta de aquel hotel, con una pequeña terraza anexa desde la que se divisaba media ciudad. Al llegar pidieron champagne, fresas y chocolate mientras ellas pasaban al cuarto de baño...

- ¿Estás nerviosa? -preguntó Lucía.

- ¡No, claro que no! Bueno un poco... -admitió finalmente Lucrecia.

- No te preocupes, todo irá bien, creo que son buenos tipos -le dijo lucía mientras un chorrito dorado salía de su perla para caer al fondo de aquella taza impoluta-. Haz piss y lávate bien después en el bidé antes de salir.

- De acuerdo -asintió nerviosa.

Lucía le dijo que se quitase el vestido y lo colgase en el baño antes de salir, saldrían sólo con sus tangas y esto pondría a los tipos a tono. Cuando estuvo desnuda Lucía la sorprendió abrazándola y besándola en los labios, ambas se entrelazaron y besaron en aquel baño en silencio. Lucía trataba de hacer que se relajara y excitarla para que todo fuese más fácil allí fuera...

Finalmente salieron, como vestales de un templo, hermosamente desnudas, siendo del agrado de aquellos dos tipos que ya se habían puesto cómodos en la cama. Las fresas, el chocolate fundido y el champagne estaban ya en una mesilla junto a la cama.

- Bueno ahora nosotros pasaremos también al baño, -dijo uno de ellos-, pero no juntitos -añadió-, más que nada para que no penséis mal -y rió socarronamente.

Este era el más mayor, y dijo llamarse Alberto, fue el que primero entró en el baño. Mientras estaba fuera, el más joven parecía algo nervioso y no sabía qué decir, así que Lucía creyó buena idea emparejarlo con la también nerviosa Lucrecia. Por eso la cogió del brazo y la sentó sobre el muchacho, encima de la cama, éste rió nervioso al verla allí espléndida en su desnudez encima suyo, y no pudo evitar darle un repaso a su cuerpo mulato de arriba a abajo, terminando en su coño, tapado con el pequeño tanguita negro.

- ¡Eres muy bonita! -exclamó.

- ¿Si? Gracias mi amor -añadió Lucrecia.

Lucía, haciendo de anfitriona acercó la mesa de las viandas y tomando una fresa la mojó en chocolate y la acercó a los pezones de Lucrecia, untándolos con el tibio y espeso manjar. Luego ofreció la fresa la hombre quien la mordió de sus manos y a continuación lo tomó por su cuello y lo acercó a aquellos pezones negros y robustos untados de chocolate, de manera que los chupó poniéndolos aún más tiesos y puntiagudos. Este decía llamarse Juan.

Alberto salió del baño y al ver a los tres tan ocupados protestó porque no le hubiesen avisado.

- ¡Cómo! ¿Empezáis sin mí? Esto no se hace -y se unió a ellos tirándose en la cama junto a Lucía.

Juan se disculpó e invitó a Lucrecia a liberarlo, entrando el a continuación al baño. De manera que ahora Lucía se subió encima de Alberto y le ofreció una fresa como antes hiciera con Lucrecia, ofreciéndole sus pechos a continuación. El hombre los chupó con firmeza y apretó su culo con ambas manos.

- ¡Qué buena estás chiquilla te voy a follar hasta correrme encima tuyo! -exclamó poco delicadamente.

- ¿Si, a ver si luego no aguantas ni un asalto? -advirtió Lucía jocosamente.

Al final todos acabaron encima de la cama, comiendo fresas y bebiendo champagne, Lucía por gestos advirtió a su amiga para que tomase únicamente sorbitos en los que apenas se mojaba los labios. Su artimaña del inicio surtió efecto y las parejas quedaron tal como ella quería, Lucrecia con Juan y ella con el grosero Alberto.

Llegó la hora de las mamadas y ambas se vieron arrodilladas ante ellos, chupando sus dos pollas al unísono. Lucrecia tuvo alguna dificultad en poner el condón a Juan, así que Lucía salió a su encuentro y con su habilidad habitual terminó de ponérselo con la boca. Alberto, como siempre protestó airadamente, pues aquello era favoritismo hacia el más joven.

