Esos inquietos mares de espacio que son los espejos, a veces se agitan y, entonces, todo puede ocurrir.

Por eso, cuando hoy, por primera vez en su vida, Marta vio su imagen reflejada en aquel espejo, supo que algo había, irremediablemente, cambiado en su vida.

Ella siempre fue una más de la legión de mujeres invisibles que pueblan la vida de las grandes ciudades. Hija invisible, esposa invisible, madre invisible. Hasta en la oficina en la que trabajaba era una secretaria invisible. Nadie parecía reparar en ella. Tan solo se esperaba de ella el trabajo hecho. Y a fe mía que lo conseguía. Pero ella seguía siendo invisible.

Por eso, cuando llegó a aquella sala de fisioterapia a rehabilitar su maltrecha muñeca, no se extrañó que nadie reparase en ella. Esperó pacientemente su turno, dejó que la enfermera mirase su expediente y le explicase el tratamiento a seguir. La acompañó hasta la sala, sumergió su mano en la parafina caliente, dejó que se formara una gruesa capa sobre ella, se la envolvió en plástico, luego en una toalla y le señaló una silla mientras le decía: "Veinte minutos y luego se lo quita".

Cuando tomó asiento vio que en la sala había otras diez personas que hacían lo mismo que ella. Nadie pareció reparar en su llegada. Dos mujeres conversaban sobre la crisis, otra leía un libro del que ella, instintivamente, intentó averiguar el titulo escrito en la portada. Los demás dormitaban, o parecían perdidos en otro mundo. Ella se refugió en si misma intentando que los veinte minutos abreviaran su paso.

Así transcurrían los días de su tratamiento. Dormitaba en su decimotercer día de espera interminable cuando, sin poder decir por qué, tuvo la sensación de que estaba siendo observada. Tal vez fue un leve crujido o una respiración: o bien, con mayor probabilidad, percibió simplemente la sensación que se experimenta cuando una mirada se posa en nosotros. Levantó la vista y escrutó el ambiente.

En una butaca entre dos ventanales, al otro extremo de la sala había un hombre que la miraba fijamente. Al encontrase sus miradas, él esbozó una sonrisa y ella sintió un gran azoramiento que la dejó sin habla. Buscó refugio cerrando los ojos y bajando la cabeza. Pero cada vez que ella levantaba su cabeza y abría los ojos, él seguía allí. La miraba descaradamente, con unos ojos que brillaban de una manera perturbadora, como una luz no localizada.

La enfermera vino a romper la magia con un escueto "es su hora". Marta se levantó dándole la espalda a aquel hombre y siguió a la enfermera hasta el cuarto de curas. Allí le retiro la parafina y ella volvió a la sala a buscar su abrigo. Su vestido color crema, que mientras caminaba se volvía alternativamente azul o gris por efecto de los focos, y su pelo suelto que se balanceaba rodeando su nuca, tenían a aquel hombre encandilado. No la perdía de vista. Cada vez que ella se volvía a mirar, lo veía esbozar una sonrisa. Al cruzar ante él dijo un casi inaudible "¡hasta mañana!" Y él le contestó un escueto "Gracias".

En los días siguientes, ella hizo lo posible por evitarlo. Llegaba pronto, con la esperanza de que él aún no estuviese, de irse antes de su llegada. Se sorprendió escogiendo la ropa ante su armario. Más de un día cambiaba de opinión después de arreglarse y buscaba en su armario respuestas a aquel otoño que, sin duda, no le sentaba bien. Porque cada día se sentía mas pequeña, mas ingenua y mas torpe, mas ridícula. Por eso le esquivaba, porque quería convencerse de que no le gustaba, de no era por su culpa el que su cuerpo se le llenara de hormigas cada vez que llegaba a la clínica y entraba en la sala de espera. Le daba miedo, pero necesitaba ese miedo porque obtenía más placer de él, que el que le procuraban las cosas agradables. Eso es lo que le resultaba lo más raro de todo. Así que intentaba ocupar sus días hasta el agotamiento, en una huída de si misma que la tenía extenuada.

Pero aquel martes ocurrió lo que tenía que ocurrir. Al entrar de inmediato descubrió a Marta. Resultaba casi invisible acurrucada sobre el sillón de cerca de la ventana. Él caminó en su dirección, sintiéndose invadido de una sorprendida alegría.

-Creí que ya no te encontraría nunca más aquí- dijo mientras se sentaba frente a ella posando su gabardina en el asiento de al lado. Sacó un libro del bolsillo y lo sostuvo cerrado entre sus manos.

Marta se sintió como si estuviese cayendo, dando volteretas por una ladera. Un mareo que la invadía como una espiral y un torrente de sangre que le subía al rostro. Pero al contrario de otras veces que se azoraba, esta vez fue una sensación agradable, de dejarse llevar, el liberarse de ese inmenso peso que llevaba sobre su vida durante tanto tiempo.

-Mi nombre es Alberto- le sonrió con sus ojos chisporroteando, mientras le tendía la mano.

- El mío, Marta- le contestó ella.

Mientras se dirigía a él, se sintió extrañamente subyugada, como si al hablar con aquel desconocido descubriera en ella una culpa que ella creía mantener celosamente oculta. Bajó los ojos por vergüenza y al hacerlo sus ojos se quedaron fijos en el libro que él tenía entre sus manos. "La dominación sensual".

