Mis días, particularmente a la tarde, solían ser todos monótonos, y aburridos. Simplemente me quedaba en casa lavando los platos y cubiertos del desayuno y el almuerzo después de que mi hombre se fuera a trabajar.
Luego, a la casi noche, lo recibía con la casa limpia, prolija y ordenada como a él le gustaba.

—Muy bien, mi linda putita. Te falta hacer las compras para la cena. —Me dijo al ingresar, en un tono fuerte, y arrinconándome contra una pared de la sala de estar.
—En seguida voy, mi papi. —Asintiendo tímidamente con la cabeza, me retiro con dirección a la habitación para ponerme la ropita que usaría para ir hasta el supermercado. Él primero me tocó, como tanto me gustaba, en las nalguitas mías que tanto le encantaban.
—Antes, espera una cosa. —Ese hombre de aspecto cuidado, y que casi siempre estaba vistiendo traje, me mostró una bolsa con cositas que había comprado para mí en el camino de regreso.
Ingresé en la habitación, y me fijé en que era ese regalito. Se trataba de un conjunto de lencería roja. Sostén, tanga, medias de red, y portaligas. Todo esto sumado a un top de cuero negro muy ajustado y que cubría muy poco, junto a una minifalda que dejaba la mitad de mi culito a la vista, sin solución.

No había calzados en la bolsa, asi que tomé unos tacones que sabía que le encantaban de mi guardarropas, y así vestida, fui caminando hacia él.
En cuanto me vio, se acercó y observó todo mi cuerpo vestido con la ropa y lencería que me acababa de regalar.
—Según recuerdo, tu eras un amigo de la universidad de mi hijo. Que bien hice en convertirte en mi linda putita personal. —En cuanto terminó de hablar, empezó a tocarme por todos lados: mi culito, mis pezones, y hasta mi clítoris de sissy bien asegurado con mi cinturón de castidad.
No tardó mucho tampoco en empezar a sentir su lengua, primero por mi cuello, luego bajando por la espalda, y finalmente, su boca chupando todas mis nalgas, con mucha lascivia. Definitivamente, estaba con demasiadas ganas de mí.
Prontamente, él me dio la órden para que me diera media vuelta y quede parada frente a él, para luego agacharme. Ya sabía qué significaba eso. Desabrocha el cinturón, baja el cierre de su pantalón y deja ver su delicioso pene por sobre su bóxer. En seguida tomo su miembro con una de mis manos, y empiezo a lamerlo. Toda mi lengua y mi boca, empiezan a recorrer cada centímetro de su deliciosa verga.

Cada tanto, él empuja mi cabecita para que todo su pene entre en mi boca, produciéndome alguna arcada, algo que lo excita mucho, por lo que repite lo mismo varias veces. Yo sigo con mi sonrisa, a él le gusta que yo la sienta hasta la garganta, y eso a mí me pone muy feliz.
—Ahora te va un poquito de lo que te gusta, putita. —Me tomó con fuerza, y me arrojó sobre la mesa donde suele cenar antes de irse a dormir. Mi cara, pecho y estómago, quedaron encima de la mesa, y mi hombre, quedó con una vista completa de mi culito.
Me levantó la minifalda, y me bajó, de manera brusca y violenta, la tanga. Empezó a lamerme el ano. No paraba de sentir su lengua, y cada tanto, algún dedo ahí. Me volvía loca...no tanto porque eso me gustara, sino porque sabía perfectamente qué se estaba viniendo.