Ambas chupaban con esmero, Juan disfrutaba de lo lindo y echado hacia atrás en la cama se limitaba a "sufrir" el tormento que le provocaban los labios de Lucrecia, en cambio Alberto cogía por la cabeza a Lucía y la forzaba a tragar siempre un poco más hasta el fondo, por lo que Lucía tuvo que retirarse y hacerle una primera advertencia. Esto contrarió a Alberto que le pidió que se pusiera de culo en la cama para que se la follara, Lucía, obedeció y el grosero Alberto le tocó el coño con mojándose sus manos antes de penetrarla con su poca delicadeza.

El falo entró sin resistencia, pero hizo algo de daño a Lucía que no esperaba que fuese tan brusco, ella apretó los dientes pero no gritó, sin duda aquel cabrón era lo que buscaba. Entonces vio a Lucrecia, quien también se colocaba del mismo modo para que Juan, más tranquilo, imitase a su acompañante. En su mirada, había algo de miedo, al ver el trato que le estaba dando aquel hombre tan grosero, pero Lucía la tranquilizó y acercándose a su boca buscó sus labios.

- ¡Miralas, pero si estas también se lo montan entre ellas! -exclamó riendo Alberto mientras no paraba de embestir el culo de Lucía.

Juan penetró a la joven mulata y la folló despacio y con calma, tal vez controlando una posible eyaculación precoz, Lucía se alegró de haber encontrado aquél hombre para ella, que era primeriza en estas lides. En cambio Alberto era más brusco y la follaba con fuertes embestidas que la hacían rebotar contra sus muslos provocando sonoras palmadas. Si por lo menos fuera menos grosero, hasta podría gustarle, pues Lucía estaba hoy excitada desde el amago lésbico del jacuzzi, pero con sus modales no había manera de concentrarse y de que aquella follada le gustase.

- Bueno Juan, por qué no cambiamos, ¿y ahora pruebo a esa negrita que tienes tú ahí?

- ¡Qué pasa! ¿Es que no te gusta mi coño? Protestó Lucía intentando evitar que aquella bestia jodiera a Lucrecia en su primera vez.

- Sólo quiero hacerlo un ratito mujer, luego seguiré contigo, lo digo por variar más que nada.

- ¡Está bien, pero si lo haces con ella tienes que ser más suave! A ella no le gustan las embestidas que me has estado dando a mi, ¿vale?

- ¡Está bien, la follaré más despacito! -se jactó Alberto.

Juan no supo que decir, así que asintió y consintió el cambio.

Lucrecia se vio enculada por el grosero Alberto y Juan se colocó detrás de Lucía. Temió lo que pudiese hacerle aquella bestia, pero pensó que Lucrecia tenía que ver que no todos eran amables y delicados como Juan, así que en su primera noche tendría ambas visiones de su mundo.

Aunque comenzó a follarla suavemente, pronto Alberto comenzó a mostrar síntomas de desobediencia y comenzó a hacer de las suyas, empujando cada vez más fuertemente a la pobre Lucrecia, agarrándola bien por sus caderas y ayudándose con sus fuertes brazos, al tiempo que se oían las palmadas por los choques entre los muslos del hombre sobre el culito de la joven Lucrecia. Pero incomprensiblemente, cuando Lucía alarmada al ver esto miró a su cara, no descubrió sensación de dolor o fastidio por lo que le hacía, más bien todo lo contrario. La criatura estaba apretando los labios, temblando con cada embestida, con la carita pegada a un almohadón al que se abrazaba y que le servía de punto de apoyo, se la notaba muy excitada. Hasta comenzó a soltar sonoros grititos con cada embestida.

- ¡Qué! ¿Ves como le gusta a tu amiga un hombre fuerte como yo? No todos podemos ser suaves y delicados como el joven Juan, a algunos nos gusta follar rudo como a mi -fanfarroneó Alberto exultante mientras no paraba de embestirla a placer.

Por su parte Lucía estaba probando las delicadas manos de Juan, como había dicho Alberto y lo cierto es que no había ni punto de comparación, la follaba suavemente, cogiéndola por la cintura y acariciándole las tetas cuando se echaba en su espalda, los hombros y el cuello. Se le veía con dificultadas para aguantarse la corrida, así que Lucía lo ayudó a retrasarla, dejando que se la follara tan despacio como quisiera. Ella también agradeció el cambio y el placer volvió a su cuerpo, recordándole que había gente así de amable hasta para follar.