Tardó unos segundos en comprender el significado del titulo del libro, pero la foto de la portada la sacó de dudas. Una mujer reposaba sobre una alfombra sentada sobre sus talones mientras en sus manos sostenía un collar en actitud de ofrenda. Iba vestida con una leve túnica blanca y toda ella irradiaba una imagen de serena sencillez. La visión le impactó y durante unos segundos eternos, permaneció abstraída en aquel libro.

¿Era solo una coincidencia o él quería que Marta leyese aquellas palabras?

Alberto dejó una larga pausa antes de proseguir la conversación. Luego, mirando hacia su mano envuelta en una toalla, le preguntó.

-¿Qué te ha pasado en la mano? ¿Un accidente?

- Una caída. Al caer apoyé la mano en la acera y me rompí la muñeca. Fue hace tres meses y todavía estoy aquí.- le contestó mientras seguía allí, pegada a la silla, mirándole, dejándose mirar hasta que sus labios se movieron de nuevo.

- Yo estoy recuperándome de un tobillo maltrecho. Vengo a esta hora porque así no tengo que dejar de trabajar.

Su sonrisa la desarmaba y ella desbarató el hechizo solo al precio de hacerlo más sólido. Lo bastante como para convocar un sentimiento conocido que pronto se hizo más fuerte que aquella misteriosa pero placentera inmovilidad.

Bueno, es mi hora y me voy a ir- dijo por fin, mientras miraba a la enfermera que ya le hacía señas desde el otro lado de la sala.

¿Si?

Ya he cumplido mis veinte minutos diarios y debo proseguir el tratamiento en la sala de electroestimulación.- le contestó, mientras se levantaba.

¿Aceptarías tomar un café con un desconocido?- le propuso antes de que ella terminase de levantarse.

Claro.

¿Si?- él parecía muy sorprendido de la respuesta.

Claro.

Y se fue muy deprisa al encuentro de la enfermera.

Él permaneció sentado los quince minutos que le restaban de tratamiento. Dejó pasar el tiempo sumergiéndose en la lectura de aquel libro que tanta perturbación le había provocado a ella. Era consciente de que ella había leído el titulo del libro y no podía decir que la elección del titulo había sido casual.

Cuando la enfermera le hizo una seña, se levantó, la acompañó hasta la sala de curas y tras retirarle los electrodos de su tratamiento, se fue apresuradamente.

Cuando salió a la calle la tarde se acababa. Las primeras farolas comenzaban a encenderse y el otoño comenzaba a tirar las primeras hojas de los árboles. Cruzó de acera y entró en la cafetería de enfrente. Pidió un café y se sentó en una mesa junto a la cristalera. Desde allí podía ver las gentes que entraban y salían de la clínica. Ella no podía tardar en hacerlo.

La vio salir. Bajó despacio los peldaños del portal y se detuvo para evitar una colisión con una dama apresurada que había adquirido un esplendido abrigo de pieles y un ramo de claveles que la hacían ocupar toda la acera. Cuando llegó a la acera él ya estaba fuera de la cafetería y la llamaba por su nombre.

¡Marta! ¡Estoy aquí! En ese instante el mundo pareció detenerse. El tráfico se detuvo, quedó por completo parado y silencioso. Una hoja solitaria se desprendió del plátano del final de la calle; no pasaba nadie, y en esa pausa la hoja cayó. En cierto modo pareció una señal, una señal que hacía resaltar las cosas con una fuerza en que uno no había reparado. Parecía indicarles la presencia de un río que fluía de uno hacia el otro. Así se llevaban los ríos las hojas muertas. Ahora traía hacia él a aquella mujer de botas de charol cruzando en diagonal de un lado de la calle al otro.

Alberto sujetó la puerta de la cafetería para que ella entrase. Al hacerlo sus cuerpos casi se rozaron. Marta notó los músculos de sus brazos debajo de la chaqueta, y los del pecho bajo la camisa, como si los estuviese tocando. Por un momento tuvo su mano, resistente y masculina, entre las suyas. Suspiró mientras comenzaba a sentarse. Alzó los ojos y tropezó, arriba, con los de él: calidos, perturbadores. Tuvo la sensación de que sin control, iba a dejarse caer sobre la silla y abrazarle la cintura, reposar la cabeza en su pecho, descansar sobre él... Jadeó levemente. Tuvo que cerrar los ojos. La sacó de su éxtasis la voz de Alberto:

¿Que tomas?

La pregunta quedó en el aire. Ella solo podía contestarle con un gesto.

Alberto quizás no lo esperaba. Marta estuvo a punto de rendirse sin palabras. Nunca había estado más cerca; nunca nadie la había excitado tanto.

Un café con leche- acertó a decir tras una larga pausa.

A partir de ese instante él se adueñó de la conversación. La llevó y la trajo de su vida a la de él. Contaba y preguntaba todo a un tiempo. Ella a duras penas lo seguía en su relato. Vivía la escena más como espectadora que como protagonista. Como si no le estuviera sucediendo a ella.

- Te he estado buscando todos estos días- le dijo Alberto, dándole un giro inesperado a la conversación que la descolocó durante unos instantes.

- Lo sé.

- Ha sido horrible, Marta. Pero la espera mereció la pena

- Estás mintiendo, Alberto.

- Bueno, dime entonces por qué te has estado escondiendo

- No quería verte.

- ¿Cómo es que no querías verme y hoy aceptaste mi invitación?

- Por eso quería que no aparecieras; que no vinieras por mí en todo caso. Porque sabía que si venías no tendría valor para rechazarte.

