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Diarios de Ximena: En el ómnibus Salto-Montevideo

    

Parte 1


Ximena es esa adolescente que vemos siempre, en el ómnibus, en la calle, en el shopping, en fotolog. Es la pendeja que nos come la cabeza y nos deja a 220 el resto del día. Con una mirada te mata y te deja dando vueltas y te obliga a ir corriendo a tu casa a hacer algo pensando en ella. Ximena cuenta todo lo que sabemos hacen las mujeres pero nunca cuentan y cuando escuchan algo parecido se hacen las asqueadas. Esa es Ximena.

Esta es la primer parte de una serie de relatos que voy a ir escribiendo y compartiendo con P!. Inspirado en un video que encontré por ahi se me dió por escribir esto y bueno, esto fue lo que salió. Espero que les guste tanto como me gustó a mi escribirlo.

Un abrazo poringuero.


En el Ómnibus Salto-Montevideo

La noche se estaba poniendo fría y mi ómnibus estaba por irse. Había sacado pasaje para la última salida para poder viajar de noche y dormir todo el camino que era bastante largo y de otra manera se hubiera hecho bastante aburrido. Con Martina - mi mejor amiga y la dueña de la casa donde me había quedado esas dos semanas – y Sandra – su mamá – habíamos cenado en la terminal para evitar así andar a las corridas y poder aprovechar la última cena juntas en lo que probablemente sería un año o seis meses. Desde que Martina se mudó a Salto no nos veíamos casi nunca, solo yo iba a la casa de ella en verano para ir a las termas o ella venía a casa en las vacaciones de invierno. Pese a la distancia, manteníamos la amistad a través del MSN o del Facebook. Es difícil olvidarse de una amistad tan intensa, ya que con Martina nos conocíamos desde los primeros años del jardín de infantes. Éramos dos nenas asustadas y vulnerables en ese mundo nuevo, y paulatinamente nos fuimos haciendo amigas.
Fuimos a la misma escuela y siempre pedimos para quedar en la misma clase, y en el liceo hasta cuarto – que fue cuando Martina se mudó a Salto porque habían trasladado al padre para allá – estuvimos juntas.
Martina fue testigo de mi primer beso, recibió la primer velita de mi cumpleaños de quince – si, antes que mis padres – y siempre estuvo ahí. A ella le contaba absolutamente todo, y ella a mí también.
Nuestra primera vez fue casi al mismo tiempo. El fin de semana que pasamos en Bariloche, por el viaje de tercero, las dos perdimos nuestra virginidad, ella, con un argentino de Entre Ríos y yo con el que en ese entonces era mi novio, Adrián, un compañero de liceo. El alcohol empezó a correr en la fiesta de despedida y cada una con su pareja, terminamos en la misma habitación – ya que nosotras la compartíamos – haciendo el amor, ella en el baño, y yo en la cama. Fue un momento muy romántico, muy excitante, y eso fue lo que le puso la frutilla a la torta de nuestra amistad. Después de ese momento nos conectamos del todo y supimos que lo nuestro era algo inigualable.

La noticia de su partida a Salto fue un duro golpe para las dos, pero cuando vimos que la mágica Internet nos mantenía cerca volvimos a sentirnos bien. Además, ella iba a estudiar economía y tenía que venir a Montevideo a los diecinueve, y para eso solo faltaba un año.

Pero la historia que les voy a contar no tiene nada que ver con Martina y nuestra amistad, es más, ni a ella me atreví a contársela – todavía -.

La noche de mi partida de Salto era una de las últimas de Febrero y mucha gente se estaba yendo de vuelta para el sur para reintegrarse a sus trabajos después de unas semanas en las termas por lo que le terminal estaba llena de gente. Faltaban quince minutos para que se fuera el ómnibus así que le pedí a Martina que me acompañara a un kiosco a comprar víveres para el viaje.

Como todavía era verano, pese a que como ya dije, la noche se estaba poniendo fría yo tenía puesto un par de havaianas, una pollera blanca por encima de las rodillas y una musculosa de varios colores. El pelo lo tenía lejos de la frente con una vincha. Martina por su parte tenía unos shorts de jean, esos que tanto le gustan a los hombres, y otra musculosa totalmente negra. Si bien no éramos miss universo, las dos teníamos un cuerpo muy bueno. Yo destacaba por una delantera prominente y Martina por una cola bastante grande. En más de una ocasión admitíamos en nuestras charlas ser la musa de las pajas de muchos compañeros de clase, sobre todo cuando recién empezábamos a desarrollar nuestro físico, y eso nos encantaba. El poder de excitar a los hombres que tienen las mujeres les encanta, créanlo, somos totalmente felices recogiendo miradas y recibiendo piropos por más que no lo mostremos, de lo contrario seríamos gatos y no las mujeres que la sociedad quiere que seamos.