Después de un rato, mi culito quedó totalmente ensalivado y preparado. Mi hombre que desnuda por completo y arroja su ropa lejos, y lleva sus manos hacia mi cintura. Rápidamente, empiezo a sentir la cabecita de su pene golpeando mis nalguitas, y posteriormente, rozando y apoyándose sobre mi culito.
—Métemela toda, mi macho. Quiero sentir tu hermosa verga dentro de mi culito. —dije, impaciente.
—Lo haré, pero no porque tú me lo pidas, puta. —Él retrocedió unos pasos y levantó uno de sus brazos sólo para darme una nalgada con el máximo de fuerza que le permitía su cuerpo. Lancé un fuerte grito de dolor y lagrimeé un poco, pero acepté el castigo por querer darle indicaciones. Se suponía que era yo quien debía obedecer todas sus órdenes.
Se había enojado un poquito por mi desacato, por lo que realizó una primer embestida muy fuerte, que me dolió bastante, aunque él ignoró completamente el gritito, cosa que me hizo saber con unas cuantas mucho más fuertes, hasta que abandonó el ritmo de penetración lenta y fuerte, y procedió de manera más rápida y fluida.

—Espera... —Por un momentito, me había empezado a sentir un poco incómoda, por lo que quise detener todo un par de segunditos, algo que a mi macho no le gustó nada. Me tomó del cuello y me puso frente a él.
—¿Qué ibas a decir? Repite esto: 'Yo solo debo obedecer las órdenes de mi alfa'. —gritó muy fuerte, casi aturdiéndome.
—Yo sólo debo obedecer las órdenes de mi alfa. —respondí tímidamente, y sintiendo algo más de culpa. Él me dio mi correspondiente bofetada de castigo que me dejó el cachete muy rojo, y un escupitajo en la cara antes de devolverme a la posición anterior con mucha brutalidad.
El siguió con embestidas cada vez más rápidas y más fuertes. Yo sentía bastante dolor con cada una de ellas, pero a mi hombre lo complacía, lo que me hacía feliz a mí.
Finalmente, después de unos minutos de penetración, me vuelve a tomar del cuello y me fuerza a arrodillarme frente a él, para convertirme en el objetivo de su gran descarga de semen, el cual cae en toda mi cara, en el pelo, el pecho y en las piernas.

Un final que siempre me encantaba, porque me encanta que él me coja, me humille, me maltrate, me haga atragantar con su deliciosa verga, y me de todo su semen en mi culito y en la cara.
Luego, a la casi noche, lo recibía con la casa limpia, prolija y ordenada como a él le gustaba.

—Muy bien, mi linda putita. Te falta hacer las compras para la cena. —Me dijo al ingresar, en un tono fuerte, y arrinconándome contra una pared de la sala de estar.
—En seguida voy, mi papi. —Asintiendo tímidamente con la cabeza, me retiro con dirección a la habitación para ponerme la ropita que usaría para ir hasta el supermercado. Él primero me tocó, como tanto me gustaba, en las nalguitas mías que tanto le encantaban.
—Antes, espera una cosa. —Ese hombre de aspecto cuidado, y que casi siempre estaba vistiendo traje, me mostró una bolsa con cositas que había comprado para mí en el camino de regreso.
Ingresé en la habitación, y me fijé en que era ese regalito. Se trataba de un conjunto de lencería roja. Sostén, tanga, medias de red, y portaligas. Todo esto sumado a un top de cuero negro muy ajustado y que cubría muy poco, junto a una minifalda que dejaba la mitad de mi culito a la vista, sin solución.

No había calzados en la bolsa, asi que tomé unos tacones que sabía que le encantaban de mi guardarropas, y así vestida, fui caminando hacia él.
En cuanto me vio, se acercó y observó todo mi cuerpo vestido con la ropa y lencería que me acababa de regalar.
—Según recuerdo, tu eras un amigo de la universidad de mi hijo. Que bien hice en convertirte en mi linda putita personal. —En cuanto terminó de hablar, empezó a tocarme por todos lados: mi culito, mis pezones, y hasta mi clítoris de sissy bien asegurado con mi cinturón de castidad.
No tardó mucho tampoco en empezar a sentir su lengua, primero por mi cuello, luego bajando por la espalda, y finalmente, su boca chupando todas mis nalgas, con mucha lascivia. Definitivamente, estaba con demasiadas ganas de mí.
Prontamente, él me dio la órden para que me diera media vuelta y quede parada frente a él, para luego agacharme. Ya sabía qué significaba eso. Desabrocha el cinturón, baja el cierre de su pantalón y deja ver su delicioso pene por sobre su bóxer. En seguida tomo su miembro con una de mis manos, y empiezo a lamerlo. Toda mi lengua y mi boca, empiezan a recorrer cada centímetro de su deliciosa verga.