- ¿Y ahora? ¿Quieres que me vaya y desaparezca para siempre?

- ¡No! Por favor. Ahora ya no podría pedírtelo. Con un hombre como tú no tengo salvación. Llevo esperándolo toda mi vida y ahora que llegaste tengo miedo de mi misma. ¿Sabes que eres la primera persona que repara en mí en todos estos años? Por primera vez me has hecho sentir visible. Sentir que no soy la mujer invisible a quien le niegan su imagen los espejos.

Alberto sacó su pañuelo del bolsillo y se lo largó. Con las últimas palabras dos lágrimas habían comenzado a resbalar por sus mejillas. El calló. No quiso romper el instante en que ella se abría a él. Ella, tras secarse las lágrimas, apuró el café que le quedaba en la taza.

Entonces comenzó a repasar su vida mientras en su mente todo sucedía como en una película. Se veía a si misma como la protagonista de aquella historia que ahora relataba. Y le contó su peripecia con los espejos, la búsqueda de su propia imagen cada vez que se ponía ante uno de ellos. Y cada vez que esto sucedía solo le servía para constatar lo ya conocido. Le negaban su imagen. Pero no solo eran los espejos quienes la ignoraban. Le contó a Alberto que se casó con el primer hombre que pareció verla. Que tuvo dos hijos en el proceso de reconocer que todo había sido un espejismo. Que él tampoco la veía. Que había sentido, que siente, el dolor de ver que sus hijos, según se iban haciendo mayores, también la ignoraban.

Por eso sentí un escalofrío cuando llegaste el primer día y sentí tu miraba clavada en mi- le dijo mientras se secaba las ultimas lagrimas que ponían fin a su relato.

Ambos permanecieron en un largo silencio mientras ella se recomponía de su confesión. Marta miró su reloj y haciendo un ademán de levantarse le dijo:

Es mi hora, debo dejarte

¿Mañana estarás a la misma hora?

Si

Marta tomó su abrigo de encima de la silla, se lo puso mientras hacía una seña al camarero. "¿Me cobra por favor?".

Alberto la dejó ir hasta la barra y pagar sin decir nada. La vio abrir su bolso, darle un billete al camarero y recoger la vuelta en su monedero. Lo hizo sin dejar de mirarla ni un instante mientras ella permanecía de espaldas a él. Cuando se giró él aún mantenía su vista en ella y la esperaba levantado de su silla y con la chaqueta puesta. Se reunieron en la puerta y ganaron la acera.

Gracias por tu invitación – le dijo como despedida.

No hay de que. Ha sido un placer hacerlo- Comenzó a caminar en dirección a su casa mientras él aún la miraba detenido en la acera. De pronto ella se dio la vuelta y mirándolo con una sonrisa pícara le preguntó:

¿Me prestas tu libro?

Nada más hacerle la pregunta se arrepintió de habérsela hecho. Se puso colorada como un tomate cuando él avanzó hacia ella y sin mediar palabra le alargó el libro

Espero que te guste- le dijo antes de desaparecer rápidamente en dirección contraria a la que ella había tomado unos instantes antes.

Guardó el libro en su bolso y se encaminó a su casa.

Aquella misma noche, mientras su marido se agitaba en el salón, con más ímpetu que en la cama, viendo al barça luchar por la champions, Elena se refugió sentada en su cama. Y allí abrió aquel extraño libro. Lo hizo como quien se dispone a violar un secreto con la clandestinidad de lo prohibido. Mientras leía fue descubriendo que aquel sentimiento que describía el libro le recordaba al que la atenazaba desde que había conocido a Alberto. Y se perdió en el libro. Cuando sintió que su marido apagaba la tele escondió precipitadamente el libro en su mesita y simuló leer el que reposaba sobre su mesita.

Aquella noche no pudo alejar de sus sueños todo lo que le estaba sucediendo. Y en ellos entremezcló su encuentro con Alberto con el libro que estaba leyendo. Por eso, cuando al día siguiente se reencontró con él en la sala de fisioterapia bajó la mirada y esperó que se sentase junto a ella.

"Buenas tardes" le dijo en un tono que resonó en sus oídos con acento desconocido. De nuevo aquella agitación juvenil, aquel deseo de contestar y las palabras atascadas en su garganta que la hacían parecer tonta. Y cuando levantó la vista y pronunció un ¡Hola! apenas audible, su rostro denotaba su azoramiento dándoles un intenso color rojo a sus mejillas.

Y en aquel instante él volvió a apoderarse de ella que se dejó llevar en la conversación. Solo cuando escuchó, "¿Qué tal el libro? ¿Te gusta?", salió de ese estado de semiinconsciencia que la embargaba.

- Muy bien, le dijo, estoy empezando a conocer un mundo hasta ahora desconocido para mi.

-¿Y que te parece?

- sugerente y atractivo. Nunca había imaginado una relación así. Había oído cosas al respecto pero lo veía como algo lejano y exótico, de gente rara.

- ¿Y ahora? ¿Te atrae ese mundo?

-Mucho…- Elena dejó esa última palabra colgando sobre la conversación.

Alberto no volvió sobre el tema hasta que dos días más tarde ella traía en sus manos el libro de vuelta. "Gracias por el préstamo"- le dijo mientras le alargaba el libro casi sin esperar a que él se sentase en la sala de espera.