Esa noche sin embargo, ninguna de las dos tenía intenciones de calentar o excitar a nadie y nuestra vestimenta se debía pura y exclusivamente al calor.

En el kiosco de la terminal compré una Rolling Stone – la última – una botella de agua y un paquete de galletitas – saladas -. Cuando me agaché a guardar las cosas en la mochila Martina se me acerco al oído y me dijo:

- Xime, tenés un viejo baboso atrás que te esta mirando la cola, levantáte rápido que me da asco –
- Dejálo en paz, vamos a darle el gusto –


Y dicho esto me agaché para llevar la colilla del cierre hasta el último tramo del recorrido y levanté la cola un poco más. A esta altura el viejo tendría una buena vista de la bombacha que tenía puesta, de algodón blanca.

- No seas tarada Xime, vamos - me dijo Martina y me agarró del brazo. Riéndonos las dos nos fuimos del lugar y de reojo miré al viejo sentado en el banco que no me sacaba los ojos de las piernas.

Esas dos semanas habían sido bastante tranquilas en todo aspecto. Fuimos a las termas casi todos los días y solo salimos dos noches, una a un baile en Salto y la otra a un cumpleaños en la casa de un amigo de Martina. Martina estaba con un “amigovio” pero yo aproveché el ser una total desconocida en aquellas tierras y en las dos noches estuve con un chico distinto, en el baile con un conocido de Martina del barrio, tres años mayor que yo, y en el cumpleaños con nada más ni nada menos que con el cumpleañero. Si bien la cosa no pasó de besos y un par de toqueteos, me aseguré de dejar a los chicos con lo que supuse – y sentí a través de los pantalones livianos propios del verano – fue una erección que requirió de un trabajo manual en sus casas.
No era muy propio de mi eso de ser “calientapijas” pero como ya dije, me aproveché de mi ventaja de desconocida y me desenvolví con total libertad y lejos de “el que dirán cuando se enteren” que me perseguía en Montevideo todo el tiempo.

- La verdad que no se que te esta pasando en Montevideo, pero estas hecha una putita bárbara. ¿Dónde quedó la nena de las trencitas del jardín?
- Jaja, sos una tarada. Acá no me conocen, puedo dejar la imagen que quiera y divertirme sin problemas. Además no hice nada que vos no hubieras hecho… ¿o si?
- Para mi igual sos una puta. Pero te amo y lo sabés –


El altoparlante de la terminal anunciaba que mi ómnibus era el próximo en abordar y como me gusta acomodarme bien antes de que el coche se ponga en marcha me despedí efusivamente de Martina y su mamá y me zambullí en el aire acondicionado del vehículo. Tenía asiento de ventanilla y para mi sorpresa el ómnibus se iba llenando muy lentamente y no parecía que fuera a tener compañero o compañera por lo que me iba a poder estirar tranquila.
Acomodé la mochila entre mis piernas, saqué la revista que me había comprado y me dispuse a leer antes de que el ómnibus empezara con el traqueteo de la ruta y la lectura fuera imposible.

Estaba enfrascada en la lectura de una nota sobre el último disco de Babasónicos cuando un movimiento a mi lado me sacó de mi mundo y me hizo voltear hacia el pasillo. Parado en puntas de pie y guardando su bolso de viaje en el guardabultos de arriba, estaba el viejo al que le había mostrado todo en la terminal. Un sudor frío me recorrió todo el cuerpo y lo que hice – como en todas las situaciones extrañas que me pasaban – fue sacar el celular y escribirle un mensaje a Martina:

“marti el viejo d la trminal c m va a sentar allado m quiero mtar!!”

El aparato vibró a los pocos segundos mientras el viejo seguía luchando con su equipaje:

“jodet blda, eso t pasa x putita ahora banktla jaja. te amo”

El mensaje no había sido muy alentador y yo seguía con mi gran problema. Como los pasajes eran marcados no tenía manera de cambiar de lugar por lo que iba a tener al susodicho sentado a mi lado por ocho horas. No sabía que hacer.

