Posteado por:
RSS con posts de Marvin_Nash
Ver perfil de Marvin_Nash Marvin_Nash
New Full User
New Full UserHombre Uruguay
No Rankeado

3 Posts
10 Comentarios
101 Puntos

    

Diarios de Ximena Parte 2: La rambla de Montevideo

    

Parte 2





-> Link a Primera Parte

Segunda parte de esta serie de "Diarios de Ximena". La noche en el ómnibus con aquel veterano que Xime tanto disfrutó no se queda solo en eso, y se repite - y hasta se mejora - en la rambla montevideana. Espero que les guste tanto como a mi me gustó escribirla. Esta vez añadí algo de música al post para escuchar en el momento que se menciona en el relato. Espero que les guste.
Todas las críticas constructivas son sumamente bien recibidas.

Un abrazo poringuero


NOTA: Ninguno de los personajes o los datos aportados en este relato son verdaderos y cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.

En la rambla montevideana

Los días después de mi vuelta de Salto no dejé de pensar en el episodio del ómnibus. Era un pensamiento que me atacaba a cada instante. Apenas estaba sola me venían fragmentos cortados de esa noche. Cuando me sentaba en la computadora miraba de reojo el pedestal del monitor y no podía evitar pensar que ahí abajo estaba la tarjeta con todos los datos de Mario, y con ello, todo lo que necesitaba para verlo.

Mi vida había cambiado de alguna manera, ahora tenía algo tan privado que nadie lo sabía, nadie, solamente dos personas en el mundo: Mario y yo.
Nunca había tenido un secreto tan grande, todo lo compartía con Martina, con mi mamá o con alguna amiga o amigo de Montevideo, pero esto era algo solo mío y eso me estaba comiendo la cabeza.
La única persona con la que podía compartir mi presión – porque seguramente el tendría una muy similar – era con Mario, y mi cabeza se dividía en dos: una parte quería desesperadamente llamarlo, hablar con él, encontrarse y hacer cosas parecidas a las del ómnibus, o no, pero simplemente verlo, para que aquello no quedara en la nada, darle una conclusión o un comienzo a lo que pasó. La otra mitad quería a toda costa borrar aquel momento, hacer de cuenta que nunca existió y que era un error en mi vida, y casualmente, esa mitad siempre que me hablaba, me hablaba con la voz de mi mamá.
Curiosamente, y a medida que pasaban los días la segunda mitad iba perdiendo terreno ante la primera y la llamada era inminente.

El fin de semana después de mi vuelta del interior salí a bailar. Fui con dos amigas de Montevideo a W, un boliche situado en la rambla montevideana, de mis preferidos. Mis dos amigas no perdieron tiempo y antes de las tres de la mañana ya estaban besándose en las zonas de fumadores con dos chicos. Yo, sin embargo, había rechazado muchas propuestas y estaba sentada en la terraza tomando un trago.
Por esa especie de perfume que emitimos las mujeres solas, me veía rodeada de hombres libinidosos que me atacaban con millones de propuestas, algunas viejas, otras innovadoras y unas cuantas muy asquerosas, pero no me molestaban porque estas venían de los tipos a punto de caerse al piso de la borrachera que tenían encima.
Mientras miraba la playa alumbrada por las luces del boliche y de la calle, no dejaba de pensar que estaría haciendo Mario en ese momento. ¿Estaría con una mujer?, probablemente, porque no era un hombre feo y tenía plata como ya les comenté, por lo que era muy probable que estuviera haciendo el amor con alguna veterana de su edad… o con otra adolescente de dieciocho. El pensamiento de Mario con una coetanea mía me dio un chucho de frío el cual atribuí a unos celos que no tenía porque tener, porque no era nada de él y no quería serlo. Tal vez estaba durmiendo, o estaba en su casa sin hacer nada. Fuera como fuera, no me lo podía sacar de la cabeza. Sus manos con un anillo, el rolex, la textura de la camisa, los pelos de los brazos. Las sensaciones me recorrían el cuerpo y se entremezclaban con más y más recuerdos de aquella noche, que en conjunto me hacían erizarme con pequeñas corrientes de placer.
Estuve aproximadamente una hora en esa situación – interrumpida por la llegada de más y más hombres – y decidí marcharme a casa. Le mandé un mensaje a una de mis amigas para no molestarla y le avisé que me volvía. Me tomé un taxi en la puerta y a las cuatro y media estaba entrando en el apartamento donde mis padres dormían y al parecer mi hermano no había llegado.

