El putito gemía escandalosamente, presa de un éxtasis que lo había sumido en un intenso trance de calentura. Parecía borracho o drogado de placer, totalmente ajeno a cualquier otro pensamiento que no tuviera que ver con lo que ocurría en aquel cuartucho de albergue transitorio. Un rato antes me había chupado tan, pero tan bien la pija, que pocas veces había llegado a semejante acabada, una abundante cantidad de semen espeso que el mariquita libó gustoso, tragándose todo y lamiendo hasta no dejar un solo rastro de esperma. Era tan bonito el pendejo que parecía una nena, con una boca de labios gruesos que lo hacían más lindo aún cuando sonreía y más cuando mamaba. Con decir que aún no había eyaculado y ya estaba ansiando un segundo encuentro para dejar que me ordeñara, así de estupendo era haciendo el sexo oral. Y lo hubiera dejado hacerme una segunda succionada si mis ganas no me hubiesen llevado a querer seguir otro nivel, y entonces comencé lo que describí en el inicio de este relato.
El chico tenía un culo chiquito, pero bien redondo y turgente, sin un solo pelito, al igual que sus hermosas piernas. Lo hice ponerse de pie y apoyarse contra la cómoda, abriéndole las piernas, y fui yo quien me arrodillé entonces para hundir mi cara entre sus nalgas y pegar mi boca en su ano como si fuera una ventosa, comenzando a chupar. Me fascina mamarle el orto a un lindo trolito, y aquel era el marica más rico que me había levantado. Tenía 19 años, bajito, delgadito, exageradamente afeminado, precioso y muy calentón. Y su culo era un manjar. El placer redundaba en una impresionante cantidad de saliva que le iba empujando con leves soplidos y la introducción de mi lengua, que costaba porque tenía un upite muy estrecho, pero frente a semejante chupada había logrado dilatarle un poco, tan sólo un poco, pero qué ricura era saborearle la argolla del culo y el túnel del recto, si parecía que estaba dando cuenta de una naranja jugosa y no de un trasero. Aquella descontrolada sesión de beso negro alucinó al pendejo, que comenzó a sacudir con desesperación su pequeño pene mientras gemía como una ninfómana, al tiempo que se miraba en el espejo del mueble. El putito se pajeaba, yo le chupaba el culo como si en ello me fuera la vida y mi verga redoblaba su dureza y hasta juraría que su tamaño.
¿Cuánto duró aquello… cinco minutos… diez…? No sé, pero me hubiera pasado la tarde disfrutando de semejante delicia, lengüeteándolo por dentro y baboseándole bien el hueco, si de pronto no hubiese percibido que el chico estaba pronto a acabar, entonces me puse de pie, apoyé la cabeza de la pija en su agujero hasta encajar bien la punta y lo tomé fuerte de la cintura, entonces el putito liberó un gemido profundo y aceleró el ritmo de su masturbación. En el reflejo del espejo vi sus ojos en blanco y un gesto que deformaba su bonita cara en una máscara de intenso goce. El pendejo comenzó a eyacular cuando mi verga se adentró en su trasero. Encontré su hoyo demasiado estrecho, pero estaba tan ensalivado que no dolió la penetración y sólo me bastó hacer un poco de fuerza para que toda mi verga le taponara el ocote, hasta que mis huevos se aplastaron contra los glúteos. El chico se agitó, puede que hasta le haya dolido la invasión anal o que lo haya tomado por sorpresa que me lo abotonara de un saque, lo cierto es que se sacudió como víctima de u temblor y lo sentí aflojarse, debiendo sostenerlo para que no cayera, y de su pijita comenzó a saltar un chorro de leche que impactó en el espejo. Yo lo abracé fuerte, muy fuerte, mientras comenzaba a bombearlo con ganas, hasta que dejó de salirle leche y sus manos comenzaron a acariciar mis brazos, que lo tenían aprisionado.
Me fascinó mirarme en el espejo culeando a aquel putito maravilloso, que seguía en trance de calentura, ahora conmigo formando parte de su anatomía trasera. Pero yo quería cama, por lo que lo guié hasta el tálamo de dos plazas ubicado a pocos metros, que él caminó conmigo bien pegado, y sobre el sommier nos dejamos caer, quedando yo encima suyo, entonces comencé a bombearlo como poseído, haciéndolo jadear como si en realidad estuviera matándolo, al tiempo que la cama crujía como a punto de romperse. Qué endiabladamente placentero, gozoso resultó aquella sensación de posesión absoluta, con la impresión de que mi pija se hinchaba hasta doblar su tamaño adentro de ese hoyo mojado y candente, cuyo anillo de piel se cerraba, apretándome la base del tronco. La punta de la verga parecía aplastarse en cada embate con el final de esa rica caverna, pero yo empujaba más y más y se me ocurría que ya estaba metiéndole mi miembro en el intestino. Y el pendejo me busca la boca con la suya y la encuentra, claro que la encuentra; boca de pendejo puto, bien puto, boca rica y jugosa, con aliento a fresa que atrapo con mis labios hasta parecer dos ventosas pujando por quién chupa más, mientras nuestras lenguas se enfrascan en un roce frenético, caliente, húmedo, potenciando el intenso placer suyo de sentirse penetrado y mío de sentirme abotonado a tan rico marica. El guachito aulla y me doy cuenta de que está acabando, entonces empujo más y más fuerte, casi con bronca, y mi pija crece y crece, hinchándose, hasta que la siento explotar en una serie de violentas escupidas de leche, caudal seminal que es impelido hacia sus entrañas, con tal fuerza que de acuerdo a la lógica debería llegarle al vientre. Polvazo fabuloso que se intensifica con las convulsiones del putito, gritando, puteando, todo por el gusto que lo invade al saberse culeado por un macho alzado al que ha logrado calentar como si no fuera un trolo más, sino una bomba sexual. Y es que sí lo es, ese putito es la bomba sexual que me he levantado y me he cogido con tantas ganas, y que ya estoy soñando con volver a coger, una y mil veces más, hasta que su upite se envicie con mi verga.