Respiré profundamente, y miré de reojo al viejo que ahora se sentaba a mi lado a la voz de “Permiso”. Llevaba mocasines sin cordones, unas bermudas color caqui y una camisa Bordeaux con los botones de más arriba desabrochados. Le dí unos cincuenta años. Tenía el pelo cortado a máquina y llevaba un bigote a lo italiano. Tenía pinta de ser una persona adinerada, ya que su camisa era de marca Lacoste y cuando miró su reloj noté que era un Rolex de los auténticos.

El vehículo se puso en movimiento y a los cinco minutos estábamos atravesando el cartel de “Gracias por su estadía” que se hallaba apostado en la salida de Salto. Las próximas horas íbamos a estar transitando una ruta rodeados solamente por la campiña uruguaya.

El guarda pasó a marcar los pasajes a los veinte minutos de camino. Al poco rato apagaron todas las luces de adentro del ómnibus y las únicas que quedaron prendidas fueron las individuales de un par de personas que debían estar leyendo.

Cuando los ojos se me estaban cerrando producto del cansancio, el celular me vibró en el bolsillo de la pollera. Lo saqué y ví que era un mensaje de Martina.:

“ya t cojio? Jajaja”

El mensaje no tenía ninguna gracia para mi, pero se ve que la situación le resultaba comiquísima a Martina que estaba probablemente acostada en la comodidad de su casa sin tener que preocuparse por un viejo verde con el que iba a compartir un viaje entero a Montevideo. Le contesté:

“no c q es lo gracioso. Voy a dormir. Mñana hablamos. Bss”

Hecho esto saqué de mi mochila los auriculares y me puse a escuchar algo de música para conciliar el sueño.

No se cuanto tiempo estuve dormida pero cuando abrí los ojos todas las luces individuales estaban apagadas. Lo que me despertó fue un leve roce en mi pierna que enseguida atribuí a mi acompañante, pero cuando me volteé a mirarlo comprobé que el estaba en el quinto sueño, durmiendo con la boca abierta y con el asiento reclinado. Saqué el celular del bolsillo para mirar la hora: 1:07. El ómnibus había salido hacía apenas una hora y poco, faltaban varias horas de viaje todavía.
Cuando me disponía a dormir de nuevo, miré de reojo a mi acompañante y descubrí algo que había pasado desapercibido a mi vista la primera vez que lo miré, probablemente por estar medio dormida: el viejo tenía sobre la falda un buzo de lana cubriéndole las manos y la entrepierna.

El mismo sudor frío que me invadió cuando vi que se iba a sentar a mi lado me recorrió el cuerpo de nuevo. No tenía la más minima duda de que el tipo se estaba masturbando y lo que había sentido en mi pierna era el roce de su mano.

Estaba congelada, no podía moverme por más que quisiera, no sabía como actuar y no paraba de maldecirme en mi cabeza al recordar el episodio de la terminal que probablemente había llenado de fantasías la cabeza de aquel viejo y lo había llevado a pajearse en el ómnibus con la imagen de mi bombacha y mis piernas.

Por otro lado, una parte de mi cabeza me tranquilizaba y me decía que tal vez el tipo solamente tenía frío y había sacado el buzo para taparse y poder dormir más a gusto; el aire acondicionado estaba un poco frío de más y la noche ya debía rozar los quince grados y no los veinte y pocos que habíamos dejado en Salto.

Luego de unos minutos de hieratismo total decidí que solo había una manera de comprobar si aquel viejo se estaba masturbando o simplemente tenía frío, por lo que acomodé mi cabeza de modo que pudiera ver con mayor claridad pero no directamente la entrepierna de mi acompañante y me hice la dormida.

Rezando porque el tipo no se moviera en absoluto y que todo fuera producto de mi imaginación, entrecerré los ojos y espere un rato. A los diez minutos aproximadamente la piel se me hizo de gallina y vi como el buzo empezaba a moverse a un ritmo mecánico.
El viejo se estaba masturbando al lado mío y probablemente pensando en mí, y eso me daba una sensación extrañísima. Como dije más arriba con Martina levantábamos miradas siempre y sabíamos que provocábamos cosas muy intensas en los chicos de nuestra edad, pero ver a un tipo que podría ser mi padre sentado al lado mío, haciéndose una paja en mi honor me ponía los pelos de punta.

Todo parecía una escena del cine para mi, y más aún cuando vi que la mano derecha del tipo salía de su guarida y se dirigía a mi pierna. La mano se poso con delicadeza sobre mi muslo y el movimiento debajo del buzo comenzó a acelerarse.