Fui derecho a mi cuarto y prendí la computadora. Mientras se iniciaba Windows saqué la tarjeta de debajo del Monitor y apenas pude conecté el Internet. Abrí mi Facebook y en el buscador de correo electrónico de amigos, ingresé el nombre de Mario.
Me salieron varios resultados y en la segunda página y gracias a la foto de perfil, encontré a el Mario que buscaba. En la foto salía sonriente, sin el bigote que le había visto la otra vez y con el pelo más largo. Parecía más joven. Estaba en lo que parecía un asado, con un vaso de cerveza en la mano y una remera polo a rayitas finas celestes y negras sobre fondo blanco. Para ratificar mi pensamiento acerca de su posición económica, vi que la remera era marca Lacoste.
Gracias a dios, no teníamos amigos en común.
Me quedé mirando su foto de perfil durante un rato, pensando si tenía que agregarlo o no, hasta que me acorde del truco para ver las fotos de los que no son amigos en Facebook, y pude acceder a sus álbumes sin necesidad de tenerlo agregado.
Abrí el primero que se llamaba “FAVEBA”. Era la empresa para la que trabajaba, y cuando esperaba encontrar fotos del lugar de trabajo, me encontré con fotos de partidos de fútbol. Al parecer tenían un cuadro de fútbol universitario y Mario jugaba en el. Salía en varias fotos del equipo y en varios asados. La camiseta era a rayas roja y blanca, y Mario usaba la número 19. Me hizo mucha gracia leer el nombre que llevaba: “Marito”.
Todos los compañeros de equipo debían ser de su misma edad, solo había dos o tres que parecían más jóvenes.
Luego de vichar las fotos un rato, pasé al otro álbum, que se llamaba “Punta con Juli y Manu” y eran las fotos de las vacaciones con sus dos hijos. Los hijos eran bastante lindos los dos, ella, era castaña, de ojos marrones almendrados y tenía unos labios muy grandes. En las fotos en las que salía en la playa dejaba ver una delantera bastante buena, que si no llegaba a los 90 pegaba en el palo. Tenía tatuada un hada en el hombro derecho. Él, era sumamente lindo. Tenía un físico marcadísimo producto de varios meses de gimnasio, el pelo marrón que caía desmechado sobre el rostro y unos ojos marrones con unas pestañas hermosas. Sin lugar a dudas Mario debía estar muy contento con sus hijos, y no era para menos. Y esos dos muchachos debían gozar una vida espectacular: con su belleza y su dinero, no debían tener problemas en nada.
El último álbum disponible se llamaba “Cumple” y recogía fotos de Mario, sus amigos y sus hijos en su cumpleaños. El hijo de Mario salía en un par de fotos abrazado a una rubia de ojos claros preciosa, la cual supuse era su novia, sin embargo la hija no parecía tener pareja.
Volví al perfil de Mario y retomé la duda de si debía agregarlo como amigo o no. Así estuve un par de minutos hasta que decidí enviarle un mensaje a través del portal.

Para: Mario Maldonado
Asunto: hola
Mensaje: hola no c, stube pensnado en lo dl otro dia y ta, c me ocurrio escribir. q as hecho? bss
Xime”


Lo releí y le di enviar. Acto seguido, y con una presión muchísimo menor encima, me acosté a dormir. Me desperté el domingo a las dos de la tarde con un sol y un calor impresionantes. El verano se estaba terminando pero nos estaba matando con los últimos calores que había guardado.
Antes de ir a comer abrí el Facebook y encontré un mensaje nuevo en la bandeja de entrada:

“Hola Ximena, ¿Cómo andás?. Me alegro que me hayas escrito, yo también anduve pensando en vos. Yo no he hecho nada raro, disfrutando los últimos días de licencia porque el lunes me reintegro. ¿Qué hacías un sábado en la compu?, ¿no sos de salir?. Un beso grande,
Mario”


Lo leí un par de veces y me fui a comer.

Cuando volví estuve un rato largo sentada enfrente a la computadora leyendo el mensaje recibido una y otra vez como hipnotizada sin encontrarle nada nuevo – obvio – pero lo hacía como un tic y no con ninguna intención concreta. No sabía que responderle. Estaba en un punto de inflexión en la situación, y tenía que decidir que hacer. Podía dejar todo así, no contestarle, total, el haber hecho contacto con él ya me había sacado gran parte de la presión de encima, pero sin embargo, sentía la necesidad de seguir escribiéndole. No sabía porqué, pero aquel tipo me estaba robando mucho tiempo. No paraba de pensar en él. Era lindo para la edad que tenía, era el típico veterano fachero, pero había estado con pibes hermosos y ninguno me había dejado así. ¿Era el hecho de que era como treinta años mayor?.
Cuando estaba en la diatriba de que hacer, me llegó un mensaje. Era de Dayana, una amiga que me invitaba a ir a la casa. Lo tomé como una oportunidad para despejar la cabeza y me fui.