A petición de Alberto, quien ya sudaba como un cerdo, le pidió cambiar de postura a la negrita como él decía y se tumbó para que ella lo cabalgase a él. La chica obedeció sumisa, y tras tumbarse el hombre se subió a su panza, apoyándose en ella mientras miraba entre sus piernas y sujetaba su polla para clavársela en su negro chochito. El respiro le vino bien y la muchacha, se la encajó y comenzó a disfrutar de ella en su interior con más calma, aunque ésta no duró mucho, pues enseguida el impaciente Alberto protestó y le pidió que lo follara con las mismas ganas que lo había hecho antes él. Lucrecia lo miró sin comprender...

Lucía, que estaba al tanto de todo lo que ocurría, también decidió cabalgar a Juan, y haciéndole un gesto a Lucrecia, le indicó que se colocara como ella. Sentándose en cuclillas sobre la polla del hombre, apoyándose en sus pectorales, echándose ligeramente hacia adelante, Lucía comenzó a hacer sentadillas sobre la polla del maltrecho Juan. Lucrecia la observó unos segundos y en segida comenzó a practicar ella.

Alberto la cogía por su culito y la ayudaba a subir y también tiraba de ella al bajar, sentándola con violencia sobre él, clavándole la polla hasta donde podía alcanzar ésta en su interior. De nuevo la chica pareció excitarse con el sexo duro al que la estaban somentiendo y los grititos volvieron a resonar por la habitación.

Lucía por su parte, dio una tregua al pobre Juan sacándose la polla y haciendo que éste le manosease el coño y las tetas, calentándolo mientras respiraba profundamente y se contenía en su excitación. También se la volvió a chupar lentamente deleitándolo con sus artes amatorias.

- Vamos Lucrecia, vuelve aquí a terminar con tu cliente si quieres -le solicitó Lucía durante su pausa.

- ¡Eso, quiero ver cómo me folla ahora la señorita rubia! -exclamó Alberto tan bravucón como de costumbre.

- ¡Por mi vale! -exclamó Lucrecia sonriente.

Lucía se encaramó encima de Alberto y adoptó la misma postura de antes, buscando su polla para encajarla en su coño. Mientras lo hacía, Alberto, baboseando, le acariciaba y chupaba las tetas, sin parar de decir lo ricas que las tenía, algo pequeñas, pero muy ricas.

- ¡Bueno cerdo, te vas a correr sí o sí! -le dijo Lucía sentándose encima de su polla de un golpe seco. Esto lejos de molestarle le gustó y volvió a sonreír mientras seguía manoseándole las tetas.

- A ver lo que sabes hacer putita del demonio -replicó Alberto sin cortarse un pelo..

Alberto desconocía el arma secreta de Lucía, con su cuerpo fibroso y grácil, podía moverse a la velocidad del rayo y machacar con su culo respingon sus huevos hasta llegar a cascarlos como si fuesen nueces. Sin dudarlo aumentó el ritmo de sus sentadillas, golpeando violentamente los muslos del hombre, quien agradecido relinchaba de placer cuan caballo desbocado debajo de ella.

Por su parte la otra joven pareja, los imitaba y Lucrecia se sentaba encima del nervioso Juan, imitando a su amiga, intentando follarlo con el ímpetu de su, machacándole su verga con su chochito mulato. El joven no tardó en dar síntomas de agotamiento y dejándose ir soltó un gemido profundo mientras se aferraba con fuerza a la cintura de avispa de la doncella. Lucía, siempre atenta la tocó en el hombro para darle a entender que ya debía parar sus acometidas y dejar que el hombre disfrutase corriéndose dentro de ella.

Al otro lado de la cama Lucía, seguía maltratando la polla de aquel hombre chulo y petulante que la insultaba llamándola zorra y pidiéndole que le diese más caña aún. El sudor también hizo acto de presencia en la frente de Lucía, quién también acusaba el esfuerzo, mientras respolaba pensaba en lo que se habría metido aquel hijo de puta para aguantar de aquella manera.