El sudor frío me recorrió el cuerpo una vez más y noté horrorizada como mi bombacha se ponía un poco húmeda. Me estaba excitando. Un tipo de cincuenta años se estaba pajeando y tocándome y yo me estaba mojando. Martina tenía razón, era una puta.

No sabía que hacer, y mi cuerpo tampoco, solo podía quedarme quieta y sentir la mano del viejo – caliente y sudorosa – apoyada en mi pierna. Mi bombacha se ponía cada vez más húmeda y si hubiera estado en la comodidad de mi cama, probablemente a estas alturas y con ese grado de excitación ya me hubiera estado metiendo un dedo, pero en ese momento no podía hacer nada. Mi mente me hablaba con firmeza: “Ximena, sos una nena buena, no podés hacer nada. Gritá, gritá y pedí ayuda, este viejo es un depravado” pero mi entrepierna pedía lo contrario: “Ya estás en el baile, bailá. Mové la mano y metela abajo del buzo, ayuda al pobre señor, ¿no te dijo tu mamá que a los más grandes hay que ayudarlos?”

A todo esto el viejo respiraba agitado y la mano que tenía sobre mi falda empezaba a ceñirse más a mi muslo. El asqueroso estaba por acabar. Fue cuando sentí eso que mi cuerpo reaccionó. Con un leve movimiento separé unos centímetros mis piernas, dejando un espacio de unos treinta centímetros entre una y otra, suficiente para que la mano de mi compañero de viaje se internara en la tierra calurosa de mi entrepierna.

Cuando hice dicho movimiento la mano del viejo cedió la presión y el movimiento se detuvo. Ahora la pelota estaba en su cancha y el tenía que decidir que hacer. Era su turno de comprobar si yo dormía o si yo le estaba siguiendo la corriente.

La escena se congeló por lo que a mi me pareció una vida, pero probablemente hayan sido solo cinco minutos o aún menos. Ninguno de los dos se movía, yo seguía haciéndome la dormida y el no continuó su trabajito, seguía petrificado.

Sentir la mano del viejo allí y todo lo que me estaba pasando en ese momento hacía que mi concha no aguantara y produjera una cantidad de flujos enorme. De seguro si miraba mi bombacha en ese momento estaba empapada literalmente. El aire acondicionado no me parecía tan frío y mi cuerpo respondía al clima reinante en el ómnibus lanzándome olas de calor que me iban desde la punta de mis dedos hasta la frente. Estaba excitadísima, no aguantaba más aquello, quería que el total extraño siguiera pajeándose y me metiera mano, mi cuerpo me lo pedía a gritos, rogaba ser tocado, mi vagina lloraba pidiendo un dedo o algo que se metiera ahí adentro.

Yo que siempre me cuidé mucho y traté a mi cuerpo con total respeto, cedí a sus pedidos, me deslicé un poco en el asiento y abrí las Piernas aún más, quedando en una pose hasta desagradable para una mujer. La pollera se había remangado producto del roce con el asiento y ahora la tenía muy arriba; probablemente mi bombacha estuviera a la vista de aquel pervertido, pero yo no podía advertirlo por tener los ojos cerrados en mi gran actuación de bella durmiente.

Se ve que no me equivocaba, y la visión de mi entrepierna al descubierto reactivó la libido de aquel viejo que lentamente reenganchó la paja que venía haciéndose hace dios sabe cuanto y apretó mi muslo con más fuerza, y hasta se animó a subir su mano unos tímidos milímetros hacia mi concha.

Aquello era mucho y sentir el calor de la mano de aquel tipo, entrada en años, curtida por el sol y el calor del verano, tan cerca de mis labios me hizo lanzar un gemidito ahogado que procuré no dejar escapar para evitar salir de aquel papel que tan bien estaba interpretando.

La mano del viejo subió aún mas y ahora sin descaro se lanzó a tocar mi bombacha y se ve que el tacto de la yema de sus dedos con mis fluidos que se traspasaban por la tela de algodón lo excitó tanto que el movimiento de la mano izquierda aumentó y tirando la cabeza hacia atrás y mordiéndose los labios descargó sus huevos sobre su buzo y su mano izquierda.

Era una puta, una puta que había prestado su imagen de piernas abiertas a un desconocido para que se pajeara y acabara en un transporte público. Me había transformado en una puta, lo sabía… y me encantaba.