Pasé la tarde del domingo en la casa de Day y apenas bajó el sol nos fuimos a la rambla a tomar una cerveza. Pusimos música en el celular y nos sentamos al lado de la playa, a ver pasar la gente y mirar la puesta del sol. Volví a casa cerca de las nueve, cené y entre al Facebook de nuevo. No tenía nada nuevo.

En ese momento me pasó exactamente lo mismo que me había pasado aquella noche después de que el viejo acabara por primera vez tocándome la pierna: mi cuerpo reaccionó súbitamente, agarró el teléfono de línea y marcó el número del celular de Mario. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo y quise colgar era muy tarde, porque la voz de mi amante nocturno estaba sonando:

- ¿Hola?
- Eeeeste… hola
- ¿Quién habla?
- Habla… Ximena.
- Ahhh, Ximena


Noté cierta extrañeza en su tono y no era para menos, era una situación incómoda, extraña. La pendeja que le había hecho un pete días atrás en un ómnibus lo estaba llamando al celular. ¡Si hasta podía estar con los hijos!, iba a cortar… no quedaba otra, me había pasado de la raya y estaba sintiéndome mal.

- ¿Estás ahí? – dijo Mario.
- Eh, si, estoy acá. ¿Cómo estás?, ¿Con quien estás?
- Bien bien. Estoy solo, recién se fue mi hijo. Cenamos juntos.
- Ah, bueno, ¿querés que te llame después?
- No no, esta todo bien. ¿En que andás?
- ¿Yo?, no se, nada, estaba aburrida
- Mirá… ¿y en que has andado Xime?


Ese Xime me tocó muy adentro. Una ola de ternura me recorrió de pies a cabeza. Era la primera vez que Mario me decía Xime y no Ximena, o cosas mucho más asquerosas como aquella noche.

- ¿Ximena?
- Yo… este, no se, en nada. Ayer fui a bailar
- Y volviste temprano porque me mandaste el mensaje ese…
- Ah, si si, no se, me aburrí y me volví


Era una mentira a medias, porque si bien era verdad que me había aburrido, no le dije que una de las causas de ese aburrimiento era no poder hacer otra cosa que pensar en él.

- ¿A dónde fuiste?
- A W
- Ah mirá, un amigo mío es el jefe de seguridad de ahí. Se llama Julio. Julio Romano. Cuando vayas decile a los de la puerta y capaz te dejan entrar gratis.
- Ah, ta, gracias. ¿Vos a donde fuiste?
- Yo no salí ayer, estaba muerto. Me quedé en casa y me acosté temprano


Cuando Mario terminó su frase quedamos los dos en un silencio incomodísimo de unos veinte segundos. No sabíamos que decir, ninguno de los dos. No sabíamos que éramos, que habíamos echo y que íbamos a hacer, estábamos confundidísimos.
El silencio lo rompió él:

- ¿Hola?
- Hola si si, no sabía que decir
- Jaja, está bien. ¿Qué vas a hacer ahora?
- ¿Ahora?, no sé, dormir supongo
- ¿Tan temprano?
- Si… si, no sé. No
- ¿Querés dar una vuelta?


Las palabras de Mario me dieron un soplo de calor. Me excitaron muchísimo. Lo único que había dicho era si quería dar una vuelta y yo me había estremecido con una ola de placer. Martina me dijo putita, y una vez más, lo estaba probando en mis actos.

- Si
- ¿Si?, bueno, ¿Dónde vivis?, te paso a buscar…
- En el centro. Nos encontramos en la esquina. En Rio Negro y Canelones.
- Dale… dale… yo paso en… ¿media hora?
- Dale, te espero
- Hasta ahora, un beso


Mario colgó y yo me quedé con el teléfono en la mano un rato. Me iba a encontrar con Mario y eso me revolvía el estómago. Ni en mis primeras citas estaba tan nerviosa, pero no sabía si atribuirle a los nervios mi estado actual. Era una especie de ansiedad mezclada con miedo. O nervios, no sabía.