-Será un placer prestarte otros cuando desees. En mis estantes caben todo tipo de libros y ese no es una excepción. Siguieron hablando hasta que ella se levantó para continuar su tratamiento en otra sala. "Te espero en la cafetería de enfrente" le dijo mientras ella se alejaba dándole la espalda. Se giró un instante para asentir con la cabeza antes de desaparecer tras la puerta.

Cuando llegó a la cafetería, él la esperaba sentado en una mesa al fondo de la barra. Cogió cuidadosamente su abrigo, lo dobló colgándolo del respaldo de la silla y se sentó frente a él dando la espalda al local. Se quedó en silencio frente a él sintiendo su mirada mientras ella dejaba la suya sobre la mesa. Él la tomo por la barbilla, levanto su cara y al encontrarse con su mirada se llevó el dedo índice de su mano derecha a los labios y le mandó estarse en silencio con un gesto, Shhhhh, dejó resbalar el sonido suavemente y prolongándolo en el tiempo a la vez que acercaba su otra mano a su rostro y dejaba que la yema de su dedo corazón contornease los labios de Elena, entreabriéndolos y recogiendo la humedad de su boca lo deslizo acariciándolos. Ella, entre sorprendida y azorada se dejo hacer. Sus dedos dibujaron en sus labios la caricia más demoledora que ella recordaba. Se sintió primero presa del pánico y después desfallecer ante aquellos dedos que convocaban todos sus sentidos en los labios. Entonces él se detuvo y dejó una mano posarse sobre las suyas que reposaban sudorosas sobre la mesa.

-Cuando dispongas de una noche para ti, quiero invitarte a cenar. ¿Será eso posible?

- El sábado tenemos una cena de empresa. Ya se lo he dicho a mi marido. Si tu quieres podemos quedar esa noche- contestó Elena sin levantar la vista de la mesa. El tiempo quedó detenido mientras ella se abandonaba definitivamente. Alberto dejó bajar sus dedos por el escote de Elena dibujando una caricia. Cuando se tropezó con el primer botón jugó con él el tiempo necesario para que ella desease que lo desabotonase. Al hacerlo ella levantó la mirada y él la capturó desnudándola también por dentro.

"Así esta mejor", dijo Alberto mientras se echaba hacia atrás en su silla y la miraba intensamente. Elena volvió a bajar la mirada mientras él ribeteaba con la yema de los dedos el nacimiento de sus tetas. En aquel instante alguien entró en la cafetería y caminó en su dirección. Alberto recuperó la compostura y ella hizo ademán de cerrar el botón. Él la detuvo. "déjalo así" de ordenó. Ella obedeció mansamente y esperó que los clientes que buscaban mesa no pudiesen verla. Cuando se sentaron en una mesa lejana él se inclinó hacia Elena, dejó que sus dedos se colasen por debajo del sujetador y aprisionó el pezón de la teta derecha con sus dedos pulgar e índice. "quieta" le susurró mientras ella se inquietaba en la silla. "Bien quieta", le repitió de nuevo.

Cuando él libero su teta, Marta miró el reloj "es la hora, debo irme"

-Muy bien, entonces será el sábado cuando volvamos a vernos. ¿No?

-Si-, contestó Elena mientras comenzaba a ponerse el abrigo.

-¿Dónde te recojo y a que hora?- le preguntó Alberto

- A las nueve ante el portal de mi casa-, le dijo mientras le alargaba una tarjeta de visita justo cuando comenzaba a caminar hacia la calle. El aún permaneció un rato sentado mirando la tarjeta antes de guardarla, levantarse y salir a la calle.

Cuando lo hizo la noche ya se había adueñado de las aceras y el camino hasta su casa se le fue en una ensoñación. Cuando se detuvo el ascensor ante su puerta él aún intentaba construir en su mente toda la ruta a seguir en su cita del sábado.

Faltaban diez minutos para la hora de la cita cuando Alberto aparcó el coche en doble fila justo ante la puerta de Elena. Miró el reloj y se dispuso a esperar hasta la hora acordada.

Cuando ella pisó la acera, vio que él ya la esperaba subido en su coche. Al verla, abrió la puerta mientras le decía: "sube".

Ella, aún sorprendida por la invitación se sentó en asiento y mientras se abrochaba el cinturón de seguridad él arrancó el coche.

-¿A donde me llevas?- le preguntó ella mientras él conducía.

- Deja que sea yo quien guíe tu noche- le contestó con una sonrisa tranquilizadora.

Había escogido para la ocasión un pantalón gris y una camisa blanca sobre la que llevaba un blazier negro. No fue capaz de encontrar en su armario nada que fuese más apropiado para aquella cita misteriosa. Y eso que lo intentó con ahínco. Se vistió y desvistió infinidad de veces pero cada vez que intentaba verse en el espejo este le negaba la imagen. Estaba acostumbrada a eso, pero aquel día era diferente para ella y esperaba más generosidad por parte del espejo Hasta que se dio por vencida. La inseguridad la asaltaba en cada prueba hasta, al final, acabar decantándose por lo de siempre. En lo seguro encontraba ella su seguridad. Por eso, cuando él la descargó de toda la responsabilidad de elegir, se relajó en el asiento y dejó que fuese él su cicerone.

El coche fue zigzagueando por las calles de la ciudad hasta tomar la ronda exterior. Al cabo de unos pocos kilómetros vio como él ponía el intermitente y el coche tomaba un ramal de salida que conducía a un polígono industrial. La curiosidad la corroía pero no preguntó nada. Hizo el viaje en silencio mirándolo mientras conducía. No sabía que era lo que veía en aquel hombre que le daba tranquilidad. Quizás fuese la calma que sintió la primera vez que él le habló en la clínica. Desde el primer momento ella se sintió, por primera vez en su vida, importante para alguien.