La mano del viejo se retiró rápidamente de mi ropa interior y en menos de diez segundos se guardo la verga en la bermuda con las dos manos y bajó el cierre.
Satisfecho ya, se limpió la mano en el buzo y la apoyó encima de su pierna derecha. Con los ojos todavía cerrados miré y comprobé que la erección no había desaparecido del todo y todavía tenía un bulto considerable en la entrepierna.

El se había descargado pero yo seguía igual de caliente y aún más al saber a ciencia cierta que alguien había pensado en mí, en mi cuerpo, mientras acababa.

Ahora fue mi cuerpo el que actuó sin preguntarle nada a mi cabeza y se movió hacia el asiento del viejo apoyando mis labios en su oído y susurró:

- Vos acabaste, ¿pero me vas a dejar a mi así?

Dicho esto, mi lengua rozó levemente el lóbulo de su oreja y volví a mi posición anterior.

Ahora si, el viejo estaba hecho una piedra y no se movía. A los pocos segundos giró su cabeza hacia mí y me miró con sus ojos marrones.

- Dale, apenas la rozaste, tocála un ratito más –

Aquel veterano estaba en el cielo sin lugar a dudas, una pendeja de dieciocho años le estaba pidiendo que la masturbara apenas unos minutos después de haber acabado tocándole la concha. Me puse en su lugar un instante y eso alcanzó para que una nueva corriente de fluidos me empapara la bombacha y me hiciera lanzar otro gemidito el cual, esta vez, no contuve tanto.

El viejo reaccionó lentamente y llevó su mano derecha a mi entrepierna, la misma que había rozado delicadamente hace unos instantes en el momento que con su otra mano se daba los últimos manijazos de una paja que iba a recordar el resto de su vida.

- Supongo que no te tengo que decir que tenés que hacer, ¿no? – Le susurré a un oído mientras el veterano con movimientos circulares masajeaba mi vagina a través de la bombacha empapada en flujos vaginales.
- Sos una pendeja bien puta eh? – me dijo con una voz de hombre que me encantó
- Ni tanto, solo por hoy, así que aprovechálo…


El viejo no paraba de acariciarme la concha pero eso no me calmaba la calentura, asi que decidí darle una mano y me levanté apenas del asiento para bajar mi bombacha hasta las rodillas dejándole así la conchita totalmente al aire.
Cuando vió esto el viejo no aguantó y con el dedo corazón de su mano derecha comenzó a frotarme el clítoris suavemente, asegurándose previamente de mojarlo en mis jugos para no lastimarme. Eso me volvió loca y a esta altura tenía que morderme el labio inferior para no ponerme a gemir como una loca en el medio del ómnibus en el que –esperaba- todos estaban dormidos.

Las caricias a mi perlita seguían y me estaban llevando cada vez más rápido hacia el clímax pero yo quería dejar entrar a ese dedo adentro de mi cueva, por lo que entre respiraciones entrecortadas le dije a mi amante:

- Meteme el dedo, dale… -

Esto lo dejó a mil y sin consideración me apuñaló la concha con el dedo corazón a una velocidad asombrosa. El dedo entraba y salía provocando un leve ruido de chapoteo provocado por la abundancia de todos los flujos que corrían por la zona. Había hecho el amor unas quince veces, con tres chicos distintos – uno de ellos nueve años mayor -, me habían masturbado otros tantos y había hecho sexo oral dos veces en mi vida, pero puedo asegurar con total certeza que nunca había estado tan mojada y excitada como aquella noche.

- Dale viejo que estoy por acabar. Apuráte que ahora te toca a vos… -

Dicho esto apoyé mi cara en su hombro y mordí la camisa para no ponerme a gritar como mi cuerpo me lo pedía. Con las dos manos me aferré al cuello de mi amante nocturno y lo apreté, probablemente arañándolo pero se ve que no le importo porque siguió su movimiento de penetración con su anular llevándome al mejor orgasmo de mi vida.
No podía disimular el placer y mis piernas se cerraron sobre su mano abriéndose de nuevo y cerrándose una vez más. Me hundí en el asiento de aquel ómnibus y de un golpe di mi cabeza contra el respaldo soltando el cuello del viejo y aferrándome a los apoyabrazos. Mi concha no paraba de soltar flujos y mi pelvis se movía hacia adentro y hacia fuera frenéticamente. Suspiraba y tenía los ojos cerrados. Me había metido un dedo un viejo que acababa de conocer en un ómnibus y yo estaba acabando como una perra manchando de flujos todo el asiento. Estaba en el séptimo cielo.