Entré corriendo a la ducha y a los diez minutos salí. Me puse una bombachita negras un tanto más sexy, con encaje, que las blancas de algodón que tenía aquella noche en el ómnibus y me congelé un instante. ¿Haciendo esto estaba asumiendo que iba a tener algún contacto sexual con Mario?, me acordaba que el me había dicho que podíamos vernos sin necesidad de pasar por nada parecido a lo de aquella noche. Mis actitudes me traían las palabras de Martina a la cabeza una y otra vez: “La verdad que no se que te esta pasando en Montevideo, pero estas hecha una putita bárbara”. Me quedé un minuto congelada, totalmente desnuda con la ropa en la mano. Lentamente comencé a vestirme de abajo. Encima de la ropa interior me puse una pollera de jean y en los pies las mismas havaianas de aquella noche en el ómnibus que me quedaban tan cómodas. Elegí un sutién sencillo, negro también, y me puse una camiseta blanca que decía “OXFORD” en relieve azul en la parte delantera. Bajé y le dije a mi mamá que me iba a lo de Dayana de nuevo. Llegué a la esquina acordada un poquito después de la media hora que me dijo Mario. Había un Mercedes C230 estacionado que cuando me vió venir me hizo cambio de luces.
Abrí la puerta del acompañante y ahí estaba Mario, sentado al volante y me invitó a pasar. Nos saludamos con un beso en el cachete.

- ¿Cómo andás? – me dijo
- Bien, ¿y vos?
- También bien. ¿Vamos a la rambla a tomar una chela?
- Si… por mi bárbaro


Mario tenía la misma camiseta polo Lacoste que le había visto en la foto de perfil. Además estaba de bermudas verde militar y sandalias de hombre. Usaba un perfume riquísimo que no había olido antes, pero era muy fuerte e inundaba todo el auto.
La radio estaba prendida y sintonizada en una emisora de oldies. Mientras nos dirigiamos a la rambla sonaba “Easy Lover” de Phil Collins y parecía que estabamos escuchándolo en vivo: aquel sistema de audio era espectacular.

- Que bien que suena esto..
- ¿Te gusta?, suena bien si. El otro día le compre unas bocinas nuevas. ¿Querés que cambie de radio?
- No no, esta está bien.


Llegamos a la rambla y Mario paró en la primer estación de servicio que encontró, se bajó y compró dos cervezas. Subió al auto y seguimos hasta encontrar un lugar tranquilo. Estacionó y abrió la primer botella. Compartíamos la bebida en silencio, escuchando la música con las ventanas abiertas y mirando el mar. Ninguno quería romper ese equilibrio y lo mantuvimos por unos minutos. Despúes de pensarlo un rato, y cuando estabamos empezando la segunda cerveza, me decidí a romper el hielo:

- Contáme algo de vos. No se casi nada…
- ¿Algo de mi?... no sé. Tengo cincuenta y un años. Soy de Salto. Vivo solo desde que me separé. Tengo dos hijos. ¿Ya te había dicho no?. Trabajo en una compañía de seguros. Juego al fútbol.. no sé, ¿Qué querés saber?
- ¿Hace cuanto te separaste?
- El mes que viene hace dos años.
- ¿Y cuanto estuviste con tu mujer?
- Estuve dieciocho años. Me casé grande, a los treinta y uno, cuando iba a nacer Manuel.
- ¿Y tus hijos?, ¿Qué hacen?
- Manuel estudia ingeniería civil en la ORT y Julieta ciencias políticas. Están solteros. Manuel hasta hace poco estaba con una muchacha, una modelo. Se pelearon hará dos semanas
- Que mal..
- Si, pero ninguno de los dos tuvo problemas para conseguir pareja nunca, pero igual fue un golpe duro para él, estaban juntos desde los diecisiete.
- Bajón
- Si… mirá, aca tengo una foto con ellos


Mario sacó el celular – un iPhone - y me mostró el fondo de pantalla. Era él con los dos hijos uno a cada lado. La foto era del cumpleaños de él, y yo la había visto en el Facebook pero me hice la sorprendida para que no supiera que había andado espiando:

- Que lindos que son los dos. ¿Dónde es?
- En mi casa, en mi cumpleaños de este año.
- ¿Cuándo cumplís?
- El ocho de enero.
- ¿Capricornio?
- Si, ¿vos que sos?
- Escorpio, soy del 10 de noviembre
- Que bueno…