Sintió que disminuía la velocidad y paraba delante de una nave. Miró con curiosidad el rotulo y vio que se trataba de una fabrica de punto. Sorprendida y a la vez intrigada no se sorprendió cuando él le dijo:

-Hemos llegado- Paró el coche y se bajó rápidamente. Cuando ella lo hizo el ya la esperaba al lado de la puerta. Cuando intentó hablar el le selló la boca con su dedo

-Shhhhhh, deja que sea yo quien guíe tu noche- le reiteró mientras accionaba el cierre de la puerta y sacaba las llaves.

Entraron en la solitaria fábrica. Encendió las luces y cerró la enorme puerta tras de si. Cruzaron un espacioso almacén lleno de prendas colgadas en interminables percheros y por fin subieron por una escalera de madera oscura que desembocaba en una gran estancia. Cuando él encendió la luz ella pudo ver que estaban en una sala amplia, con una gran mesa de corte en el centro y rodeada de infinitos patrones y muestras.

-Esta es la sala de diseño y corte de la fábrica, le dijo mientras se quitaba la americana, la ponía en una percha y la colgaba en una barra. Luego, se giró hacia ella y estiró sus brazos:

-Tu chaqueta, por favor- Le dijo mientras ella obedecía maquinalmente. Sintió sus manos fuertes, por primera vez rozar sus hombros al retirarle su chaqueta. No fue capaz de articular palabra mientras él, sonriente y divertido por la actitud de ella, colocaba su chaqueta junto a la de él.

Cogió una enorme bobina de un hilo negro y brillante que parecía seda. Se lo acercó.

-¿te gusta?-

Marta lo miró mientras él se lo acercaba a sus manos. Al tocarlo sintió el frío y suave tacto de la seda.

-No es seda, tan solo sedón. El rayón con el que está hecho le hace parecerse prodigiosamente a la seda.

- ¿te gusta?- volvió a preguntarle ante el silencio asombrado de ella que no acababa de verle el sentido a aquello.

- Mucho, su tacto es…delicado.-

-Voy a hacerte un vestido con él -, le dijo mientras le cogía ambas manos entre las suyas. Tan solo deberás ser una buena chica y ayudarme.

Ella, entre sorprendida y divertida apenas acertó a contestar un escueto "De acuerdo".

La tomó de la mano, la guió unos metros y la hizo subir a un pequeño pedestal de prueba.

. Se trataba de una pequeña tarima de madera, de unos treinta centímetros de altura y apenas medio metro cuadrado. Ella se subió sin dificultad alguna mientras él la llevaba cogida de su mano derecha. "Ahí es donde se colocan las modelos para ajustar las pruebas de tallaje" le dijo mientras la miraba sonriente. "aquí utilizamos a mujeres reales, empleadas de la fabrica para ajustar las distintas tallas. Nada de modelos de agencia ni maniquís de medidas absurdas. Tallas reales para mujeres reales".

Detrás de ella, pegado a la pared había un gran espejo donde se reflejaba toda la sala. Ella miró y vio a través del espejo el mundo alborotado y colorista de una fábrica de punto. Él se acercó a la mesa, encendió el ordenador y cogió una cinta métrica.

Ella lo observaba sonriente y curiosa.

-Voy a tomarte las medidas-, mientras pronunciaba estas palabras se acercaba a ella colgándose la cinta métrica del cuello, tal y como recordaba ella habérselo visto hacer a su abuela cuando de niña le hacía aquellos primorosos vestidos que estrenaba cada domingo de ramos.-Pero antes debo desnudarte, si no las medidas no serán perfectas-

Sin vacilar Alberto acercó sus manos a la camisa de ella y empezó a desabotonarla. Las manos se demoraban en cada botón, de tal manera que aquella parsimonia premeditada, le daba al hecho un carácter de una expedición hacia un mundo desconocido para ella. Cuando él levantó los ojos y la miró ella notó que estaba acalorada. En aquella estancia hacía calor, mucho calor. Pronto pudo ver que la causa era la caldera de las planchas de vapor. Siempre encendida. Siempre a punto para alimentar las planchas.

Estaba muerta de miedo, temblaba de excitación y el pulso se le aceleraba mientras el continuaba descendiendo despacio, con cautela. Pero decidida al mismo tiempo a no dar la vuelta por nada del mundo, porque aquello había empezado bien y sentía que antes o después iba a ocurrir algo que le iba a cambiar la vida. Por eso se tragó sus temores y, cuando él hubo terminado con los botones, dejó que la blusa se desprendiese de sus hombros y se deslizase por su espalda hasta caer en sus manos.

El la dobló cuidadosamente y la posó sobre la mesa. Se giró de nuevo ante ella, tomó el cinturón de ella entre sus manos y lo tensó desabrochándolo. Ella seguía sus movimientos con curiosidad y asombro. Pero lo más sorprendente para ella misma es que se dejaba hacer, sin desear detenerlo. Cuando el pantalón comenzó a descender, suplió la repentina flaqueza de sus piernas imaginando un pasado de aventurera curtida.

- ¡levanta un pie!- le ordenó, -¡ahora el otro!- volvió a decirle mientras ella obedecía mansamente.