Los espasmos se fueron debilitando y me quedé quieta con la mano del tipo ahí entre mis piernas. Mi acompañante la retiró lentamente y usó el mismo buzo donde secó su corrida para secar mis fluidos, los cuales habían salpicado toda su mano pero sobretodo su dedo corazón, el cual brillaba a la luz de la luna del campo que entraba por la ventanilla.

Nos quedamos los dos recostados, inmóviles por unos minutos hasta que el viejo se acerco y me dijo:

- ¿No me tocaba a mi? –
- ¿No te alcanzó con la paja que te hiciste recién?
- ¿Qué te parece?
- Pervertido de mierda…
- Callate vos, putita… -

Putita, el mismo término que había usado Martina para referirse a mi en la terminal. ¿Me estaba convirtiendo en una?, no lo dudaba, sobretodo porque dos personas lo habían usado conmigo en una misma noche.

El viejo había salido de su letargo y ahora dirigía su mano a la mía y la depositaba en su paquete, el cual amenazaba con romper la bermuda en cualquier momento. Aquel viejo tenía una soberbia erección y yo no podía dejarlo así, sobre todo teniendo en cuenta que había sido todo mi culpa.

Con la palma abierta comencé a masajearle la zona recorriendo aquel machazo bulto. El viejo tenía las manos en los apoyabrazos y se dejaba hacer.

Yo no lo miraba a la cara, solamente masajeaba aquella pija que estaba rogando por una buena paja, y yo estaba totalmente dispuesta a dársela.

Apoyé mi codo izquierdo en el apoyabrazos y con la mano derecha bajé el cierre de la bermuda. La verga de aquel viejo saltó como un resorte para afuera. No era enorme, debía medir unos diez centímetros, pero si era algo gruesa. No estaba circuncidada y por experiencia eso iba a permitirme realizar mejor mi trabajo.
Me llevé la mano a la boca y dejé caer un chorro de saliva para poder lubricar la pija que me disponía a pajear. Hecho esto coloqué mi mano en aquel miembro duro – para mi y gracias a mi – y comencé a moverla lentamente de arriba hacia abajo sacando la cabeza a tomar un poco de aire. El movimiento que hacía era más bien lento y la presión la iba alternando.

Igual algo no me convencía, y era que las manos de aquel pasajero estaban muy quietas, por lo que paré un instante mi movimiento y tomé su mano derecha, esa misma que hacía instantes me había pajeado magistralmente y la deposité en mis tetas asegurándome de que el brazo pasara por atrás de mi espalda y no entorpeciera mi tarea. Después de todo, el viejo había hecho un gran trabajo y tenía derecho a tocar el busto de una adolescente que estoy segura nunca había pensado en tocar por el resto de su vida.

La mano del viejo me masajeaba las tetas mientras mi mano derecha continuaba su movimiento pajeándolo. El veterano pronto se avivó y escurrió su mano por debajo de mí musculosa teniendo un acceso mucho más directo a mis pezones que estaban ahora bastante duros, y no precisamente por el aire acondicionado.

La paja se estiró un buen rato y el viejo se animó a lanzarme la pregunta que se venía guardando de seguro hace un buen rato:

- ¿No te gusta chupar?
- Ah, ¿querés que te haga un pete?
- Que boquita que tenés para ser una nena
- ¿Todavía te parezco una nena?
- ¿Cuántos años tenés?
- ¿Cuántos me das?
- Y… quince
- Asi que le hubieras metido un dedo a una pendeja de quince, que viejo verde que sos…
- ¿Cuántos tenés?
- Dieciocho
- Ah, sos una nena igual
- Callate la boca pervertido, ¿esto lo haría una nena?


Y dicho eso bajé la cabeza hacia su entrepierna y me metí todo lo que pude de su pija en la boca. La mano del viejo se aferró a mis tetas como si se le fuera la vida en ello y recostó la cabeza hacia atrás por el placer que sentía.

Mis labios recorrían aquella verga cada vez más rápido mientras mi mano acompañaba el movimiento. Hacía casi un año que no le chupaba la pija a nadie pero por la respiración de aquel tipo y la dureza de su pija no había olvidado nada de lo que había aprendido.
El pelo caía sobre el miembro por lo que debes en cuando paraba para retirarlo sobre la oreja, tarea que casi siempre es del hombre pero aquel viejo no me soltaba las tetas y la otra mano la tenía muy ocupada apretando el apoyabrazos del pasillo.