Seguimos tomando la última cerveza y el silencio volvió a reinar en el auto. Había algo en el aire, y me parece que los dos sabíamos qué era. Íbamos a repetir un episodio como el de la otra vez. Y a los dos nos parecía más que bien…

- Ahora contame algo vos – me dijo Mario de golpe
- ¿Yo?... no sé. Estoy haciendo sexto, de derecho. Vivo con mis viejos ahí a una cuadra de donde nos encontramos.
- ¿Qué hacías en Salto?
- Estaba en lo de mi mejor amiga que se mudó
- Ah, mirá. Perdona, seguí contándome
- Y… no sé. Voy al gimnasio… a veces. Soy de Nacional
- ¿Nacional?
- Si, ¿sos de Peñarol?
- No, de Defensor, pero prefiero a Peñarol. Mi padre jugaba en Defensor
- ¡Ah mirá!


La charla se detuvo una vez más y la cerveza se murió en un trago largo que le di. La radio volvió de una pausa publicitaria y lo hizo con “Is this love” de Whitesnake.
No me contuve, ni quise hacerlo. Me estiré y le di un beso a Mario en la boca. Un beso muy largo que el siguió apoyando sus manos en mi cintura.
No era un beso de placer, como el que me hubiera dado aquella noche en el ómnibus, era un beso mucho más romántico, menos erótico, pero yo quise llevar la cosa un poco más lejos, y me separé de su boca para besarle el cuello.

Mario dejó escapar un suspiro y me puso una mano en la cabeza. Yo lo besaba con muchas ganas pero cuidando de no dejarle ninguna marca. Le pasaba la lengua por el cuello e intercalaba besos cortos con otros más largos y atrevidos. Aquello le encantaba porque recostó la cabeza contra el asiento y se dejo hacer.
Luego de estar un rato así, me separó.

- Quiero decirte algo…
- ¿Qué?


Me congelé. Pensé que me iba a decir que estaba en pareja o algo asi, pero lo que salió de su boca fue algo muy distinto:

- Me gustas mucho y no se donde puede terminar esto. Estuve pensando y no se que límite puede tener si hoy acá pasa algo entre nosotros


No me sorprendió el hecho de que estuviera diciendo eso, porque yo también lo había pensado en el correr de los días.

- Yo también lo pensé…
- ¿ Y que te parece? No vamos a poder tener nunca una relación seria. Soy treinta y tres años mayor que vos Ximena. Podría ser tu padre. Nunca nos aceptarían.
- Si, ya lo sé…
- Vos tenés que salir con gente de tu edad, y yo tengo que salir con gente de la mía.
- ¿Y porque tenemos que darle formalidad?


Esa pregunta retórica que le formulé, era la razón por la que había accedido a encontrarme con el y lo que me venía planteando desde el momento en que me desperté en mi cama aquella tarde después del episodio del ómnibus.
Mario no contestó, sabía que no había respuesta para eso.

- Podemos vernos debes en cuando, hacer nuestras vidas.
- Seríamos amantes
- No, seríamos dos personas que quieren verse y disfrutar como vos dijiste, de las cosas de la vida, hacer lo que quieren hacer. No le pongas nombre. ¿Qué pasó con todo lo que dijiste cuando estábamos llegando a la terminal?
- Si, ya sé lo que te dije pero no pensé que fuéramos a terminar así.
- ¿Osea que lo dijiste sin creerlo?
- Si, no, no sé. Lo dije porque es lo que pienso, uno tiene que vivir cada momento y guiarse por lo que de verdad quiere, pero en la práctica…
- ¿…no es así?
- Si…, no sé


No lo dejé terminar y le di otro beso. Al principio trató de apartar la cara pero luego cedió y se dejo besar.
Los roles se habían invertido. La que ahora tomaba la iniciativa y hacía lo que no era correcto era yo, el que quedaba de piedra con cada acción era ese, el viejo que hacía unos días se masturbaba tocándome.
Lleve las manos a su cuello y en uno de los tantos besos que le di introduje toda mi lengua en su boca buscando la de él. La sensación del bigote pinchándome era nueva para mí, pero me encantaba.
Mario -que había puesto de nuevo sus manos en mi espalda-, ahora las bajaba y las colocaba en mi cola, apretándola levemente.