Recogió el pantalón y lo dobló al lado de la blusa. Ella permanecía en pie, como hipnotizada por lo que estaba sucediendo. Cuando Alberto alargo los brazos, recorrió los tirantes del sujetador y sin pronunciar palabra llevo sus dedos al cierre trasero y en un solo clic lo soltó. Ella hizo un ademán de sujetarse las copas del sujetador cubriéndose los pechos.

Alberto, sin quitar de los labios su sonrisa, cogió la bobina del sedon , la puso en el taburete delante de ella y tiró del cabo.

-Dame tus manos- le ordenó- mientras el ya alargaba las suyas hacia ella mirándola fijamente a los ojos. Ella bajó la vista y alargó sus brazos hacia él. Al hacerlo el sujetador callo al suelo dejando sus pechos libres. Alberto no pudo más que admirarlos.

Aparecieron ante él como dos peras maduras, con esa poca caída que da naturalidad a unos pechos y rematadas con dos pezones prominentes, gruesos y duros que delataban que todo lo que estaba sucediendo no le era indiferente.

El tomo sus manos entre las suyas, y comenzó a rodearlas con el leve hilo de sedon. Les dio tan solo una vuelta antes de atarlas con el fino hilo. Luego llevó sus manos hasta la altura del perchero que estaba a su lado y ató el cordón a él.

- No muevas de ahí tus manos, si lo haces el hilo se romperá y se habrá roto el encantamiento- Marta sintió que él la manejaba, sintió como él tiraba de los hilos de su cuerpo como si se hubiera convertido en una marioneta. Y se abandono al juego.

Él comenzó a tomar las medidas. Primero el largo, luego su contorno, su cintura. Tomaba medidas pormenorizadas a todo lo largo de su cuerpo. Sintió sus dedos recorrerla, rozarla, excitarla. Según iba tomando las medidas las iba escribiendo en el ordenador. Ella lo observaba con curiosidad mientras el estaba absorto en lo que estaba haciendo. Cuando tomó de nuevo la medida de su pecho, a ella le pareció que se demoraba, que los presionaba tensando la cinta mas allá de la simple medida. Le hubiese gritado que se los acariciara, que aquel roce de la cinta en sus pezones la volvía loca, que deseaba sus manos en ella. Pero calló. Calló aceptando todo lo que él le traía.

Cuando termino con las medidas se llevó el portátil hasta una de las maquinas, lo enchufó a ella y la encendió. Durante unos minutos tecleo en el ordenador con una febril insistencia. Luego se levantó, cogió varias bobinas de aquel hilo, las colocó en la maquina y esta se puso en marcha. Esperó que pasasen unos minutos hasta que vio que comenzaba a salir el tejido por la parte inferior de aquella poderosa maquina. El se giró y vino hacia ella.

- Tardará un rato, así que mientras tanto me encargaré de la modelo- Ella sentía que sus manos le pesaban. Aquel hilo amenazaba romperse a poco que ella dejase caer sus manos y no quería que eso sucediese.

Cuando Alberto llegó a su lado, accionó el mando del perchero y este comenzó a elevarse. Ella se sobresaltó sorprendida al ver que sus manos comenzaban a subir. Empezaba a temer que el hilo se rompiese cuando el lo detuvo. La barra quedó parada justo por encima de su cabeza manteniendo sus manos en esa posición.

- Desnuda lucirá mejor el vestido- le dijo mientras tiraba de sus medias hacia abajo. Luego fueron sus bragas las que se deslizaron por sus piernas hasta llegar al suelo. El lo recogió todo con delicadeza. Cuando ella vio las bragas en sus manos sintió vergüenza. Estaban húmedas, llenas de sus jugos más secretos y temió que él se fijase y le dijese algo. Pero no lo hizo. Tan solo las doblo junto a toda su ropa.

De un estante pegado a la pared cogió una bolsa de papel, la abrió y guardó allí todas sus prendas. "Hoy no volverás a necesitarlas" dijo mientras la cerraba y la colocaba sobre la silla.

Vino hacia ella de nuevo y con gesto delicado le retiró un mechón de pelo que colgaba sobre su cara. Al retirárselo sus manos acariciaron la cara de Marta. Lo hizo con tal suavidad que sus manos parecían ingrávidas. Ella no pudo reprimir el primer suspiro de la noche. Se demoró en la nuca, recorrió su cuello, dejo caer el reverso de la mano por su espalda hasta reposarla en las caderas. Luego, con la mano izquierda sobre las caderas de ella fue la derecha la que recorrió su cuerpo, esta vez por delante. Con la mano bien abierta cogió su cuello con firmeza y suavidad, dejó que las yemas de los dedos hiciesen el camino sobre su pezones erizándolos aun mas de lo que estaban, contorneó sus pechos generosos, se deslizaron asta su ombligo donde juguetearon con sus cosquillas y su risa antes de caer hasta su pubis. Allí le esperaba una generosa mata de rizos castaño que ribeteaban unos labios gruesos, de los que emanaban un calor y una humedad rebosantes. El jugó con los deseos de Marta. Tensó, jugó, rozó y demoró el instante en que sus dedos jugaron en su pubis, separaron sus labios y se perdieron en la entrepierna hasta encontrar un mar de deseos.

Marta cerró los ojos y esperó que aquellas manos se hicieran mas presentes, pero repentinamente él dejó de tocarla y ella abrió los ojos alarmada por la demora. El le daba la espalda y se dirigía hacia la maquina. ¿Cuánto tiempo había pasado para que aquel diminuto trozo de tejido que asomaba bajo la máquina, fuese ya un paño del tamaño de un vestido?