Cada tanto, él empuja mi cabecita para que todo su pene entre en mi boca, produciéndome alguna arcada, algo que lo excita mucho, por lo que repite lo mismo varias veces. Yo sigo con mi sonrisa, a él le gusta que yo la sienta hasta la garganta, y eso a mí me pone muy feliz.
—Ahora te va un poquito de lo que te gusta, putita. —Me tomó con fuerza, y me arrojó sobre la mesa donde suele cenar antes de irse a dormir. Mi cara, pecho y estómago, quedaron encima de la mesa, y mi hombre, quedó con una vista completa de mi culito.
Me levantó la minifalda, y me bajó, de manera brusca y violenta, la tanga. Empezó a lamerme el ano. No paraba de sentir su lengua, y cada tanto, algún dedo ahí. Me volvía loca...no tanto porque eso me gustara, sino porque sabía perfectamente qué se estaba viniendo.

Después de un rato, mi culito quedó totalmente ensalivado y preparado. Mi hombre que desnuda por completo y arroja su ropa lejos, y lleva sus manos hacia mi cintura. Rápidamente, empiezo a sentir la cabecita de su pene golpeando mis nalguitas, y posteriormente, rozando y apoyándose sobre mi culito.
—Métemela toda, mi macho. Quiero sentir tu hermosa verga dentro de mi culito. —dije, impaciente.
—Lo haré, pero no porque tú me lo pidas, puta. —Él retrocedió unos pasos y levantó uno de sus brazos sólo para darme una nalgada con el máximo de fuerza que le permitía su cuerpo. Lancé un fuerte grito de dolor y lagrimeé un poco, pero acepté el castigo por querer darle indicaciones. Se suponía que era yo quien debía obedecer todas sus órdenes.
Se había enojado un poquito por mi desacato, por lo que realizó una primer embestida muy fuerte, que me dolió bastante, aunque él ignoró completamente el gritito, cosa que me hizo saber con unas cuantas mucho más fuertes, hasta que abandonó el ritmo de penetración lenta y fuerte, y procedió de manera más rápida y fluida.

—Espera... —Por un momentito, me había empezado a sentir un poco incómoda, por lo que quise detener todo un par de segunditos, algo que a mi macho no le gustó nada. Me tomó del cuello y me puso frente a él.
—¿Qué ibas a decir? Repite esto: 'Yo solo debo obedecer las órdenes de mi alfa'. —gritó muy fuerte, casi aturdiéndome.
—Yo sólo debo obedecer las órdenes de mi alfa. —respondí tímidamente, y sintiendo algo más de culpa. Él me dio mi correspondiente bofetada de castigo que me dejó el cachete muy rojo, y un escupitajo en la cara antes de devolverme a la posición anterior con mucha brutalidad.
El siguió con embestidas cada vez más rápidas y más fuertes. Yo sentía bastante dolor con cada una de ellas, pero a mi hombre lo complacía, lo que me hacía feliz a mí.
Finalmente, después de unos minutos de penetración, me vuelve a tomar del cuello y me fuerza a arrodillarme frente a él, para convertirme en el objetivo de su gran descarga de semen, el cual cae en toda mi cara, en el pelo, el pecho y en las piernas.

Un final que siempre me encantaba, porque me encanta que él me coja, me humille, me maltrate, me haga atragantar con su deliciosa verga, y me de todo su semen en mi culito y en la cara.
1 comentarios - Concurso de relatos (No desobedezcas a tu macho)