La sensación de placer que me invadió en el ómnibus aquella vez volvía, y sentía como ahora la que recibía los flujos cada vez con mayor intensidad era mi bombacha de encaje negro. Esto provocó una reacción en cadena que cruzó mi cuerpo y obligó a mi mano a colocarse en la entrepierna de Mario, donde encontré – como esperaba – una erección incipiente.
Con suaves movimientos con la palma abierta y sin dejar de besar a mi nuevo amante masajeé aquella pija que tan bien había conocido unas noches atrás, mientras el viejo se animaba e introducía la mano derecha por debajo de mi pollera teniendo así un acceso directo a mi cola la cual apretaba cada vez más fuerte.

Con una sola mano, mientras la otra jugaba con el pelo de Mario, abrí el cierre de su bermuda e introduje la mano por adentro encontrándome con la verga que me había acabado en la boca tan inesperadamente, lista para dar guerra.
La saqué para afuera y comencé a pajearla de la misma manera que lo había hecho aquella vez en la oscuridad del ómnibus. Era tal cual la recordaba: cálida, dura, y ahora además emitía en pequeñas gotas el tan famoso líquido pre seminal lo cual evitó la necesidad de cortar aquel beso para tener que lubricar mi mano.
Sin soltar la verga de Mario comencé a bajar el beso por su cuello, pasando por su pecho cubierto por aquella remera carísima, y llegando finalmente a su miembro, el cual estaba esperando mis besos y me lo pedía largando cada vez más gotas transparentes.
Mi vagina sin haber sido tocada todavía, estaba empapada de flujos, al igual que días atrás, y cuando Mario advirtió esto fue cuando comenzó a acariciarla por sobre la ropa interior. El placer fue tan inmenso que me obligó a introducirme la pija en mi boca para no gemir.
Mi mamada le provocaba a Mario un placer inmenso el cual notaba por la velocidad con la que me introducía su dedo índice en mi conchita, la cual aumentaba la intensidad de los fluidos paulatinamente haciéndome soltar gemidos que lanzaba separando un poco los labios de aquel miembro que estaba comiéndome.
Estaba por acabar y quería hacerlo al mismo tiempo que Mario, por lo que saqué su verga de mi boca – no pude evitar dejar un par de hilos de saliva que conectaran ambas partes – y comencé a pajearlo con gran velocidad.

- A… Acabo… - me dijo entre gemidos sin dejar de pajearme con gran velocidad.
- ¿Hoy me avisas?


Yo también estaba cerca del orgasmo y sin darme cuenta para que Mario tuviera mayor profundidad en su trabajo tenía un pie apoyado en la ventana del Mercedes dejándole a mi amante, el viejo, un espacio más que suficiente para meter hasta bien adentro todo su dedo.
Entre gemidos que inundaron el auto y se confundieron con la música de la radio, comencé a largar fluidos con mayor intensidad y Mario largó el primer disparo de semen el cual me dio de lleno en la nariz ya que estaba esperando ese instante para meterme de nuevo la pija en la boca y dejar que vaciara todo lo que tenía para darme adentro, ya que al parecer le encantaba.
Ambos tuvimos unos orgasmos tremendamente intensos, dejando nuestros fluidos en alguna parte del otro.

Mario repitió una acabada espectacular la cual guardaba en mi boca y no sabía que hacer con ella. La aguante allí un rato hasta que Mario sacó su dedo de mi concha y me dijo:

- Escupí afuera –

Yo lo miré, con el primer chorro de leche resbalándome todavía por encima de los labios y goteando por mi nariz, y sin hacer ningún gesto tragué su néctar.
No era la primera vez que lo hacía, y debo confesar que no me molestaba para nada. Había escuchado en muchas amigas que el sabor del semen era espantoso, pero la primera vez que lo hice, con Adrián, no me molestó, y había intentado hacerlo con Mario en el ómnibus pero no pude porque como les comenté el primer lechazo me había llegado a la garganta, pero esta vez no tuve problemas y pude tragarme toda su carga que ya recorría mi garganta. Para darle más erotismo al asunto, con el dedo índice recogí el semen del primer chorro que quedaba en mi cara y lo introduje en mi boca tragándolo también.

Mario se quedó de piedra y me miraba con una expresión que mezclaba el placer y el asombro. No pensó nunca que una “nena” - como me había dicho aquella vez – tragara semen con tanto placer.
Cuando salí del auto mentalmente y me vi aceptando una descarga de leche en mi boca proveniente de un viejo de cincuenta y un años y tragando hasta la última gota, las palabras de Martina volvieron a la carga pero con menos fuerza, estaba demasiado excitada como para preocuparme.