Alberto se agachó ante la maquina ya detenida y retiró los paños tejidos que descansaban en una cesta de rejilla de acero que cubría los bajos de la maquina.

Los acercó hasta ella entre sus manos y los dejó rozar su cara con una suavidad transparente. Ella sintió un respigo que recorrió todo su cuerpo al sentir aquel frío tejido tocar su piel. Él seguía con su gesto divertido y no dejaba de mirarla ni un instante. Aquello la acobardaba, la obligaba instintivamente a esconder su mirada en el suelo. Alberto se alejó un instante para coger un alfiletero que estaba sobre la mesa. Se lo puso en el brazo y volvió sobre sus pasos. Unió delantero y espalda por un hombro. Lo hizo utilizando dos alfileres con la facilidad que lo hace quien sabe como debe hacerlo. Luego pasó el vestido por encima del hombro de marta y los dejó caer alo largo de su cuerpo sujetando entre las manos el otro hombro. Cuando el vestido quedó en su sitio lo sujetó también con los alfileres y lo soltó alejándose de ella. Le echó un vistazo y estuvo seguro de haber acertado. Con manos presurosas y precisas fue cogiendo el contorno de ella con alfileres. Llevaba la tela hasta la tensión justa y la unía con un alfiler. Ella sintió la proximidad de los puntiagudos alfileres, el roce de sus manos, la tensión del tejido al pegarse a ella y el afán de él por aquel trabajo. Sin duda aquello le apasionaba y a ella la mantenía en vilo.

Cuando hubo colocado el último de los alfileres, se alejó y la miró absorto. Volvió a acercarse dos veces y retocó algunos alfileres. Luego, soltó las de los hombros, las dejó en uno de los paños marcando el lugar y le quitó el vestido por los pies. A ella le pesaban los brazos en un dulce sopor que la mantenían en vilo por temor a romper la seda que los unía a la barra del perchero. Pero estaba decidida a dejarlos allí. Él se lo había pedido y no dudaba en seguir su orden.

Alberto se alejó hasta el otro lado de la mesa, se sentó a la maquina de coser y comenzó a montar el vestido. Tardó apenas unos minutos en levantarse con el vestido ya cosido. Caminó hasta la mesa, abrió un cajón y tras unos instantes de búsqueda cogió dos broches y volvió hacia la maquina. Eran dos broches de acero, con forma de dos cadenas enlazadas en doble malla que se unían en un clic que resonó al cerrarlos. Los cosió al extremo de los tirantes, de tal manera que sirvieran de cierre coincidiendo con sus hombros y la cadena fuese el único tirante visible sobre su piel rosada. Se levantó y con aire de triunfo le mostró el vestido: "¿Te gusta?". Sin dejarla responder se acercó a ella e hizo ademán de ponérselo

Ella levantó primero un pie, luego el otro y él tiró del vestido hacia arriba. Según iba subiendo por su cuerpo ella sentía la caricia presionante del tejido elástico que se adaptaba a su piel. Cuando el vestido estuvo en su sitio el le colocó correctamente los tirantes y los cerró haciendo sonar con un clic que estalló en la cabeza de Marta produciéndole un respigo. Con delicadeza fue retocando cada una de las arrugas del tejido, cada pliegue, cada costura hasta que el resultado fue perfecto.

Lo supo desde la primera vez que la vio. Supo que aquel sería su vestido mucho antes de hablarle por primera vez, de que ella aceptase tomar aquel café, mucho antes de que subiese a su coche y la guiase hasta allí.

Cuando la vio, ya la vio con aquel vestido. Cuando imaginó aquel vestido de sedón negro ya venía con ella dentro. Y ahora, al vérselo puesto sintió que había creado el mundo. Las líneas, el corte, los colores que se habían creado en su cabeza, la abandonaron de pronto para fundirse con Marta, para hacerse piel indisoluble. Para llenarse de sentimiento.

Era un vestido precioso. Romántico, si, pero sobre todo bonito. Una cascada de seda que caía desde sus hombros desnudos, hasta sus rodillas, adaptándose prodigiosamente a su cuerpo como una sugerencia. Y estaba hecho para ella.

Y él estaba absorto en su nueva y radiante belleza mientras ella, asombrada, descubría por primera vez en su vida, su imagen en el espejo. Y vio a una mujer madura y bella, orgullosa de si misma, de su condición y de sus manos atadas con el leve espíritu de la seda liberadora. Y por primera vez en su vida se sintió poderosa.

Por esa razón, tan solo por esa, pudo entregarse desde su fuerza y sin claudicar. Y se dejó arrastrar por el delicioso temblor que la invadió cuando sintió su aliento. Se acercaba su beso y lo supo, y esperó inquieta, ya estremecida ante el cercano roce de su boca. No pudo adivinar donde posaría sus labios; quizás cerca de su oreja o recorriendo su sien; quizás en su garganta o deslizándose furtiva hacia su nuca, demorándose en ella hasta sentir como se erizaba su piel, como se doblaba su cuello ofreciéndose.

Fue entonces cuando sintió como él iniciaba un largo paseo por su hombro, deteniéndose en cada milímetro de piel, contando con su lengua cada peca, dejando a su paso un húmedo sendero.