De repente me acordé de algo, y con delicadeza saqué los huevos para afuera de la bermuda y comencé a lamerlos bien despacito, intercalándolos con alguna chupadita pero nada muy extremo, por lo que me había comentado Adrián, mi ex novio, esa es una zona muy sensible y es mejor tratarla con cuidado. Cuando me aburrí de aquella zona comencé de nuevo con la mamada y la mano del viejo comenzó a recorrerme la espalda y la panza, deteniéndose debes en cuando en el piercing que tenía en el ombligo.

Muy ocupada estaba yo dándole placer a aquella pija, cuando sentí el primer lechazo con una fuerza tremenda perderse en mi boca. El viejo de mierda me estaba acabando en la boca y no era capaz de avisar. Quise aguantar las embestidas de su leche pero a la segunda, con igual fuerza que la primera, no pude – sobre todo porque fue más dirigida a la garganta – y tuve que sacarme la pija de la boca y toser dejando escapar un poco de leche en su bermuda. El viejo para acabar había vuelto a apretar mis tetas y la leche seguía saliendo de su pija manchándome el cachete derecho y mi pelo. No sabía la magnitud de la primer acabada pero de seguro esta era bastante mayor.
El lechazo que me dio en la garganta me estaba provocando unas ganas de toser increíbles las cuales aguantaba con mi mano izquierda porque el ruido que iba a hacer si tosía iba a despertar a medio ómnibus. Mi mano derecha sin embargo se mantenía aferrada a aquella pija que ahora si – al fin! – largaba sus ultimas descargas blancas en forma de gotas las cuales quedaban retenidas en la piel de la pija.

Me acordé de la botella de agua y con la mano derecha toda pringosa por culpa del semen abrí la mochila y saqué la botella transparente y comencé a tomar.
Mi acompañante secaba con el buzo una vez más los restos de semen que habían quedado en su pija y en los alrededores. Tomé más agua y guardé la botella.

Los dos nos acomodamos: yo devolví mi bombacha a su lugar que seguía a la altura de las rodillas y bajé mi pollera y el viejo guardó su verga por última vez adentro de su bermuda.

- Acabaste sin avisarme viejo de mierda –
- Porque nunca tragaste leche pendeja puta… -
- Podías haberme dicho y estaba todo bien –
- No mientas putita, si te encantó –
- Sos un pervertido
- Y vos sos la pendeja más puta que vi en mi vida –


Miré la hora y comprobé que eran las tres de la mañana. Habíamos estado pajeándonos casi dos horas, las dos mejores horas de mi vida.

- ¿Vamos a dormir putita?, mañana tenés que ir a la escuela supongo, con los restos de leche en la garganta –
- Pero calláte viejo, estamos en febrero. ¿Vos no tenés que ir a trabajar?
- Estoy de licencia hasta el lunes –

Dicho esto los dos nos dispusimos a dormir.

Abrí los ojos de nuevo cuando los primeros rayos de la luz del sol asomaban en el horizonte. Estábamos atravesando un poblado. Era de los últimos antes de entrar en San José, el departamento que esta antes de Montevideo. Miré a el viejo y vi que ahora si dormía plácidamente, sin trampas y bastante a gusto por la expresión en su cara. Yo no tenía más sueño por lo que me puse los auriculares de nuevo y seguí escuchando música. Me puse a pensar en todo lo que había pasado esa noche, había llevado todo hasta un extremo. No era una santa como ya saben, pero lo de esa noche había pasado todos los límites. Me sentía sucia, incómoda conmigo misma, pero a su vez no podía evitar recordar los episodios de la madrugada y estremecerme de placer.

Cuando estábamos pasando los accesos a Montevideo mi acompañante se despertó.

- Que noche la de anoche… -
- ¿Estás casado?
- ¿Cómo?


Otra de las cosas que me había preguntado durante ese rato era si el tipo era casado. Capaz que tenía hijos, ¡capaz que conocía a los hijos!, Montevideo no es tan grande. Ese pensamiento me tenía al borde del asiento y si había hecho todo eso con un hombre casado no me lo iba a perdonar nunca en mi vida.

- Si estás casado… ¿Tenés esposa?
- No, soy separado
- ¿Hijos? ¿Tenés hijos?
- Si, dos, uno de veinte y otra de veintidós
- Ay… son más grandes que yo…
- ¿Y?
- Y… no sé, que…
- Y nada, son más grandes que vos, ¿cambia algo?