Cuando miré la pija de Mario que seguía erecta, comprobé que cuando saqué mi boca de ella, dejé un hilo de esperma colgando por el tronco, por lo que coloqué mi cabeza en su entrepierna de nuevo y lamí lo que quedaba. Lo saboreé un rato en mi boca y luego lo tragué.

Nos quedamos unos segundos cada uno en su lugar, sin hablar. En mi campo de visión tenía la verga de mi amante y eso me excitaba mucho, por lo que con mi mano derecha comencé a tocarme la entrepierna por adentro de la pollera. Yo no estaba ni cerca de estar satisfecha, y creo que él tampoco.
La visión de una pendeja tocándose a su lado no lo dejó perder la erección del todo y esta vez fue él el que se acerco a mí y comenzó a besarme el cuello.
Otra vez sentía el roce de su bigote, prolijamente cortado, haciéndome cosquillas y eso me derretía de placer.
No quería meterme el dedo todavía porque esperaba algo más de esa noche, por lo que simplemente jugaba con mi sexo pasándome los dedos por encima de la ropa interior, sintiendo mi clítoris, los labios, el monte de Venus, todos lubricados con mis jugos.
Mario continuó con sus lenguetazos en el cuello y colocó su mano izquierda encima de mi busto, el cual comenzó a apretar y mover de forma circular.
Para facilitarle la tarea me despegué del respaldo y me saqué la camiseta. Quedé solo con el sutién negro el cual tampoco duró mucho puesto ya que lo desabroché dejando mis dos tetas al aire, listas para que Mario hiciera lo que quisiera con ellas.
El viejo se quedó contemplando aquel busto femenino, el cual como ya dije anteriormente, era bastante prominente, y de golpe – hasta asustándome – se lanzó a devorarme el pezón izquierdo. Mario chupaba con violencia, tratando de succionar todo lo que podía. Debes en cuando se sacaba la teta de la boca y lamía mis pezones, dejándolos tremendamente duros. Cuando lograba esto, no perdía tiempo y los mordisqueaba con furia. De reojo miraba su pija, y la notaba tremendamente dura, largando gotas transparentes que se caían en su bermuda verde.
Mientras Mario me llenaba de placer con su boca, yo le tiraba del pelo y lanzaba profundos gemidos que lo alentaban a seguir haciendo su tarea, y con mi mano izquierda me metía dos dedos en la vagina, sin poder cumplir mi propósito de dejar la penetración para después.

No aguantaba más; hacía mucho que no tenía sexo y estaba dispuesta a que Mario fuera el primero en mucho tiempo, por lo que le pregunté:

- ¿Tenés protección?

El viejo se separó de mis tetas estirando todo lo que pudo el pezón para mirarme a la cara y decirme:

- Abrí la guantera putita… -

Volvía a usar esas palabras que tanto me excitaban y que a su vez, tan lejos estaban del tierno “Xime” que me lanzó hablando por teléfono. Mario sabía que lenguaje utilizar en cada momento, y tenía dos caras: el veterano protector, considerado, maduro de cincuenta y un años, y el hombre libinidoso y caliente, que le chupaba las tetas a una pendeja treinta años menor y le llenaba la boca de leche a su “putita”.

Por orden directa de mi nuevo compañero sexual, abrí la guantera con la mano llena de flujos vaginales y encontré una caja roja de condones.

- Sabés ponerlos, ¿no? – me dijo, y yo sin hablar saqué uno y lo coloqué en su pija.

Mario retiró el asiento del conductor del volante y se desabrochó las bermudas bajándolas hasta el suelo.
Yo aproveché ese momento para sacarme la bombachita del todo.

Cuando ambos estuvimos listos, me subí encima de él en el asiento de al lado y quedé lista para montarlo con una pierna a cada lado de su cuerpo, y su pija a escasos centímetros de mi sexo. Crucé mis manos atrás de su cuello y lo besé, mientras lentamente iniciaba mi descenso y me introducía su pija en mi concha la cual emitía grandes cantidades de fluidos celebrando la penetración.
Procuré meter todo el miembro en mi interior para comenzar un movimiento de arriba hacia abajo con mis caderas. Mario tenía sus manos en mi cola y la acompañaba en su ascenso y descenso.

- Que bien que cojés – me dijo al oído y eso me volvió loca lo cual me llevó a acelerar el movimiento.

Coloqué mi cara sobre su hombro aguantando los gemidos que me brotaban de adentro contra su piel. Mario sin embargo no fue tan precavido y emitía onomatopeyas de placer las cuales facilitaban la penetración ya que mi concha a cada palabra de Mario se empapaba más y más.