Y el siguió su camino, dejando, ya de retorno, un beso en el hueco de su cuello y buscó su boca. Y fue entonces cuando le dio lo que ella tanto ansiaba. Su aliento. Su alimento. Y lo amó.

Dejó que sus manos resbalaran hasta sus pechos y durante un instante sus dedos tocaron terciopelo, tocaron algodón, tocaron suavidad y un cielo de carne, de piel autentica mientras ella sentía el peligro del miedo, el placer y la dulzura. Sintió la realidad y ardió en un fuego templado que quemaba. Cuando se atrevió a mirarlo de nuevo sintió que aquel otoño era ardiente, que era verano, que el calor derretía el último frío de su invierno anterior.

Luego, con suavidad, Alberto se deslizó hacia abajo dejando que su boca la recorriese hasta quedar anidada entre sus muslos. A través del vestido ella sentía la presión de su rostro contra ella. Se ayudó de las manos y le subió levemente el vestido hasta que su boca se encontró con su piel. Y entonces, el roce de su lengua. Al principio ella se resistió, demasiado invadida de pánico y vergüenza para hacer cualquier cosa. Después, poco a poco, muy lentamente, unas extrañas sensaciones confusas empezaron a derribar los muros de sus defensas, sensaciones que con toda seguridad eran algo prohibido y, sin embargo, excitantes. Su legua estaba encontrando lugares secretos de placer que ella ni siquiera sabía que existían. Le pareció que seguía jugando con ella durante horas, provocando en ella ritmos, deseos, subidas y bajadas en un tobogán sin fin. Hasta que ella se estremeció, gritando, finalmente, en un crescendo sin fin.

Él retiró su boca mientras devolvía el vestido a su posición perfecta. Fue levantándose manteniendo los cuerpos pegados, juntos los calores, y sus brazos la rodearon y ella descansó sobre su hombro. Luego fue retirándose lentamente, como contemplando su obra...

-¿te reconoces en el espejo?- le preguntó con la sonrisa del triunfo en su boca.

Ella abrió los ojos, se giró hacia el espejo y se vio desmadejada y radiante.

-No es la misma mujer que conociste. Pero me reconozco en ella- dijo sin dejar de mirarse en el espejo. Lo hizo aceptando su propia imagen como si la hubiera acompañado toda su vida. En realidad, desde niña lloraba ante el espejo cada vez que él le negaba su imagen, cada vez que quedaba con un chico, intentaba estar guapa y no podía ver su imagen.

Se acercó de nuevo a ella, le retocó el vestido, la giró para verla por detrás. Ella obedecía cada uno de sus gestos, cada una de sus insinuaciones. Y esperaba.

Accionó de nuevo el mando del perchero y la barra bajó hasta dejar sus manos atadas ante él. Entonces la detuvo. Soltó el hilo de la barra y la ayudó a bajar. Con las manos atadas necesitó de su ayuda. Él la tomo por su cintura y ella se sintió volar hasta el suelo. Aterrizó entre risas y con su cuerpo pegado al de él. Y la besó.

Lo hizo por sorpresa pillándola desprevenida. Aquel beso profundo la arrastró hacia su boca, a devolverle con pasión cada uno de sus movimientos. Fue un beso infinito, donde ella acabó de entregarse. Fue una rendición sin condiciones. Y lo aceptó con la misma naturalidad con que había aceptado su propia imagen hacía tan solo unos minutos.

Retoca tu maquillaje, que nos vamos_ le dijo mientras él comenzaba a recoger todo lo que había utilizado para hacerle el vestido.

Elena recuperó su bolso de encima de la mesa, buscó su barra de labios y por primera vez en su vida se los pintó frente al espejo. Se embobaba mirándose, rozando su piel ante aquel azogue tantos años traidor.

La voz de Alberto la sacó de su ensimismamiento: "Nos vamos". Cogió de nuevo el fino hilo en una de sus manos, en la otra la bolsa con las ropas de la anterior Marta, y comenzó a pagar las luces mientras salían.

Ella hizo un esbozo de pausa al pasar por delante del espejo antes de salir a la calle para que el incorruptible azogue del espejo le devolviera su propia imagen tantos años añorada. Disfrutó viéndose mover las manos airosamente como dirigiendo una sinfonía mientras parloteaba nerviosa revoloteando sobre si misma. Se vio con su magnifico vestido y por primera vez en su vida se sintió hermosa. Ella vio a través del espejo como él la sobrepasaba y estaba apunto de ganar la calle. "Vamos" le dijo escuetamente mientras daba un ligero tirón del hilo. Ella le sonrió, asegurándose de que la sonrisa recogía todo lo que había en su interior y se lo ofrecía a él; le prometía lo más profundo que había en ella a cambio de bien poco: el latido de una respuesta, la tranquilidad de notar en él una reacción con la que se sintiera halagada. Por momentos iba penetrando en ella toda la dulzura del oscuro mundo. Se sintió una muchacha de mejillas ardientes en aquella noche secreta de calor sofocante.

Se apresuró a alargar las manos y seguirle. No deseaba que el hilo se quebrase. Aquella noche era para ella. Nada podía romperla.

Entonces, ella echó a andar muy despacio hacia el coche, y se sintió la reina de la noche con su vestido nuevo marcando sus pechos de bombón, desnuda, y sus piernas como látigos de seda, y su piel dibujada, delicada, imposible. No podía ser una mujer autentica. Y por primera vez en su vida no se detuvo, no buscó con los ojos la aprobación ni dudó ante la puerta del coche.