En cierta medida su chochito también se estaba recalentando y una sensación nacía en su estómago apretándolo y poniéndola nerviosa: <<¿se correría con aquel hombre de tan horribles modales? -se preguntaba mientras seguía clavándose hasta los ovarios aquella polla insaciable>>.

En esos pensamientos estaba cuando un alarido la hizo regresar de su ensimismamiento, aquel capullo comenzó a correrse en su interior, bueno más bien dentro del condón. Aquí, Lucía podía haber parado, de manera que Alberto disfrutara de la agradable sensación de correrse en su coño, pero no quería que la olvidase y mucho menos que le agradase la corrida y sonriendo siguió sentándose con más violencia en su polla mientras éste se corría, y siguió hasta que tan molesto cliente protestó de dolor y se la sacó de encima con sus rudos brazos.

- ¡Ya basta zorra, que me la vas a partir! ¡Cómo me ha gustado follarte! -exclamó con su inconfundible delicadeza.

- ¿Te ha gustado? ¡Me alegro por ti, cabrón consentido! -replicó Lucía levantándose de la cama.

- ¿Te has fijado Juan?, la putita ya se tomó confianzas con su cliente. Pues he de admitirlo, me has follado de puta madre.

- Me alegro, así podrás decirle a tu mujer que por fin echaste un buen polvo después de tanto tiempo de tirártela a ella, ¿verdad? -se jactó Lucía mientras se dirigía al baño.

Tanto esfuerzo le había llenado la vejiga y tenía que descargar. Mientras un chorro potente se estrellaba contra la porcelana de la taza, Lucía respiraba profundamente tratando de relajarse tras la tensión que había sufrido allí fuera. Mientras estaba allí llegó Lucrecia, desnuda como ella y sudorosa también, para hacer igualmente su piss.

- ¿Qué te ha parecido? ¿Lo he hecho bien? -le preguntó Lucrecia nada más entrar.

- ¡Oh si, yo creo que has estado genial, en serio! -la felicitó Lucía.

Fuera la voz de Alberto las llamaba a voces escandalosamente. Así que Lucía salió pronta y dispuesta, desnuda como una gata pisando sin hacer ruido en la moqueta de aquel lujoso hotel, mientras Lucrecia aseaba su sexo en el baño.

- ¡Qué se le ofrece guapetón! -exclamó soberbia y arrogante en su desnudez.

- ¡Pero qué buena estás tía! Pues nada chicas, que aquí mi amigo y yo nos marchamos a dormir la mona en casa con nuestras benditas. Aquí tenéis lo convenido y como propina podéis quedaros esta noche en el hotel, la habitación está pagada y por la mañana hemos dicho que os sirvan el desayuno en la propia habitación. Espero que las señoritas agradezcan el detalle -siseó jactancioso.

Lucía se acercó a aquel tiparrón, después de todo no iba a ser un mal tío y echándole la mano a su paquete, empuñándolo en sus manos con firmeza le dijo...

- ¡Es todo un detalle por vuestra parte! Encantadas de hacer negocios con vosotros.

- ¡Cuidado nena! Que me la has puesto irritada de machacármela tanto.

Juan se acercó terminando de ponerse su chaqueta, más tímido y dulce le deseo buenas noches. Lucía lo complació con un cálido beso en la mejilla y los acompañó hasta la puerta. Cuando se iban le dia una palmada a Alberto en el trasero y bromeó con él...

- ¡Hasta otra Barón Dandy! Espero volver a verte...

- ¡No te preocupes, volverás a saber de mi! -exclamó tan fanfarrón como siempre.

Cuando cerró, Lucrecia ya salía del baño, desnuda como ella vio el dinero y se aproximó hasta él, cogiendo el fajo y levantándolo victoriosa. Corrió hasta Lucía y se abrazó a ella.

- ¡Vaya pastón chica! No ha estado mal la noche verdad, ¿es cierto que podemos dormir aquí? -preguntó.

- Si, la habitación ya estaba pagada y hasta podemos pedir el desayuno antes de marcharnos. ¿Oye, te apetece bañarte conmigo? Estoy sudada y quiero limpiarme antes de ir a dormir.