Paré de golpe mi movimiento de ascenso y descenso y lo cambié por uno circular, girando la verga de Mario adentro mío. Esto lo excitó muchísimo y me separó con sus dos manos de su cuerpo para poder seguir con su magistral chupada de tetas, la cual solo paraba para emitir un suspiro de placer.

- Ahora te vas a quedar quietita y me vas a dejar cojerte a mi pendeja… - me dijo y reclinó el asiento hasta dejarlo casi acostado del todo.


Mario levantó sus pies y los apoyó en el borde del asiento para empezar una penetración a una velocidad descomunal, que parecía un taladro perforándome la concha.
Eso fue demasiado para mi; no aguanté las ganas y gimiendo me vine por segunda vez en la noche.

Cuando estaba terminando mi orgasmo el que empezó el suyo fue Mario, que con las últimas embestidas de esa perforadora que tenía entre las piernas, vació toda su hombría en el condón, y yo lamenté que el movimiento se fuera desacelerando paulatinamente.

- ¿Cómo hacés para coger tan rápido viejo?
- Ah, te encantó…
- ¿No se notó?

Dicho esto y con su pija adentro mío todavía, le di un beso en el cuello el cual acompañó apretándome la cola una vez más.

Era la primera vez que cojía en mucho tiempo. La última había sido con el “gato” que tenía en aquel entonces, un amigo de Dayana, y debo admitir que aquella vuelta a las canchas había sido espectacular.

La radio seguía con sus oldies y lentamente me saqué la pija de Mario de la cuevita y me empecé a vestir en mi asiento.
Mario se quedó acostado un rato más, mientras iba perdiendo la erección lentamente.

A los pocos minutos estábamos vestidos los dos, y emprendíamos de nuevo el viaje a mi casa.

- ¿Lo vamos a repetir? – pregunté lanzando esas palabras casi sin filtro
- No puedo pensar en no hacerlo – me dijo Mario y me alegró la noche una vez más


Llegamos a mi casa y mi nuevo amante estacionó el auto.

- ¿Cómo pasaste? – me dijo
- ¿Y me lo preguntás?
- Y… quería asegurarme


Le di un beso de despedida y me bajé del auto. Cuando hacía esto Mario me dio una palmada en la cola.

- Portate bien y preparáte. La próxima prometo llevarte a un lugar mejor, que parece que solo hacemos estas cosas en lugares chicos
- Te tomo la palabra – dije, y entre en el apartamento.


Me di vuelta cuando Mario se estaba yendo en el mercedes.











40 Puntos 8 Favoritos 4774 Visitas

Creado el: 20.08.2009 a las 00:16:55 hs.
Categoría: Relatos
Tags: , , , , , , , , , , , , ,
Agregar a:

Comentarios
RSS con los comentarios de este post
#1 - CAT2007 | 20.08.2009 11:21:14 dijo:
muy buena historia, excelente como lo relatas
#2 - petzele | 20.08.2009 11:38:52 dijo:
Excelente, muy bueno. Excitante, prolijo, buena redacción... de verdad, te felicito. Te dejo mis 10 points en agradecimiento
#3 - Marvin_Nash | 20.08.2009 14:09:39 dijo:
mil gracias por los comentarios, me alegro que les estén gustando los relatos. y gracias por los puntos.
se viene la parte tres en unos días.
un abrazo poringuero y gracias de nuevo !
#4 - SebastianSzabo88 | 21.08.2009 15:26:07 dijo:
Muy bueno..realmente me gusta mucho! +10
#5 - maguito | 27.08.2009 13:57:24 dijo:
muyy bueno "putita"jejej!!segui segui.....
#6 - calita09 | 31.08.2009 01:01:48 dijo:
Espectacular!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Me recalente y me senti identificada por partes por tu forma de escribir.
Te dejo los 10 de hoy. Mas que merecidos
#7 - Marvin_Nash | 03.09.2009 22:08:52 dijo:
gracias a todos por los comentarios y los porotos, me alegro que les guste
está al caer la parte 3 atentos!

Para poder comentar necesitas estar Registrado. O.. ya tenes usuario? Logueate!
Ir al cielo
API - Trabaja en Taringa! - Anuncie en T! - Protocolo - Contacto - Enlazanos - Mapa del sitio - Prensa - Denuncias - P! em Português
Términos y condiciones - Privacidad de datos