No dije nada porque sabía que no cambiaba nada, pero era extraño. El hijo de este tipo con el que acababa de tener una aventura nocturna, podía ser mi novio, y su hija una amiga más…

Llegamos a Montevideo y cuando nos estábamos acercando a la terminal mi compañero de asiento rompió el silencio:

- ¿Cómo te llamás?
- Ximena, ¿vos?
- Mario. ¿Dónde vivís?
- En el centro
- Compartimos un taxi, yo voy para Palermo
- No, me vienen a buscar mis papás
- Pero que nena más aplicada, los papás la cuidan y todo…
- Calláte la boca
- Pero que humor, ¿Qué te pasó?
- Nada, me parece que nos equivocamos feo anoche
- ¿No te gustó?
- No es eso… me gustó si p…
- ¿Entonces?. Mira, a mi edad te vas a dar cuenta que la vida es un parpadeo, tenés que sacarle jugo a todos los momentos que puedas y no guiarte por las pavadas que te dice tu mamá o te dice tu abuela. Hay que hacer lo que uno sienta que tiene que hacer, porque hoy estás y mañana no…
- Pero esto fue demasiado
- No, no fue demasiado, fue lo que quisimos hacer, y lo hicimos, no tiene nada malo eso. ¿Se lo vas a contar a alguien?
- No, no creo…
- Mejor así. Ahora, ¿vos tenés novio?
- No
- ¿Nada?, ¿ni un amigo medio especial?
- Nada, soltera totalmente
- Entonces podríamos hablarnos debes en cuando, no se, tomar algo, sin compromisos, sin pasar por nada parecido por lo que pasamos recién. Para que te sientas mejor capaz…
- No sé…
- Si, es bravo. Mirá, yo te voy a dar mi tarjeta, si querés y estás al pedo un día me llamás y nos juntamos. Yo trabajo de mañana, pero que en cualquier otro momento nos podemos ver.


Mario saco la billetera de la bermuda y me dio una tarjeta de presentación blanca con letras negras, muy antigua para mi gusto. Las letras rezaban:

Mario Augusto Maldonado
FAVEBA Seguros

Montevideo, Uruguay
093450333-(02)6789011
maraumal_1958@netgate.com.uy


Guardé la tarjeta en el bolsillo y cuando revisé el celular para ver la hora estábamos entrando en la terminal.
Apenas bajé del ómnibus atrás de Mario noté que el día prometía mucho calor. Ahí estaban mis padres, esperándome, con cara de sueño. Luego de varios besos y abrazos mi padre se encargó de la valija y fuimos a donde estaba estacionado el auto. Había perdido de vista a mi amante.

Cuando estaba relatando mis experiencias en Salto, y el auto estaba abandonando el parking, miré hacia la calle y vi la camisa Bordeaux de Mario parando un taxi.

Apenas llegué a casa, me vibró el celular. Era un mensaje de Martina:

“llegast?”

Le contesté:

“llegue muerta voy a dormir. Pase hermoso en tu ksa grax x todo te amo”

Había decidido no contarle nada a Martina de lo sucedido esa noche, al menos de momento.

Cuando entré a mi habitación saqué la tarjeta de Mario y la metí debajo del pedestal del monitor de mi computadora.
Me tiré en la cama así como estaba vestida y no tardé en dormirme.






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Creado el: 17.08.2009 a las 02:44:57 hs.
Categoría: Relatos
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#1 - Alanq | 17.08.2009 03:15:41 dijo:
qué onda el relato?
#2 - Marvin_Nash | 17.08.2009 03:19:28 dijo:
en que sentido lo decís?
#3 - whitefang | 17.08.2009 07:34:32 dijo:
esta bueno, me recordo un viaje, desde LP a CBA una pampeana hermosa, no llegamos al pt pero el resto...
#4 - Marvin_Nash | 17.08.2009 14:36:46 dijo:
ACLARACIÓN: Me están llegando pila de mensajes pidiendome el msn y criticandome por poner "los datos del viejo": ESTO ES PURA FICCIÓN. SOY HOMBRE Y NO CONOZCO A NINGUNA XIMENA JAJAJA, esto no pasó nunca y los datos son falsos como billete de tres pesos.

un abrazo
#5 - Marvin_Nash | 20.08.2009 02:07:27 dijo:
Pronta la parte 2 gente:

Diarios de Ximena 2: La rambla de Montevideo
#6 - SebastianSzabo88 | 20.08.2009 13:18:40 dijo:
Me gusto! La verdad te pasaste!+10

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