- ¡Claro, claro, yo también!

Cuando el agua alcanzó la temperatura y el nivel adecuados, ambos cuerpos se introdujeron en el líquido elemento y se frotaron una a al otra sensualmente con mucha espuma y sales de baño. Sus brazos se cruzaron por todo su cuerpo y la excitación volvió a surgir.

- ¿Oye, te has corrido antes cuando nos follábamos a esos tíos? -se interesó Lucrecia.

- No, estaba muy cachonda, pero Alberto me desconcentraba con sus bramidos y su violencia al follar.

- ¿Alberto? Pues a mi me ha encantado como me follaba. Me gusta que los hombres me la metan fuerte y me chuleen mientras me follan, ¿a ti no? -preguntó Lucrecia como si Lucía fuera la "rara".

- Pues no, a me gusta más Juan, tan dulce y amable mientras te folla... -asintió Lucía-. Si lo llego a saber te dejo follando con esa mala bestia -replicó Lucía soriéndo.

- Sabes, pues mientras Alberto me follaba por el culo me he corrido, ¿eso es normal?

- Bueno si, a veces pasa, somos putas pero no somos de piedra, ¿sabes? -admitió Lucía.

- Pues eso, que me ha gustado mucho... después de todo voy a ser más puta de lo que pensaba.

- En el fondo todas las mujeres llevamos una puta dentro, es una fantasía recurrente de muchas, lo que pasa es que muy pocas la llevan a la realidad. Anda vamos a la cama -le pidió Lucía levantándose de la bañera y tendiéndole la mano para ayudarla.

Salieron del agua y se secaron también la una a la otra, como si fuesen dos hermanas bien avenidas. Regresaron a la habitación y se metieron en aquella inmensa cama que les quedaba grande, y para no sentirse solas en su inmensidad, se abrazaron desnudas en el centro para darse calor.

- Lucrecia cariño. A ti te importaría comerme un poco la conchita, es que creo que tanta excitación y sin haber alcanzado mi orgasmo debe ser malo y estoy ansiosa por correrme.

- ¡Claro que sí mi amor! Por ti hago lo que sea.

Lucrecia se ocultó bajo las sabanas y en la oscuridad de la habitación se deslizó hasta arropar con su lengua el maltrecho clítoris de Lucía. Al contacto con su lengua la electricidad recorrió todo su cuerpo y debió advertirla para que fuese delicada pues lo tenía irrigado después del maltrato que le había dado la brusca follada a que Alberto la había sometido.

Los labios de Lucrecia, suavemente envolvieron su botón secreto chupándolo y besándolo hasta que Lucía le pidió que ella también le ofreciera su coño, pues quería volver a saborear sus jugos, así que al final, las féminas terminaron la noche en un ardiente 69, donde a ritmo pausado y tranquilo degustaron sus flores mutuamente hasta que la excitación se hizo tan insostenible que los jugos de Lucía inundaron la boca de Lucrecia mientras ella no paraba de beberlos y saborearlos. Por su parte la joven mulata derramó un poco más tarde los suyos también mientras temblaba y se aferraba a los muslos suaves y blancos de Lucía.

Bien entrada la mañana, los rayos del sol inundaron la habitación mientras las dos muchachas degustaban sus desayunos en la mesilla que el servicio de habitaciones amablemente les había echo llegar. La cara del camarero cuando entró y las vio a ambas, solas en la habitación, con sus batas con las iniciales del hotel bordadas en el pecho, fue todo un poema. Durante el desayuno ambas se rieron recordando la cara del pobre muchacho, que sin duda ya tenía tema para sus momentos onanísticos del día.

Entre los platos de la mesa, había un sobre con el nombre de Juan y Alberto por fuera, dirigido a ellas dos. Al abrirlo hayaron sendas tarjetas en su interior con sus nombres y su móviles. Al parecer pertenecían a un famoso bufete de abogados. Por detrás de la tarjeta escribió: "Ha si do una noche deliciosa, esperamos volver a veros, a las dos si es posible... Besos Juan."

De modo que Lucrecia ya tenía clientes fijos y sonrió al ver aquellas palabras allí escritas, sin duda este era el comienzo de su carrera como profesional del ramo...